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El cristianismo y la transvaloración del sufrimiento en castigo.

In document Culpa y responsabilidad en Nietzsche (página 164-174)

PARTE III – CULPA-PECADO

Capítulo 2 – El Sacerdote y la enfermedad

2.4 El cristianismo y la transvaloración del sufrimiento en castigo.

En la concepción de la santidad y amor a Dios, tal cual se desarrolla a partir de la cruz de Jesús, Nietzsche identifica la respuesta a la cuestión del sentido del sufrimiento en la religión cristiana, algo bien distinto de la visión trágica. La respuesta ascético-cristiana hace aumentar el sentimiento de culpabilidad, a través de la noción de pecado. Por otro lado, tal culpabilidad y condenación son el contrario de la representación del Dios Amor. Ella sistematiza la relación entre culpa y sufrimiento. El Dios cristiano es presentado como una víctima y enemigo victorioso de ese mal. Nietzsche no acepta esa respuesta cristiana, sino invalida la propia cuestión. Su interrogación sobre la concepción cristiana de Dios se inscribe, a lo mejor, en

esa dirección: ¿cuál es el valor de esa representación para la vida? Nietzsche denunciará su peligro y la agresión que ella constituye:

Lo que nos separa no es el hecho de que ni en la historia, ni en la naturaleza, ni detrás de la naturaleza reencontremos nosotros un Dios, - sino el que aquello que ha sido venerado como Dios nosotros lo sintamos no como algo “divino”, sino como algo digno de lástima, absurdo, nocivo, no sólo como un error, sino como un

crimen contra la vida... Nosotros negamos a Dios en cuanto

Dios... Si se nos demostrase ese Dios de los cristianos, sabríamos creerlo aún menos. - Dicho en una fórmula:

deus, qualem Paulus creavit, dei negatio [Dios, tal como

Pablo lo creó, es la negación de dios].369

La representación cristiana de Dios ayudaría a aceptar, en la visión nietzscheana, la principal objeción a la vida, a saber, el sufrimiento. En el cristianismo, esto se percibe en la tortura del alma en relación con los tormentos eternos y además en todo tipo de tortura que no más visa a la afirmación del hombre sino a su negación por intermedio de una vida ascética. El cristianismo supo hacer de la tierra un lugar de horrible estadía, a partir de su inversión del sentido del sufrimiento. Los predicadores de penitencia anunciaban los amargos tormentos que niegan el «cuerpo» y afirman el espíritu.

El cristianismo hizo “del lecho de muerte un lecho de tortura”370, el lugar de la condenación para a las alegrías o sufrimientos eternos. Encontrase envenenados el sentido del sufrimiento, la afirmación del trágico de la existencia. El dolor se presenta como se fuese el peor enemigo de la vida, la peor señal de interrogación. La vida está transformada en palco de los más horribles sufrimientos y estos ni siquiera se prestan más a la exaltación del vigor, del espíritu guerrero y creativo de los hombres de los tiempos antiguos, conforme indica Nietzsche. Todo debe ser recubierto por una amarga tristeza, infelicidad y endurecimiento. Todo se torna punición porque la vida es odiosa.

Con estos pensamientos Nietzsche no quiere ayudar a los pesimistas, a los enemigos de la vida, sino afirmar que en el tiempo en que la humanidad no sentía vergüenza de su crueldad la vida era más jovial. El cielo se queda

oscuro exactamente cuando crece el sentimiento de vergüenza entre los hombres, cuando ellos pasan a tener vergüenza de sus instintos, una vez que a camino del ángel el hombre va perdiendo la alegría y la inocencia del animal, su vida se torna insípida, y, a veces, el hombre se coloca delante de si con la nariz tapada y crea, como el Papa Inocencio III371, el catálogo de sus repugnancias.

En el discurso cristiano sobre la muerte hay una cierta «dramatización» de esa realidad natural, a partir de la cual se pudo crear una cultura fundamentada en la culpa. El cristianismo transforma la hora de la muerte en hora del juicio; la muerte, para el hombre creyente del cristianismo, es la puerta para la felicidad o condenación eterna.

En la investigación de lo que Nietzsche absorbe del mensaje cristiano sobre la muerte y su relación con el juicio, a partir del cual el hombre ganaría la condenación eterna o el paraíso celeste, identificase una afirmación del filósofo según la cual Dante tendría cometido un gran error al inscribir en la puerta del su infierno la frase: “también a mí me creó el amor eterno” y sobre la puerta del cielo: “bienaventuranza eterna”. A los ojos del filósofo, seria correcto inscribir sobre la puerta del paraíso cristiano: “a mí también creó el odio eterno”. Concluye Nietzsche que la beatitud de ese paraíso es el más refinado sentimiento de venganza y odio372: “Videbunt poenas damnatorum, ut beatitudo illis magis complaceat”373. Otro texto confirma la tesis de Nietzsche según la cual el Reino de Dios, defendido por el cristianismo ascético, es fruto del más profundo odio. Al desaconsejar a los cristianos tomar parte en los espectáculos públicos, Tertuliano, en De Spectaculis, cap. 29 ss., demuestra el tipo de espectáculo que la fe ofrece. Según Tertuliano, el día del juicio será el día de un gran espectáculo aún no visto ni esperado por las naciones. En este día el fuego quemará generaciones, sabios filósofos y divinidades que antes eran adoradas. Nietzsche denuncia la dramatización cristiana de la muerte que sirve esencialmente para una negación de aquello que el individuo encuentra espontáneamente. Recuérdese que el texto — De Spectaculis — advierte a los cristianos con relación a la falsa alegría que ofrecen los espectáculos: «el teatro», «el circo», y, porque no decir, «la falsedad de la vida».

Nietzsche destaca en los manuales cristianos la identificación de la causa del sufrimiento en todo aquello que, en esta vida, causa placer y felicidad, una vez que “toda satisfacción efímera conduce a una decepción durable”.

En suma, hay una ligación inherente en el discurso cristiano entre la realidad de la muerte y de su asociación al juicio con la necesidad de la negación de la vida como posibilidad de llegar a las alegrías eternas. La amenaza del juicio invita a la conversión y estimula a la fidelidad del creyente. El uso de la realidad de la muerte torna el hombre un enfermo, un individuo que tanto se defiende del deseo, como crea un abismo sobre las apariencias inocentes del instante. La dramatización cristiana de la muerte y su significación y valoración, a partir de un juicio, es el referente contra el cual Nietzsche hace su crítica a la moral y religión cristianas.

“Que vuestro morir no sea una blasfemia contra el hombre y contra la tierra”374. La muerte debe ser vista como la llegada de la tarde, una recompensa. La vida debe ser vivida como el gran mediodía. La muerte debe dejar de ser un mal a evitar, un juicio en un Tribunal todopoderoso o la partida para un mundo mejor  alivio de la dolor de la existencia. Enseña Zaratustra que la muerte debe venir como una «fiesta»: “Todos dan importancia al morir: pero la muerte no es todavía una fiesta. Los hombres no han aprendido aún cómo se celebran las fiestas más bellas. "Yo os muestro la muerte consumadora, que es para los vivos un aguijón y una promesa"375. Además, “en todos los tiempos los sapientísimos han juzgado igual sobre la vida: no vale nada... Siempre y en todas partes se ha oído de su boca el mismo ton, - un tono lleno de duda, lleno de melancolía, lleno de cansancio de la vida, lleno de oposición a la vida”.376

Para Nietzsche, el pensamiento sobre la muerte conduce a estados de morbidez o los favorece. En este sentido, “el pensamiento de la vida les merezca la pena pensarlo aún cien veces más”377. Con todo, la muerte continua siendo el grande tema. El pensamiento de la vida y del mediodía todavía no sustituyó la dramatización cristiana de la muerte. Aún se podría preguntar: ¿por qué el cristianismo ha conseguido infiltrarse en el alma humana y ahí construir residencia? Para Nietzsche el mal mayor no está todavía en la muerte

/ juicio, sino en el sentimiento de culpabilidad en que tal relación se fundamenta.

El hombre vive su historia como sufrimiento. Como se nota, la formación moral del hombre indica que este mundo debe ser negado y que todas las afirmaciones del instante, así como todas las alegrías terrenas, son efímeras en relación con la eternidad cristiana: el Reino de Dios — el gozo eterno, el placer inconmensurable. Encadenado por sí mismo, el hombre no puede dejar de encontrar la causa de su mal y de ofrecerle sentido. Tal es la lógica del hombre enfermo.

La aparición de las estructuras de culpabilidad demuestra, a los ojos del enfermo, su propia enfermedad. La culpa es la respuesta que el hombre intenta ofrecer a la cuestión del sufrimiento. De un lado, el sufrimiento aparece como suplicio y, de otro, compensa la falta. El sufrimiento cesa de ser una maldición contra la vida, para tornarse un medio al servicio de ella, según el ideal ascético. Con relación a tal reacción y de la concepción cristiana de salvación, Nietzsche va a investigar los motivos que llevan al hombre a negar el sufrimiento, procurando superarlo en la creación de un sufrimiento todavía mayor, que se caracteriza como sentimiento de culpabilidad.

Tal enfermedad encontrará la satisfacción de su desorden no al lado de los fuertes y de los creadores, sino al lado de los enfermos. Con relación a ello, se puede afirmar que el sufrimiento va a surgir como una contradicción entre el deseo y las condiciones humanas de la vida, o sea, de un lado los sueños y de otro la vida real. Los movimientos de la vida harán que el hombre procure una realidad fija y inmutable, que le permita resistir al tiempo y mismo dominarlo relativizando la muerte y acabando con la crueldad que domina la relación entre fuertes y débiles.

Según la tradición cristiana, Dios creó el hombre «libre», «feliz», «inocente» e «inmortal». Entretanto, la desobediencia de la primera pareja narrada en el libro del Génesis ha traído a la humanidad el sufrimiento, la infelicidad, la necesidad del trabajo para el sustento y la manutención de la vida. En la estera de esa reflexión teológica y bíblica, nuestra vida actual es falsa, sometida al pecado, luego, un suplicio. En esa concepción, tanto el

sufrimiento, como el trabajo, la lucha y la muerte serán considerados enemigos, objeciones contra la vida, algo contrario a la naturaleza, un medio de salvación y de purificación.

En el cristianismo, a los ojos de Nietzsche, encontrase una revuelta en contra de las condiciones fundamentales de la vida. La falta de sentido, que va ser interpretada y calmada por el ideal ascético, acarrea a la humanidad un sufrimiento aún mayor, sin embargo, el hombre se siente salvo y justificado. El hombre “quedaba así salvado, tenía un sentido, en adelante no era ya como una hoja al viento, como una pelota del absurdo, del «sin sentido», ahora podía querer algo”378, mismo que su querer tenga que ver con un odio contra el humano, el instinto, el animal, los sentidos, la felicidad, la belleza, el efímero. La contradicción entre el ideal y lo real, que genera una revuelta contra las condiciones naturales de la vida, traduce la experiencia de una impotencia, de una enfermedad: el individuo se siente incapaz de querer lo que es, comprender lo que se pasó, «el fue», afirmar lo que viene, comprender la muerte, renunciar a sus verdades, caer en el rumbo de la noche379. Todo lo que es exterior al querer pasa a ser asumido como un límite, un obstáculo, una amenaza de destrucción, porque no revela un sentido y no ofrece una finalidad. Alguna cosa falta, algo envuelve al hombre, un vacío inmenso, incapaz de justificarse. Es preciso siempre querer, aunque impotente, la voluntad no puede dejar de querer, entonces, la voluntad se transforma en voluntad de nada o en voluntad de venganza — aquella que acusa a los fuertes de que sean fuertes, o aún, aquella que se vuelve contra sí misma, bajo el aspecto del resentimiento, engendrando la culpabilidad.

El cristianismo, para salvar el hombre de lo trágico de la existencia, preséntale las razones de su sufrimiento, razones para acusarse de la abstención de la felicidad y esperar la redención por el sufrimiento del inocente. La terapéutica cristiana llevó la humanidad al desarrollo de la angustia de la salvación eterna, a la depreciación del dinamismo de la vida y de la belleza. Nietzsche se pone contra el proceso cristiano de la formación del hombre, proponiendo una transvaloración de los valores. La crítica al cristianismo va más allá de la afirmación de un ateísmo trágico o la denuncia

de un desvío de la conciencia moral. Ella es la negación incondicional de toda posibilidad de creer en una salvación, de admitir que el sufrimiento, voluntario o no, de un inocente pueda tener un valor cualquier, y «a fortiori», aquello de un «culpable». Es la negación de la noción de pecado, en la medida en que esa noción deja entender que el hombre es responsable. La palabra de Nietzsche, la más terrible, no es el anuncio sobre la muerte de Dios, sino aquella que afirma que “el ateísmo y una especie de segunda inocencia se hallan ligados entre sí.”380. Véase, en los capítulos que se siguen, como el hombre responde à cuestión del sufrimiento mediante el desarrollo y reinterpretación de las estructuras de culpabilidad.

En cuanto religión ascética, el cristianismo aparece, en La genealogía de la moral, como una institución formadora del occidente. Pero, el que Nietzsche hace ver en su pesquisa genealógica es que hay una realidad que se encuentra abajo de las estructuras históricamente inauguradas a partir del cristianismo. Como tal, este a priori del cristianismo es la señal, en el vasto horizonte de la crítica nietzscheana, de que su crítica apunta para una realidad más amplia que el propio cristianismo. Véase la tercera disertación de La genealogía de la moral que tiene como título: «Los ideales ascéticos». Se sabe que tales ideales se encuentran tanto en el cristianismo cuanto en la ciencia, en la filosofía, en las artes y en el propio ateísmo moderno. El que alimenta el ideal ascético es el resentimiento que mantiene la necesidad de creer, la necesidad de encontrar un sentido que abarque la justificativa para el existir y, principalmente, para el sufrir en esta vida. Tal resentimiento engendra la estructura de culpabilidad radicada en la experiencia del cristianismo ascético. El ideal ascético sobrepasa el modelo sacerdotal, pero no hay modelo sacerdotal para fuera del ideal ascético. Nietzsche identifica en el sacerdote el educador de la conciencia moral del occidente. Tal reflexión no quiere inscribirse en el seno de tradiciones teológicas concretas, sino estar volcada para la identificación de un tipo formador de la conciencia moral del occidente. A los ojos de Nietzsche, la conciencia occidental, en su sentido espiritual y cultural y no en sentido geográfico y político, está aprisionada por fortificaciones que se solidificaran a lo largo de los siglos. El tipo sacerdotal se encuentra

interiorizado en las variantes de la sobrevaloración del trabajo, de la lógica del rebaño y en la búsqueda de un sentido para el problema del sufrimiento. En otras palabras, se podría todavía decir que la crítica nietzscheana al sacerdote dirigiese, del punto de vista genealógico, al discernimiento de una organización ascética presente en el mundo.

La expresión «sacerdote asceta» indica una plasticidad que permite encontrar este tipo en hombres aparentemente extraños a todo tipo de sacerdocio eclesiástico, sin embargo la crítica nietzscheana recaiga sobre el sacerdote cristiano como una gran metáfora de este modelo. El sacerdote es el personaje que actúa mismo fuera de la institución religiosa y se encarna en toda especie de mediadores, o mejor, en una especie de vida que se afirma a partir de una negación de este mundo. El sacerdote posee la consolación del sentido, es el apoyo para que la vida pueda ser vivida, a pesar de toda debilidad y falta de poder del creyente para querer la vida misma. Es sacerdote todo aquel que hace al débil tomar conciencia de su enfermedad transformándole en una víctima, identificándose con él y afirmando, a partir de esa identificación, un compromiso político, científico, gregario, en fin, un compromiso con la Justicia, el Bien y la Verdad. El sacerdote necesita de esa clase de miserables para introducir y mantener su interpretación de la realidad e implantar su dominación como dominación de los explorados – como se vio, el sacerdote cura, tornando el hombre más enfermo. Los sacerdotes siempre mandan, porque los esclavos creen dominar a través de su intermedio.

Como toda realidad, la ciencia, el arte, la política o el propio ateísmo, el cristianismo pudo ser transvalorado por el resentimiento. El propio filósofo faz, en su Genealogía de la Moral, una diferenciación entre religiones de la afirmación y de la negación cuando trata del judaísmo pre-sacerdotal y sacerdotal. Jesús se presentó más allá del modelo sacerdotal del judaísmo, informan los evangelios. Sin embargo, para el filósofo, el cristianismo fue verdaderamente fundado por Pablo y esto significó un cambio del mensaje originario. El único cristiano murió en la cruz – se afirma en el Anticristo, y su propósito tumbó ante las condiciones y los contenidos de un sin autentico; tentativa frustrada por falta de una voluntad fuerte para levar su tentativa su

termo. El cristianismo de Pablo no tiene nada que mirar con el de Jesús. Tal oposición hace sentido, cuando nos reportamos al sentido fundamental de la problemática nietzscheana en su análisis de la enfermedad humana. Encerrado en sí mismo, el hombre es concebido en Pablo, según Nietzsche, como un fin en sí mismo. El hombre es el culpable de la muerte del inocente. Tal es el sentido del sufrimiento. El sacerdote torna el hombre todavía más enfermo al criar esta respuesta al problema del sufrimiento. La excesiva preocupación con el pecado, tomada como realidad central, degrada la moral cristiana en una terapéutica de las pasiones, levando el cristianismo a negar la propia vida. Sin embargo se puede encontrar en el cristianismo, una otra visión del pecado que nos hace pensar no en negación de la vida, pero en negación de una cierta condición de negación de la vida, o sea, como pura positividad con relación a la universalidad humana más que a la particularidad cristiana. Así se revela la posibilidad de un cristianismo afirmativo y creativo. El cristianismo precisa reafirmarse como religión de la creatividad libre y educar el hombre más allá de las estructuras de culpabilidad que le aprisionan. Siendo Así, estará siendo fiel al su autentico proyecto que puede ser identificado en Juan 10, 10 como religión de la «vida para todos y vida en abundancia», pero, actuando en las estructuras de este mundo.

Con todo, se sabe cuán difícil sería encontrarnos con un cristianismo en estado puro. Desde su origen, el cristianismo estuvo mezclado con el resentimiento de los esclavos y expoliados del Imperium. Desde la primera hora estuvo inmerso en el odio judaico y en el deseo de encontrar el sentido y

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