Parte I – El horizonte abierto por la muerte de Dios.
Capítulo 1. El anuncio de la muerte del gran testigo.
1.2. Una alegre liberación.
El anuncio de la muerte de Dios puede ser vivido en el resentimiento y pérdida de toda esperanza – como un nihilismo reactivo, o, sin embargo, en cuanto una alegre creación de nuevas posibilidades – como nihilismo activo. Hablando de su propia enfermedad, enseña Nietzsche este modo de portarse en la vida:
Incluso del abismo de la gran sospecha, uno vuelve renacido, con una nueva piel, más susceptible, más malicioso, con un gusto más exquisito para la alegría, con un paladar más fino para todas las cosas buenas, con sentidos más gozosos, con una segunda y más peligrosa inocencia en la alegría, más infantil al mismo tiempo que cien veces más refinado de lo que nunca antes se había sido.393
Si en el trato personal de sus propias liberaciones Nietzsche nos habla del modo según el que se puede vivir la alegría incluso en lo trágico, bajo las más profunda sospecha y desilusión, lo mismo lo hace cuando anuncia la postura que se espera en aquellos tiempos más sombríos, el tiempo posterior a la conciencia de la muerte de Dios.
Como está nuestra alegría. – El más grande de los
acontecimientos recientes – que «Dios ha muerto», que la creencia en el Dios cristiano se ha desacreditado – empieza ya a proyectar sus primeras sombras sobre Europa. A los pocos, por lo menos, cuya mirada, cuya
suspicacia en la mirada, es lo suficientemente aguda y sutil
para este espectáculo, les parece que se hubiera puesto algún sol, que alguna inveterada y profunda confianza se hubiera trocado en duda: nuestro viejo mundo se les aparecerá forzosamente cada día más vespertino, más receloso, más extraño, «más viejo». Pero se puede decir en general: que el acontecimiento mismo es demasiado grande, demasiado remoto, demasiado apartado de la capacidad de comprensión de los muchos como para que pueda decirse que la noticia de ello ya ha llegado; y menos aún que muchos sepan lo que en efecto resultará de ello – y cuántas cosas, una vez socavada esa fe, tendrán que desmoronarse por estar fundamentadas sobre ella, adosadas a ella, trabadas con ella: por ejemplo, toda nuestra moral europea. Esa larga plenitud y sucesión de
demolición, destrucción, hundimiento y cambio que ahora se avecinda: ¿quién lo adivina hoy por hoy suficientemente para tener que ser el predicador y pregonero de esta pavorosa lógica de terror, el profeta de un ensombrecimiento y eclipse, tal como probablemente jamás lo ha presenciado la tierra?... Hasta nosotros, descifradores natos, de enigmas que esperamos, por así decirlo, en las montañas colocados entre el hoy y el mañana y encajonados en la contradicción entre el hoy y el mañana, nosotros, primogénitos y prematuros del siglo futuro, que en rigor
debiéramos ya percibir las sombras que no tardarán en
volver a Europa: ¿cómo se explica que hasta nosotros aguardemos su advenimiento sin interés por este ensombrecimiento, sobre todo sin preocupación ni temor por nosotros mismos? Será que nos hallamos todavía demasiado sujetos a las consecuencias inmediatas de este acontecimiento – y estas consecuencias inmediatas, sus consecuencias para nosotros no son, contrariamente a lo que pudiera acaso suponerse, en manera alguna tristes y ensombrecedoras, sino muy al contrario como una especie nueva, difícil de definir, de luz, de ventura, alivio, alegría, aliento, aurora... En efecto, los filósofos y «espíritus libres», al enterarnos de que «ha muerto el viejo Dios», nos sentimos como iluminados por una aurora nueva; con el corazón henchido de gratitud, maravilla, presentimiento y expectación – por fin el horizonte se nos aparece otra vez libre, aunque no esté aclarado, por fin nuestras naves pueden otra vez zarpar, desafiando cualquier peligro, toda aventura del cognoscente está otra vez permitida, el mar, nuestro mar, está abierto, tal vez no haya habido jamás mar tan
abierto.394
Todas las terribles consecuencias del acontecimiento más grande están aquí confirmadas por Nietzsche, pero, lejos de que sean vivenciadas en su pura negatividad, el filósofo se relaciona con todas y cada una de ellas con la más nueva esperanza de libertad, con la alegría de una liberación. Pero antes, se debe destacar a otros elementos en anterioridad al anuncio de este especial modo de vivir el acontecimiento de la muerte de Dios.
El texto que se acaba de leer está en la abertura del Quinto libro de La Gaya Ciencia y fue escrito después de la larga experiencia del Zaratustra. Este quinto libro reúne un conjunto de aforismos que pueden revelar el modo según el cual se debe vivir en los nuevos tiempos bajo el título «Nosotros, los intrépidos»”. Otra vez nos encontramos ante un «nosotros», sin embargo, no
entre aquellos de la resentida muerte de Dios, tampoco nosotros los aún piadosos y creyentes, doctos o religiosos, sino ante los que no tienen ya miedo, ya no viven en el remordimiento de una deuda para con el Dios o culpa por el asesinato Dios, ni tampoco intentan hacer que el viejo Dios muerto sobreviva aún que sea espectralmente. “¿Quiénes somos? Si quisiéramos llamarnos, simplemente con una vieja expresión, ateos o incrédulos, o bien inmoralistas (...) somos estas tres cosas en una etapa demasiado tardía”395. Nosotros descifradores, primogénitos y prematuros del futuro, nosotros los liberados, o sea, nosotros los pocos cuya mirada es capaz de comprender el más grande de los acontecimientos, “pues los grandes problemas, suponiendo incluso que se dejen aprehender, no se dejan retener por las ranas y los débiles”396.
Quienes carecen de miedo, es decir, quienes son siempre e indudablemente terribles, no precisan de dignidades ni de ceremonias: llevan la sinceridad y la franqueza en sus palabras y gestos, en su buena reputación –y con bastante frecuencia en la mala–, como señal de la conciencia de su carácter terrible.397
Solamente unos pocos pueden vivir, no sin dificultad y lucha, la alegría de la libertad que representa el acontecimiento de la muerte de Dios que aparece explícitamente en este aforismo como “la creencia en el Dios cristiano [que] se ha desacreditado”. No hace falta recordar las muchas veces en que el texto nietzscheano menciona el carácter aristocrático del hombre libre. Lo aristocrático, el noble, el señor, el hombre superior son metáforas de este ser libre – cuya máxima expresión es, sin duda, el superhombre. Estos pocos serán los que con mirada aguda y sutil entenderán al espectáculo de la transvaloración del mundo y de la moral: una inveterada y profunda confianza puesta ahora como duda – nuestro viejo mundo y nuestra moral.
Nos hemos templado y endurecido en la comprobación de que las cosas del mundo no marchan en absoluto divinamente, ni siquiera en la forma racional, compasiva o justa, según la medida humana: sabemos que el mundo en que vivimos no es ni divino ni moral ni «humano» –
demasiado tiempo lo hemos interpretado de una manera falsa y falaz, mas según el deseo y voluntad de nuestra veneración, vale decir, de acuerdo con una necesidad. ¡Pues el hombre es un animal que venera! Pero, también es un animal desconfiado: y la conclusión más segura a que ha llegado, al fin, nuestra desconfianza es que el mundo no vale tanto como habíamos creído. (...) Nos cuidamos mucho de decir que vale menos: ahora nos parece incluso ridículo, que un hombre pretenda inventar valores que tengan que superar el valor del mundo real.398 Tal es en resumen el gran acontecimiento que se avecinda: “esa larga plenitud y sucesión de demolición, destrucción, hundimiento y cambio”. Sin embargo muchos son los que no pueden ver ni vivir este cambio, y a causa de ello, quizá insista el filósofo en la afirmación de que Dios sigue muerto, una afirmación casi más importante que el propio anuncio de la muerte de Dios que ya no aporta nada de nuevo para una sociedad que ya se considera atea – recuérdese que el anuncio del loco se hizo a los ya increyentes.
En “En cuanto también nosotros somos aún piadosos” se pone en evidencia a la fe que descansa en la ciencia como un espectro del viejo y muerto Dios. Para ellos “nada es tan necesario como la verdad y en comparación con ella todo lo demás tiene tan sólo un valor secundario.”399 Se debe observar la medida en que en la ciencia moderna se sacrifica la pluralidad de las convicciones a una otra imperiosa e incondicional. Y el mismo aforismo sigue diciendo que la fe en la ciencia tiene su origen en la voluntad en la verdad a toda costa. La voluntad de verdad en cuanto voluntad de muerte ensancha la cuestión del problema de la moralidad de la vida, de la Naturaleza y de la historia, no cabiendo duda, dice Nietzsche, que “el veraz, en ese sentido audaz y último, que presupone la fe en la ciencia afirma con eso un mundo diferente al de la vida, la naturaleza y la historia”. La fe en este Dios muerto, la fe de los que no saben que Dios sigue muerto es la fe metafísica sobre la que descansa la ciencia. La desmoralización del mundo es el gran reto que todavía no llegó a derribarse y es lo que de verdad se anuncia con terror, ensombrecimiento y eclipse jamás presenciados en la tierra.
Como hemos visto a lo largo de toda la primera parte, tomando como hilo conductor a La genealogía de la moral, la historia de la moralización del
mundo culmina con la interpretación cristiana de la culpa. Es lógico y se nos parece imperativo comprender que el camino natural para la desmoralización del mundo empiece, como lo hace Nietzsche, por la afirmación de que tal interpretación del mundo no tiene ningún valor. Y para los que lo comprendieran de modo incompleto, los científicos, los filósofos, los románticos, en una palabra, los «metafísicos» en la medida que son fruto del propio «cristiano». Para los que piensan poder todavía encontrar a Dios en estos discursos sustitutos de la “más inveterada mentira”400, Nietzsche tiene la palabra más dura.
El platonismo es ya cristiano y el cristianismo un platonismo para las masas. La ciencia y su fundamento metafísico es fruto de la unión de estos dos elementos bajo los mismos principios de una voluntad de verdad que es nada más que el modo de valorar y de desear el estar firme y seguro de la debilidad. La debilidad es con anterioridad al platonismo, al cristianismo y a la ciencia moderna (metafísica) el fundamento de la vieja transvaloración, aquella ocurrida en tiempos en que los hombres tuvieron de interiorizar sus más creativos y expansivos sentimientos conformadores de mundo y tuvieron de dedicarse a construir un alma interior.401 Y para lo más interior tuvieron de crearse un fundamento incuestionable, un Dios que habla desde la interioridad de la misma debilidad y la justifica siendo Él mismo marcado por las mismas afectaciones sentimentales, un dios de la compasión. Fue la debilidad lo que hizo el cambio en la historia de la culpa desviando el camino hacia el hombre soberano. En este cambio de dirección la debilidad se apoderó de todas las formas de organización y interpretación de la vida. En todo depositó el germen de la culpa y de la sospecha. Para ella, todo lo grande es equívoco y todo lo fuerte tiene que rebajarse. Así incluso estuvo actuando entre los griegos en su filosofía, entre los cristianos bajo el signo de Pablo y por fin entre nosotros los modernos los que vivimos bajo los muchos signos de una «nueva fe».
La fe es más deseada y más urgentemente necesitada allí donde falta la voluntad: pues la voluntad, en cuanto afecto del mando, es el rasgo decisivo de la soberanía y
fuerza. (...) De lo cual podría quizás deducir que las dos religiones mundiales, el budismo y el cristianismo, debieron su desarrollo, en particular su repentina propagación a una tremenda enfermedad de la voluntad.402 Por lo tanto, comprender la amplitud del acontecimiento más grande es precisamente el derrumbe de las más gigantescas obras ya existidas: la obra de la debilidad que no ha podido quererse a sí, ni mucho menos querer al mundo, imposibilitada de afirmar lo que es. Una voluntad que inculpa a todo lo que es fuerte de su fuerza (primera sección), que toma la vida como castigo y algo a ser expiado. El fanatismo es la marca de la debilidad, la necesidad de estar cerrado en un punto de vista, una verdad única desde la que pueda el creyente orientarse en la vida. Esta voluntad se ha revestido a lo largo de la historia con los nombres más bellos y insospechados. Su modo de actuar se constituye fundamentalmente por una interpretación moral-metafísica del mundo. La liberación de esta debilidad que en todo es venganza, busca de un sentido más allá de la vida misma, busca de un responsable (un Dios, el Estado, el Hombre, un Otro, una Culpa), corresponde al anuncio de que Dios sigue muerto ya que no se ha tenido oídos para el anuncio de la muerte de Dios. Liberarse del sometimiento en aquél espíritu que “ejercitado en andar en frágiles cuerdas y posibilidades y en bailar hasta en el borde de los abismos, deseche toda creencia, todo anhelo de certeza”403. En toda interpretación que ve en la muerte de Dios, la muerte de la metafísica, del cristianismo o del platonismo, sólo podríamos contestar la falta de suspicacia, no suficientemente aguda y sutil para el mayor de todos los espectáculos. Es algo en la metafísica, en el cristianismo y en el platonismo lo que hace menester y necesaria la muerte de Dios. Es la menester y necesaria liberación de la culpa impuesta por la debilidad – la enfermiza voluntad de la nada, que se expresa en una voluntad de verdad que niega el mundo y su carácter inocente, niega el hombre y su irresponsabilidad radical. Tal liberación tiene los rasgos de una nova aurora rasgando los horizontes dorados del mar404.