Un evidente malestar caracterizó la fase final de la época micénica, cuya naturaleza y causas desentrañaremos en seguida.
La lengua griega se componía, en la época clásica, de tres grupos importantes de dialectos: el jonio, que entre otras era la lengua de Atenas; el dorio, hablado en Esparta, por ejemplo, y el aqueo, que comprende el arcadio, hablado en la llanura del Peloponeso, el chipriota y algunos dialectos del norte y del nordeste. El jonio y el aqueo forman un grupo dialectal denominado "griego oriental", mientras que los dialectos dorios forman el "griego occidental".
Homero llama aqueos a los griegos que asediaron a Troya, y la interpretación de las tablillas de Micenas ha reforzado la teoría que los micenios se daban a sí mismos el nombre de aqueos y a su territorio el de Acaya; sin embargo, el lenguaje de esas mismas tablilla de Micenas es griego oriental, muy parecido al aqueo y con ciertas semejanzas con el jonio, pero se asemeja muy poco al griego occidental. Podemos, pues, concluir que los jonios tenían relaciones amigables con los aqueos, y que, aunque éstos daban carácter a Micenas, en realidad no formaban un pueblo homogéneo. En la época clásica, los atenienses se alababan de que su país fuera la cuna de los jonios y que sus antepasados vivieron siempre en Ática. Seguramente algunas tribus griegas se introdujeron en el país durante la época micénica y, en el curso de la penetración, se fundieron con los habitantes del gran reino. Una de estas tribus eran los danaos, famosos por sus ataques contra Egipto. Mientras el reino micénico fue lo bastante fuerte, desde el punto de vista militar y cultural, para contener la inmigración y asimilar a los recién llegados, esté oleaje humano siguió acrecentándose. Siendo, además, una de las cuatro potencias de su tiempo, le convenía a Micenas usar una cierta dosis de "laisser faire". Mientras los reyezuelos vecinos peleaban, la gente del rey de Micenas, quizá parientes suyos, pescaban a río revuelto y se enseñoreaban de algunos territorios. El rey de Micenas apenas prestaba atención a tal estado de cosas. Los hititas, colindantes y en parte señores de las colonias jónicas del Asia Menor, tenían a éstas por vecinas virtualmente molestas— situación que nos recuerda la de Siria en tiempos de El-Amarna—; sus reyes apelaron muchas veces a la autoridad del rey micénico, sin éxito alguno.
Pero ningún Estado debe abrirse tanto que pierda su consistencia. No digo que esto haya sucedido; lo prueba el ardor épico que según la tradición homérica desplegó el ejército de Agamenón en Troya, pocas décadas antes de ser desmantelado.
Mas ¿qué llegaron a valer a fines de la Edad Media los castillos, puestos en jaque por los explosivos? ¿Y no debió el soberbio Japón rendirse sin condiciones en 1945 frente a un arma genocida que ellos no dominaban? Justamente después de la guerra de Troya se dejó sentir un nuevo factor militar: el hierro.
El hierro era conocido por los griegos desde principios de la época micénica; sin embargo, Homero, aunque vivió en la Edad del Hierro, como se observa en diferentes pasajes de sus poemas, conservó el recuerdo de los nobles guerreros armados de bronce y, por consiguiente, hablaba de sus armas como de "cobre cortante". Se apreciaba entonces tanto como el oro, y en ciertos lugares servía para trabajar los objetos de bronce. La cultura egea se asentaba exclusivamente en el bronce; pero hacia el final de la fase heládica reciente, los griegos, especialmente los dorios, cayeron en la cuenta que el hierro abundaba más que el estaño y el cobre se podía trabajar con relativa facilidad y pesaba menos que el bronce.
El prestigio del bronce victorioso en Troya fue fatal para los hijos y nietos de Agamenón. Una invasión arrasó los palacios reales, que ya no volvieron a construirse: los griegos occidentales, los dorios, entraban entonces en escena. Llegaron al Peloponeso por el golfo de Corinto en 1100 antes de Cristo, cuando hijos y nietos de los héroes de la guerra de Troya gobernaban todavía y la tradición cuenta que los descendientes de Hércules exigieron el trono al que su antepasado tenía derecho. Pilos no estaba preparada para la guerra; su palacio se derrumbó bajo las llamas y desaparecieron las tablillas de los últimos meses anteriores a la catástrofe.
Los gruesos muros de las fortalezas micénicas pudieron proteger al reino; Tirinto no tuvo mejor suerte. La leyenda nos dice que el último rey de "Micenas, la dorada", Orestes, hijo de Agamenón, tan conocido por las tragedias griegas clásicas, tuvo que huir a Arcadia, al interior del Peloponeso. De todos los grandes núcleos micénicos, sólo Atenas fue respetada por la invasión; los últimos supervivientes de la dinastía de Néstor se refugiaron en la ciudad y pronto formaron parte de la más alta nobleza ateniense. Los dorios, emparentados con los griegos orientales, sometieron al Peloponeso y se establecieron como dueños en la península, con lo que las ciudades micénicas perdieron toda su importancia, y el centro de gravedad del país se desplazó a otros lugares. Pero la invasión no significó ruptura alguna en la evolución cultural del resto de la Hélade.
La invasión doria del Peloponeso y la huida fuera de los países micénicos no forman más que un episodio de ese poderoso movimiento del micénico reciente que se llama "la migración egea". La historia de Egipto nos cuenta cómo la marea de esta migración azotó también al delta del Nilo y cómo dos faraones pudieron resistir a duras penas. "Las islas estaban revueltas", dice una fuente egipcia, y entre otras tribus, las aquiwasta—las aqueas —"vinieron a saquear Egipto y conquistar el país”. Esta impetuosa marejada hizo desaparecer al imperio hitita y tribus frigias penetraron hasta el corazón del Asia Menor. Algunos investigadores creen que los etruscos también participaron en esta migración. En esta oleada egea, con toda certeza se puede incluir otro pueblo: los filisteos, vecinos y enemigos eternos de Israel y de quienes proviene el nombre de Palestina, "país de los filisteos". Alguna relación entre los filisteos y Creta parece haber existido, entre otras razones, porque en la Biblia se encuentra la expresión "los cereteos y los peleteos" (II, Samuel, 23).
En todo el Mediterráneo oriental observamos una lucha a muerte, pueblo contra pueblo y hierro contra bronce. Un mundo con un milenio de antigüedad se halla completamente revuelto; se levantan nuevos imperios; los más antiguos pierden su importancia o desapa- recen; los pueblos afluyen y refluyen; el comercio se resiente; las relaciones internacionales, muy ramificadas en siglos anteriores, desaparecen y las diversas culturas se aíslan. La navegación griega no desaparece del todo, como algunos pretenden; pero en conjunto el co- mercio marítimo en el Mediterráneo decrece mucho. Entre los restos arqueológicos posteriores a la época micénica se encuentran en Grecia relativamente pocos artículos importados de Oriente. Cuando el comercio se renovó, las ciudades fenicias ocuparon el primer lugar. Homero nos habla de los mercaderes fenicios que visitaban Grecia.
Homero no sólo levantó un grandioso monumento a la época micénica, su principal objetivo, sino también al sombrío período a que él pertenecía, los "oscuros siglos", durante los
cuales la Grecia clásica adquirió forma para que la Hélade pudiera revelarse a los ojos del mundo en todo su esplendor.