PARTE II – RESPONSABILIDAD-DEUDA
Capítulo 1 – La interiorización de la culpa
1.3. El cambio de dirección de la mala conciencia
Las sociedades bárbaras primitivas se estructuran bajo la lógica acreedor / deudor y no sobreviven sin muchas dificultades en la convicción de su dependencia con relación a los antepasados. Esta relación se transforma en el sentido de una dependencia presente-pasado, presente-antepasado. En la medida en que la tribu mantiene sus éxitos militares, económicos o demográficos, tanto más se atribuye tales éxitos a los antepasados. Bajo la presión de esa lógica, asistimos a la institución de sacrificios, fiestas, a la valorización de la obediencia tradicional, etc. La vitalidad del presente está encadenada a un pasado muerto. En las comunidades primitivas hay un respeto de la generación viviente con relación a la generación anterior y, en especial, con la más antigua, aquella generación responsable por la fundación del grupo.
A partir de la creencia de que la estirpe sobrevive gracias a los sacrificios de los antepasados, se establece una serie de sacrificios que, por su vez, indica la existencia de una deuda (Schuld). Tanto mayor será la deuda cuan mayor sea el beneficio concedido por los antepasados a su estirpe y cuanto más esta tribu se desarrolle. La cumbre de ese proceso se da cuando se tiene la divinización de los antepasados, mediante el crecimiento del sentimiento de deuda. Fatalmente, argumenta Nietzsche, la figura del antepasado tomaría la figura de un Dios, o sea, esos antepasados sobreviven como espíritus poderosos. Delante de la conciencia de deuda con relación a los antepasados, el grupo ofrece a los antepasados sacrificios, fiestas, capillas, homenajes, obediencia e incluso una ingente indemnización al creedor – el sacrificio de un primogénito, la sangre humana. ¿Dónde se presenta hasta ahora la relación entre mala conciencia y el culto de los antepasados transformados en divinidades? No es la religión la que crea la mala conciencia217, más es ésta la que, informada por los supuestos políticos (dominación estatal) y psicológicos (tortura con relación a sí mismo), retoma la conciencia tradicional de la deuda
con relación a los antepasados y a los dioses para tornar vana toda tentativa de escapar de la deuda y implantar de una vez para siempre, de forma pesimista, la perspectiva de un rescate definitivo. Dios sirve para encerrar el hombre, de modo más definitivo, en la tortura con relación a sí mismo.
La conciencia de tener deudas no se extinguió con la caída de la forma de ordenamiento de la «comunidad» basada en el parentesco de sangre. Así como la humanidad también heredó los conceptos «bueno» y «malo» de la aristocracia de estirpe, ella también recibió, con la herencia de las divinidades de la estirpe y de la tribu, la herencia del peso de deudas no pagas y el deseo de reintegrarlas. El sentimiento de tener deudas con la divinidad no paró de crecer, al mismo tiempo que el concepto y el sentimiento de Dios fue elevado a las alturas. Sobre este aspecto, se puede observar la historia de las luchas y conquistas y la genealogía de dioses, la universalización de los imperios y la constitución del monoteísmo.
La voluntad de autotortura, la ulterior crueldad del animal-hombre interiorizado, cerrado por miedo en sí mismo, encarcelado en el «Estado» (con la finalidad de ser domesticado), la voluntad que inventó la mala conciencia para hacerse daño a sí, todo eso desembocó en el hombre de la mala conciencia. Este se apoderó del supuesto religioso, para levar su propio automartirio hasta su más horrible dureza: contraer una deuda con Dios. Capta en «Dios» la última antítesis que es capaz de encontrar para sus auténticos y insuperables instintos de animal y los reinterpreta como deuda. Todo no que se da a sí mismo y al mundo es proyectado para fuera de sí como un si, con algo existente, corpóreo, real, como Dios, como más allá, como eternidad, como tormento sin fin, como enfermo, como inconmensurabilidad entre pena y culpa. Esa es una especie de demencia de la voluntad en la crueldad anímica – no hay nada igual a la voluntad del hombre de encontrarse culpado y reprobado hasta resultar imposible la expiación. La voluntad de imaginarse castigado, sin que la pena posa ser jamás equivalente a la culpa es la misma voluntad de envenenar con el problema de la pena y de la culpa el fundo de las cosas a fin de cerrar la puerta de salida de ese laberinto de «ideas
fijas». El final de ese proceso remonta a su voluntad de establecer un ideal el del «Dios santo» para reconocer la certeza de su indignidad.
Aquí hay enfermedad, no hay duda, la más terrible enfermedad que hasta ahora ha devastado al hombre: –y quien es capaz aun de oír (¡pero hoy ya no se tienen oídos para ello! –) cómo en esta noche de tormento y de demencia ha resonado el grito amor, el grito del más anhelante encantamiento, de la redención en el amor, ése se vuelve hacia otro lado, sobrecogido por un horror invencible... ¡En el hombre hay tantas cosas horribles!... ¡La tierra ha sido ya durante mucho tiempo una casa de locos!...218
Como podremos analizar en los capítulos que se siguen, el adviento del Dios cristiano hizo aparecer en la tierra el maximum del sentimiento de culpa. Suponiendo que se tenga iniciado el movimiento inverso, afirma el filósofo, seria lícito deducir, con no pequeña probabilidad, de la incontenida decadencia de la fe en el Dios cristiano, que acontece ahora una considerable decadencia de la conciencia humana de culpa (Schuld). No hay que rechazarse la perspectiva de que la completa y definitiva victoria del ateísmo podría liberar la humanidad de todo ese sentimiento de hablarse en deuda como su comienzo, su causa prima. El ateísmo y una especie de segunda inocencia (Unschuld) están ligados entre sí. El sentimiento de culpabilidad presenta un aspecto religioso esencial, “el advenimiento del Dios cristiano, que es el Dios máximo a que hasta ahora se ha llegado, ha hecho, por esto, manifestarse también en la tierra el maximum del sentimiento de culpa”219, tanto que, para el filósofo, la liberación del sentimiento de culpa sólo será posible con el declino del Dios cristiano220.