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LA RIVALIDAD ENTRE CIMÓN Y PERICLES

In document 8704030 Historia de Grecia Grimberg (página 150-153)

Después de la caída de Temístocles, Cimón fue el hombre más popular e influyente de Grecia. Era el prototipo de guerrero ansioso de vida, "el hombre que abrazaba y mataba con el mismo entusiasmo". De espíritu magnánimo, cualquiera podía entrar en sus huertos a coger fruta, siempre tenía mesa dispuesta para los pobres y paseaba por la ciudad con un cortejo de servidores que distribuían vestidos y dinero a los ciudadanos pobres y honrados.

Sin embargo, pese a tantas cualidades y gran talento estratégico, Cimón no era un estadista.

Mientras fue comandante en jefe de las fuerzas de la liga ática, Cimón continuó las hostilidades contra los persas en Jonia y Tracia, logró brillantes victorias y obtuvo rico botín. Luego, al liberar Tracia de la dominación persa, recuperó sus extensos dominios familiares y las minas contiguas, con lo que se encontró de súbito en posesión de una gran fortuna. Los recursos de sus tierras y las enormes riquezas que sacaba de sus correrías navales, le permitieron practicar la beneficencia en gran escala y dedicar parte considerable de sus bienes en levantar hermosos edificios públicos, orgullo de los atenienses.

La Confederación marítima de Delos no cesaba de aumentar su poder y contaba en esta época con más de 200 navíos.

Pero la protección que dispensaba la poderosa Atenas tenía sus fallas. La mayoría de los miembros confederados no sentían afición al servicio armado y preferían pagar un tributo anual. Pronto, casi todas las ciudades adoptaron el sistema y Atenas tuvo que asumir sola la defensa común. Los atenienses sancionaron esta situación en 454, trasladando el tesoro de la Confederación a Atenas, con el pretexto que el dinero estaría más seguro que en Delos. De hecho, esta medida convertía a la liga marítima de Delos en un imperio ático cuya capital era Atenas; los ciudadanos de ésta dispondrían a su antojo de las arcas de la Confederación. Era evidente que ellos protegían a sus aliados ante la amenaza persa. Además, los tiempos de las ciudades pequeñas habían pasado. Imposibilitadas de mantener su independencia, no les quedaba más remedio que vivir sujetas a Atenas o a Persia.

Cuanto más se convertía Atenas en potencia marítima, tanto más urgía la democratización de sus estructuras políticas, pues los mayores contingentes de marinos los proporcionaba el pueblo. Con la victoria de Salamina y las operaciones navales subsiguientes, los marinos adquirieron conciencia de su valer. Y cuanto más se apoyaba el Estado en una política naval, y por consiguiente en la clase popular, tanto más exigía ésta la recompensa por sus servicios.

Mas a pesar de su manifiesta benevolencia con el pueblo y su carácter afable, Cimón se opuso al movimiento democrático. Aristócrata por nacimiento y jefe natural de los conservadores, admiraba el sistema de gobierno espartano y, opuesto a Temístocles, propugnaba una colaboración estrecha entre Atenas y Esparta.

Gracias a su enorme popularidad, pudo convencer a sus conciudadanos para que ayudaran a Esparta, presa de graves dificultades. Los ilotas mostraban inquietud y esperaban la ocasión favorable para levantarse contra sus opresores. Ésta se les presentó en 464, cuando Esparta fue sacudida por un tremendo terremoto que abrió profundas grietas en su suelo y

desprendió enormes rocas, que rodaron por las laderas del Taigeto. Aprovechándose de la confusión general, los ilotas se rebelaron y el movimiento se extendió con rapidez impresionante hasta Mesenia. La situación alcanzó tal gravedad, que los espartanos tuvieron que pedir ayuda a los atenienses. El partido democrático de Atenas quiso abandonar a los espartanos a su suerte, pero Cimón se inclinó en sentido opuesto, exhortando a sus conciudadanos "a no permitir que Grecia perdiera un pie".

Pasado el peor peligro, los espartanos comenzaron a sospechar de las intenciones de quienes llegaron en su socorro e insinuaron a Cimón que sus servicios ya no eran necesarios. La indignación de los atenienses fue inconcebible. La política de Cimón les había acarreado humillaciones. Soplaban vientos favorables para los demócratas.

Hasta entonces, toda iniciativa democrática se estrellaba en el Areópago, que podía oponer su veto a las decisiones de la asamblea popular cuando las juzgaba incompatibles con el espíritu de las leyes. Los miembros de este venerable organismo, semejante en cierto modo al tribunal espartano de los éforos, eran elegidos a perpetuidad. Por eso tenían tanta experiencia; pero eran también muy conservadores. El Areópago elegía por sí mismo sus miembros y no rendía cuentas a nadie. Los demócratas atacaron esta fortaleza conservadora y dieron un golpe de Estado que la privó de sus derechos políticos, no dejándole más atribución que la de intervenir en las sentencias de muerte.

Todas las miradas se dirigieron entonces a Pericles, joven de noble alcurnia, gran cultura y auténtico genio político. Su elocuencia era tan brillante, que se decía de él que "su lengua es tempestad y rayo" y por ello se le apodó "el Olímpico".

Pericles no podía competir con Cimón en el arte de ganarse votos. Aristócrata por cuna y por sus maneras, era reservado, digno e imperturbable, pero sus opiniones eran las de un demócrata. Descendiente de Clístenes por línea materna y educado en la tradición de- mocrática, estaba convencido que solamente el autogobierno podía dar al pueblo la educación cívica básica para el desarrollo de una cultura notable y elevada. Pericles casó en primeras nupcias con una dama ateniense que ya había estado casada con el "más rico del Ática", pero fue una boda desafortunada que acabó en divorcio, y Pericles se enlazó de nuevo con la bella Aspasia, oriunda de Mileto. Este matrimonio fue feliz, pero no tuvo valor jurídico, porque — nótese— los atenienses negaban derechos cívicos a los nacidos fuera de los muros de la ciudad. El encanto y gentileza de Aspasia convirtieron su morada en punto de reunión de los intelectuales atenienses y fue, sin duda, la primera mujer que organizó un salón literario. El mismo Sócrates estimaba la conversación de Aspasia. Naturalmente, la esposa de Pericles fue blanco de las calumnias de las demás mujeres. ¡No estaba bien visto en Atenas que una mujer casada alternara así con los hombres!

Pericles consiguió el ostracismo de Cimón, y su caída señaló el fin de la política amistosa con Esparta. La consigna entre los atenienses fue entonces "¡Guerra a los persas!", y también "¡Guerra a Esparta y a la Liga del Peloponeso!"

Esparta reaccionó con energía y empezó a comprender el error cometido al retirarse de la guerra contra los persas, la que había dado el dominio de los mares a los atenienses. Esperando ocasión de recuperarse con una intervención armada en Grecia central, encontró el pretexto en las disensiones que enfrentaban a sus distintos Estados. Los espartanos se pusieron de parte de unos y los atenienses, de parte de los otros. Pronto los antiguos aliados de Platea se encontraron frente a frente en una guerra declarada.

Atenas tenía que combatir en dos frentes y en ambos experimentó alternativas de éxitos y fracasos. Pero, a la larga, el pueblo ateniense, poco numeroso, no podría resistir tantos asaltos, y Pericles lo comprendió así. Los griegos acababan de conseguir otra victoria naval sobre los persas, tan brillante como las anteriores. Determinó, pues, aprovechar la coyuntura para firmar un tratado de paz lo más ventajoso posible. Esta victoria fue alcanzada cerca de Chipre por una flota que Cimón, vuelto del exilio, comandó durante casi toda la campaña. "Casi" toda, pues murió poco antes del triunfo. Su última orden fue que se ocultara su muerte mientras su pueblo no lograra la victoria.

Pericles se aprovechó del triunfo de Chipre para enviar una embajada a Susa, en 448. Sin embargo, no se llegó a firmar una paz definitiva, ni consiguió del gran rey que reconociera la independencia de los jonios, objetivo de guerra de los atenienses. Con todo, Persia prometió no ejercer de momento su soberanía sobre Jonia, no enviar su flota al mar Egeo ni situar fuerzas de tierra en las costas egeas del Asia Menor a una distancia inferior a una jornada.

La mencionada "paz" de 448 daba fin a las guerras nacionales de los helenos, primer forcejeo entre Oriente y Occidente. La nueva generación ateniense que sucedía a los vencedores de Maratón y Salamina se oponía, más que a los persas, a los espartanos. Había que ajustarles cuentas.

Dos años después del pacto con los persas, ambas ciudades rivales firmaban una paz que sólo fue un armisticio valedero para treinta años. El tratado reconocía a Esparta la jefatura de la Liga del Peloponeso y a Atenas la de la Confederación de Delos. Ninguno de los dos

rivales intentaría atraerse a los aliados del otro. Y cuantas diferencias surgieran entre ambos, serían discutidas y sometidas a arbitraje.

Así acabó la primera fase de la guerra del Peloponeso. Otras seguirían después, mucho más sangrientas y nefastas.

La Acrópolis de Atenas, vista desde los Propileos.

In document 8704030 Historia de Grecia Grimberg (página 150-153)