18 de octubre
He estado anticipando con feliz esperanza, mi querido amigo, mi visita en diciembre. Hablaremos y leeremos y una vez más subiré a todas las alturas y bajaré a todas las cuevas. No habrá frío ni tormenta capaces de desalentarle.
Algo pasó anoche que hace este viaje doblemente grato. Una larga y querida asociación de mi vida llegó a su fin. Sonó una campana. Cesó una música. Eres la única persona que me oirá hablar nunca de ello. Tú, que has oído tanto de sus progresos, escucharás su fin. La vida que he vivido con Marco Antonio durante quince anos se acabó.
Mucho antes de la llegada de la reina de Egipto, Marco Antonio se había dedicado a burlarse de su fama de fascinadora y astuta. Se jactaba ante mí de hasta qué punto había sido capaz de irritar al dictador jactándose de ser insensible a cualquiera de los hechizos de ramera que Cleopatra pudiera lanzar contra naturalezas menos firmemente arraigadas que la suya. Pocos han estado en mejor posición que yo para observar la increíble paciencia con que el dictador ha soportado el atolondramiento de su sobrino, paciencia que ha dado lugar a provocaciones de mayor importancia que la que estoy contándote..., aunque escasamente puedan haber sido más exasperantes.
Desde la llegada de la reina, Marco Antonio ha acudido a su Corte frecuentemente, y me llegaron informes de que la molestaba con irónica galantería. La reina, al parecer, no contrarrestaba tal impertinencia con bromista superioridad, como bien pudiera haberlo hecho; pero en varías ocasiones le rechazó con no disimulada ira. Roma empezó a hablar de ello.
Anoche fuimos juntos a la gran recepción. Mi amigo estaba de muy buen humor. Por el camino, me di cuenta por primera vez de que sus observaciones sobre ella traicionaban una verdadera admiración y una especie de asombrado deleite. Supe entonces que, sin saberlo aún, era víctima de una pasión.
Cuando te vea, te describiré la magnificencia del palacio, y la del trato que se nos ofreció. No sé cómo se llevan a cabo en Alejandría tales recepciones, pero sospecho que la reina se asombraba al ver qué mal nos conducimos los romanos en grandes reuniones. Como de costumbre, las mujeres se retiraron en grupos separados, aislándose de todos los demás, ya de pie, ya sentadas. En otras partes de los jardines, los jóvenes, bebiendo demasiado, empezaron a alborotar y se empeñaron en esas inevitables competencias de fuerza y riesgo que son su único pasatiempo. Puedes figurarte que Marco Antonio estaba en primera fila. Empezaron por encender hoguera tras hoguera y, formando largas filas, corrían en competencia por los jardines para saltar sobre ellas. He aprendido a volver la espalda a tales azares, mas pronto me di cuenta de que mi amigo estaba trepando a los árboles y saltando desde sus ramas a los tejados seguido por aquellos a quienes había desafiado. Ocurrieron accidentes; cabezas y piernas se rompieron, pero aquellos borrachos alborotadores cantaban y subían cada vez más arriba. Los exquisitos desfiles que la reina había preparado quedaron para que los vieran pasar unas cuantas mujeres y unos cuantos abuelos.
Hacia la medianoche, los hombres comenzaron a cansarse de tales deportes, muchos yacían dormidos entre los arbustos; las hogueras se iban apagando. Se estaba representando un ballet entre muchas antorchas de diferentes colores en una isla, y el lago artificial estaba lleno de muchachas nadando.
El dictador se acercó a mi cuando estaba mirando el espectáculo y me hizo el honor de sentarse a mi lado. A su mujer no le había gustado la velada, y le estaba acuciando para que se marchasen. Ahora estoy convencida de que cuanto sucedió estaba ideado por Clodia Pulquer, aunque había trabajado con material que tenía muy a mano. Clodia, lo mismo que Marco Antonio, habían asistido a la Corte de la reina casi a diario. Con razón o sin ella, había llegado a considerarse amiga íntima de la reina y principal confidente suya en Roma. Tuve ocasión de presenciar la llegada de Clodia a la fiesta. Vino tarde, acompañada por su hermano y unos cuantos galanes del Club de Natación. La reina hacía ya tiempo que había abandonado su puesto oficial al pie del trono e iba de un lado a otro entre los invitados. Durante la mayor parte de la noche, el dictador había permanecido al lado de su mujer y únicamente había demostrado a la reina la más oficial de las deferencias; pero en aquel momento adelantaban juntos hacia la avenida, volviendo de una lucha entre leones y tigres que había tenido lugar en la empalizada de las fieras. Clodia vio ante sí una situación en la que nunca podría participar: una mujer que no envidiaba a nadie en el mundo; un dictador veinte años más joven de lo que es; y una felicidad que se expresaba en risa y no representaba mala voluntad hacia nadie. Conozco a Clodia desde hace muchos años; podía adivinar el dolor que le causaba tal espectáculo.
Cuando hubo terminado el ballet acuático, todos los acompañantes de César nos levantamos para ir en busca de la reina y pedir licencia para retirarnos. No estaba en el lago.
No estaba en el palacio. A la izquierda de la avenida se había levantado un estrado. Al atardecer había servido como escenario para un drama musical basado en la historia de Egipto, pero ahora estaba solitario e intermitentemente alumbrado por las antorchas de la corte de honor, que estaba cerca. Ahora no puedo recordar quién guió nuestros pasos en aquella dirección. La escena representaba un bosquecillo a orillas del Nilo, palmeras, arbustos, cañas. Para decirlo en pocas palabras, sorprendimos a la reina luchando y protestando entre los brazos de un Marco Antonio muy ardiente y muy ebrio. No hay duda de que ella estaba protestando, pero en la protesta hay grados, y pudo comprenderse que la protesta había ya durado algún tiempo en una situación en que no era difícil escapar. En la semioscuridad no pudimos estar muy seguros de lo que veíamos.
Se salvaron las apariencias. Charmian, camarera de la reina, apareció trayendo el brasero sin el cual Cleopatra no puede soportar nuestros fríos. La reina riñó a Marco Antonio por su grosería. El dictador le riñó por su borrachera. Todo, al parecer, fue motivo de risa. No se dio explicación alguna de por qué se les había encontrado juntos en lugar tan solitario. Yo, a quien Marco Antonio no puede ocultar secreto ninguno, sabia que estaba sintiendo lo que sintiera por mí quince años antes y no había vuelto a sentir en ninguno de sus caprichos. Lo que ello significaba para la reina no lo pude saber, excepto en lo que se reflejaba en el grande hombre que estaba a mi lado; ningún actor puede igualar a César, y sólo un actor puede adivinar que el golpe le había llegado al corazón. Nadie más, creo, observó esto. Pompeya se había quedado retrasada en el sendero.
Nos despedimos. En la litera, Marco Antonio apoyó la cabeza contra mi oreja llorando y repitiendo mi nombre cien veces. No puede haber despedida más clara.
Siempre supe que esta hora había de llegar más tarde o más temprano. El amante se me había convertido en hijo. No pretendo una ligereza de corazón que no siento; mas no he de exagerar un sufrimiento que, sin darme yo cuenta de ello, se había ya medio cambiado en resignación. Vengo a Capri con reconocimiento más alto de la amistad..., esa amistad que nunca pude conocer con Marco Antonio, porque la amistad florece
entre mentes que son afines. Prodigiosos son sus recursos, pero soy mujer. Sólo a ti, cuya cordura y paciencia no tienen fin, puedo decir llorando por última vez que la amistad -¡hasta la tuya!- es y debe ser segunda ante el amor que he perdido. Llenaba mis días con resplandor lo mismo que llenaba mis noches con incomparable dulzura. Durante quince años, no he tenido motivo para preguntarme por qué se vive o por qué se sufre. Ahora tengo que aprender a vivir sin las amantes miradas de aquellos ojos por los que he gastado mi vida en un sueno.
XLI-A. CLEOPATRA A CÉSAR.
Medianoche, 27 de octubre
Didja, Dzdja, créeme, créeme, ¿qué podía hacer yo? Me llevó allí, fingiendo que él y sus compañeros iban a mostrarme la más grande hazaña de fuerza que jamás se hubiera visto en Roma. Estaba borracho y, al mismo tiempo, fue muy astuto. No sé cómo pudo ocurrir. Estoy en un laberinto. Estoy segura de que Clodia Pulquer ha tenido parte en ello. Le había aguijoneado o desafiado a que lo hiciese. Le había enseñado el plan de antemano. De eso, estoy segura.
Didja, soy inocente. No dormiré hasta que me envíes una palabra asegurándome que lo comprendes todo; que confías en mi y me amas. Estoy loca de horror y de pena. Envíame, te lo suplico, una palabra con este mensajero.
XLI-B. CÉSAR A CLEOPATRA.
Desde la casa de Cornelio Nepote, donde el mensajero de Cleopatra tuvo que ir a buscar a César y donde le encontró sentado junto al lecho de enfermo de Cayo Valerio Cátulo.
Duerme, duerme bien.
Ahora eres tú la que dudas de mí. Conozco bien a mi sobrino. Comprendí inmediatamente lo que había sucedido.
No dudes del entendimiento de tu Didja. Duerme bien, gran reina.