La operación de Cristina tuvo buen resultado, pero era necesario pagarla. Vincent envió las doce acuarelas a Tío Cor, esperando que éste le enviara los treinta francos en pago. Aguardó muchos días, pero el Tío Cor no se apuraba en mandar el dinero. Como el doctor de Leyden era el mismo que debía atender a Cristina del parto, querían conservar su buena voluntad, y Vincent le envió sus últimos veinte francos, muchos días antes del primero de mes. Y volvieron a comenzar las penurias. Primero se alimentó con pan negro y café, luego con pan negro y agua; después empezó la fiebre, el debilitamiento . Cristina se iba a comer a su casa, pero no le quedaba nada para traerle a Vincent. No pudiendo resistir más, el joven, afiebrado y exhausto se levantó y fue a ver a Weissenbruch a su estudio.
Weissenbruch era rico, pero vivía austeramente. Su estudio estaba situado en un cuarto piso con un gran ventanal que daba hacia el norte. La habitación no tenía nada que pudiese distraer la atención. No había sofá ni sillón, ni libros ni cuadros colgados sobre las paredes, nada más que lo estrictamente necesario para pintar. Ni siquiera había un banco para el visitante. Eso alejaba a los importunos.
—¿Eres tú? —gruñó el artista dejando el pincel. No le importaba irrumpir en el estudio de los demás en cualquier momento, pero no soportaba que lo molestaran a él.
Vincent explicó el motivo de su visita.
—¡Ah, muchacho, te has equivocado al dirigirte a mí! —exclamó Weissenbruch—. ¡No te prestaría ni diez céntimos!
—¡Ya lo creo que podría! ¿Crees acaso que soy un pobrete como tú, que no vende nada? Tengo más dinero en el banco del que podría gastar en tres vidas juntas.
—Y entonces ¿por qué no me prestas veinticinco francos? ¡Estoy desesperado! ¡No tengo una sola migaja de pan en casa!
Weissenbruch se frotó las manos satisfecho.
—Magnífico, magnífico —exclamó—. ¡Eso es lo que necesitas! ¡Es espléndido para ti! ¡Tal vez llegues a ser un buen pintor!
Vincent se reclinó contra la pared, sin fuerzas para sostenerse. —¿Qué es lo que te parece tan espléndido en morirse de hambre? —¡Es magnífico para ti, Van Gogh, te hará sufrir!
—¿Y por qué tienes tanto interés en que sufra?
—Porque eso te hará un verdadero artista. Cuanto más sufras, más agradecido deberías estar. Esa es la pasta con que se hacen los pintores de primer orden. Un estómago vacío es mucho mejor que uno lleno, Van Gogh, y un corazón destrozado es mucho mejor que uno feliz. ¡No lo olvides nunca!
—Eso es maldad, Woissenbruch, y lo sabes.
—El hombre que nunca ha sido desgraciado no tiene nada que pintar. La felicidad es animal, es buena para las vacas y los comerciantes. Los artistas florecen en el dolor. Dios es misericordioso contigo si te da pobreza, disgustos y penas.
—La pobreza destruye, aniquila.
—Sí, pero a los débiles. ¡Nunca a los fuertes! Si la pobreza te destruye, es porque no mereces ser salvado.
—¿Entonces no quieres ayudarme?
—No te ayudaría aunque fueses el pintor más grande de todos los tiempos. Si el hambre y el dolor pueden matar a un hombre, es porque no merece ser salvado. Los únicos verdaderos artistas son los que ni Dios ni el diablo pueden matar hasta que hayan expresado todo lo que tienen que expresar.
—Pero hace años que ando hambriento, Weissenbruch. Pasé días y días sin techo, caminando en la lluvia y en la nieve, sin ropa casi, enfermo, afiebrado y abandonado. Ya no me queda nada por aprender.
—Sólo has arañado la superficie del sufrimiento... aún te resta mucho que aprender. Te digo que el dolor es lo único infinito en este mundo. Ahora vete a tu casa y toma tu lápiz. Cuanto más hambriento y desgraciado estés, mejor trabajarás.
—Y más pronto desecharán mis dibujos...
—Naturalmente. ¡Y eso también es bueno para ti! ¡Te hará aún más desgraciado! Y tu próximo cuadro será mejor que el anterior. Si te mueres de hambre y sufres, y nadie sabe
apreciar tus cuadros durante un número suficiente de años, tal vez logres pintar algo que merezca ser colgado al lado de un Jan Steen o de un...—¡...de un Weissenbruch!
—Eso mismo, de un Weissenbruch. Si te diese dinero ahora, te robaría las probabilidades que tienes de inmortalizarte.
—¡Al diablo con la inmortalidad! Quiero seguir dibujando y no puedo hacerlo con el estómago vacío.
—Nada de eso, muchacho. Todo lo de verdadero valor ha sido pintado con el estómago vacío.
—Nunca he oído que tú hayas sufrido mucho.
—Yo soy distinto. Tengo imaginación creadora. Puedo comprender el dolor sin necesidad de experimentarlo.
—¡Embustero!
—Nada de eso. Si hubiera visto que mi trabajo era insípido como el de De Bock, me hubiera deshecho de mi dinero y vivido como un pordiosero. Pero resulta que puedo crear la perfecta ilusión del dolor sin necesidad de experimentarlo. Es por eso que soy tan gran artista.
—Es por eso que eres tan gran embustero... Vamos, Weissenbruch, pórtate como un buen compañero y préstame veinticinco francos.
—Ni veinticinco céntimos! Te digo que hablo en serio. Te estimo demasiado para debilitarte prestándote dinero. Si sigues tu destino, Vincent, llegará el día en que harás muy buen trabajo; el molde de yeso que hiciste trizas en lo de Mauve me ha convencido de ello. Ahora vete... y pide en algún fondín que te den por caridad un plato de sopa...
Vincent lo miró fijamente durante un momento, y luego se volvió para abrir la puerta, sin decir una sola palabra más.
—¡Aguarda uninstante! —exclamó Weissenbruch.
—¿Qué? ¿Vas a ser tan cobarde como para dejarte vencer? —preguntó rudamente el joven.
—Escúchame, Van Gogh, no me interpretes mal. No soy ningún miserable, sino un hombre de principios. Si te creyera un tonto, te daría los veinticinco francos para desembarazarme de ti. Pero te considero como a un compañero de arte, y te daré algo que no podrías comprar con todo el oro del mundo, y que a nadie más se lo daría en La Haya excepto a Mauve. Ven aquí... Corre esa cortina para tamizar la luz... así, está mejor. Mira este estudio... Ven que te enseñe como trabajo...
Una hora más tarde Vincent abandonó alborozado el estudio de su amigo. Había aprendido más en ese corto espacio de tiempo que en un año en la mejor escuela de arte. Caminó un buen trecho antes de recordar que tenía hambre, que estaba afiebrado y enfermo y que no poseía un solo céntimo en el mundo.
AMOR
Pocos días más tarde se encontró con Mauve sobre las dunas. Si abrigaba alguna esperanza de reconciliación, se vio defraudado.
—Primo Mauve —díjole —; quiero pedirte disculpas por lo que sucedió el otro día en tu estudio. Me porté como un idiota... ¿puedes perdonarme? ¿No aceptas venir de vez en cuando a ver mi trabajo y a charlar un poco conmigo?
—No tengo la menor intención de ir a verte —repuso Mauve sin miramientos. —¿Has perdido por completo la fe en mí?
—Sí. Tienes un carácter depravado.
—Si me dices lo que he hecho de depravado trataré de enmendarme. —Ha dejado de interesarme lo que haces.
—No hice otra cosa más que comer, dormir y trabajar como un artista,.. ¿Llamas a eso depravado?
—¿Quieres decir que te consideras artista? -Sí.
—¡Qué absurdo! Nunca vendiste un solo cuadro en tu vida.
—¿Te parece que ser artista significa... vender? Creí que significaba alguien que siempre busca sin encontrar... Creí que quería decir lo contrario de: "Yo sé, he encontrado". Cuando digo que soy artista, solo quiero decir: "Estoy buscando, estoy luchando con todo mi corazón".
—Así y todo, tienes un carácter depravado.
—Sospechas de algo, Mauve... ¿De qué se trata? Háblame con franqueza. Algo hay en el aire que no sé lo que puede ser.
Mauve no contestó, volvió a tomar su pincel, y Vincent se alejó lentamente por la arena.
En efecto, "algo había en el aire". Toda La Haya conocía sus relaciones con Cristina. De Bock fue quien le habló primero del asunto, con un aire picaresco. Cristina estaba posando en ese momento, y por eso le habló en inglés.
—Vaya, vaya, Van Gogh —díjole encendiendo uno de sus largos cigarrillos— toda la ciudad sabe que tienes una amante. Me lo dijeron Weissenbruch, Mauve y Tersteeg. Ha producido un verdadero revuelo en La Haya.
—Ah —contestó el joven—, entonces se trata de eso...
—Hubieras debido ser más discreto, viejo. ¿Quién es ella? ¿Alguna modelo de la ciudad? Creí que yo conocía todas las que valen la pena.
Vincent echó una mirada a Cristina que se hallaba tejiendo cerca de la estufa, como una sencilla ama de casa. De Bock, sorprendido dejó caer su cigarrillo.
—¡Cielos! —exclamó—. ¡No querrás decir que esa es tu amante!
—No tengo amante, De Bock. Pero presumo que esa es la mujer de quien se habla. De Bock hizo además de secarse el sudor de la frente y miró con detenimiento a Cristina.
—¿Cómo puedes tener el coraje de dormir con ella? —preguntó. —¿Por qué me dices eso, De Bock?
—¡Pero viejo... si es una bruja! ¡La más ordinaria de las brujas! ¿En qué estás pensando? No me extraña de que Tersteeg esté horrorizado. Si quieres una amante, por qué no elijes alguna de las lindas modelitos que andan por ahí... No faltan, te lo aseguro.
—Ya te dije, De Bock que esta mujer no es mi amante. —¿Entonces qué?...
—¡Es mi mujer! ¡Mi esposa! —¡Tu mujer!
—Sí. Pienso casarme con ella. —¡Cielos!
De Bock echó una última mirada de horror y repulsión hacia Cristina y salió como si alguien lo corriera.
—¿Qué estaban diciendo de mí? —inquirió Cristina.
Vincent la miró por un momento y luego le dijo, con calma: —Le estaba diciendo a De Bock que quiero que seas mi esposa.
La mujer permaneció largo rato silenciosa, mientras contimiaba tejiendo. Tenía la boca entreabierta y de vez en cuando su lengua humedecía sus labios resecos.
—¿Quieres realmente casarte conmigo, Vincent? ¿Y por qué?
—Si no me casara contigo, hubiera sido mejor para ti que te dejara tranquila. Quiero conocer las alegrías y las penas de la vida conyugal a fin de poder pintarlas de acuerdo a mi propia experiencia. Una vez estuve enamorado de una mujer, Cristina, pero en su casa me dijeron que le repugnaba. Mi amor era verdadero, honrado e intenso, pero lo mataron. Después de toda muerte viene la resurrección, Cristina, y tú eres esa resurrección.
—¡Pero no puedes casarte conmigo! ¿Y los niños? ¿Y si tu hermano deja de enviarte el dinero?
—Respeto a una mujer que es madre, Cristina. Guardaremos al niño por nacer y a Herman con nosotros, y los demás se quedarán con tu madre. En cuanto a Theo... sí... tal
vez quiera abandonarme. Pero en cuanto le escriba contándole toda la verdad no creo que lo haga.
Sentóse sobre el suelo a los pies de la mujer. Cristina estaba mucho mejor que cuando recién se conocieron. En sus melancólicos ojos castaños brillaba un destello de felicidad. Un nuevo espíritu de vida había invadido toda su personalidad. Había tenido que empeñarse mucho para posar, pues al principio era torpe, pero poco a poco sus modales y todo su ser se habían serenado. Había encontrado nueva salud y nueva vida al lado de Vincent. El joven permaneció mirando su rostro marcado por la viruela en el cual se reflejaba ahora un poco de dulzura, y recordó la frase de Michelet: Comment se fait-il qu il y ait sur la terre une femme seule désespérée?
—Sien... vamos a tratar de ahorrar lo más posible. Temo de que llegue el día en que me encuentre completamente sin recursos. Podré ayudarte hasta que vayas a Leyden, pero cuando regreses, no sé cómo me encontrarás y si tendré pan. Pero tenga lo que tenga, lo compartiré contigo y con el niño.
Cristina se deslizó suavemente de la silla y sentándose en el suelo a su lado apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Déjame permanecer a tu lado, Vincent. Es lo único que te pido. No me quejaré aunque no tengas otra cosa que pan y café. Te amo, Vincent. Eres el único hombre que ha sido bueno conmigo. No te cases conmigo si no quieres. Posaré para ti y haré todo lo que me digas. Lo único que te pido es que me dejes estar a tu lado. Es la primera vez que he sido feliz, Vincent... déjame compartir tu vida y ser feliz.
El joven le acarició lentamente el rostro y el cabello negro. —¿Me amas, Cristina?
—Sí, Vincent.
—Hace bien sentirse amado. Que el mundo piense lo que quiera. —¡Al diablo con el mundo! —repuso Cristina simplemente.
—Viviré como un trabajador; me agrada. Tú yo nos comprendemos y no nos importa lo que dirán los demás. No pretendo conservar una posición social. La clase a la cual pertenezco hace tiempo ha renegado de mí. Prefiero comer pan duro en tu compañía que vivir sin casarme contigo.
Largo rato permanecieron sentados en el suelo abrazados, a la luz de la lumbre. Fue el cartero que rompió el encanto. Entregó a Vincent una carta de Amsterdam que decía así:
"Vincent: Acabo de enterarme de tu conducta desastrosa. Te ruego canceles mi pedido de seis dibujos. No quiero interesarme más en tu trabajo".
C. M. Van Gogh.
La única esperanza que ahora le quedaba era Theo. Al menos que consiguiera hacerle comprender la verdadera naturaleza de sus relaciones con Cristina, probablemente se consideraría justificado cortándole el envío de los cien francos mensuales. Podía pasarse
sin Mauve, su maestro, de Tersteeg, el crítico y comerciante, de su familia, amigos y colegas, siempre que tuviese su trabajo y Cristina, de lo que no podía prescindir era de los cien francos aquellos.
Escribió unas cartas largas y apasionadas a su hermano, rogándole que lo comprendiera y no lo abandonara. Vivía unos días de terrible ansiedad, temiendo lo peor. No se atrevía a comprar ni papel ni acuarelas, en fin, nada que no fuese estrictamente necesario.
Theo hizo serias objeciones, pero sin condenarlo irremisiblemente. Le dio algunos consejos, pero sin decir que le cortaría los víveres si no los seguía fielmente, a pesar de que no aprobaba su conducta, le aseguró que continuaría ayudándolo como hasta entonces.
Corrían los primeros días de mayo, y el médico de Leyden había anunciado a Cristina que daría a luz en el mes de junio. Vincent decidió que sería mejor que la joven viniera a vivir definitivamente con él, después del acontecimiento, pues esperaba para ese entonces, poder alquilar la casa contigua en la calle Schenkwceg. Cristina pasaba la mayoría de su tiempo en el estudio, pero tenía sus cosas aún en lo de su madre. Pensaban casarse después de que ella se hubiera repuesto.
Vincent acompañó a Cristina a Leyden, cuando llegó el momento. La mujer tuvo un parto muy penoso y debieron quitarle la criatura con el forceps, pero en cuanto vio a Vincent se olvidó de todos sus dolores.
—Pronto empezaremos a dibujar de nuevo —dijo con una pálida sonrisa.
El joven la miraba con lágrimas en los ojos. No importaba que el niño fuese de otro hombre. Aquella era su mujer y el niño, su hijo, y se sentía feliz de tenerlos.
Cuando regresó a Schenkweg, su propietario, que también lo era de la casa vecina, le estaba esperando.
—Y bien, Mijnherr Van Gogh, ¿piensa usted alquilar la casa contigua? Sólo cuesta ocho francos semanales. Pienso hacerla pintar y empapelar, y quisiera que usted eligiera el papel que más le agrade.
—Un momento, un momento —repuso Vincent—. Quisiera poder tener la casa nueva para cuando regrese mi esposa, pero antes debo escribir a mi hermano.
—Bien, bien, pero de todos modos, elija usted el papel, y si no se decide después a alquilar la casa, no importa.
Ya hacía varios meses que le había escrito a Theo respecto a la casa contigua y a las comodidades que poseía. Tenía un estudio mucho más grande, un living-room, una cocina, una alcoba y un dormitorio en el desván. Costaba cuatro francos más por semana, pero con Cristina, Herman y el bebé, era absolutamente necesario mayor espacio. Theo contestó que como acababan de aumentarle de nuevo el sueldo, su hermano podía contar con una suma mensual de ciento cincuenta francos. Vincent alquiló inmediatamente la casa, pues Cristina debía regresar dentro de ocho días y quería que encontrara todo listo a su regreso. Con ayuda de dos hombres llevó sus muebles a su nuevo hogar, y la madre de Cristina vino para arreglar todo.