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—Señor Vincent —le dijeron—, desde que Jacques Verney nos ha dejado usted es el único hombre en quien podemos confiar. Aconséjenos lo qué debemos hacer. No queremos morir de hambre al menos que sea necesario. Vaya usted a hablar con la Compañía, tal vez consiga algo. Y si después que usted los ha visto, nos dice de volver al trabajo, así lo haremos. Haremos lo que nos ordene.

Los escritorios del Charbonnage de Belgique tenían un aire lúgubre. El gerente recibió a Vincent con afabilidad y simpatía.

—Ya sé, señor Van Gogh que los mineros están indignados porque no seguimos los trabajos hasta rescatar el cuerpo de las víctimas. Pero, ¿de qué hubiera servido? La Compañía decidió no volver a trabajar en esa veta, pues es muy pobre y no vale la pena, entonces, ¿para qué hubiéramos seguido trabajando durante semanas enteras para recuperar esos cuerpos? Total, para sacarlos de una tumba y colocarlos en otra...

—¿Y qué pueden ustedes hacer para mejorar las condiciones de trabajo? ¿Es inevitable que se enfrenten día a día con la muerte?

—No hay solución, señor. La Compañía no tiene fondos para invertir en mejoras. Los mineros tienen que reanudar el trabajo en las mismas condiciones, y tienen que hacerlo pronto, de lo contrario cerraremos la mina para siempre, y entonces, sólo Dios sabe lo que les sucederá.

Mientras Vincent regresaba tristemente a Petit Wasmes se decía:

—¡Sólo Dios sabe lo que les sucederá! —y luego, con amargura añadía: —No, Él no sabe nada.

Le parecía evidente que ya no podía ser de ninguna ayuda a los mineros, puesto que debía decirles que regresaran al trabajo abrumador de trece horas consecutivas por un sueldo de hambre y bajo constante peligro de muerte. ¡Había fracasado en su intento de ayudarlos! Ni siquiera Dios los podía ayudar. Había venido al Borinage a fin de traerles la palabra de Dios, pero ¿qué decir a aquella gente cuyo enemigo no era la Compañía para la cual trabajaban sino el mismo Padre Todopoderoso?

En cuanto les aconsejara reanudar su esclavitud, cesaría de serles de utilidad. No podría nunca predicarles otro sermón —aún si el Comité se lo permitiese—, pues ¿de qué les serviría ahora el Evangelio? Dios no quería oir el llamado de los mineros y él no había sabido ablandarlo.

De pronto le pareció que la luz se hacía en su cerebro. ¡No había Dios! Dios era una invención absurda inventada por los miedosos desesperados. Sólo existía el caos. Un caos miserable, doloroso, ciego y cruel.

BANCARROTA

Los mineros regresaron a su trabajo. Theodorus Van Gogh, instruido por el Comité Evangelista, escribió a su hijo enviándole dinero y ordenándole regresara a Etten. Pero en cambio Vincent regresó de nuevo a lo de Denis. Fue al salón por última vez y descolgando todos sus cuadros los volvió a colocar en su cuarto.

Era el fracaso, la bancarrota completa. No tenía ni trabajo ni dinero, ni salud ni fuerzas, ni entusiasmo ni deseos, ni ambiciones ni ideal, ¡no sabía qué hacer con su vida! A los veintiséis años había fracasado cinco veces y no le quedaba coraje para recomenzar de nuevo.

Se miró en el espejo. Su barba rojiza le cubría casi todo el rostro, sus labios otrora llenos y sensuales, eran ahora una simple línea y sus ojos estaban semiperdidos en sus profundas cavernas.

Pidió prestado a la señora Denis un poco de jabón y se lavó de pies a cabeza, asombrándose de encontrarse tan delgado. Se afeitó cuidadosamente y se peinó. La señora de Denis le trajo ropa de su mando, y una vez vestido, bajó a la cocina de la panadería, tibia y agradable.

Cenó con los Denis; era la primera vez que comía algo sólido y caliente desde la catástrofe. Le pareció que esa comida no tenía saber alguno.

A pesar de que no había dicho a nadie que le habían prohibido predicar, nadie le pidió que lo hiciera. No les hablaba a los trabajadores y ellos tampoco le dirigían la palabra. Nunca más volvió a entrar en sus chozas. Parecía como si hubiese un profundo entendimiento entre ellos y que por tácito acuerdo se abstuviesen de pedir explicaciones o de discutir su actitud. Se entendían. Y la vida proseguía en el Borinage.

Supo por una carta de su casa que Vos, el marido de Kay, había fallecido inesperadamentje, pero la noticia lo dejó frío.

Transcurrieron varias semanas. Vincent no hacía otra cosa que comer, dormir y quedarse sentado mirando hacia adelante sin pensar en nada.

Poco a poco se repuso de la fiebre pertinaz que lo perseguía y le volvieron las fuerzas, pero sus ojos permanecían indiferentes. Llegó el verano; los campos negros y las pirámides de terril comenzaron a brillar bajo el sol. Vincent comenzó a caminar por el campo, pero no lo hacía por placer, sino porque estaba cansado de estar sentado o acostado.

Al poco tiempo de quedarse sin dinero, recibió una carta de su hermano Theo que se hallaba en París en la que le rogaba no perdiera más tiempo en el Borinage y empleara el dinero que le enviaba en salir de allí y establecerse de nuevo. Pero Vincent entregó todo el dinero a la señora de Denis. No permanecía en el Borinage porque le agradara, sino porque no sabía dónde ir y porque hubiera tenido que hacer un esfuerzo demasiado grande para salir de allí.

Había perdido a Dios y se había perdido a sí mismo, y ahora acababa de perder a la única persona que siempre se había interesado por él y que lo comprendía. Theo abandonó a su hermano. Durante todo el invierno le había escrito una o dos veces por semana, cartas largas, comprensivas, cariñosas y llenas de interés, y de pronto, dejó de hacerlo. Theo también había perdido la fe y la esperanza en él. Vincent estaba solo, completamente solo, sin siquiera su Maestro. Era como un hombre muerto que caminara en un mundo desierto preguntándose por qué estaba aún así.