Cristina comprendía muy poco el trabajo de Vincent. Consideraba su afán de pintar como a una costosa obsesión. No obstante, sabía que esa era la roca sobre la cual estaba construida su vida y no se permitía la menor oposición. Era una buena compañera para la vida doméstica, pero sólo una pequeñísima parte de la vida de Vincent era doméstica. Cuando el joven necesitaba expresarse en palabras, escribía a Theo. Casi todas las noches le enviaba cartas apasionadas, contándole todo lo que había visto y pensado durante el día. Cuando deseaba gozar de la expresión de los demás se volvía hacia las novelas, ya fueren inglesas, francesas, alemanas o flamencas. Cristina compartía con él una muy reducida porción de su vida. Pero se sentía satisfecho; no lamentaba su decisión de tomarla por
esposa, así se esforzaba en interesarla en sus inquietudes intelectuales, que nunca hubiera entendido.
Todo esto anduvo bien durante los meses de verano y otoño y aún a principios de invierno cuando Vincent partía de la casa a las 5 ó 6 de la mañana y regresaba al anochecer, pero cuando las tormentas de nieve comenzaron a impedir sus salidas y tuvo que permanecer todo el día en casa, las relaciones entre el y Cristina se hicieron más difíciles.
Volvió a dedicarse al dibujo, a fin de economizar sobre los colores, pero, por otra parte los modelos le costaban un ojo de la cara. Personas que hubieran hecho los trabajos más bajos por unos centavos, pretendían sumas elevadas por posar. Pidió permiso para dibujar en el Asilo de Dementes, pero las autoridades se lo negaron, diciendo que no había precedentes.
Su única esperanza radicaba en Cristina; en cuanto estuvo más fuerte esperaba que posaría para él como antes del nacimiento del bebé, pero ella opinaba de distinto modo. Al principio decía:
—No me siento bastante bien aún... Espera... Luego alegó que tenía demasiado que hacer.
—Ahora no es lo mismo que antes, Vincent —decía—, debo ocuparme del bebé, de la casa..., de la comida para cuatro personas.
El joven se levantaba a las cinco de la mañana a fin de hacer todo el trabajo de la casa y que ella estuviese libre para posar durante el día.
—¡Pero yo no soy más modelo! —protestaba—. ¡Soy tu mujer!...
—Pero, Sien, debes ayudarme. No puedo pagarme modelos... Bien sabes que es uno de los motivos por el cual estás aquí...
Al oír esas palabras Cristina tuvo un arrebato de ira como los que solía tener al principio de sus relaciones con Vincent.
—¡Eso es para lo único que me quieres! ¡Para poder economizar! ¡Me consideras como tu sirvienta! ¡Y si no poso me echarás a la calle!
Vincent la escuchó en silencio y luego repuso:
—Sien, es tu madre que te ha puesto esas ideas en la cabeza... Tú sola nunca las hubieras pensado.
—¿Y qué mas da que sea ella? ¿Acaso no son ciertas? —Sien, tendrás que dejar de ir a verla.
—¿Y por qué? No me puedes impedir que quiera a mi madre. —No, pero su influencia es perniciosa para nosotros, bien lo sabes.
—¿Acaso no eres tú el primero en decirme que vaya allí cuando no hay de qué comer acá? ¡Gana dinero y no necesitaré ir!
Cuando por fin consiguió que posara, lo hizo con tan mala gana que el joven no pudo hacer un solo dibujo, y tuvo que desistir de su intento.
Volvió a pagar modelos, y a medida que aumentaban sus gastos, también aumentaban los días sin pan, y Cristina debía ir a lo de su madre con más frecuencia. Cada vez que volvía de allí, Vincent notaba un cambio en ella. Se hallaba aprisionado en un verdadero círculo vicioso y no sabía cómo salir de él. Si empleaba su dinero para los gastos de la casa, libraba a Cristina de la influencia de su madre y sus relaciones entre ellos se mantendrían buenas, pero si procedía así, se vería obligado a abandonar su trabajo. ¿Le había salvado la vida sólo para matarse a sí mismo? Por otra parte, si Cristina no iba a lo de su madre varias veces por mes, ella y los niños se morirían de hambre, y si iba, su hogar no tardaría en ser destruido. ¿Qué hacer?
La Cristina enferma, abandonada y acechada por la muerte era una persona muy distinta de la Cristina sana, bien alimentada y considerada. La primera agradecía la más mínima palabra de simpatía y estaba dispuesta a cualquier cosa y a las resoluciones más heroicas para conseguir tranquilidad. Pero las resoluciones de la segunda estaban muy debilitadas, y cualquier pequeñez las hacía flaquear. No en vano había llevado una vida licenciosa durante catorce años. Con la fuerza y la salud habíanle vuelto el ansia de vagabundaje que un año de afecto y vida ordenada no habían logrado disipar. Al principio, Vincent no comprendía lo que sucedía, pero poco a poco tuvo que rendirse a la evidencia.
Fue más o menos para ese tiempo, es decir, para principios de año, que recibió una singular carta de Theo. El joven contaba a su hermano que había conocido últimamente en las calles de París a una pobre mujer sola, enferma y desesperada a tal punto que pensaba suicidarse. Tenía un pie enfermo y no podía trabajar. Siguiendo el ejemplo de Vincent, la había protegido y llevado a casa de unos amigos, llamando a un médico para que la cuidara y corriendo él con todos los gastos ocasionados por la enfermedad y vida de la mujer. En sus cartas la llamaba "su paciente".
¿Debo casarme con mi paciente, Vincent? —preguntaba a su hermano—. ¿Es ese el mejor medio de serle útil? Sufre mucho y es muy desgraciada. La única persona que amaba la abandoné. ¿Qué debo hacer para salvarla?
Vincent se sintió profundamente conmovido y le escribió toda su simpatía. Pero diariamente la vida con Cristina se tornaba más difícil. Protestaba cuando sólo había pan y café, e insistía en que debía dejar de trabajar con modelos y emplear su dinero para la casa. Cuando no podía comprarse un vestido nuevo, descuidaba el viejo y lo llevaba sucio y roto. Ya no se preocupaba en zurcirle la ropa. Estaba por completo bajo la influencia perniciosa de su madre, quien la persuadía de que Vincent la iba a abandonar de un momento a otro.
En esas circunstancias, ¿cómo podía aconsejar a Theo que se casara con su paciente? ¿Era necesario el matrimonio legal para salvar a esas mujeres? ¿O era más importante darles un techo, alimento y salud y atraerlas poco a poco a la vida afectiva?
—"Espera" —aconsejó a su hermano—. ¡Haz todo lo que puedas por ella, pues es una causa noble. Pero el matrimonio no te ayudará en nada. Si el amor nace entre ustedes, entonces será otra cosa, pero antes, cerciórate si puedes salvarla.
Theo continuaba enviando cincuenta francos tres veces por mes, pero ahora que Cristina descuidaba la casa, el dinero alcanzaba cada vez menos. Vincent anhelaba hacer estudios de distintos modelos a fin de emprender una "tela de proporciones, y lamentaba cada franco que tenía que gastar en la casa, del mismo modo que Cristina lamentaba cada céntimo que él gastaba en su trabajo. Los ciento cincuenta francos apenas hubieran bastado para hacerlo vivir a él y pagar el costo de los materiales para su trabajo, y resultaba un heroico pero inútil esfuerzo quererlos hacer alcanzar para la vida de cuatro personas. Empezó a deber dinero a todo el mundo, y para colmo de las desgracias Theo pasaba por un momento de apremio económico.
Vincent le escribió cartas implorantes.
—¿Puedes mandarme el dinero un poco antes del veinte? Sólo me quedan dos hojas de papel y un pedazo de lápiz, y no tengo un franco para modelos o para pan.
Tres veces por mes enviaba cartas de tenor parecido, y cuando llegaban los cincuenta francos, ya los debía, íntegros y se encontraba de nuevo sin un céntimo para los diez días restantes.
La paciente de Theo tuvo que ser operada de un tumor al pie, y el joven la llevó a un buen hospital, corriendo con todos los gastos Además debía enviar dinero a sus padres en Nuenen, pues la congregación era pequeña y las entradas de Theodorut no alcanzaban para las necesidades de su familia. Por lo tanto, el joven tenía a su cargo, además de sus propios gastos, los de su paciente, de Vincent, Cristina, Herman, el bebé y la familia de Nuenen, y, como es de suponer, no disponía de ningún dinero para enviar a su hermano.
A principios de marzo, Vincent se encontró con un solo franco, un billete roto que ya le había sido rehusado por el almacenero. No había un solo bocado de comida en la casa y faltaban aún nueve días para que llegara el dinero de Theo. Temía enviar a Cristina por tan largo tiempo al lado de su madre, pero no le quedaba otro recurso.
—Sien —díjole—. No podemos dejar morir de hambre a los niños. Tienes que llevarlos a casa de tu madre hasta que llegue la carta de Theo.
Se miraron en silencio, sin atreverse a decir lo que pensaban. —Sí —repuso Cristina—, será mejor.
El almacenero le dio un pan negro y un poco de café en cambio de aquel billete de un franco. Contrató modelos que sabía no podía pagar, pero le resultaba imposible quedarse sin dibujar o pintar. Cada día estaba más nervioso; no comía casi nada y las preocupaciones económicas lo desesperaban, y su trabajo se resentía de su estado de ánimo.
Al final de los nueve días, llegó la ansiada carta de Theo con los cincuenta francos. Su "paciente" se había mejorado de la operación y le había puesto casa, pero los continuos gastos lo tenían algo desalentado y escribía a su hermano: "Lamento decirte que no puedo asegurarte de nada para el futuro".
Esta frase casi enloqueció a Vincent, significaba aquello que Theo no podría continuar enviándole dinero, o bien, lo que era mucho peor, que no advertía progresos en los dibujos que su hermano le enviaba incesantemente, y que había perdido fe en el futuro?
Pasó la noche sin dormir, y escribió varias cartas seguidas a Theo rogándole le diera una explicación sobre aquella frase. Pensó desesperadamente en qué forma podría ganarse la vida, pero no encontró ninguna.
"...Y ASI ES EL CASAMIENTO"
Cuando fue en busca de Cristina, la encontró en compañía de su madre, su hermano, la amante de aquel y otro hombre. Estaba fumando uno de aquellos cigarros negros que tanto le gustaban y bebiendo ginebra. La idea de volver a casa de Vincent no pareció agradarle mucho. Los nueve días pasados en compañía de su madre habían traído de nuevo sus viejas costumbres.
—¡Puedo fumar todo lo que quiero! —exclamó a una observación de Vincent—, y tú no tienes derecho a decirme nada, mientras no seas tú el que pagues! Además, el médico del Hospital dijo que podía tomar ginebra...
—Sí, como remedio..., para abrirte el apetito. La mujer dejó oír una carcajada ronca. —¡Como remedio! ¡Qué idiota eres!
Y profirió un juramento como hacía mucho que no le sucedía. Vincent, que estaba en un estado de extrema sensibilidad, se enfureció también.
—¡No tienes por qué cuidarme! —le gritó Cristina—, puesto que ni siquiera me das suficiente de comer. ¿Qué clase de hombre eres?
A medida que transcurría el invierno, la situación de Vincent empeoraba. Sus deudas aumentaban; se sentía enfermo, y cuanto menos comía menos podía comer, pues, su estómago no aceptaba ningún alimento. Luego empezó a sufrir de las muelas, y permanecía las noches enteras sin dormir a causa del dolor. Después empezó a dolerle el oído derecho, a tal punto que no lo dejaba tranquilo ni de día ni de noche.
La madre de Cristina tomó la costumbre de venir todos los días, y se quedaba fumando y bebiendo con su hija, y hasta una vez, Vincent, al regresar a su casa, encontró al hermano de Cristina allí, que se escabulló al verlo llegar.
—¿A qué vino? —inquirió el joven—. ¿Qué es lo que quieren de ti? —Dicen que me vas a abandonar.
Mamá quiere que te deje. Dice que no es bueno que me quede aquí donde ni siquiera tengo de qué comer.
—¿Y dónde irías? —A lo de mi madre.
—¿Y llevarás a los niños a esa casa?
—Siempre estarán mejor que muriéndose de hambre aquí. Trabajaré... —¿Qué harás, Sien?
—Y... ya encontraré algo... —¿Volverás al lavadero?... —Tal vez...
—Vincent comprendió que estaba mintiendo, y tristemente dijo: —Entonces..., es eso que quieren obligarte a hacer...
—Y..., después de todo, no es tan malo..., uno se gana la vida...
—Escucha, Sien, si regresas a casa de tu madre estás perdida. Sabes muy bien que tu madre te obligará a volver a la mala vida, y recuerda que el médico de Leyden dijo que eso te mataría...
—Ahora estoy muy bien.
—Estás bien porque has llevado una vida ordenada, pero si vuelves a...
—¡Por Dios, Vincent! ¿Y quién te dice que voy a volver? Al menos que tú mismo me envíes...
El joven se sentó sobre el brazo de su hamaca de paja, y colocándole una mano sobre el hombro le dijo:
—Créeme, Sien, nunca te abandonaré. Mientras estés dispuesta a compartir lo que tengo, te quedarás conmigo. Pero debes alejarte de tu madre y de tu hermano, te lo pido por tu bien... ¡prométemelo!
—Te lo prometo.
Dos días más tarde, cuando regresó después de haber estado todo el día dibujando afuera, encontró la casa vacía, y ni rastros de cena. Encontró a Cristina en casa de su madre, bebiendo.
—¡Ya te dije que quiero a mi madre! —protestó mientras volvían juntos—. ¡No puedes impedirme de verla! Además, tengo el derecho de hacer lo que me agrade.
Las cosas andaban de mal en peor. Cristina no se ocupaba más del hogar y cuando Vincent le decía algo, contestaba: "Siempre he sido perezosa y no lo puedo remediar... Bien sabes la clase de persona que soy..., ¿qué pretendes de mí? ¡No puedo cambiar! ¡Algún día terminaré por arrojarme al río!"
Cuanto más descuidaba la casa y sus hijos, más bebía y fumaba, y se negaba a decir a Vincent de dónde provenía el dinero para sus vicios.
Llegó el buen tiempo y el joven pudo volver a reanudar su trabajo al exterior, pero eso significaba nuevos gastos de pinturas, pinceles y telas. Theo siempre hablaba de su "paciente" en sus cartas, decía que estaba completamente repuesta, pero que sus relaciones con ella constituían un serio problema, y se hallaba desorientado. ¿Qué debía hacer con esa mujer ahora que estaba bien?
Vincent cerraba los ojos a todo lo que fuese su vida personal y continuaba pintando. Sabía que su hogar se desmoronaba y se sentía impotente para impedirlo. Trataba de ahogar su desesperación en su trabajo.
Cada mañana, al empezar un nuevo cuadro, esperaba que éste sería tan magnífico y perfecto que lograría venderlo de inmediato, pero regresaba a casa con la triste persuasión de que algo le faltaba muchos años antes de lograr la maestría que anhelaba.
Su único consuelo era Antonio, el bebé. Era una criaturita de extraordinaria vitalidad. A menudo su madre lo dejaba solo con Vincent en el estudio. Gateaba por todos lados y balbuceaba incoherencia ante los dibujos de Vincent, y a veces permanecía largo rato contemplándolos en silencio. Era una criatura bonita y fuerte, y cuanto más lo descuidaba Cristina más la amaba Vincent. En Antonio veía el verdadero propósito y recompensa de su buena acción del pasado invierno.
Weissenbruch vino una vez a visitarlo. Vincent le enseñó algunos de sus dibujos del año anterior, diciéndole que estaba muy descontento con ellos.
—No pienses así —le dijo Weissenbruch—. De aquí algunos años estos primeros dibujos tuyos te parecerán muy sinceros y penetrantes. Continúa, muchacho, continúa luchando, y que nada te detenga.
Lo que lo detuvo fue un incidente muy desagradable. Durante la primavera, había llevado una lámpara a arreglar a lo de un alfarero. E1 comerciante insistió en que Vincent se llevara algunas fuentes nuevas para su casa.
—No tengo dinero —repuso el joven.
—No importa, me pagará en cuanto lo tenga, no hay apuro.
Dos meses más tarde, el comerciante llamó a la puerta del estudio. Era unhombre fuerte como un toro.
—¿Qué significa eso de mentirme tan descaradamente? — preguntó—. ¿Por qué ha tomado mi mercadería, y no me paga cuando tiene dinero?
—En este momento no tengo un franco, pero le pagaré en cuanto reciba algo. —¡Mentiroso! ¡Usted acaba de pagar al zapatero, mi vecino!
—Ahora estoy trabajando y no deseo que me molesten —repuso Vincent—. Ya le dije que le pagaré en cuanto reciba dinero. Le ruego se retire de aquí.
Vincent, empujándolo hacia la puerta, ordenó: —¡Váyase de mi casa!
Era lo que esperaba aquel hombre. En cuanto Vincent lo tocó, levantó el puño y lo descargó con fuerza sobre el rostro del joven, haciéndolo caer desvanecido sobre el suelo, y partió sin decir nada más.
Cristina estaba en lo de su madre. El pequeño Antonio gateó hasta Vincent y le acarició el rostro llorando. Después de unos minutos, el joven recobró los sentidos, y se arrastró hasta el dormitorio, acostándose en la cama.
El dolor del golpe no era nada comparado al dolor que sentía dentro de sí mismo. Algo parecía haberse roto en su interior. Cuando Cristina regresó, subió al dormitorio. No había ni dinero ni comida en la casa, y a menudo se preguntaba cómo hacía Vincent para subsistir sin comer. Cuando lo vio sobre la cama le preguntó:
—¿Qué te sucede?
Reuniendo todas sus fuerzas, el joven dijo con tristeza: —Sien debo partir de La Haya...
—...sí... lo sé.
—Debo irme de aquí. Debemos irnos al campo, donde podamos vivir más económicamente... A Drenthe, por ejemplo.
—¿Quieres que vaya contigo? ¿ Qué haremos allí cuando no haya dinero ni comida? —No lo sé, Sien... Supongo que no comeremos.
—¿Me prometes emplear los ciento cincuenta francos para vivir y no gastarlos en modelos y pinturas?
—No puedo, Sien. Eso viene primero.
—Para ti, sí, pero yo tengo que comer para vivir. —Y yo tengo que pintar para vivir...
—El dinero es tuyo, Vincent..., comprendo... , tienes algunos céntimos, vayamos a la taberna frente a la estación Ryn.
Estaba oscureciendo, pero aún no habían encendido las lámparas. Las dos mesas que habían ocupado dos años antes, el día en que se conocieron, estaban vacías. Cristina se dirigió hacia allí. Pidieron sendos vasos de vino.
—Bien me decían que me dejarías —murmuró ella en voz baja. —No te quiero abandonar, Sien.
—No será abandono, Vincent. No he recibido más que bien de parte tuya. —Si estás dispuesta a compartir mi vida, te llevaré a Drenthe conmigo. La mujer meneó tristemente la cabeza.
—No. No tienes lo suficiente para los dos.
—¿Verdad que lo comprendes, Sien? Si pudiera te daría mucho más, pero debo elegir entre mantenerte a ti o seguir mi trabajo .
Colocando una de sus ásperas manos sobre las suyas, Cristina repuso:
—No te aflijas, Vincent has hecho todo lo que has podido por mí. Supongo que esto debía suceder algún día...
—Si eso puede hacerte feliz, me casare contigo en seguida y nos iremos juntos...