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LA "PAZ DE TREINTA AÑOS" QUE SÓLO DURÓ QUINCE

In document 8704030 Historia de Grecia Grimberg (página 172-175)

La llamada primera guerra del Peloponeso no fue más que el prólogo de lo que sucedería luego.

¿Quiénes iban a ser los responsables de esta nueva guerra fratricida y catastrófica? Atenienses y espartanos se la reprochaban mutuamente. Las apariencias acusaban a los espartanos, creadores de un Estado militar. Mas, como queda dicho, un Estado militar no presupone un estado belicoso. Esparta habíase organizado para su defensa, no para enviar expediciones a tierras extranjeras. Tenían un ejército poderoso al que mimaban, y no lo exponían más que en casos de extrema necesidad. Por lo demás, lo formaban pocos soldados y poseían menos dinero.

El gobierno de Esparta tenía otra razón para temer la guerra: podían muy fácilmente desencadenarse rebeliones interiores; si daban armas a los ilotas y periecos, éstos se considerarían iguales a sus dominadores y podrían exigir participación en el gobierno.

A Esparta no le interesaba una guerra ofensiva. Otro era el caso de Corinto. Esta polis, miembro de la Liga del Peloponeso, difería de Esparta en casi todos los aspectos y tenía lo que faltaba a aquélla: flota y dinero. Además, esta ciudad ocupaba una situación estratégica muy favorable; su istmo unía Grecia del norte con el Peloponeso, dominaba tres rutas comerciales de primera importancia, dos en el mar y una por tierra, y su flota comercial y militar había sido la más poderosa de Grecia hasta las guerras médicas.

Sus artesanos exportaban por doquier productos muy solicitados. Corinto era el corazón del mundo en esta época: las más bellas y elegantes cortesanas de Grecia vivían allí con un lujo desenfrenado. En la acrópolis de Corinto destacaba un templo de esplendor casi oriental dedicado a Afrodita, a cuyo servicio estaban destinadas mil muchachas que atraían a Corinto a los marinos del mundo entero. La Afrodita adorada en este templo era Astarté, procedente de Fenicia, igual que la púrpura de Tiro. Píndaro canta con discreción a "las muchachas hospitalarias de la opulenta Corinto". De todos los países llegaba gente para sacrificar a Afrodita, y Lais, una bella perendenga a quien Aristófanes llamaba "la Circe de Corinto", tenía tanto oro que podía permitirse el lujo de erigir templos. Durante la guerra del Peloponeso aún era considerada una de las ciudades más opulentas del mundo. Una fiesta al estilo de Corinto, era para las demás ciudades griegas un lujo inaccesible y casi inimaginable.

Corinto era rival de Atenas en el mar, y el motivo de tal competencia era Sicilia. Además, los corintios deseaban el monopolio del tráfico en el mar Jónico, dejando a los atenienses sólo los mares Egeo y Negro.

La tensión entre ambas rivales no cesó de agravarse; al final, la hostilidad fue tal que cualquier roce bastaba para desencadenar la tierra.

Detalle importante para los corintios era ganar para su causa a Esparta y a la Liga del Peloponeso. Enviaron, pues, una delegación a Esparta a fin de exhortar a los lacedemonios, tan lentos para entrar en acción si no se les impulsaba. Queriendo provocar su amor propio, los embajadores hicieron comparaciones un tanto desagradables entre el ánimo decidido de los atenienses y la flema de Esparta. Los corintios plantearon un ultimátum para provocar el conflicto: si Esparta no quería tomar parte en una guerra contra Atenas, Corinto buscaría otros aliados, sobre todo Argos, la antigua rival de Esparta.

El asunto fue planteado ante la asamblea general de la Liga del Peloponeso, donde hablaron los tebanos movidos por su tradicional odio a los atenienses. La asamblea presentó, pues, a los atenienses una serie de humillantes exigencias, sobre todo el destierro de Pericles, "cargado de maldiciones". Evidentemente, ello no era más que pura comedia.

En ese crítico momento, Pericles demostró su talento de estadista. Con calma y dignidad explicó a los atenienses que se deshonrarían aceptando tales exigencias. Después, los enemigos propusieron con descaro la supresión de la Confederación de Delos, a lo que Pericles respondió que, según el tratado de 446, había que llevar el asunto ante un tribunal de arbitraje.

Los espartanos y sus aliados rechazaron esta solución jurídica. Cargaban con la responsabilidad del conflicto proclamando que los del Peloponeso querían liberar a los helenos de la tiranía ateniense. Hablando de "guerra de liberación" se ganaron a los miembros de la Confederación de Delos, que soportaban a regañadientes la hegemonía de Atenas. Los espartanos no obligaban a pagar tributo a sus aliados y este detalle los presentaba a los ojos de muchos como los "campeones de la libertad", opuestos al "despotismo'' de Atenas. Hacía tiempo que los jonios habían olvidado lo hecho por Atenas en pro de su libertad. No veían más que una cosa: el dinero que les costaba conservarla.

En Atenas, la oposición perseguía el mismo fin que los enemigos de la ciudad: la proscripción de Pericles. Demagogos como el curtidor Cleón tomaron por su cuenta los ideales democráticos y se proclamaron sus paladines. Los adversarios de Pericles atacaron su vida privada y, fingiendo defender las buenas costumbres, acusaron a Aspasia de ser una hetaira. Pericles estaba en desacuerdo con sus dos hijos, que despilfarraban su patrimonio, y sus enemigos se pusieron de parte de los derrochadores.

Pero la gloria de Pericles era mucha y demasiado fuerte su personalidad. No pudiendo atacarle de frente, sus enemigos trataron de abatirle por medios tortuosos, arremetiendo contra sus partidarios y sus mejores amigos. Como el filósofo Anaxágoras era uno de éstos, se persuadió a un sacerdote para que le acusara de haber "atacado la religión sosteniendo opiniones heréticas sobre la naturaleza de los cuerpos celestes".

En efecto, Anaxágoras se había atrevido a decir que los rayos de Zeus herían tanto a los inocentes como a los culpables, e incluso a veces a los templos de los dioses. También se le reprochó el considerar al Sol como una roca ardiente mucho más grande que el Peloponeso. Tales opiniones le valían al filósofo la consideración de "impío".

Anaxágoras abandonó Atenas sin conmoverse. Señaló con calma que la naturaleza había dictado su fallo desde hacia tiempo sobre aquellos extremos. Volvió a su país natal, en Asia Menor, donde murió años después.

Los enemigos de Pericles lanzaron entonces contra Fidias ataques mucho más sensacionales que las acusaciones contra Anaxágoras. El genial artista, acusado de fraude en el oro y marfil empleados para su célebre estatua de Palas Atenea, fue encarcelado. No sabemos exactamente la sentencia final que se dictó, pero sin duda sus enemigos ganaron la causa. Parece que el gran artista murió en un calabozo. La condenación de Fidias daba pie a los calumniadores de Pericles para manchar la reputación del gran estadista, ya que éste era amigo de Fidias y la estatua de Palas había sido esculpida bajo su supervisión. Otros amigos de Pericles sufrieron acusaciones parecidas y siempre se mezclaba al "tirano" en cada asunto.

Aristófanes, célebre autor de comedias, fue quien asestó el golpe más sensible a Pericles: acusó a Aspasia de proxenetismo y de impiedad; se le censuró el albergar en su casa a mujeres ligeras, a quienes dio el nombre de las nueve musas para satisfacer el erotismo de su esposo. Pericles en persona defendió a su esposa ante el tribunal. Aspasia fue absuelta, pero la malicia hizo correr aquel proverbio, tantas veces repetido, de "cuando el río suena... piedras lleva". Semper aliquid hacret, que dirán los romanos más tarde.

Nada fue capaz de apartar a Pericles del camino que se había trazado: conducir con firmeza la ciudad a la lucha decisiva. Los años de paz le habían permitido proteger a Atenas con unas defensas tan sólidas como nunca tuviera.

SEGUNDA GUERRA DEL PELOPONESO

In document 8704030 Historia de Grecia Grimberg (página 172-175)