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XLII CÉSAR, SUPREMO PONTIFICE, A LA SEÑORA PRESIDENTA DEL COLEGIO DE VIRGENES VESTALES.

In document Wilder Thornton - Los Idus De Marzo.pdf (página 101-105)

9 de agosto

Reverenda doncella:

Esta carta es sólo para tus ojos.

La primavera pasada, la señora Julia Marcia me repitió algunas palabras admirables que habías dejado caer conversando con ella. No sospecha la importancia que tus palabras habían de llegar a tener para mí, y nada sabe de la carta que ahora estoy escribiéndote.

Recordó que dijiste cuánto lamentabas que hubiese algunos elementos de grosería en los rituales sublimes de nuestra religión romana. Tales palabras me recordaron una expresión similar de mi madre, la señora Aurelia Julia. Puedes recordar que cuando fui elegido previamente para el oficio de supremo pontífice en el año [61] las ceremonias de la Buena Diosa tuvieron lugar en mi casa, y mi madre fue dama directora. La señora Aurelia era mujer de piedad ejemplar y profundamente versada en las tradiciones religiosas de Roma.

Como supremo pontífice, le presté toda la ayuda posible en la celebración de los ritos en aquella ocasión, pero puedes estar segura de que no me dijo nada de lo que tiene lugar en ellos que no fuese lo que un hombre puede correctamente saber de ellos. Díjome, sin embargo, que deploraba enérgicamente algunos pasajes de antigua y bárbara rudeza que continuaban insertos en el ritual, los cuales, añadió, no eran esenciales para la grandeza de la acción que surgía de él. También puedes recordar que aquel año (esto me fue permitido saber) tomó sobre si la responsabilidad de sustituir con serpientes de arcilla las serpientes vivas..., innovación que fue aceptada sin oposición y que, si no estoy equivocado, persiste hasta este día.

Sé, reverenda señora, que es costumbre que las Vírgenes Vestales se retiren de las ceremonias a medianoche, es decir, antes de que termine el ceremonial. Creo no equivocarme al deducir de esto que tienen lugar después de esta hora ciertos actos simbólicos que pudieran ser repugnantes para la sensibilidad de las consagradas y castas. No he dejado de notar algún reflejo de tal repugnancia durante toda mi vida en las mujeres de mi casa. Sin embargo, me he dado aún más cuenta de su gozo en los ritos, y de la profunda devoción con que asistían a ellos. El gran Mario dijo de ellas: «Son como una columna que sostiene a Roma». Desearía que se dijese de ellas y del conjunto de nuestras ceremonias romanas lo que Píndaro dijo de los misterios de Eleusis: que impiden al mundo caer en el caos.

Permíteme que te pida con urgencia, noble doncella, que medites sobre el asunto que he sometido a tu consideración. Si te parece aconsejable, puedes enviar esta carta a la señora Julia Marcia. Creo que está en poder de ambas, ayudándonos mutuamente, realizar un señalado servicio a los altos intereses de nuestro pueblo. No sin temor reverencial se atrevería uno a alterar una palabra o un gesto en ejercicios tan antiguos y sagrados. Sin embargo, opino que es ley de la vida que toda cosa crezca y cambie,

arrojando las cáscaras que protegieron sus orígenes y saliendo de ellas en formas más bellas y más nobles. Así es como lo han ordenado los dioses inmortales.

XLII-A. CÉSAR A LA SEÑORA JULIA MARCIA, EN SU GRANJA DE LAS COLINAS ALBANAS.

11 de agosto

Incluyo copia de una carta que acabo de escribir a la presidenta del Colegio de Vírgenes Vestales. Espero haber expresado correctamente la idea que tenias en la mente.

Hay que esperar mucha resistencia a cualquier innovación en esas materias. Las mujeres, para bien y para mal, son conservadoras apasionadas. Los hombres hace ya tiempo abandonaron los elementos groseros de sus rituales..., los ritos de los hermanos Arval y otros. Acaso, debiera decir, los han destronado y arrumbado; permanecen como vestigios, al margen de las ceremonias, algunas inofensivas gansadas que tienen lugar antes y después de los principales ritos.

Con mortificación recorro la lista de nuestras principales familias, en busca de varias mujeres con sentido común que pudieran ayudarte y sostenerte en esta obra necesaria. En la generación precedente no hubiera sido difícil nombrar a unas veinte. Ahora sólo veo las que han de intentar poner obstáculos en tu camino: Sempronia Metella y Fulvia Manso, por conservatismo sin sentido; Servilia, por el resentimiento que le causa no haber sido la iniciadora del proyecto; Clodia Pulquer, por espíritu de contradicción. No me sorprendería que Pompeya también intentase levantar una voz contraria a nuestras intenciones.

Mi querida tía, ayer me permití algún placer no carente de importancia. Como sabes, estoy estableciendo algunas colonias en el mar Negro. Mi mapa me muestra un terreno admirablemente situado y cuya conformación me sugiere que puede proporcionar sitio para dos ciudades adyacentes. Les daré el nombre de tu gran marido y el tuyo; se llamará Ciudad Mario y Ciudad Julia Niarcia. Me dicen que el lugar es salubre y de gran belleza, y voy a enviar allá a las más altamente recomendadas de las familias a quienes he acudido para el traslado.

XLII-B. DIARIO-CARTA DE CÉSAR A LUCIO MAMILIO TURRINO, EN LA ISLA DE CAPRI.

Hacia el 6 de septiembre

973. Respecto a las reformas introducidas en los Misterios de la Buena Diosa.

Según me informa una reciente carta anónima, una dictadura es una incitación poderosa a la composición de cartas anónimas. No he conocido tiempo en que haya habido tantas en circulación. Continuamente llegan a mi puerta. Inspiradas por la pasión y gozando de la irresponsabilidad de su condición huérfana, tienen sin embargo una gran ventaja sobre la correspondencia legítima: exponen sus ideas hasta la última conclusión; vacían el saco.

He despertado un avispero intentando remover ciertas crudezas que sé, aunque no demasiado claramente, que están incorporadas a los Misterios de la Buena Diosa. Mis

encapuchados corresponsales son, desde luego, mujeres. No sospechan que estoy en el fondo de este esfuerzo de reforma; apelan meramente a mi como supremo pontífice y último árbitro.

Lo que tiene lugar durante esas veinte horas debe de causar impresión poderosa sobre las devotas, un efecto tan grande que la mayoría de las celebrantes, elevadas a un diapasón de éxtasis y súplica, apenas se dan cuenta de su obscenidad. La obscenidad es para ellas una intensificación de la verdad y de la eficacia mágica de los ritos.

Los Misterios, supongo, evitan la esterilidad y previenen los nacimientos monstruosos o catastróficos. Armonizan y, por decirlo así, santifican la vida de la mujer, acerca de la cual hasta los médicos más hábiles me dicen conocer tan poco. Al hacer esto, puedo comprender perfectamente que pueden ir más lejos; afirman la vida misma, toda la humanidad y la creación. No es de extrañar que nuestras mujeres vuelvan a nosotros como seres de otro mundo y se muevan durante algún tiempo en derredor de nosotros como radiantes extranjeras. Les han dicho que tienen en su mano el curso de las estrellas y que mantienen en su sitio hasta las mismas piedras de Roma. Cuando, pasado algún tiempo, se nos entregan, es con orgullo no exento de desprecio, como si los hombres no fuésemos sino los instrumentos accidentales de su grandiosa tarea.

Lejos de mí robar a esas ceremonias ni un punto de su fuerza y su consuelo. Sólo quiero aumentar su influencia. Sin embargo, he observado que tan buenos efectos no duran sino unos pocos días. Si nuestras mujeres fueran capaces de permanecer más tiempo en su elevado estado, con gusto concedería que rigen las estrellas en el cielo y mantienen los pavimentos de Roma. Supero a todo hombre con quien he tropezado en admirar la esencia femenina; menos que todo hombre a quien he conocido censuro sus flaquezas y me dejo exasperar por sus caprichos. ¡Pero hay que pensar en las ventajas que he tenido!

Me pregunto con espanto: ¿Qué opinión puede tener acerca de la feminidad el hombre que no ha logrado el privilegio de vivir en la proximidad de grandes mujeres? ¡Qué arrogancia debe de adquirir por el mero hecho de ser hombre! ¡ Qué fáciles honores debe de obtener sobrepasando brutalmente a las mujeres con quienes se asocia! Viajan mis ojos sobre muchos hombres cada día; no es difícil aislar de entre tantos aquellos que son lo que son por haber estado en algún tiempo cerca de una mujer excepcional. He hecho más por el estatuto y la independencia de las mujeres que ningún gobernante de los que aún han vivido. En estas cuestiones, Pendes fue obtuso, y Alejandro, un mozalbete. Generalmente se me acusa de portarme con ellas livianamente. Es una necedad. Entre las mujeres a quienes he frecuentado, no he dejado, al alejarme, más que una enemiga, y ésta, aun antes de conocerme a mí, había decidido ser enemiga de todos los hombres. A ésa, estuve a punto de salvarla de odiarse a si misma, y casi la salvé de su condenación, pero eso, únicamente un dios podría hacerlo.

No vacilo en achacar la brevedad de los buenos efectos del festival al hecho de que se exagera su tensión; las celebrantes alcanzan un diapasón de excitación que anula el entendimiento, y tal grado de exceso es resultante de los elementos obscenos. Tengo fundamento para creer que esos aspectos se evidencian más en la sesión final que empieza a medianoche. En esa hora, es costumbre que las Vírgenes Vestales, las mujeres solteras y las embarazadas se retiren a sus hogares, y ahora comprendo por qué mis amadas Cornelia y Aurelia acostumbraban sentirse enfermas a la medianoche, y se retiraban a sus habitaciones hasta cuando caía sobre ellas la responsabilidad del ceremonial, dejando el gobierno en manos de Servilia, que en verdad debía de conducirse como una verdadera ménade.

Puedes decir que al intentar romper el equilibrio del bien y el mal en este asunto, estoy trabajando en las tinieblas. Pero ¿cuándo he hecho otra cosa que trabajar en la

oscuridad? Particularmente estos últimos meses, cada paso que doy me parece ser el de un hombre que camina con los ojos vendados. Espero que no habrá ante él precipicio alguno. Escribo mi testamento y nombro mi heredero a Octavio..., ¿es ello un paso dado en la oscuridad? Nombro a Marco Bruto pretor de la ciudad y le pongo muy cerca de mi..., ¿es éste un paso seguro?

Acabo de releer estas líneas, dos días después de haber las escrito. Asómbrame ver que no he sacado de ellas la consecuencia que es más evidente.

¿Quién es esa Buena Diosa?

A hombre ninguno se le ha dicho nunca su nombre; a ninguna mujer se le permite pronunciarlo. Acaso ni ellas mismas lo saben.

¿Dónde está? ¿En Roma? ¿Presente en los alumbramientos de nuestras mujeres? ¿Evitando que nazcan niños lobos? Es de presumir que estuviese en mi nacimiento y que el médico la hizo huir al desgarrar el vientre de mi madre.

Porque es muy cierto que no existe, sino en la imaginación de sus devotas, lo cual es también una existencia, y como hemos visto, una existencia útil.

Mas si nuestras mentes pueden hacer semejantes dioses y si de los dioses que hemos hecho emana tal fuerza, que no es sino una fuerza que reside en nosotros, ¿por qué no podemos emplear esa fuerza directamente? Esas mujeres no emplean sino una parte pequeña de su poder, porque ignoran que esa fuerza es la suya. Se consideran desamparadas, victimas de fuerzas malévolas, beneficiarias de esa Diosa a la cual deben implorar y propiciar. No hay que asombrarse de que su exaltación decaiga, de que de nuevo desciendan a ese incesante ocuparse en detalles en que cada detalle tiene poder por igual para exaltarías o para angustiarías, esa ininterrumpida actividad que tanto se parece a la desesperación, o a una aplicación a sus deberes tan intensa que es capaz hasta de ahogar la desesperación.

Que cada mujer encuentre en sí misma su propia Diosa..., tal debiera ser el significado de esos ritos.

Por lo menos, los primeros pasos para conseguir tal fin consistirán en eliminar su obscenidad. Digamos, al fin, que la religión significa que cada parte del cuerpo está empapada en mente, no que toda mente está dominada por el cuerpo y ahogada en él. Porque el principal atributo de los dioses, dentro o fuera de nosotros, es el entendimiento.

In document Wilder Thornton - Los Idus De Marzo.pdf (página 101-105)