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SABER SUFRIR SIN QUEJARSE.

Más o menos una semana más tarde, el joven fue a visitar a Mauve. Su primo lo hizo pasar al estudio, pero ocultó la tela del Scheverningen con un lienzo antes de que Vincent pudiera verla.

—He traído algunas acuarelas... pensé que podrías dedicarme unos minutos...

Mauve estaba limpiando nerviosamente algunos pinceles. Hacía tres noches que no se acostaba, descansando apenas un par de horas sobre el diván de su estudio.

—No siempre estoy dispuesto a enseñarte, Vincent. A veces estoy demasiado cansado y entonces es mejor que aguardes el momento propicio.

—Lo siento, primo Mauve —repuso el joven dirigiéndose hada la puerta—. No deseo molestarte. ¿Podré volver mañana a la noche?

Pero Mauve ya no lo oía. De pie delante de su caballete descubierto, había reanudado su trabajo.

Cuando Vincent volvió a la noche siguiente, encontró allí a Weissenbruch. Al verlo llegar Mauve comenzó a divertirse a su costa. Con unos cuantos trazos se maquilló la cara para que se pareciese a la de su primo, imitando luego su modo de andar y de hablar, con gran regocijo de Weissenbruch.

—¡Magnífico! ¡Magnífico! —exclamó riendo Weissenbruch—. ¿Ves, Van Gogh? ¡Nunca supiste que los demás te veían así! ¡Qué magnífico animal eres! ¡Vamos, Mauve, avanza tu mandíbula un poco más y ráscate la barba... Así, así... ¡eso es!

Vincent, estaba atónito. Sentóse en un rincón y dijo con amargura:

—Si ustedes hubieran pasado como yo noche tras noche bajo la lluvia en Londres o días de hambre y de fiebre en el Borinage, también tendrían huellas de sufrimiento en sus rostros y serían hoscos como yo.

Después de unos momentos Weissenbruch partió. En cuanto hubo salido de la habitación, Mauve se dejó caer exhausto sobre un sillón. Vincent no hizo un solo movimiento. Finalmente Mauve se percató de su presencia.

—¿Cómo, estás aún ahí?

—Primo Mauve —repuso el joven con energía—. ¿Qué ha sucedido entre nosotros? ¡Dime lo que he hecho! ¿Por qué me tratas así?

Mauve se puso de pie fatigado y apartó de su frente un mechón de pelo que le molestaba.

—No apruebo tu modo de ser, Vincent —dijo— deberías ganarte la vida y no deberías deshonrar el nombre de Van Gogh pidiendo dinero a todo el mundo.

El joven permaneció un momento silencioso y luego dijo: —¿Estuvo Tersteeg a verte?

—No.

—¿Entonces no quieres enseñarme más? —No.

—Bien. Estrechémonos las manos y olvidemos el asunto. Nada podrá alterar la gratitud que siento hacia ti por lo que has hecho por mí.

Esta vez fue Mauve quien permaneció silencioso.

—No lo tomes tan a pecho, Vincent —dijo por fin—. Estoy cansado y enfermo. Te ayudaré todo lo que pueda. ¿Tienes algún dibujo contigo?

—Sí, pero me parece que no es la hora... —Enséñamelos.

Los estudió breve rato diciendo luego:

—Tu dibujo está completamente equivocado. ¿Cómo es posible que no lo hayas visto antes?

—En una oportunidad me dijiste que cuando dibujaba era un pintor.

—Confundí tu rusticidad por fuerza. Si quieres aprender, tendrás que empezar todo desde el principio. Allí, cerca de la estufa tienes unos moldes de yeso, siéntate y trabaja un poco con ellos.

Vincent se acercó a los moldes de yeso y tomando uno que representaba un pie lo colocó delante de sí. Largo rato estuvo mirándolo antes de decidirse a dibujarlo. ¡Se sentía tan mortificado! Miró a Mauve que trabajaba delante de su caballete y le preguntó:

—¿Cómo adelanta tu obra, primo Mauve?

El pintor se arrojó sobre un diván y cerrando los ojos exclamó satisfecho: —¡Tersteeg me dijo hoy que es lo mejor que he hecho!

El joven no contestó en seguida, pero tras reflexión murmuró: —¡Entonces fue Tersteeg!...

Mauve no lo oyó, se había dormido.

Cuando se sosegó un poco el dolor que lo embargaba, Vincent comenzó a dibujar el pie de yeso, y algunas horas después, cuando su primo se despertó, tenía siete dibujos terminados. Mauve se acercó a su lado con vivacidad, como si no hubiese estado durmiendo.

—Déjame ver, déjame ver.

Miró a los siete croquis exclamando: ¡No! ¡No! ¡No! Los estrujó y los arrojó al suelo.

—¡Siempre la misma crudeza, siempre la misma rusticidad! ¿No puedes hacer una copia decente en tu vida?

-Te pareces a un viejo profesor de academia, primo Mauve.

—¡Más te hubiera valido concurrir a las Academias! ¡Al menos a esta hora sabrías dibujar! ¡Vuelve a copiar ese pie, y esfuérzate para que se parezca a un pie!

Mauve cruzó el jardín hasta la cocina para buscar algo de comer, y cuando regresó se instaló de nuevo ante su tela, trabajando durante largas horas a la luz de la lámpara. Vincent dibujaba pie tras pie, cuanto más dibujaba, más odiaba ese pedazo de yeso que tenía ante los ojos. Al amanecer había acabado gran cantidad de dibujos. Fatigado y desalentado, se levantó. Una vez más Mauve estudió sus croquis y una vez más los estrujó en sus manos.

—¡No sirven para nada! ¡Violas hasta la más elemental regla de dibujo! Vete a tu casa y llévate ese molde, dibújalo hasta conseguir reproducirlo bien.

—¡Al diablo con tu molde! —exclamó Vincent exasperado. Y arrojó el pie al suelo haciéndolo añicos.

—¡No me vuelvas a hablar más de moldes de yeso. Solamente dibujaré de yesos cuando no haya un solo ser viviente sobre la tierra!

—Haz como quieras —repuso Mauve con frialdad.

—¡No puedo permitir imposiciones absurdas, primo Mauve! Debo expresar las cosas según mi temperamento y mi carácter. Debo dibujar tal cual las veo y no tal cual las ves tú o cualquier otra persona.

—Perfectamente. Pero de hoy en adelante, yo no tengo nada que ver contigo — repuso su primo con sequedad.

Cuando Vincent se despertó a medio día, Cristina y su hijo mayor Herman estaban en el estudio. El niño era un muchachito pálido de unos diez años con ojos asustados y semblante insignificante. A fin de mantenerlo tranquilo, Cristina le había dado un pedazo de papel y un lápiz.

No sabía ni leer ni escribir, y se acercó al joven tímidamente. Este le enseñó a sostener el lápiz y a dibujar una vaca, y pronto fueron grandes amigos. Cristina sirvió un poco de pan y queso y los tres comieron juntos.

Vincent recordó a Kay y a su hermoso pequeño Jan, y sintió un nudo en la garganta. —No me siento muy bien hoy, por eso traje a Herman, para que lo dibujes en lugar mío.

—¿Qué te sucede Sien?

—No sé. Me siento muy rara por dentro. —¿Te sentiste así para los demás niños? —No. Este es peor que cualquier otro. —Debes ver un médico.

—No vale la pena que vaya a la Asistencia, pues no me hacen nada. —Deberías ir al hospital de Leyden.

—En tren queda a poca distancia. Te acompañaré mañana temprano. Allí va la gente de toda Holanda.

—Dicen que es muy bueno.

La mujer permaneció recostada todo el día, mientras Vincent dibujaba al muchachito. Después de la cena acompañó a Herman a casa de su abuela y a la mañana temprano él y Cristina tomaron el tren para Leyden.

—Naturalmente que usted debe sentirse mal —dijo el médico después de haberla examinado—. Esa criatura está en mala posición.

—¿Puede hacerse algo, doctor? —inquirió Vincent. —Sí, se puede operar.

—¿Será grave?

—Por el momento, no. Habrá que dar vuelta a la criatura con el forceps. La operación es gratuita, pero hay que abonar los pequeños gastos del hospital. ¿Tiene usted algún dinero? —inquirió volviéndose hacia Cristina.

—Ni un solo franco.

—¿Cuánto costaría, doctor? —preguntó Vincent. —No más de cincuenta francos.

—¿Y si no se hace operar? —No podrá resistir el parto.

Vincent reflexionó un momento. Las doce acuarelas para su Tío Cor estaban casi listas. Eso le reportaría treinta francos. Los otros veinte los tomaría de la mensualidad que le enviaba Theo.

—El gasto correrá por mi cuenta, doctor —dijo.

—Bien. Tráigala el sábado a la mañana y la operaré yo mismo. Ahora quiero advertirles una cosa más. No sé la relación que existe entre ustedes dos y no es de mi incumbencia, pero les advierto que si esta joven vuelve a su vida depravada, no durará seis meses.

—Jamás volveré a esa vida, doctor, le doy mi palabra. —Bien. Entonces hasta el sábado temprano.

Pocos días después Tersteeg vino a visitar al joven.

—Veo que insistes —dijo notando a Vincent instalado frente a sus dibujos. —Sí.

—He recibido los diez francos que me devolviste por correo. Hubieras podido al menos venir personalmente a agradecerme el préstamo.

—No te pareció muy lejos, para venir a pedirme el dinero, ¿eh? El joven no contestó.

—Eso se llama mala educación —prosiguió Tersteeg—. No tienes sentido común, por eso no te tengo fe ni quiero comprar tus cuadros.

El joven se apoyó contra el borde de la mesa, listo para la lucha.

—Creí que dependía del valor de mi trabajo y no de mi persona que usted comprara o no mis obras. No es justo que se deje influenciar por su antipatía...

—Y tampoco lo hago... Si dibujaras algo vendible... con un poco de encanto... me placería mucho venderlo en la Plaats...

—Mijnherr Tersteeg, el trabajo en el que se ha puesto carácter y sentimiento nunca puede dejar de agradar o ser invendible. Creo que tal vez sea mejor para mi obra no tratar de agradar a todo el mundo desde el principio.

Tersteeg tomó asiento, pero sin siquiera quitarse los guantes.

—¿Sabes Vincent? A veces sospecho que no deseas vender, que prefieres vivir con el dinero ajeno...

—Me sentiría muy feliz de vender un dibujo, pero más feliz me siento cuando un verdadero artista como Weissenbruch dice de uno de mis dibujos: "Esto es auténtico, yo mismo podría trabajar este dibujo". A pesar de que el dinero me es muy necesario y tiene gran valor para mí, especialmente en estos momentos, opino que lo primordial es hacer una obra seria.

—Eso podría opinar un hombre rico como De Bock, pero no uno como tú...

—El arte, la pintura verdadera, mi querido Mijnherr tiene muy poco que ver con la renta que se posee.

Tersteeg se reclinó sobre la silla y tras un momento, dijo:

—Tus padres me han escrito pidiéndome que te ayude, Vincent. Pues bien, ya que en conciencia no puedo comprarte nada, te puedo al menos dar algún consejo. Primeramente deberías comprarte un traje y tratar de conservar un poco las apariencias. Te olvidas por completo de que eres un Van Gogh. Deberías frecuentar la buena sociedad de La Haya y no andar siempre con trabajadores y gente baja. Pareces tener una inclinación especial para todo lo sórdido y feo; has sido visto en los peores lugares y con gente de la peor especie. ¿Cómo puedes tener la esperanza de triunfar si te portas de ese modo?

—Mijnherr, le agradezco mucho su buena intención, y le voy a hablar con toda sinceridad. ¿ Cómo podría vestirme mejor si nodispongo de un solo franco para ropas y no consigo ganar nada? Eso de andar de un lado para otro en los mercados, en los lugares sórdidos y en las tabernas de peor especie, no es placer para nadie, excepto para un artista. Como tal, prefiero estar en los lugares más bajos donde hay algo que dibujar, que en una elegante reunión mundana en compañía de damas encantadoras Le aseguro que es muy arduo el trabajo de buscar temas entre la gente trabajadora, de vivir con ellos, a fin de

dibujar la vida en su misma fuente natural. Para andar entre esa gente, no puedo estar vestido como para alternar entre damas y caballeros Mi lugar está entre los trabajadores, entre los labriegos del Geest donde hoy pasé todo el día trabajando. Allí mi rostro feo y mi traje raído y pobre armonizan perfectamente con el paisaje y me encuentro a mí mismo, y trabajo con placer Si llevo un traje elegante, la gente que deseo dibujar tiene miedo y desconfía de mí el propósito de mi dibujo es hacer conocer muchas cosas dignas de ser conocidas y que no todos conocen Si a veces debo sacrificar mis modales sociales en aras de mi arte, ¿acaso no estoy justificado? ¿Acaso desciendo por el hecho de vivir con la gente que dibujo? ¿Me rebajo cuando entro en las chozas de los trabajadores y de los pobres o cuando los recibo en mi estudio? Creo que mi profesión así lo requiere

—Eres muy terco, Vincent, y no quieres escuchar a un hombre de más edad que tú y que podría ayudarte Has fracasado antes y volverás a fracasar.

—Tengo mino de dibujante, Mijnherr Tersteeg y no puedo dejar de dibujar por más que usted me lo repita dígame si desde el momento en que empecé a dibujar he tenido un solo momento de duda o de vacilación bien sabe usted que siempre he seguido adelante, y que poco a poco me fortalezco en la batalla.

—¿Vincent pero combates por una causa perdida de antemano?.

Se puso de pie abrochó su guante que se había desprendido, se colocó su alto sombrero de seda sobre la cabeza y dijo

-Mauve yo nos arreglaremos para que no vuelvas a recibir un solo centavo de Theo, será el único modo de hacerte entrar en razón.

Vincent sintió como si algo se le hubiera desgarrado en el pecho Sin el dinero de Theo, estaba perdido.

Por favor exclamó—¿Por qué quiere usted hacerme eso?¡ Por que quiere arruinarme y destruirme?¿Le parece justo matar a un hombre por el solo hecho de que sus opiniones difieren de las suyas? ¿Por que no me deja continuar mi camino? ¡Le prometo no molestarlo nunca más! Mi hermano es lo único que me queda en el mundo ¿Por que quiere alejarlo de mí?

—Es por tu bien, Vincent —repuso Tersteeg y salió de la habitación.

Vincent reunió el poco dinero que tenía y salió a comprar un molde de yeso como el que había roto en lo de Mauve. Luego corrió al estudio de su primo, siendo recibido por Jet. La joven señora se sorprendió al verlo

—Antón no está en casa —dijo—. Está enojadísimo con usted. . Dice que no quiere volverlo a ver nunca más. Oh, Vincent siento tanto lo que ha sucedido'

El joven le entregó el pie de yeso.

—Le ruego se lo entregue a Anton, y dígale que lamento mucho lo que hice.

Se volvió para retirarse, pero Jet, colocándole amistosamente una mano sobre el hombro le dijo:

—El cuadro de Scheveningen está terminado. ¿Quiere verlo?

Largo rato estuvo de pie, observando el gran cuadro de Mauve que representaba un barco pesquero tirado sobre la arena por unos caballos en la playa de Scheveningen. Sabía que estaba ante una obra maestra. Los caballos flacos y viejos, parecían sumisos, pacientes y resignados a su dura suerte. Aún les faltaba la mitad del recorrido para arrastrar el pesado barco Estaban jadeantes, cubiertos de sudor, pero no se rebelaban Su resignación era completa ante el trabajo que les habían impuesto.

Vincent comprendió la profunda filosofía que emanaba del cuadro. Pareen decirle: "Saber sufrir sin quejarse, he ahí la profunda ciencia, la gran lección que debemos aprender, la solución del problema de la vida".

Regresó a su casa con nuevas fuerzas, pensando con divertida sorna que el hombre que le había asestado el peor de los golpes era el mismo que le enseñaba que debía soportarlo con resignación.