PARTE III – CULPA-PECADO
Capítulo 2 – El Sacerdote y la enfermedad
2.1 Aristocracia guerrera y aristocracia sacerdotal.
Nietzsche distingue dos tipos de aristocracias: una aristocracia guerrera y una aristocracia sacerdotal. Del concepto de preeminencia política siempre resulta un concepto de preeminencia espiritual. Para el filósofo, en estos términos, la casta sacerdotal se reconoce simultáneamente como la casta más elevada. El concepto de «puro», según la designación sacerdotal, pasa a no tener apenas un sentido estamental y político como más tarde acontecerá también con los conceptos de «bueno» y «malo». Además, la pureza pasará a ser representada por la clase de los sacerdotes, mientras para los antiguos, afirma Nietzsche, “el «puro» es, desde el comienzo, meramente un hombre que se lava, que se prohibe ciertos alimentos causantes de enfermedades de la piel, que no se acuesta con las sucias mujeres del pueblo bajo, que siente asco de la sangre, –¡nada más, no mucho más!” . 304. Nada más que eso, salvo cuando la aristocracia sacerdotal promovió la interiorización y la antítesis entre «puro» y
«impuro», así como entre los débiles se ha producido la dicotomía «bueno» y «malo».
Sin embargo, la aristocracia sacerdotal puede derivarse de una aristocracia guerrera, de un modo noble de valorar y transformarse en su opuesto revelando su carácter hostil a la acción y a su debilidad. La casta de los sacerdotes está en constante guerra contra la casta de los guerreros. De un lado, la negación de la guerra y de la crueldad; de otro, la virilidad en su total pujanza. Para unos, el odio a la carne, la reacción impotente, la venganza; para otros, actividad robusta, libre y contente.
El ejemplo mayor, la reacción más fuerte con relación a los nobles y poderosos, los señores, los guerreros, es remotamente comparable a los judíos, en cuanto pueblo sacerdotal. Tal espíritu fue su arma más vigorosa contra sus enemigos y conquistadores.
El judaísmo en los tiempos primitivos se presentó como una religión semítica que dice si, o sea, el judaísmo del período de los reyes en su amor a la vida denota mayor virilidad de lo que entre los griegos305. El judaísmo marcado por la tradición sacerdotal es el que va contraponer a los legisladores, guerreros y soberanos del período de la monarquía una espiritualidad de negación de la vida. El judaísmo pre-sacerdotal se desarrolla procurando edificar al pueblo con una palabra creadora de distancias, reglamentos y orden social, sin crear en ello la ambición extravagante de situarse por encima de los demás, de atribuirse una misión exclusiva y, por tanto, de emprender, desde entonces, una desnaturalización de sus condiciones de existencia306.
Religión no dualista307, el judaísmo anterior al exilio presenta una concepción de Dios en la cual el pueblo canta el enaltecimiento de su propia vitalidad. La religión es una forma de manifestar su agradecimiento a Dios por todo el que se conquistó. En esta concepción se ve, también, que Dios tiene el poder de ser útil y dañoso, amigo y enemigo, admirado en su ser bueno y malo. La antinatural castración de un Dios para tornarlo un Dios meramente bueno estaría fuera de esas expectativas308. Dios formaba una unidad con el pueblo en un doble sentido: de un lado, toma partido por él; de otro, hace
causa común a los infortunios de su historia, donde se concluye que, en Dios, el pueblo afirma su propia fuerza y su destino. La espiritualidad impersonal de Dios no es judaica, sino griega. Entre los judíos se conservó el Dios del pueblo, el Dios de la alianza como una persona. Los cristianos oscilan, pero están más próximos de los judíos309. Un pueblo orgulloso de sí necesita de un Dios para rendirle sacrificios como fruto de lo sentimiento de gratuidad310. Sin embargo, el amor a la vida que anima al pueblo judío también tiene su lado pernicioso. El agradecimiento a la vida que brota de lo ritmo de las estaciones y es exaltado en Iahweh, puede degradarse en actitud posesiva delante de la vida, si esta vida, por razones diversas, parece faltar ya que los judíos hicieron la opción de ser a cualquier precio311. Las invasiones extranjeras y el cautiverio, elementos conocidos de la historia de Israel van provocar el caos y los judíos van clamar por la búsqueda de la unidad antes asegurada por el rey como buen soldado y juez severo. En este tiempo de caos surge la figura del profeta que procura mantener la unidad del pueblo disperso. Delante de la confusión y de la duda en el exilio, el pueblo empieza, bajo inspiración sacerdotal, a nombrar a los culpables por su sufrimiento. Según los profetas, los reyes guerreros y la aristocracia de las armas tendrían arrastrado al pueblo para lejos de Iahweh.
Al denunciar el dominio de la aristocracia guerrera el sacerdote judío compromete el pueblo a obedecer a la Ley de la cual él es el intérprete. Se inaugura así la sublevación de los débiles al proponer una lectura de la derrota y de la historia anterior de Israel, que los débiles con su obediencia pueden salvar312. Los sacerdotes exaltan la obediencia a la ley, comprenden todos los acontecimientos del punto de vista religioso (infidelidad la Dios), determinan una ley marcada por el carácter sacerdotal del legislador, separando los puros de los impuros y no abriendo un espacio social favorable a la acción, como en la distancia legisladora de los reyes guerreros313. El proyecto sacerdotal acaba por crear una distinción estéril al superestimar una pureza ritual, corporal y espiritual. El bueno es el que agrada a Iahweh, y no el que produce resultados tangibles en la historia.
Instaurase en el interior del judaísmo un tipo distinto de religión, pues el sacerdote disocia lo que la tradición antigua había unido, criando inclusive una nueva concepción de Dios. Los sacerdotes acusaban la infidelidad de los reyes guerreros, salvando la responsabilidad de Iahweh. Separando la causa de los dramas históricos del pueblo, muestran el error de la antigua identificación. Los sacerdotes judaicos van subordinar el pueblo a la imagen de una divinidad que premia y castiga, donde la ventura es premio y la desventura es castigo por la desobediencia a Dios, o sea, por el pecado314.
Dios se convierte en utensilio para justificar la existencia del pueblo y para fundamentar la soberanía del sacerdote. Un Dios ateo – único – nacido de una voluntad colectiva de supervivencia y de una interpretación de falsos señores (los sacerdotes) – Dios exclusivo de otros Dioses, afirma o Zaratustra315. Hubo una transformación: del Dios Javé como Dios de Israel, al Dios de la Justicia, en primer lugar; y, después, Dios de Israel. Aquí se puede ver una abstracción o alejamiento de Dios con relación a las condiciones históricas y sociales de su afirmación. El concepto de Dios pierde en concreción, para crecer en universalización, se convirtiendo en el Dios cosmopolita de la masa, un Dios sin carácter propio. La Thorá, entendida antes como ayuda, derecho, indicación que ofrecía la solución de problemas, pasa a ser un conjunto de exigencias intrincadas. Ya no se celebran la historia, las estaciones y la cosecha abundante. La Ley y el culto se someten a la educación moral asegurando la unidad de lo pueblo y su supervivencia. Todo ese proceso solo puede venir a crear la idea de que el pueblo es electo y distinguido316, unida con la idea de pecado317, pues la dependencia total pide la obediencia / fidelidad total a Iahweh. Luego, todas las acciones deben ser consideradas solamente con relación a sus consecuencias sobrenaturales. De todo eso, se podrá concluir que el acontecimiento natural pasa a ser comprendido como lo indigno en sí, pues la idea de elección muestra que es la referencia al sobrenatural el que deprecia lo natural y, no, la aversión con relación a lo natural, el que suscita una referencia a lo sobrenatural. En este sentido, el sacerdote seculariza la naturaleza. En otros términos, es pecado todo comportamiento que no se fundamente en Dios solamente o que no aprecie
toda realidad en función de la única ley divina (sacerdotal). Así se fundamenta el exclusivismo judío con relación a la naturaleza y con relación a otros pueblos.
Los no-elegidos están envueltos en el pecado y la actitud judía sacerdotal caracterizase por la captación y asunción de la vida en beneficio suyo, dentro de la negación de las condiciones de la vida. Esa actitud global considera al todo de la vida en beneficio de aquellos que la vida olvida, es una actitud de alcance infinito: con el judaísmo sacerdotal entró en la historia una insatisfacción incesante, una aspiración a no reparar en los peligros para mantenerse de pié, una ausencia de reposo ignorada por los griegos y activa hasta nuestros días. Tal es el deseo que constituye el principio de la sublevación de los esclavos en la moral.
El judaísmo sacerdotal, además de distinguirse del semitismo guerrero, fue una síntesis del espíritu sacerdotal y del espíritu ario, mientras ese término connote la idea de dominio y de no-pesimismo. El judaísmo asimila la voluntad de dominio (aria) y su modo de aplicación (multiplicidad de leyes que contienen la vida en todos sus detalles) sacerdotal en su inspiración espiritual y en su oposición a una casta guerrera. Al lado del modo noble de concebir la vida, su virilidad, fuerza pujante y espíritu de guerra y crueldad, una espiritualidad fuerte, una actividad robusta y libre, se instala la casta sacerdotal que, lejos de valorizar a las cualidades del cuerpo, se distingue por la valorización del espíritu. Los sacerdotes conseguirían reunir en torno a sí toda una clase de enfermos y débiles, formando un ejército de los marginados para reconquistar su poder y espacio frente al modo guerrero de valorar. Sin embargo, esa guerra no se da en el campo de la acción directa contra la «moral guerrera», sino en el campo de los valores. La «transvaloración de los esclavos» se pasa en el campo de la moral como una «transvaloración de los valores». Aunque rica de espíritu, la aristocracia sacerdotal puede ser concebida como la más terrible enemiga de la aristocracia guerrera, una vez que, de su impotencia, mueve todo su odio contra las constituciones más afirmativas de la vida. La transvaloración de los esclavos en la moral indica el movimiento de la más espiritual venganza ocurrida hasta entonces.
En estos términos, nada merece ser mencionado en comparación a lo que los judíos, pueblo sacerdotal, hicieron contra «los nobles», «los violentos», «los señores», «los poderosos». Los judíos vencieron sus enemigos a través de una transvaloración (Umwertung) – ese acto de la más espiritual venganza. Fueron los judíos los que cambiaron la valoración aristocrática según la cual, bom=nobre=poderoso=belo=feliz=amado de Dios. Sin embargo mantuvieran esta inversión: los miserables son los buenos; los pobres, los impotentes, los bajos son los dignos; los que sufren, los indigentes, los enfermos, los deformados son también los únicos piadosos, los únicos benditos de Dios, únicamente para ellos existe bienaventuranza. Los nobles son los malvados, los crueles, los lascivos, los insaciables, los ateos, los eternamente desventurados, los malditos y condenados318.
Con los judíos empezó, por lo tanto, en la moral, la rebelión de los esclavos. Rebelión que posee una historia milenaria y que se perdió de vista, dado que resultó vencedora. ¿Y quien heredó ese odio judío? Es sabido que, del tronco del odio judío, del odio más sublime y profundo, el odio creador de ideales, modificador de valores, odio sin igual en la tierra, brotó un amor nuevo. La más profunda y sublime forma de amor, aquella que no nació como antítesis del odio judío, del espíritu de venganza, sino como acabamiento suyo, identifica Nietzsche319. Ese amor nació de aquel odio como su corona triunfante, en la más dilatada luminosidad y plenitud solar. En ese reino de luz y de altura, el amor perseguía las metas de aquél odio, perseguía la victoria, perseguía la seducción, con el mismo ardor.
La genealogía de la moral procura identificar que, en Jesús de Nazaret, evangelio vivo del amor, el «redentor» que tras la bienaventuranza y la victoria a los pobres, a los enfermos y a los pecadores, se encuentra la seducción en su forma más inquietante y irresistible. A través del Nazareno, consiguió Israel alcanzar sus objetivos – mismo al tenerlo asesinado como se fuera su enemigo mortal. Bajo el signo del Dios en la cruz, la santa cruz, un Dios que entrega su Hijo para la salvación del hombre, Israel vence una y otra vez con su venganza y su transvaloración (Umwertung), sobre todos los otros ideales más nobles.
Segundo la moral de los resentidos, la venganza torna el hombre redimido de la falta, de su sufrimiento y de su impotencia. El sufrimiento, como se vio, pasa a valer como una objeción a la vida que aún siendo un suplicio, puede ser redentor, aunque contribuya para que el hombre quede más enfermo. La voluntad de venganza que da un sentido al sufrimiento se pone a la búsqueda de los culpables, sustituyendo la voluntad de poder, capaz de todo querer: lo efímero como efímero, el pasado, tal como se presenta, y la crueldad como natural, por una reacción, un sentimiento de resentimiento que todo envenena y que todo invierte a la luz de sus principios de debilidad y impotencia. El débil pasa a ser el bueno y el noble; el fuerte y el guerrero serán presentados no como la síntesis de la imperfección o de la bajeza, sino como la síntesis de lo que es malo.
Por otro lado, se presenta el punto de incompatibilidad más radical entre el pensamiento de Nietzsche, el centro mismo de su pensamiento en su madurez, y la fe cristiana.
El decir sí a la vida incluso en sus problemas más extraños y duros: la voluntad de vida, regocijándose de su propia inagotabilidad al sacrificar a su tipos más altos, – a eso fue a lo que yo llamé dionisiaco, eso fue lo que yo adiviné como puente que lleva a la psicología del poeta trágico. No para desembarazarse del espanto y la compasión, no para purificarse de un afecto peligroso mediante una vehemente descarga del mismo – así lo entendió Aristóteles –: sino para, mas allí del espanto y la compasión, ser nosotros mismos el eterno placer del devenir, – ese placer que incluye en sí también el placer del destruir... Y con esto vuelvo a tocar el sitio de que en otro tiempo partí – El nacimiento de la tragedia fue mi primera transvaloración de todos los valores: con esto vuelvo a situarme otra vez en el terreno del que brotan mí querer, mi poder – yo, el último discípulo del filósofo Dioniso, – yo, el maestro del eterno retorno...320.
El contrapunto presentado por Nietzsche al ideal sacerdotal es la confirmación de la voluntad del fuerte, la aristocracia guerrera. En el primer caso, el camino del sufrimiento conduce a la salvación, mientras que, en el segundo, lo que existe es suficientemente sagrado para justificar el sufrimiento. Dicho de otra forma, el hombre noble afirma, con coraje, como
fruto de su fuerza, al sufrimiento, mientras la aristocracia sacerdotal niega y sublima el sufrimiento en busca de salvación. Nietzsche proclama la falta de sentido y la crueldad sin la tentación de suplantarlos o de se rebelar en contra del sufrimiento. Este pensamiento lo conduce a la afirmación del eterno retorno, pensamiento que podrá inocentar al hombre delante del sufrimiento, o sea, vivir feliz para que esta vida pueda ser vivida muchas veces. El hombre que afirma esta vida como sufrimiento a ser reparado, superado, jamás deseará vivir otra vez321. Liberar al hombre, tornarlo inocente pasa por el afirmar que no hay un sentido más allá de lo que sea la propia vida. Para Nietzsche, empieza un novo tiempo, una nueva transvaloración, la afirmación de la voluntad de poder.
2.2 El triunfo del judeo-cristianismo frente a los ideales nobles y