VERONA.
30 de octubre
Debes haber leído todas las cartas que hemos enviado respecto a este asunto por el correo del dictador a ti y a la familia del poeta. Aquí van unos pocos detalles, sólo para tus ojos. Mi marido está afligidísimo como si hubiera perdido a un hijo. (¡Atrás la mala suerte! ¡Nuestros muchachos están muy bien, gracias sean dadas a los dioses!) Yo quería a Cayo [Cátulo], también, y le he querido desde que, niños, jugábamos juntos. Pero el cariño no puede cegarnos los ojos, a ti puedo hablarte con franqueza, ante las lecciones de una vida tan deplorablemente equivocada. No me gustan sus amigos, por supuesto, no me gusta esa mujer malvada; no me gustan los versos que escribiera durante estos últimos años; y nunca me parecerá bien ni alabaré al dictador, que ha estado en nuestra casa y fuera de ella durante estos días como si fuera amigo antiguo de la familia.
A menudo habíamos pedido a Cayo que viniera a vivir con nosotros, pero ya conoces su brusca independencia. Así es que cuando una mañana apareció en nuestra puerta, seguido por el viejo Fusco, con su cama a cuestas, y nos pidió que le dejásemos vivir en la casita del jardín, comprendí que estaba verdaderamente enfermo. Mi marido informó inmediatamente al dictador. El dictador, prontamente, envió a su propio médico, un griego llamado Sosthenes, el joven más condenadamente presumido con quien he tropezado jamás. No vacilo en decir que yo también soy médica excelente. Creo que es un don que los dioses inmortales otorgan a todas las madres, pero el tal Sosthenes apartó implacable todos los remedios que habían probado su eficacia desde tiempo inmemorial.
Pero eso es historia muy larga.
Ahora bien, Postumia, no cabe la menor duda de que esa mujer le ha matado. Después de arrastrarle durante tres años por todos los senderos del infierno, de pronto se hizo toda bondad, y así es como le mató. Nunca apareció por aquí, pero todos los días llegaban cartas suyas, obsequios de comida, ¡y qué comida! Manuscritos griegos y mensajes mandando preguntar por él dos veces al día. Todo esto hacía muy feliz a Cayo, pero hay felicidades de muchas clases. Y ésta era esa felicidad intrigada e incorpórea que, lo supongo, sienten los maridos engañados cuando de pronto sus mujeres se muestran muy amables con ellos. Como los días pasaban y ella no aparecía en persona, podíamos ver claramente que él iba renunciando a toda esperanza de salud, y se iba dejando derivar hacia la muerte. Hacia las tres y media de la tarde del día veintisiete, Fusco, el criado de Cayo, ya recordarás que acostumbraba cuidar los botes en el lago de Garda, vino a casa corriendo. Dijo que su amo estaba delirando y que se estaba vistiendo para ir a la recepción de la reina de Egipto. Corrí a la casa del jardín y le encontré sin sentido en un charco de bilis que había vomitado.
Mi marido mandó inmediatamente a buscar a Sosthenes, que vino y estuvo sentado a la cabecera del enfermo hasta que murió, una hora antes de amanecer. No me permitieron entrar en el cuarto del enfermo, pero ¿a quién sino al dictador mismo se le ocurre presentarse a eso de las diez? Estaba espléndidamente ataviado y debió de haberse escapado de la recepción de la reina, que, después de todo, no estaba a menos de una milla de distancia. Toda la noche estuvimos oyendo las orquestas y viendo el
cielo iluminado por sus fuegos artificiales. Oí a Fusco decir a mi marido que cuando el dictador entró en la habitación, Cayo se levantó apoyándose en un codo y le gritó como un salvaje que se marchara. Le llamó «ladrón de la libertad», «monstruo de codicia», «asesino de la República» y otras muchas cosas, todas las cuales son, por supuesto, absolutamente verdaderas. Mi marido se reunió con ellos aproximadamente en aquel momento -había salido en busca de nuestro quema-bálsamo-. Me dice que el dictador recibía en silencio toda aquella andanada, pero que estaba blanco lo mismo que un espectro. Probablemente, hacia mucho tiempo que el dictador no oía que le mandasen salir de una habitación, pero salió.
Volvió dos horas después de medianoche, y se había despojado de sus elegantes vestiduras. Cayo estaba dormido. Al despertar pareció haberse reconciliado con su visitante. Mi marido dice que hasta sonrió y dijo: «Qué, ¿no hay galas, gran César?». Como bien sabes, mi marido reverencia a ese hombre. (Nos hemos puesto de acuerdo casi todos los de la casa para no hablar de él.) Cornelio dice que César desde aquel momento estuvo maravilloso en sus silencios y en sus réplicas. Dijo que, sin duda alguna, César había estado presente a más lechos de muerte que nadie. Tú sabes todos esos cuentos de las Galias, de cuántos soldados heridos se negaban a morir hasta que su general hubiese hecho la ronda nocturna. ¡Ay, Postumia!, confieso que -aunque es un gobernante malvado- hay algo muy impresionante y nada forzado en su presencia. Mi marido dice que él mismo se quedó en un rincón del cuarto con Sosthenes y que pudo oír muy poco de lo que los otros dos estaban diciendo. Al parecer, en un momento, Cayo, con lágrimas corriéndole por la cara, casi se arrojó de la cama gritando que había malgastado su vida y su canción por los favores de una mala mujer. Yo no hubiera sabido qué responder a una cosa así, mas parece que el dictador supo. Mi marido dice que habló en tono muy bajo, pero creyó comprender que César estaba elogiando a Clodia Pulquer como si fuera una diosa. Cayo no tenía dolores, pero estaba cada vez más débil. Estaba tendido, con los ojos mirando al techo, escuchando las palabras de César. De cuando en cuando, César callaba, pero cuando el silencio había durado demasiado tiempo para él, Cayo tocaba con los dedos la muñeca del dictador, como para decirle: «Sigue, sigue». Y todo lo que César hacía era hablar de Sófocles. Cayo murió en un coro de Edipo en Colona.
César le colocó las monedas sobre los ojos, abrazó a Cornelio y al médico desafortunado, y se fue a su casa, sin guardias, en la primera luz de la mañana.
Tal vez desees repetir algo de esto a su madre y su padre, aunque me parece que les desconsolara mas. No sería poca la responsabilidad que yo sintiese si alguno de mis hijos hubiese de sucumbir a un desvarío tal como el que aquí hemos presenciado. ¡Pienso que puedo atreverme a decir que su crianza les habrá preservado de ello!
La carta continúa con el relato de la venta de unos terrenos.
XLIX-A. DIARIO-CARTA DE CÉSAR A LUCIO MAMILIO TURRINO EN LA ISLA DE CAPRI.
Noche del 27-28 de octubre
1013 Sobre la muerte de Catulo.
Estoy velando junto al lecho de un amigo moribundo, el poeta Catulo. De cuando en cuando se queda dormido, entonces tomo la pluma como siempre, tal vez para evitar
la reflexión. (Aunque ya hubiera debido aprender que escribirte es invocar de las profundidades de mi mente aquellas preguntas que he gastado la vida en eludir.)
Acaba de abrir los ojos, ha pronunciado los nombres de seis de las Pléyades, y me pregunta el de la séptima.
Ya, cuandoj oven, Lucio, poseías un golpe de vista infalible para la Ocasión Inevitable y la Inevitable Consecuencia.
No gastabas tiempo en desear que las cosas fuesen de otro modo. De ti aprendí, pero lentamente, que existen grandes campos de experiencia que nuestro anhelo no puede alterar y que nuestros temores no pueden parar de antemano. Me he aferrado durante largos años a una hueste de ilusiones, a la creencia de que una ardiente intensidad del entendimiento puede lograr un mensaje de un amado indiferente, y que la aguda indignación puede detener los triunfos de un enemigo. El universo sigue su marcha poderosa y muy poco podemos hacer para modificarla. Recuerda cuánto me escandalizaba cuando dejabas caer tan ligeramente las palabras: «La esperanza nunca ha cambiado el tiempo que ha de hacer mañana». La adulación se pasa el tiempo asegurándome que «he hecho lo imposible» y que he «alterado el orden de la naturaleza». Recibo tales tributos con una grave inclinación de cabeza, pero no sin desear que estuviera presente el mejor de mis amigos para compartir conmigo el desprecio que merecen.
No sólo me inclino ante lo inevitable; con ello me fortalezco. Las cosas que los hombres llevan a cabo son más dignas de nota cuando se contemplan las limitaciones dentro de las cuales trabajan.
El tipo de lo Inevitable es la muerte. Recuerdo bien que en mi juventud creí que estaba ciertamente exento de su obra. Por primera vez, cuando murió mi hija, luego cuando te hirieron, supe que yo también era mortal. Y ahora considero malgastados e improductivos los años en que no me daba cuenta de que mi muerte era cierta, sí, hasta posible en el momento mismo. Ahora puedo reconocer con una mirada a aquellos que aún no han previsto su muerte. Sé que son unos niños. Piensan que evitando su contemplación aumentan el sabor de la vida. Lo contrario es la verdad: sólo aquellos que han contemplado su no ser son capaces de ensalzar la luz del sol. Nunca tendré parte en la doctrina de los estoicos de que la contemplación de la muerte nos enseña la vanidad del humano empeño y lo insustancial de los goces de la vida. Cada año digo adiós a la primavera con pasión más intensa y cada día estoy más inclinado a enjaezar la carrera del Tíber, aun cuando mis sucesores puedan permitirle que se pierda sin sentido en el mar.
Ha abierto de nuevo los ojos. Hemos tenido un paroxismo de pena. ¡Clodia! A cada momento, mientras miro esto, contemplo con más claridad su arruinada grandeza.
¡Oh, hay leyes que obran en el mundo, cuya importancia apenas podemos adivinar! ¡Cuán a menudo he visto una altiva grandeza poner en marcha un cortejo de males, y he visto a la maldad engendrar virtudes! Clodia no es una mujer corriente, y al chocar con su Catulo ha hecho brotar poemas que no son corrientes tampoco. Mirando de cerca, decimos el bien y el mal, pero lo que el mundo aprovecha es la intensidad. Hay en esto una ley oculta, pero no estamos presentes el tiempo bastante para alcanzar a ver más de dos eslabones de la cadena. Ahí está el lamento por la brevedad de la vida.
Está dormido.
Ha pasado otra hora. Hemos hablado. No soy un extraño junto a los lechos de muerte. A los que están sufriendo se les habla de sí mismos; a los de claro entendimiento se les alaba el mundo que están dejando. No hay dignidad en dejar un mundo despreciable, y los moribundos a menudo temen que su vida no haya sido digna de los esfuerzos que les ha costado. Nunca me faltan cosas que elogiar.
Durante esta última hora, he pagado una deuda antigua. Muchas veces, durante los diez años de mi campaña, me ocurrió repetidamente soñar despierto. Andaba de un lado para otro delante de mi tienda por la noche improvisando un discurso. Me figuraba tener delante un auditorio selecto de hombres y mujeres, especialmente los jóvenes, a quienes quería comunicar cuanto poseía..., al hombre y al muchacho, al soldado y al administrador, al amante, al padre, al hijo, a Sófocles. Deseaba, antes de morir, vaciar mi corazón, que tan pronto volvía a llenarse, de acciones de gracias y de elogios.
¡Oh, si, era un hombre, y su obra fue labor de hombre! Una vieja pregunta queda respondida. No es que los dioses se negaran a ayudarle, aunque una cosa es cierta: no le dieron ayuda. No acostumbran hacerlo. Si no se habrían mantenido ocultos, él no hubiera tenido que mirar con tanta intensidad para encontrarlos. También yo he caminado a través de los Alpes más altos cuando no veía ni siquiera dónde ponía el pie, pero nunca con tanta compostura como él. A él le bastó vivir como si los Alpes estuvieran allá.
Y ahora Catulo, también, ha muerto.
L. CÉSAR A CYTHERIS.
1 de noviembreBien puedes figurarte, graciosa señora, que un hombre en mi posición vacila antes de hacer un requerimiento a aquellos por quienes siente la estimación más alta, por temor a que el tal requerimiento lleve consigo un peso que no intentó poner sobre ellos.
Mi mujer ha estado aprendiendo las réplicas que le corresponden en ciertas ceremonias que han de tener lugar en diciembre. Me permiten instruirla en ellas, pero sólo dentro de los límites que admite su carácter secreto. ¿Puedo pedirte que dediques unas cuantas horas a instruirla en el recitado de dichas réplicas y en el porte que está en consonancia con su solemnidad?
Como la reina de Egipto ha de estar presente en una parte del ceremonial, agradecería particularmente que se le permitiese compartir las horas de instrucción que puedas dedicar a mi mujer.
Con gran felicidad supe, por azar, el otro día que eres amiga muy querida de Lucio Mamilio Turrino y que a veces le visitas en la isla de Capri. Desea que se hable de él lo menos posible, y hasta estas líneas atribuyen a esta carta carácter de secreta. No me complace solamente que goces de su amistad y él de la tuya, sino que gracias a ti (y espero que también gracias a mí) su genio logre -si yo puedo atreverme a decirlo- influir sobre el mundo, aun cuando no se nos permita usar su nombre.
Ya seria bastante notable que cualquier hombre hubiese pasado por la desesperada situación que fue la suya y que pudiera soportar sus consecuencias y permanecer con el alma serena; pero que le haya tocado en suerte a él, que ya era superior a todos los hombres en sabiduría, así como los superaba en los atributos del alma a los que damos el nombre de belleza, es un motivo de asombro, cuyos límites aún no he logrado alcanzar.
La isla de Capri está, para mi, rodeada de un aire que no puedo llamar sino temor reverencial. El no ser el único reflector de este genio es para mi no sólo felicidad, sino alivio.
Muchas cosas se quedan sin decir entre mi amigo y yo. Entre ellas se cuenta la regla de que yo no reciba cartas suyas y que sólo pueda visitarle una vez al año. Accidentalmente me entristecen tales restricciones; pero con el pasar del tiempo, llego a ver que también ellas están marcadas por esa cordura casi del otro mundo que él nunca deja de comunicar.
Ya que estamos hablando de grandes hombres, aquí incluyo copias de los últimos versos escritos por Cayo Valerio Catulo, que murió hace cinco noches.