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XXXVII CATULO A CLODIA.

In document Wilder Thornton - Los Idus De Marzo.pdf (página 92-94)

30 de octubre

Alma de mi alma, cuando llegaron tus palabras esta mañana, llore.

Nos has perdonado. Comprendes que no quisimos ofenderte, no hubo ofensa ninguna, Claudilla. Me pregunto qué pude decir para ofenderte tanto. Pero no pensemos más en ello. Nos has perdonado y está olvidado.

Mas, ¡oh, Claudilla, incomparable Claudilla!, prepárate a perdonarnos de nuevo. No sabemos cuándo podemos tropezar con tu desplacer. Estate segura ahora y siempre de que nunca, ¡oh, NUNCA!, tenemos intención de afligirte. Que esta declaración sirva para siempre jamás. ¿Qué sentido u ofensa has podido encontrar en...? Pero ¡basta! Está olvidado.

Mas, Claudilla, debo añadir que tú también debes procurar no herirme. Cuando dijiste delante de él: «Valerio nunca ha hecho un poema que tenga la misma perfección en todas sus partes...». Claudilla, ¿no sabes que precisamente ése es el terror de todo poeta? Unos pocos versos salen bien; los demás tenemos que buscarlos. Es decir, ¿que nunca he hecho un poema entero? ¡Y delante de el!

En el asunto de la recepción de la reina, naturalmente, te obedeceré. No tengo particular interés en asistir. Muchos miembros de nuestro club van a ir todos juntos y me han estado pidiendo que escriba una oda para la ocasión. Tengo escritas unas cuantas estrofas; pero no me resulta muy bien y me gustaría abandonar la empresa. Todo lo que oigo de ella me inclina a creer que es insoportable..., particularmente por la inmodestia de su vestir.

No. No he estado enfermo. Más tarde.

Estaba a punto de enviar esta carta cuando oí por casualidad que vas a ir a/campo unos cuantos meses. ¿Por qué? ¿POR

QUE? ¿Es verdad? Dioses inmortales, no puede ser verdad.

Me lo hubieras dicho. ¿POR QUÉ? Nunca has salido de Roma en invierno. ¿Qué significa? No sé qué pensar. Nunca has estado fuera en invierno.

Si es cierto, Claudilla, me mandarás que vaya. Leeremos. Pasearemos a la orilla del mar. Me enseñarás a mirar las estrellas. Nadie habló nunca de las estrellas como hablas tú. Siempre te rindo culto, pero entonces eres completamente diosa. Sí, vete al campo, mi estrella más brillante, mi tesoro, y permite que me reúna allí contigo.

Pero cuanto más pienso en ello, más triste me pongo.

Sé que no debo pedir nada. No debo hacer reclamación alguna. Pero un amor como el mío tiene que hablar; tiene que llorar un poco. Grande y terrible Claudia, atiéndeme sólo esta vez. No te marches al campo..., quiero decir: te marchas al campo, VE SOLA. No me atrevo a pedir de nuevo que vayas conmigo; pero, al menos, sola.

Sí, lo diré. He estado enfermo. Desde que el amor vino por vez primera a habitar entre los hombres, los amantes desdeñados han pretendido estar enfermos, pero esto no ha sido fingimiento. ¿Es que quieres matarme? ¿Es eso lo que intentas? No deseo morir. Te juro que lucharé hasta el último aliento. No sé cuánto más podré resistir. Algo que es más fuerte que yo me está acechando. Está en el rincón de mi cuarto la noche entera, vigilándome mientras duermo.

Ahora te digo que si te vas al campo con él, me muero, seguro. Me llamas alfeñique. No lo soy. Pudiera sostener una hora en el aire a tu amigo y luego arrojarlo contra una pared,

y no cansarme. Sabes que no soy un alfeñique y que sólo una fuerza poderosa podría matarme.

No quiero que estas palabras suenen a enojo. Si es verdad que vas a tu villa, prométeme que vas a ir sola. Y si no deseas que me reúna allí contigo, haré lo que tantas veces me tienes dicho que haga; iré a mi casa en el Norte hasta que tú vuelvas a la ciudad.

Envíame una palabra acerca de esto. Y, ¡oh Claudilla, Claudilla, pídeme que haga algo..., algo que pueda hacer! No me pidas que te olvide o que sea indiferente respecto a ti. No me pidas que no me importe en qué pasas el tiempo. Mas, si estamos separados, señálame una tarea que sea un lazo diario contigo. Gran reina, más grande que todas las reinas de Egipto, sabia y buena, erudita y graciosa, con una palabra puedes curarme. Con una sonrisa, puedes hacerme, hacernos el poeta más feliz que nunca alabara a los dioses inmortales.

XXXVII-A. CLODIA A CATULO.

A vuelta del mensajero

Sí, es verdad, querido Cayo, me voy al campo y sola, enteramente sola. Es decir, sola con Sosigenes el astrónomo.

La vida de la ciudad se ha hecho tediosa. Te escribiré a menudo. Pensaré en ti con afecto. Lamento saber que has estado enfermo. Creo que harás muy bien en marcharte a tu casa. Te envío regalos para que se los des a tu madre y a tus hermanas.

Me pides que te señale una tarea. ¿Qué tarea te puedo señalar que tu genio no te haya murmurado ya al oído? olvida todo lo que alguna vez haya dicho acerca de tus versos y recuerda sólo esto: tú y Lucrecio solos habéis hecho de Roma una nueva Grecia. Una vez dijiste que escribir tragedias no era tu trabajo. Otra vez has dicho que podías ser capaz de escribir una «Elena». Cuantos versos escribes me proporcionan felicidad; si también tú escribieras una «Elena», podríamos representarla cuando yo vuelva del campo.

Saldré la mañana siguiente a la recepción de la reina y volveré unos días antes del festival [de la Buena Diosa].

XXXVIII. DIARIO-CARTA DE CÉSAR A LUCIO CAMILIO

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