Casi diariamente Margot lo acompañaba cuando salía al campo a pintar. A menudo caminaban 10 kilómetros antes de encontrar un lugar que agradara a Vincent; llegaban cansados y exhaustos, pero ni uno ni otro se quejaban.
Margot se había transformado extraordinariamente. Su cabello, oscuro y opaco, cenia ahora un tinte dorado y lustroso; sus labios, antes finos y resecos, estaban ahora llenos y rojos. Su tez ajada había cobrado nueva vida y sus ojos nuevo brillo. Todo su ser parecía haber rejuvenecido al contacto del amor.
A veces traía algún canasto con la merienda. Un día, hizo venir de París algunos dibujos de los que Vincent había hablado con admiración. Nunca molestaba al joven en su trabajo, y cuando él pintaba, permanecía silenciosa a su lado como en éxtasis.
Margot no entendía nada de pintura, pero poseía gran sensibilidad y la facultad de decir las cosas en el momento oportuno. Vincent descubrió que, sin saberlo, la joven comprendía. Le daba la impresión de un violín de Cremona que hubiera sido arruinado por un chapucero.
—¡Ah, si la hubiera conocido diez años antes! —se decía para sí.
Un día, cuando Vincent se disponía a iniciar una nueva tela, ella le preguntó: — ¿Cómo puedes estar seguro de que conseguirás reproducir en tu tela el paisaje o escena que has elegido?
Vincent permaneció pensativo durante un momento y luego contestó:
—Si quiero adelantar, no debo temerle a los fracasos. Cuando tengo ante mí la tela en blanco que parece mirarme estúpidamente, me acomete un deseo irresistible de estampar algo sobre ella, y comienzo a trabajar con ahinco.
—Es verdad... Terminas tus cuadros en un santiamén.
Vincent estaba encantado con el amor que le profesaba Margot. Todo lo que él hacía lo consideraba bien. No le decía nunca que sus modales eran bruscos o que su voz era áspera, ni le reprochaba de no ganar dinero ni de pasarse todo el tiempo pintando.
Cuando regresaban al pueblo, al anochecer, él le rodeaba el talle con el brazo y con voz que su simpatía suavizaba le contaba lo que había hecho en su vida y el motivo por el cual le agradaba más pintar a la gente sencilla que a la encumbrada.
E1 joven no lograba acostumbrarse a ese nuevo estado de cosas y esperaba que en cualquier momento Margot se tornaría cruel o desagradable, echándole en cara sus sucesivos fracasos. Pero no era sí; a medida que avanzaba el verano su amor parecía madurar más, brindándole la plenitud de su simpatía y adoración que sólo puede brindar una mujer madura. A fin de probarla, le pintaba sus fracasos con los más negros colores, pero ella siempre encontraba alguna excusa para disculparlo. Le hablé de su fracaso en Amsterdam y en el Borinage.
—No podrás decir que no fue un verdadero fracaso. Todo lo que hice allí estuvo mal.
Sonriendo con indulgencia, Margot se limitó a decir: —El rey nunca se equivoca.
Vincent la acercó a sí y la besó.
Algunos días más tarde, la joven le dijo:
—Mamá dice que eres un hombre malo. Le han contado que has vivido en La Haya con una mujer perdida. Yo le dije que eran habladurías.
Vincent le explicó su asunto con Cristina, mientras ella lo miraba con cierta melancolía.
—¿Sabes, Vincent? —dijo por fin—. Algo en ti me hace recordar a Cristo... Estoy segura que mi padre hubiera pensado también así.
—¿Eso es lo único que encuentras para decirme después que te acabo de contar que he vivido dos años con una prostituta?
—No era una prostituta, era tu mujer. Si no la has podido salvar como deseabas, no ha sido culpa tuya, lo mismo que no lo ha sido si no pudiste salvar a la gente del Borinage. Un hombre puede muy poco contra toda la civilización.
—Es verdad que Cristina era mi mujer. Cuando era más joven, una vez le dije a mi hermano Theo: "Si no puedo conseguir una buena mujer, tomaré una mala, será mejor que nada".
Hubo entre ellos un silencio ligeramente molesto. Era la primera vez que mencionaban el tema del matrimonio.
—Lo único que lamento acerca del asunto de Cristina —dijo Margot— es que yo no haya podido disfrutar de esos dos años de tu amor.
Habían llegado a la puerta de una de las chozas de tejedores. Vincent le estrechó amistosamente la mano y ella le sonrió. Entraron en la cabaña. Los días comenzaban ya a acortar, y la habitación estaba iluminada por una gran lámpara suspendida en medio del cuarto. Sobre el telar se hallaba comenzada una gran tela roja, y el tejedor y su mujer estaban arreglando las hebras de la misma; ambas figuras inclinadas sobre el telar proyectaban extrañas sombras en la habitación. Margot y Vincent cruzaron una mirada de inteligencia; el joven le había enseñado a comprender la belleza que existía hasta en los lugares más sórdidos.
Llegó el mes de noviembre y todo Nuenen hablaba de Vincent y de Margot. El pueblo quería a Margot, pero desconfiaba y temía a Vincent. La madre de la joven y sus cuatro hermanas intentaron poner fin a esas relaciones pero Margot insistía que sólo se trataba de una amistad sin consecuencias y que no había ningún mal en que se pasear.a por los campos con Vincent Los Begemans sabían que el pintor era de carácter vagabundo y es peraban que un día de esos se alejaría de la región, por lo tanto no se preocupaban mayormente. En cambio, el pueblo murmuraba, y decía que no podía resultar ningún bien de las relaciones con ese hombre extraño, y que la familia Begeman se arrepentiría algún día de su condescendencia.
Vincent no lograba comprender por que los habitantes de Neunen no lo querían; él siempre era atento con todos y no se inmiscuía en los asuntos de nadie. Un día, por fin, dio con la pauta del asunto. En Neunen lo consideraban un haragán. Quien le aclaró el punto fue un pequeño comerciante del pueblo que se llamaba Dien van den Beek, y que un día, mientras él pasaba, le dijo:
—Ha llegado el otoño y el buen tiempo se ha terminado, ¿eh? —Así es, Mijnherr —repuso Vincent.
—Supongo que usted empezará a trabajar pronto.
—En efecto —repuso el joven acomodando el pesado caballete que llevaba sobre las espaldas—. Ahora mismo voy al campo a pintar.
—No quiero decir eso, quiero decir "trabajar" —dijo el hombre recalcando sobre la palabra.
—Mi trabajo es la pintura —repuso Vincent con calma—. Así como el suyo es vender sus mercaderías.
—Sí, pero yo vendo, en cambio usted ¿vende algo de lo que pinta?
Todas las personas con quien hablaba en el pueblo le preguntaban lo mismo. Ya estaba harto de semejante pregunta.
—A veces —dijo—. Mi hermano es comerciante en obras de arte y compra algunas. —Usted debería trabajar de verdad, Mijnherr. No es bueno que haraganee en esa forma...
—¡Haraganear! ¡Trabajo el doble de tiempo de lo que usted tiene su negocio abierto!
—¿Y usted llama a eso trabajar? Eso no es más que un juego para niños. Trabajar es atender un negocio, arar los campos... ¡esos son trabajos de hombres!
Vincent sabía que Dien van den Beek resumía la opinión del pueblo y que la estrecha mentalidad provinciana nunca lograría comprender que un artista podía trabajar. No se dejó afectar por ello y siguió su camino sin preocuparse de lo que pensaran de él. La desconfianza del pueblo aumentaba, hasta que sucedió un acontecimiento que lo presentó bajo un aspecto más favorable.
Ana Cornelia, al bajar del tren en Helmond, se rompió una pierna. La trajeron inmediatamente a su casa, y a pesar de que el médico no lo dijo a la familia, temió un instante por su vida. Vincent, sin vacilar, abandonó su trabajo para dedicarse a cuidarla, pues su experiencia en el Borinage lo había convertido en un enfermero muy capaz.
—Usted sirve mejor que una mujer para esto —le dijo el médico— y su madre está en buenas manos.
Los habitantes de Nuenen vinieron a visitar a la señora y a traerle libros y golosinas. Miraban extrañados a Vincent, quien se ocupaba de su madre con solicitud y pericia extraordinaria, cambiándole la cama sin moverla, dándole de comer, lavándola y acomodándola con toda suavidad. Al cabo de dos semanas el pueblo había cambiado por completo la opinión desfavorable que tenía sobre él. Les hablaba su mismo lenguaje, discutiendo con ellos el mejor modo de cuidar a los enfermos, de alimentarlos y de conservar agradable el ambiente de la habitación. Comprendieron que era un ser humano como ellos, y cuando su madre mejoró un poco y él pudo salir de vez en cuando a pintar a los campos, la gente le sonreía al pasar y lo saludaba llamándolo por su nombre. Ya no existía aquella animosidad y desconfianza de antes.
Margot lo acompañó durante todo el tiempo. Era la única que no se extrañaba de su gentileza y de su suavidad. Un día, estaban hablando en voz baja en la habitación de la enferma cuando Vincent observó:
—La clave de muchas cosas es el perfecto conocimiento del cuerpo humano. Hay un hermoso libro que trata de eso, la "Anatomía para Artistas", de John Marshall, pero es muy caro.
—¿Y no puedes comprarlo? —preguntó la joven.
—No; tengo que esperar a vender algunos de mis trabajos.
—Vincent, me harías tan feliz si me permitieras prestarte algún dinero. Ya sabes que tengo mis rentas de las que puedo gastar.
—Eres muy buena, Margot, pero no puedo aceptar.
Ella no insistió, pero unas dos o tres semanas más tarde, le entregó un paquete que provenía de La Haya.
—¿Que es? —inquirió el joven. —Ábrelo y verás.
Acompañaba al paquete una tarjeta que decía: "Para el más feliz de los cumpleaños". El paquete contenía el libro de Marshall.
—¡Pero no es mi cumpleaños! —exclamó Vincent.
—No —dijo riendo Margot—. ¡Es el mío! cumplo cuarenta años! Tú me has dado el presente de mi vida. Acepta este pequeño obsequio. ¡Soy tan feliz que quiero que también tú lo seas!
Se hallaban solos en su estudio que daba al jardín. Únicamente estaban en la casa su madre y Willemien que acompañaba a la convaleciente. Caía la tarde y el sol estaba próximo a desaparecer. Vincent sostuvo entre sus manos al libro con cariño. Era la primera vez que alguien, excepto Theo, se sentía tan feliz de ayudarlo. Arrojó el libro sobre el lecho y tomó a Margot entre sus brazos. Los ojos de la joven se nublaron de lágrimas de alegría. Durante los últimos meses no habían podido prodigarse caricias, pues temían ser vistos. La joven se abandonó por completo entre sus brazos, pero él, algo nervioso no deseaba sobrepasarse, temiendo lastimarla a ella o a su amor. La miró en los ojos, en aquellos bondadosos ojos castaños y la besó; ella sonreía feliz, entreabriendo los labios para recibir su caricia. Estaban estrechamente abrazados y sus cuerpos confundidos. La cama quedaba a pocos pasos; ambos se sentaron sobre ella, y en aquel estrecho abrazo olvidaron los años pasados sin amor que habían hecho su vida tan insípida.
Margot acarició suavemente el rostro del joven, y éste, comprendiendo que iba a sucumbir a la tentación se desligó con un gesto brusco del estrecho abrazo y poniéndose de pie se dirigió hacia su caballete donde arrugó nerviosamente el pedazo de papel sobre el cual había estado dibujando. Reinaba absoluta tranquilidad, oyéndose únicamente el grito de la urraca y el tintineo de las campanas de las vacas que regresaban del campo. Después de un momento, con toda sencillez Margot dijo:
—Puedes, si quieres, querido.
—¿Por qué? —preguntó él sin volverse. —Porque te amo.
—No estaría bien, Margot.
—Ya te lo dije antes, Vincent. El rey nunca hace nada mal...
E1 joven se arrodilló a su lado. Margot tenía la cabeza apoyada sobre la almohada y parecía mucho más joven de lo que era en realidad. La besó una y otra vez, y murmuró:
—Yo también te amo... No lo sabía hasta ahora, pero ahora estoy seguro.
—Me haces feliz al decírmelo —repuso la joven con voz suavísima—. Sé que me quieres un poquito... En cambio yo te adoro con todo mi ser.
Vincent no la amaba como había amado a Ursula o a Kay, ni siquiera como había querido a Cristina, pero sentía algo de muy cariñoso para esta mujer que se abandonaba con tanta confianza en sus brazos. Lamentó sinceramente no querer con más intensidad a la única mujer en el mundo que lo amaba, y recordó cuánto había sufrido cuando Ursula y Kay no habían correspondido a su cariño. Respetaba el amor desenfrenado de Margot, encontrándolo al mismo tiempo algo falto de gusto. Arrodillado sobre de la cama, con el brazo bajo la cabeza de la mujer que lo amaba como él había amado a Ursula y a Kay, comprendió por fin por qué las dos mujeres habían huido de él.
—Margot —dijo—, mi vida vale muy poco, pero me sentiría feliz si aceptares compartirla conmigo.
—Sí, querido, acepto compartirla.
—Nos quedaremos aquí en Nuenen. ¿O prefieres que una vez casados nos vayamos a otra parte?
INQUISICIÓN.
Ni uno ni otro estaban preparados para la tormenta que se desencadenó cuando anunciaron sus intenciones a sus respectivas familias. Para los Van Gogh el problema lo constituía simplemente la cuestión dinero. ¿Cómo podría Vincent casarse mientras su hermano lo hacía vivir?
—Primero empieza a ganar dinero y luego podrás pensar en casarte —le dijo su padre.
—Recién estoy en los comienzos de mi arte, pero estoy seguro de que con el tiempo ganaré dinero.
—Pues sólo entonces podrás pensar en casarte —insistió su padre.
Pero la tormenta de la rectoría era insignificante al lado de la que se desarrollaba en la casa de los Begeman. Con sus cinco hijas solteras la señora de Begeman podía afrontar al mundo entero, pero si Margot se casaba probaría al pueblo el fracaso de sus hermanas, y la madre creía que valía más evitar la desgracia de cuatro de sus hijas que hacer la felicidad de una sola de ellas.
Ese día Margot no acompañó a Vincent al campo, pero fue a verlo a su estudio después de la caída del sol. Tenía los ojos colorados e hinchados y aparentaba sus cuarenta años. Cuando el joven la besó lo estrechó contra sí en muda desesperación.
—Nunca me imaginé que pudiera decirse tanto mal de un hombre —dijo por fin. —Hubieras debido esperarlo, sin embargo.
—Y me lo esperaba, pero nunca supuse que su ataque contra ti sería tan violento y maligno.
El joven la rodeó cariñosamente con el brazo.
—No te preocupes, esta noche iré a verlas y las convenceré de que no soy una persona tan mala.
Pero en cuanto entró en la casa de los Begeman, Vincent comprendió que se encontraba entre verdaderos enemigos. Había algo de siniestro en la atmósfera creada por aquellas seis mujeres, nunca turbada por una voz masculina.
Lo hicieron pasar a la sala, habitación húmeda y fría y que se abría sólo de tanto en tanto.
Se hallaban presentes todas las hermanas, y la mayor fue la que inició el interrogatorio.
—Margot nos dice que usted desea casarse con ella. ¿Me permite preguntarle qué es lo que le ha sucedido a su esposa de La Haya? —dijo con voz seca.
El joven explicó el asunto de Cristina, y la atmosfera de la sala pareció descender varios grados más.
—¿Qué edad tiene usted, Mijnheer Van Gogh? —Treinta y un años.
—¿Le ha dicho Margot que ella tiene...
—Sé perfectamente su edad —interrumpió el joven. —¿Se puede saber cuánto gana usted?
—Cuento con una entrada de ciento cincuenta francos mensuales. —¿Y de dónde le viene esa entrada?
—¿Quiere decir que su hermano lo hace vivir?
—Me paga un sueldo mensual y en cambio todo el trabajo que yo hago le pertenece. —¿Y vende mucho de ese trabajo?
—No puedo decirlo con exactitud.
—-¡Pues yo se lo diré! Su padre me ha dicho que su hermano nunca ha vendido uno solo de sus cuadros basta ahora.
—Pero los venderá más adelante. Le reportarán mucho más dinero entonces de lo que le reportarían ahora.
—Eso es problemático. Vayamos a los hechos.
Vincent observaba el semblante duro y feo de la hermana mayor y comprendió que no podía esperar ninguna simpatía de semejante persona.
—Si usted no gana dinero —prosiguió— ¿cómo piensa mantener a su esposa?
—Si mi hermano está dispuesto a arriesgar ciento cincuenta francos mensuales sobre el valor futuro de mi trabaio eso es asunto suyo y no de ustedes. Yo lo considero un sueldo y le aseguro que trabajo mucho para ganarlo. Margot y yo podríamos vivir con ese sueldo si sabemos arreglarnos.
—¡Pero además yo tengo dinero! —exclamó Margot. —¡Cállate! —le ordenó su hermana.
—Recuerda, Margot —intervino su madre— que tengo el derecho de anular esa renta sicon tu comportamiento deshonras a la familia—¿Y sería deshonra casarse conmigo? —inquirió Vincent sonriendo.
—Lo poco que sabemos de usted, Mijaherr no es muy honroso... ¿Cuánto hace que es usted pintor?
—Tres años.
—Y aun no ha alcanzado el éxito. ¿Cuánto le parece que necesita para lograrlo? —No lo sé.
—¿En qué se ocupaba antes de ser pintor?
—Trabajé en el negocio de obras de arte, fui maestro, vendedor en una librería, estudiante de teología y evangelista.
—¿Y fracasó en todas esas ocupaciones?
—Las abandoné por no considerarme apto para ellas. —¿Y cuándo abandonará la pintura?
—¡Nunca la abandonará! —exclamó Margot.
—Me parece, Mijnheer Van Gogh —prosiguió con sequedad la hermana mayor— que usted es muy presuntuoso al querer casarse con Margot. No posee un solo franco ni es
capaz de ganarlo; no tiene empleo y vagabundea de un lado para otro sin hacer nada. ¿Cómo quiere que nos atrevamos a dejar casar a nuestra hermana con usted?
Vincent sacó maquinalmente su pipa del bolsillo y la volvió a guardar de nuevo. —Margot y yo nos amamos, y puedo hacerla feliz. Viviremos aquí durante un año o un poco más y luego iremos al extranjero. Puedo asegurarle que nunca recibirá de mi parte más que bondad y cariño.
—¡Usted la abandonará! —exclamó otra de las hermanas con voz chillona. Se cansará de ella y la dejará por alguna mala mujer como aquella de La Haya.
—¡Se quiere casar con ella por su dinero! —intervino otra.
—¡Pero no lo conseguirá! —dijo una tercera—. ¡Nuestra madre hará que su renta le sea suspendida.
Los ojos de Margot se llenaron de lágrimas y Vincent se puso de pie. Comprendía que estaba perdiendo el tiempo tratando de convencer a esas harpías. Tendría que casarse con Margot sin su consentimiento y partir de inmediato para París. Lamentaba tenerse que ir del Brabante en seguida, pues consideraba que su trabajo allí aún no estaba concluido, pero se estremeció ante la idea de dejar a Margot; entre aquellas implacables mujeres.
Los días que siguieron Margot sufrió lo indecible. Comenzaron a caer las primeras nieves y Vincent tenía que permanecer en su estudio trabajando. Los Begerman no permitían que Margot fuese a visitarlo, y se pasaban todo el día hablando pestes contra el.