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La conciencia a servicio del cuerpo.

In document Culpa y responsabilidad en Nietzsche (página 37-46)

PARTE I – RESPONSABILIDAD PROMESA

Capítulo 1 – Conciencia y responsabilidad

1.2. La conciencia a servicio del cuerpo.

1.2.1. Conciencia y autoridad

Considerando tales ideas hay que entender a la conciencia como un instrumento de adaptación del individuo a las costumbres, a la ley o tradición de su agrupación social bajo la fe en la autoridad. La conciencia es un órgano gestado por la naturaleza y por la sociedad con el objetivo de tornar el hombre un animal calculable, estable y obediente, en una palabra: responsable.

Es esencial no equivocarse acerca del papel de la conciencia: es nuestra relación con el «mundo exterior» lo que

la ha desarrollado. En cambio la dirección, o

respectivamente la salvaguardia y la precaución en relación con el funcionamiento conjunto de las funciones corporales, no llega a nuestra conciencia; en tan poca

medida como el almacenamiento espiritual. No puede dudarse de que, para ello, hay una instancia suprema, una especie de comité director en el que los diversos deseos

principales hacen valer su voz y su poder. «Placer»,

«displacer» son señales que proceden de esta esfera... Igualmente el acto [...] de la voluntad. Igualmente las ideas.

In summa: lo que llega a ser consciente se encuentra

sometido a relaciones causales que se nos sustraen completamente, la sucesión de pensamientos, sentimientos, ideas en la conciencia no expresa nada sobre si esta serie es una serie causal: pero lo es

aparentemente en sumo grado. En vistas a esta apariencia hemos fundado toda nuestra representación del espíritu, la razón, la lógica, etc. (no hay nada de todo esto: son síntesis y

unidades fingidas)... ¡Y proyectadas de nuevo en las cosas, por detrás de las cosas! Usualmente se toma la

conciencia misma como órgano de la totalidad e instancia

suprema: sin embargo, es sólo un medio de comunicabilidad: se ha desarrollado en las relaciones externas, y en relación con intereses ligados a ellas..., «relaciones» entendidas aquí también como influencias del mundo externo y de las reacciones necesarias por nuestra parte, así como de nuestros efectos hacia fuera. No es la dirección, sino un órgano de la dirección.22

Tomar conciencia es escoger y simplificar, abstraer y evaluar. De un lado, toda tomada de conciencia es una manera de conceptualización, de falsificación. La conciencia es un órgano del cuerpo. Su determinación como órgano de dirección del cuerpo significa que mi unidad es en cuanto cuerpo – y que el cuerpo es mi ser23 – por lo tanto no es obra de mi conciencia, porque este último es un órgano al servicio del cuerpo.24

La consciencia no es más que un accidente de la representación y non su atributo necesario y esencial, como habría dicho Leibniz25. La consciencia es síntoma de una imperfección del cuerpo26 y en relación con él es un fenómeno derivado y superficial, un fenómeno bajo el cual las pulsiones no cesan de hacer guerra y celebrar alianzas.27 Por todo este conjunto de relaciones se puede atribuir al cuerpo un carácter eminentemente político. El cuerpo es siempre político y, una vez que no hay cuerpo político sin aparato de gobierno28, sin ejecutivo – la conciencia deber ser comprendida como tal.

Pregunta Vattimo: “¿Qué significa reconocer al espíritu como cuerpo e instrumento del cuerpo? ¿Es sólo una reducción materialista de toda actividad

presuntamente espiritual a una actividad física, a los movimientos del organismo en su inmediatez biológica?”. A lo que comenta:

La reducción al cuerpo no significa referir un fenómeno «mediato» a uno «inmediato», una complejidad falsa a fenómenos y explicaciones más simples, como ocurre a menudo en las reducciones materialistas de la conciencia. Por el contrario, el significado de la reducción es, sobre todo, un significado metódico y corresponde a un rechazo de las pretensiones de simplicidad, unidad atómica, inmediatez, del espíritu.29

Por detrás de lo que está considerado como el órgano que preside y gobierna todas nuestras acciones, sentimientos o pensamientos, se encuentran juicios, valoraciones y afectos muy antiguos. “«Consciencia» – ¡en que gran medida la representada voluntad, el representado sentimiento (este sólo por nosotros conocido) es enteramente superficial! «Fenómeno» también nuestro mundo interior”30. Por tanto, en relación con el cuerpo la consciencia es un fenómeno derivado y superficial. “La percepción de los sentidos sucede en nosotros inconscientemente: todo lo que se hace consciente para nosotros son ya percepciones elaboradas”31. Nietzsche destaca que “nuestra consciencia roza la superficie”32 – por tanto, no hay nada de originario en este órgano de gobierno, el que hace pensar que la conciencia o la razón o el sujeto no están en el principio como elementos a partir de los cuales se puede crear o determinar la realidad o el propio animal-hombre. “La conciencia (o razón) que es el elemento fundamental en la constitución de la oposición entre yo y mundo, y que parece constitutiva del sujeto, no es en realidad su instancia suprema”33. Lo mismo vale decir que “el error principal consiste en ver en la conciencia la esencia del hombre y, consecuentemente –en virtud de la creencia metafísica de una armonía preestablecida entre el hombre y el «ser»–, la guía infalible que debe conducimos hasta las últimas verdades del «ser»”34.

A este respecto se podría esbozar la pregunta: ¿Qué es la autoridad a que obedece la conciencia? En los orígenes están las valoraciones y una voluntad de poder que quiere conservarse y hacer conservar a la especie, creando las costumbres y haciendo que el hombre sea capaz de responder de

sí y por sí, o sea, hacer de él un ser consciente, razonable y responsable. “Tomar conciencia de algo es un instrumento necesario del querer que quiere a partir de la voluntad de poder”35. Sin embargo, no hay que equivocarse cuanto a la importancia de este ser consciente ya que la conciencia no está más que en un segundo nivel en la jerarquía corporal.

Quien en cierto modo se hizo una representación del cuerpo – de los muchos sistemas que en él trabajan, de todo lo que fueron unos a favor o contra de los demás, de toda fineza en el equilibrio, etc.: esto conduce al juicio de que toda consciencia es algo pobre y estrecho: que ningún espíritu sino aproximadamente es suficiente para lo que fue incumbido aquí al espíritu y quizá también lo más sabio moralista y legislador debería sentirse grosero y principiante en medio a este engranaje de guerra de deberes y derechos. ¡De cuán poco somos conscientes! ¡Y a cuántos errores y equivocaciones nos conduce este poco! La consciencia es precisamente un instrumento: y en consideración a cuántas y grandes cosas son producidas sin consciencia, ni lo necesario, todavía el más admirable de los instrumentos. Al contrario: quizá no haya ningún órgano tan mal desarrollado, tan a menudo defectuoso, funcionando incorrectamente: es el último órgano nacido y es todavía un niño – ¡perdonémosle sus niñerías! Exceptuando entre muchas de estas, oigamos la moral, nada más que la soma de los hasta ahora juicios de valor sobre las acciones y convicciones de los hombres. Por consiguiente debemos volver a la jerarquía: todo consciente es solamente de importancia secundaria: que sea lo más prójimo y lo más íntimo, no tiene fundamento, mucho menos ningún fundamento moral, evaluando de otra manera. Tomar el

más cercano como el más importante es precisamente el viejo prejuicio.–– Por lo tanto ¡cambiar de método! ¡En la

evaluación capital! ¡Lo espiritual es celebrado como semiótica del cuerpo!36

La tarea ejecutiva de la conciencia consiste en administrar todas las fuerzas de que está compuesta la existencia humana, su animalidad y su humanidad, los sentimientos, deseos, aversiones, pensamientos y inclinaciones, todo este conjunto de fuerzas que sigue actuando y hablando en el hombre desde los tiempos primordiales. “La consciencia es precisamente sólo un «instrumento» y nada más”37.

¡Cuán maravillosa y nueva, a la vez que pavorosa e irónica, se me aparece la actitud en que mi conocimiento me coloca frente a la existencia toda! He descubierto para mí que continúa inventando, amando, odiando y sacando conclusiones en mí la antigua humanidad y animalidad, y aun todo el período arcaico y pasado de todo Ser sensible.38

Lo originario, lo que yace en el trasfondo de la conciencia es la voluntad39 de poder que a todo rige.

El carácter de la voluntad incondicional de poder se halla presente en la totalidad del reino de la vida. Si bien tenemos un derecho a negar el hecho de la conciencia, difícilmente lo tenemos en cambio para negar los afectos impulsores, v.gr., en una selva virgen. (La conciencia contiene siempre un reflejo doble, no hay nada inmediato)40.

En tanto que voluntad de poder va a definir el grado de calidad y de fuerza, la capacidad gestora de aquél órgano directivo. En la conciencia actúa una voluntad de poder que conserva el quantum de voluntad y de poder ya acumulados y, además, sigue trabajando por lograr más poder. La fe en la autoridad no es aquí una creencia más, sino la fuente, el de dónde se origina la conciencia como obediencia a las costumbres. Y, por tanto, hay que tener en cuenta que “una creencia expresa, en general, la coacción de ciertas condiciones de existencia, una sumisión a la autoridad de circunstancias bajo las cuales un ser prospera, crece, gana poder...”41.

Pero ¿qué determina y configura la conciencia? En general se tiene que la consciencia es lo que determina lo que ha de ser moral. “La conciencia es un fenómeno moral y esto que denominamos «conciencia moral» (Gewissen) en el sentido antiguo del adjetivo es una modalidad de la consciencia (Bewuβtsein)”.42 Pero, para determinar lo que ha de ser moral, ¿no tendría la conciencia que, con anterioridad, ser y estar preparada para reproducir un determinado sistema de valoraciones ya existente? Este estar preparada y formada para reproducir los valores dominantes ¿no hace que la conciencia más bien sea querida y creada por el conjunto de valoraciones existente que

propiamente ser creadora de lo que ha de ser moral? No cabe duda que la conciencia gestiona el orden anímico, esta compleja sociedad, en vistas de la manutención de la moralidad existente. Mientras seguimos preguntando por esta relación entre conciencia y moral uno se va adentrando en las internas relaciones que conducen a la comprensión del origen y significado de la conciencia. Traemos a colación la totalidad del aforismo 335 de la Gaya Ciencia de donde se puede sacar, quizá, alguna luz a esta importante y decisiva cuestión.43 Puede ser que la pregunta fundamental en este aforismo sea: «¿por qué escuchas la voz de tu conciencia?» Por falta de ser buen observador y de no tener vivido con profundidad a las experiencias de la existencia y tener incluso lo más cercano como lo más desconocido el hombre confunde a la voz de los juicios y de las valoraciones como la voz de su conciencia. El tener como moral a un acto a lo que una vez fue tenido por bueno y que, por ello, fue considerado necesario y justificado oculta la verdad de que desde el principio ya actúa una determinada evaluación moral o inmoral del acto. El considerar justo o injusto a determinada acción antecede a lo que se suele atribuir a la conciencia en la creencia fundamental de que ella es lo que determina lo moral y no al revés. Y antes mismo del prejuicio de «oír a la voz de la conciencia» hay una otra creencia en el derecho de tomar tales juicios como verdaderos y infalibles. El texto sigue animando a preguntar por el origen de la conciencia y aún más por lo que impulsa a prestar oídos a lo que se nos dice. En todo caso ya queda dicho que lo que enjuiciamos como «bien» o «estar bien», consideraciones a partir de las cuales concluimos por un «bien en sí» tiene origen distinto a lo que propiamente solemos definir como «consciente» y «moral»: “Tu juicio «así está bien» tiene antecedentes en tus impulsos, inclinaciones, antipatías, experiencias y no-experiencias”, nos dice el citado aforismo. Pero, todavía hay que considerar que los motivos a que somos llevados a prestar oídos a la conciencia pueden estar relacionados a una inhabilidad o impotencia para optar por otra alternativa. “¡La firmeza de tu juicio moral bien pudiera ser, después de todo, precisamente una prueba de insuficiencia personal, de falta de personalidad; tu «fuerza moral» bien pudiera tener su origen en tu obstinación – o en tu incapacidad para contemplar

nuevos ideales!”. La reflexión más sutil, la observación más atenta y la maduración en el aprendizaje conduce a la negación de «deber» y «conciencia» tales como en general se los comprende. Ahora se las puede ver como patéticas palabras: «deber», «conciencia», «pecado», «salvación», «redención».

El anhelo de rebaño de una completa sumisión a alguna autoridad (lo mismo que, partiendo de los instintos de rebaño alemanes, Kant bautizó como “imperativo categórico”). En verdad el más grande alivio y beneficio para animales de rebaño amenazados, vacilantes, tiernos, débiles, encontrar a alguien que mande absolutamente, un carnero-guía: es su condición primera de existencia.44 La segunda parte del aforismo está reservada a un diálogo más explícito con Kant. Desde lo que Nietzsche comprende acerca del imperativo categórico critica el que en ello se revela aquello que se venera como firme, justo y necesario y que por ende califica a un determinado acto de moral no es sino un acto que adviene de la ceguera, estrechez y modestia del egoísmo. “Pues es egoísmo sentir su propio juicio como ley universal; y es un egoísmo ciego, estrecho y modesto, porque revela que no te has descubierto aún a ti mismo, no te has creado aún ningún ideal propio, totalmente propio”. Pero, lo verdaderamente importante en lo que mienta esta crítica es que queda manifiesto la no-existencia de actos idénticos45, por eso no se puede juzgar desde una universalización del egoísmo en lo que este pretenda determinar como el «así se debe obrar en cada caso». A lo mejor, lo que se puede lograr, como mucho, es a una cierta apariencia de identidad46. Pero lo esencial está en que “nuestras opiniones acerca de «bueno», «noble» y «grande» nunca pueden ser probadas por nuestros actos, porque cada acto es incognoscible – que nuestras opiniones, valoraciones y tablas de valores figuran sin duda entre las palancas más poderosas en el engranaje de nuestros actos”. El llamamiento final a la depuración de las valoraciones morales y a la creación de nuevas y propias tablas de valores es una invitación a la no-universalización del valor moral de cada acto particular que no es más que el cristalizar de lo una vez querido. Por eso, más que conservadores de las tablas existentes hay que ser creadores, y, antes que nada, crearse a sí mismo, fijar la propia ley. Pero, ello

no es necesariamente un rebelarse contra la legalidad del mundo, muy al contrario, significa “hacernos los mejores aprendices y descubridores de toda la legalidad y necesidad existente en el mundo” – a ello nos fuerza la racionabilidad. Sin embargo, desde luego, esta racionabilidad sólo puede ser la de aquel niño que es “inocencia (...) y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que se mueve por sí misma, un primer movimiento, un santo decir sí. Sí, hermanos míos, para el juego del crear se precisa un santo decir sí: el espíritu quiere ahora su voluntad, el retirado del mundo conquista ahora su mundo”47. Sólo como este niño se puede «llegar a ser lo que somos». Ya no es más la conciencia cargada del camelo ni la conciencia rebelde del león. Entre un viejo sí «I-A» y un «no» se sobrepone un inocente y acogedor, santo e integrador «decir sí». ¿En qué la conciencia se identifica más con el camello y el león? Es aún la respuesta a la exterioridad, la fe en la autoridad como obediencia y como rebeldía.

1.2.2. Conciencia y sociabilidad.

Habremos de lograr comprender todavía otro aspecto de la conciencia que además de una obediencia a la autoridad que manda es también una respuesta a la necesidad de comunicación y sociabilidad entre los miembros de una comunidad.

El mundo de la conciencia tiende, pues, a configurarse progresivamente como mundo de la conciencia compartida, o mejor dicho, como producto de la sociedad a través de los condicionamientos impuestos por el lenguaje. Pero no sólo los contenidos de nuestra conciencia que conciernen al mundo fenoménico son «ficciones» reguladas por las convenciones sociales; también la imagen que el yo se hace de sí mismo, la autoconciencia en el sentido más propio, es en realidad la imagen de nosotros mismos que los otros nos transmiten.48

La consciencia está esencialmente ligada a la comunicación y a la sociabilidad. La consciencia en general no se ha podido desarrollar sin la presión de la necesidad de comunicación49. Lo desazonante, en principio, en este aforismo, es la clara afirmación de que la conciencia es superflua. Importa la conciencia en la misma medida en que se hace necesaria la comunicación entre los hombres, o sea, es proporcional a la facultad comunicativa50. No fuera la necesidad de comunicación, es decir, si fuera posible, por lo tanto, un hombre completamente independiente de la necesaria sociabilidad, no habría desarrollado el individuo su conciencia. Mientras fuera posible un tal individualismo no cabría pensar el desarrollo de la conciencia. Sin embargo, dado que tal proposición no es posible de ser pensada, dado que el hombre sólo se hace en la relación con otro, hubo que crearse la conciencia como instrumento de comunicabilidad entre estos seres dependientes entre sí. La idea central del aforismo, podríamos destacar, sería la de que “la conciencia en general se ha desarrollado únicamente bajo la presión de la necesidad de la comunicación – de que desde el principio ha sido necesario y útil solo en el trato de hombre a hombre (en particular entre el que manda y el que obedece) y sólo se ha desarrollado en relación con el grado de esta utilidad”. La mencionada relación entre el que manda y el que obedece refleja la disputa entre las distintas fuerzas que componen toda relación y que subyugan unos a otros. Bajo tal coacción tanto interna como externa se va conformando la conciencia y en ella los actos, pensamientos y sentimientos. Tal sometimiento es fruto de la menesterosidad: el hombre es un animal carente y, quizá, el más frágil. Es por esta menesterosidad que el hombre tiene que buscar ayuda y protección, tiene que relacionarse con sus semejantes, desde su carencia y fragilidad y también desde el que puede ofrecer algo a cambio. Esto pide la relación entre el que manda y el que obedece: un dar y un recibir ya que lo fundamental es el trueque. ¿No estamos en la misma relación contractual entre el acreedor y el deudor de que hace referencia La genealogía de la moral cuando trata del mismo tema?51 Entre la conciencia como fruto de la formación del animal al que sea lícito hacer promesas y la conciencia como fruto de la necesaria comunicabilidad se tiene la impresión, según nuestro punto de vista, que

estamos bajo la misma cuestión de comprender a la conciencia, aún que sea lo más superficial y secundario, como hemos visto, como instrumento de la formación para la responsabilidad que vincula a los hombres entre si en el mundo. El necesario hacerse entender se relaciona con el poder prometer. «Saber» la falta, el sentimiento y el pensamiento y «prometer» desde la falta, el sentimiento y el pensamiento configuran la doble relación que garantiza la constitución del animal hombre. Asegurar la palabra (GC, 354) y prometer (GM, II) se constituye como la misma y interna relación que hace que el hombre se vincule, se comprometa, se responsabilice de sí, de sus actos y de su futuro. No se trata de una culpa con el pasado, sino de una promesa, de

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