18 de octubre
¡Con qué alegría, querido muchacho, recibí tu carta y supe que podía escribirte! Y que puedo visitarte. Permíteme que vaya poco después del año nuevo. Ahora tengo el pensamiento completamente ocupado con las ceremonias [de la buena Diosa]; luego tengo que volver a mi granja, poner en orden las cuentas del año, y supervisar la Saturnalia en nuestra aldea de la colina. Hecho esto, iré hacia el Sur ¡con qué alegría!
Dices que tienes tiempo para leer cartas largas, y yo, generalmente, tengo demasiado tiempo para escribirlas. Ésta no será una carta larga, confío en ello; no es sino una palabra
para acusar recibo de la tuya y hablarte de los acontecimientos de anoche que creo te interesarán. Me aseguras que tienes canales mediante los cuales te enteras de lo que, al exterior, acaece en Roma, así es que procuraré limitar mi relato a las cosas que observo personalmente y que no es probable que hayan llegado a ti por otras manos.
Anoche tuvo lugar la recepción en la cual la reina de Egipto abrió su palacio en Roma. Otros te contarán sin duda la magnificencia de los preparativos, los lagos, los espectáculos, los juegos, el tumulto, los manjares y la música.
He hecho una amistad nueva donde menos lo esperaba. Existen acaso razones por las cuales la reina recorrería largos caminos para congraciarse conmigo, pero creo, y no me dejo engañar fácilmente, que el interés que mutuamente nos inspiramos no fue fingido. Cada una era para la otra objeto de curiosidad, y ambas extraordinariamente diferentes; tales contrastes, con un tanto de desconfianza, pueden llevar a despreciar y a ridiculizar; con un tanto de buena voluntad, la amistad deleitosa.
Llegué en bote con mi sobrino y su mujer; recibiónos la reina en la puerta que han construido como reproducción del templo de Filae en el Nilo. Nuestro Tíber estaba completamente egipcio y con belleza nueva; y otro tanto la reina. Hay quienes lo niegan; seguramente el prejuicio les hace bizcar los ojos. Su piel es del color del más fino mármol griego y tan suave como él. Los ojos oscuros, grandes y muy vivos. De ellos y de la voz baja, pero siempre cambiante, procede un ininterrumpido mensaje de felicidad, bienestar, diversión, inteligencia y seguridad. Nuestras beldades romanas estaban en gran número y me di cuenta de que Volumnia y Livia Dolabella y Clodia Pulquer estaban tiesas, mal a gusto como si estuvieran amenazadas por una irritabilidad inminente.
La reina estaba vestida, me dijeron, como la diosa Isis. Las joyas que llevaba y el bordado del traje eran azules y verdes. Nos condujo primero a través de los jardines, dirigiendo sus observaciones principalmente a Pompeya, que parecía paralizada por el miedo y no encontraba nada que responder, siento decirlo. El comportamiento de la reina es completamente sencillo, y debería ser capaz de desterrar el malestar de todo aquel a quien ella se dirige; así sucedió conmigo. Nos condujo hasta el trono y nos presentó a los nobles y a las damas de su corte. Luego se volvió para dar la bienvenida a las largas filas de invitados que habían estado esperando mientras atendía al dictador.
Tenía intención de volver temprano a meterme en la cama, pero me quedé viendo las incontables diversiones, con amigos de mi generación y probando las extraordinarias golosinas (con mucho susto de Sempronia Metella, que me aseguró que estaban envenenadas). De pronto, sentí que una mano me rozaba el brazo. Era la reina, que me preguntó sí no quería sentarme cox1 ella. Llevóme a una especie de cenador, calentado
con braseros, y haciéndome sentar a su lado en un diván me sonrió un momento en silencio.
-Noble señora - dijo-, es costumbre en mi país, cuando una mujer se encuentra con otra, hacerse ciertas preguntas...
-Mucho me deleita, gran reina -dije-, encontrarme en Egipto y observar las costumbres de ese país.
-Nos preguntamos mutuamente -replicó- cuántos hijos tenemos y si los alumbramientos fueron difíciles.
Ambas nos echamos a reír.
-No es costumbre romana -dije, pensando en Sempronia Metella-, pero la encuentro muy práctica. -Y le conté mi historia como madre y ella me contó la suya. Sacó de un armarito que tenia cerca algunas pinturas admirables de sus dos niños, y me las mostró.
-Todo lo demás Terminó- es como un espejismo de nuestros desiertos. Adoro a mis chiquillos. Desearía tener un centenar hay en el mundo un parangón con una de estas cabezas queridas, de estas queridas cabezas fragantes? Pero soy reina -dijo, mirándome con lágrimas en los ojos-. Tengo que hacer viajes. Debo ocuparme de otras cien cosas. ¿Tienes nietos? -preguntó.
-No -dije-. Ninguno.
-¿Comprendes lo que quiero decir? -preguntó. -Sí, majestad. Lo comprendo.
Y seguimos sentadas en silencio. Querido muchacho, ésta no es la conversación que esperaba tener con la Bruja del Nilo. Nos interrumpió mi sobrino, que traía consigo a Marco Antonio y a la actriz Cytlieris. Estuvieron a punto de retroceder al vernos a las dos sentadas llorando entre las ruidosas orquestas y las altas antorchas.
-Estábamos hablando de la vida y de la muerte –dijo la reina, poniéndose en pie y pasándose la mano por las mejillas-. Eso ha ido ganando mí fiesta.
Parecía ignorar la presencia de mi sobrinito, y se dirigió a Cytheris.
-Me dijo alguien..., que no es mal juez, por cierto, que nadie habla la lengua latina ni la griega más bellamente que tu.
Esta carta es ya demasiado larga. Volveré a escribir antes de ir a verte. Cumpliré explícitamente tu último encargo. Tu carta y la perspectiva de mi visita me tienen muy contenta.