Pasó el mes de marzo, y en abril el tiempo mejoré algo. Desaparecieron los vientos y el sol calentó un poco más. La fiebre decreció poco a poco y las mujeres pudieron volver a las pirámides negras en busca de terril. Empezaron a arder agradables fuegos en las chozas y los niños ya podían quedarse levantados durante el día. Vincent reabrió su salón y todo el pueblo acudió a su primer sermón. Una ligera sonrisa se reflejaba en el semblante melancólico de los mineros. Decrucq que se ocupaba de la estufa del salón hablaba alegremente al calor del fuego.
—Han llegado tiempos mejores —dijo Vincent a sus feligreses—. Dios os ha probado para conocer lo que valíais, pero vuestros peores sufrimientos han pasado. El trigo madurará en los campos y el sol os calentará cuando os sentéis delante de vuestras casas después de un día de trabajo. Los niños correrán al bosque a recoger bayas y se sentirán felices. Elevad vuestra mirada hacia Dios. El es misericordioso y justo. Os recompensará de vuestra fe. Agradecedle los tiempos mejores que se aproximan.
Una vez que hubo terminado, todos los mineros comenzaron a charlar alegremente entre sí.
—El señor Vincent tiene razón —decían—. Nuestros sufrimientos han terminado. El invierno ha partido y se aproximan tiempos mejores.
Pocos días más tarde, Vincent se hallaba con un grupo de niños recogiendo terril cuando de pronto vio a los mineros que salían de la mina.
—¿Qué sucede? —dijo el joven extrañado—. Aún no es hora de la salida. ¡Debe ser algún accidente! —exclamó una de las criaturas más grandes—. ¡Cuando salen así fuera de hora es porque algo anda mal abajo!
Descendieron rápidamente de la negra pirámide; cuando llegaron abajo todo el pueblo estaba reunido a la entrada de la mina.
—¡Es el grisú! ¡Es el grisú! —oyó que exclamaban—. ¡Han sido atrapados en la nueva galería!
Jacques Verney que había tenido que guardar cama durante los fríos intensos, llegó corriendo. Estaba mucho más delgado y su pecho parecía aún más hueco que antes. Vincent lo tomó del brazo y le preguntó
—¿Qué sucede? ¡Dígame!
—¡Es la veta de Decrucq! ¿Recuerda las luces azules? ¡Estaba seguro que esto sucedería!
—¿Y cuántos hay allí abajo? ¿No podemos llegar hasta ellos? —Son doce celdas con cinco hombre en cada una.
—¿Y no podemos salvarlos?
—No sé. Bajaré inmediatamente con una cuadrilla de voluntarios. —Déjeme acompañarlo. Quiero ayudar.
—No. Necesito hombres prácticos.
Corrió hacia el ascensor. Algunas de las mujeres eran presas de ataques de histerismo mientras las demás las miraban con grandes ojos asustados. Los capataces iban de un lado a otro organizando las cuadrillas de socorro. De pronto, cesó todo el ruido. Del galpón donde se hallaba el ascensor apareció un pequeño grupo trayendo un bulto envuelto en mantas. Pero el silencio fue de corta duración y todos comenzaron a hablar a la vez y agitadamente.
—¿Quién es? ¿Está muerto? ¿Quiénes quedaron abajo? ¡Dígannos la verdad I ¡Mi marido estaba allí! ¡Mis hijos! ¡Mis dos criaturitas trabajaban en esa veta!
El grupo se detuvo cerca de un carrito tirado por un caballo blanco y que hacía las veces de ambulancia. Uno de los hombres dijo:
—Han sido salvados tres de los acarreadores, pero están terriblemente quemados. —¿Quiénes son? ¡Por el amor de Dios, dígannos quiénes son! ¡Abran la manta, queremos ver! ¡Mi hijo! ¡Mi hijita!
El hombre abrió la manta y aparecieron los rostros de dos niñas de unos nueve años y un varoncito de diez. Los tres estaban inconcientes. Las familias de las criaturas se acercaron a ellos con gritos de desesperación y de alegría entremezclados. El carro comenzó a moverse seguido por una gran parte del pueblo y por Vincent. Continuaban los lamentos desgarradores de aquella pobre gente. El joven, mirando la larga hilera de negras pirámides no pudo dejar de exclamar:
—¡Egipto negro! ¡Este es el Egipto negro con su pueblo esclavizado! ¡Oh Dios! ¿Cómo puedes permitir semejante cosa?
Los niños estaban quemados casi hasta la muerte. Vincent entró en la primera choza donde habían depositado uno de los moribundos. La madre se retorcía las manos de angustia, y fue Vincent quien desnudó a la criatura.
—¡Aceite! Traigan aceite, rápido —ordenó.
Por suerte la mujer tenía un poco de aceite, que se apresuró a alcanzar. El joven lo aplicó sobre las terribles quemaduras.
—Y ahora, traiga algo para vendarla —ordenó.
Pero la mujer se le quedó mirando como si no entendiera.
—¡Algo para vendarla! —gritó Vincent exasperado—. ¿O quiere que su criatura se muera?
—No tengo ni un solo pedazo de trapo blanco...—consiguió decir la mujer aterrorizada.
La criatura comenzó a quejarse débilmente. Sin perder un segundo Vincent se quitó el saco y luego la camisa y su ropa interior, y volviéndose a poner el saco, empezó a hacer tiras con su ropa blanca, y vendar con ellas a la pobre criatura de pies a cabeza. Luego tomó el aceite y las vendas que sobraban y corrió hacia donde estaba la otra niña, procediendo del mismo modo. Cuando llegó a la tercera criatura, no tenía más vendas. Era el varoncito de diez años, y se estaba muriendo. Vincent se sacó los pantalones y empezó a cortar vendas de sus calzoncillos de lana.
Una vez que hubo terminado, se dirigió de nuevo hacia la mina. Desde lejos podía oírse el ininterrumpido lamento de las esposas y madres.
Los mineros estaban reunidos a la entrada. Sólo una cuadrilla podía trabajar allí abajo por vez, y esperaban su turno para bajar. Vincent preguntó al capataz:
—¿Qué probabilidades de salvación hay? —Ya deben estar todos muertos.
—¿No podemos llegar hasta ellos?
—Están enterrados bajo toneladas de piedra, y necesitaremos semanas y tal vez meses para llegar donde están.
—¡Todos! ¡Son cincuenta y siete hombres y criaturas!
Las cuadrillas se relevaban cada treinta y seis horas. Las mujeres cuyos esposos o hijos estaban abajo no querían alejarse del lugar, aunque sabían que ya no había esperanza de salvación. Las otras mujeres les traían un poco de café caliente y de pan pero éstas se negaban a probar bocado. A mitad de la noche, trajeron a Jacques Verney envuelto en una manta. Había sufrido una fuerte hemorragia. Falleció al día siguiente.
Después de cuarenta y ocho horas, Vincent persuadió a la señora de Decrucq a que volviera a su choza con sus hijos. Durante doce días prosiguieron los trabajos voluntarios de salvamento, y como nadie trabajaba en la extracción de carbón, no se pagaba jornal alguno. La señora de Denis continuaba haciendo pan y distribuyéndolo a fiado, pero pronto se le terminó el capital y tuvo que suspender el reparto. Después del décimo segundo día, la Compañía que no había contribuido en nada para el salvamento, ordenó que éste cesara y que los hombres volvieran al trabajo. Los habitantes de Petit Wasmes estaban al borde de la muerte por hambre, pero sus hombres, indignados se rehusaron a reanudar el trabajo.
Llegó el sueldo de abril de Vincent, fue a Wasmes y lo gastó íntegro en alimentos que distribuyó entre las familias. Tuvieron de qué comer durante seis días, luego comenzaron a recoger en el bosque todo lo que se podía comer, y hasta se alimentaron con ratas, lagartos, babosas, perros y gatos, hasta que no pudieron encontrar absolutamente nada más. Vincent escribió a Bruselas, pero no llegó ninguna ayuda Los mineros abrumados, miraban a los suyos morirse de hambre.
Pidieron a Vincent que oficiara un servicio para las almas de los cincuenta y siete desaparecidos, y así lo hizo en su pequeña choza que se vio repleta con más de un centenar de personas. Había muchos días que el joven sólo se alimentaba con un poco de café, y estaba demasiado débil para tenerse de pie. Sus ojos parecían dos carbones encendidos y sus mejillas ahuecadas estaban cubiertas de espesa barba rojiza. A fin de reemplazar su ropa interior se había envuelto el cuerpo en arpilleras debajo de su traje. Una sola lámpara iluminaba la choza, y Vincent, recostado sobre la paja que le servía de lecho comenzó a hablar. Cada una de sus palabras parecía llenar el ambiente silencioso. Los "hocicos negros" flacos y debilitados por el hambre y la derrota, mantenían sus ojos fijos en él como si hubiese sido el mismo Dios.
Se oyeron voces extrañas afuera, y un niño abrió la puerta diciendo: —El señor Vincent, está aquí, señores.
Vincent dejó de hablar, y los cien mineros volvieron sus cabezas hacia la puerta donde acababan de aparecer dos señores bien vestidos y en cuyo semblante se reflejaba el horror.
—Sean ustedes bienvenidos reverendos de Jong y Van den Brink —dijo Vincent sin ponerse de pie—. Estábamos oficiando un servicio para los cincuenta y siete mineros que quedaron enterrados vivos en Marcasse. ¿Desean ustedes dirigir una palabra de consuelo a esta pobre gente?
Tan horrorizados estaban los reverendos que no supieron qué contestar, y cuando empezaron a hablar lo hicieron en francés, idioma que los mineros no entendían:
—¡Es vergonzoso! —gritaba el reverendo Jong golpeando su vientre prominente—. ¡Parecería que estamos en las selvas del África!
—Sólo Dios sabe el daño que hizo este hombre! ¡Y los años que necesitaremos para atraer de nuevo a esta gente al cristianismo!
—¡Este hombre está completamente loco!... ¡Siempre lo dije yo!
Vincent estaba demasiado débil y enfermo para darse cuenta de lo que decían. —¡Haga retirar a estos seres inmundos! —ordenó De Jong.
—Pero no hemos terminado el servicio religioso... —alegó el joven. —¡No importa! ¡Que se retiren!
Los mineros se retiraron, sin comprender lo que sucedía, y los dos reverendos se enfrentaron con Vincent.
—¿Qué significa eso de oficiar servicios religiosos en un lugar inmundo como éste? ¿Qué culto nuevo y bárbaro ha iniciado usted? ¿No tiene acaso el sentido de la decencia y del decoro? ¿Está usted completamente loco para portarse en esta forma? ¿Le parece que esta es la conducta que debe observar un Ministro de Dios? ¿Quiere usted deshonrar nuestra Iglesia?
El Reverendo Jong hizo una pausa y observó la paja donde se hallaba recostado el joven y el extraño aspecto de éste con sus ojos hundidos y afiebrados.
—Es una verdadera suerte para la Iglesia, señor Van Gogh, que su nombramiento es solo provisorio. Y puede usted considerar ese nombramiento cancelado. No le permitiremos que siga sirviéndonos. Su conducta es incalificable, y enviaremos a alguien para que lo reemplace inmediatamente. Si no tuviésemos la caridad de creerlo completamente loco, diríamos que usted es el peor enemigo de la Iglesia Evangélica Belga.
Hubo un largo silencio.
—Y bien, señor Van Gogh, ¿qué dice en su defensa? El joven no pudo pronunciar una sola palabra.
—Creo que podemos irnos, hermano de Jong —dijo el reverendo Van den Brink después de un momento—. No podemos hacer nada aquí. Es un caso completamente perdido... Si no encontramos un buen hotel en Wasmes deberemos llegar esta noche hasta Mons.