Gutiérrez Hurtado y Lobejón Herrero (2014), sostienen que estos problemas podrían atenuarse sin la necesidad de que el actual régimen de las relaciones monetarias y financieras internacionales sean reemplazadas por otro esquema centrado en una moneda internacional, sino que se podría acudir a un nuevo escenario en el que el dólar comparta su pedestal junto a otras monedas de importante relevancia internacional en distintas regiones del mundo.
En dicho sentido, la opción más discutida es aquella configurada por las monedas de Estados Unidos, el dólar, en representación de América del Norte; el euro en representación de Europa Occidental; y el renminbi por el Sur y el Este de Asia, pudiendo ver a este régimen pluridivisas como una antesala a una mayor integración monetaria de escala global, partiendo de las experiencias formadas por las integraciones regionales. El siguiente Esquema 1, ilustra los 3 escenarios de reestructuración del sistema que proponen estos autores.
Esquema 1: Tres escenarios alternativos de reestructuración del sistema.
Otra opción para estos autores, sería la cooperación de bancos centrales de una región a través de una red de acuerdos de swap, como el caso de Chiang Mai entre los países de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN), China, Corea del Sur y Japón (Park y Wyplosz, 2012).
Estos autores no se limitan a los escenarios recientemente planteados, sino que dan cuenta de la existencia de otros dos posibles casos, siendo el primero de ellos la conformación de una cesta de monedas que actúen como un activo de reserva de valor a nivel internacional, para lo cual ya existen los Derechos Especiales de Giro (DEG).
En la actualidad los DEG funcionan justamente como una cesta de monedas cuyo valor se desprende en base a la cotización del dólar, el euro, la libra esterlina, el yen y el renmimbi chino, éste último incorporado por el FMI a la cesta de derecho especial (FMI, 2016), ante lo que Camdessus et al. (2011) llama a analizar la incorporación de nuevas monedas acorde a la nueva distribución del poder económico en el mundo. Pero para que el sistema de DEGs pueda funcionar, más cuestiones deberían ser tenidas en cuenta, como por ejemplo la emisión regular de esta moneda según lo vaya imponiendo el crecimiento de la actividad económica a nivel mundial. En el denominado Informe Stiglitz se sugiere incluso una cifra concreta: una emisión de 300.000 millones de dólares anuales en DEGs (Stiglitz et al, 2009, p.117), cambiando también el reparto de cuotas para favorecer a los países subdesarrollados que son quienes más necesitan estos recursos; aunque también hay quienes sostienen, como Polak (1979), que los DEG sólo deberían ser emitidos durante períodos de crisis para brindarle un carácter anticíclico al sistema. El volumen de los DEG en las reservas mundiales también debería ser incrementado ya que cuando estos fueron lanzados hacían casi al 10% de estas, mientras que en la actualidad estos únicamente componen al 0,5% de las mismas (Ocampo, 2011, p. 221). Claro que si se desea consolidar a los DEG en el sistema monetario internacional se debería buscar la forma de que éstos también sean utilizados entre privados para llevar adelante sus transacciones, para lo cual se debería dotar a este instrumento de las otras dos funciones básicas del dinero para que sirva como medio de pago y como unidad de cuenta sostienen Gutiérrez Hurtado y Lobejón Herrero (2014).
Indudablemente para que estos cambios profundos puedan tener lugar, el FMI debería ser reestructurado de forma tal que gane una mayor legitimidad, lo cual, como dijimos, podría darse a través de una repartición más equitativa de las cuotas, o dotándolo de virtudes más democráticas como sucede en la Organización Mundial del Comercio (OMC), donde cada miembro tiene un voto; aunque también otros analistas hacen referencia a esta institución debido a dos de sus políticas centrales, el Examen de las Políticas Comerciales de cada miembro y el Entendimiento sobre Solución de Diferencias (Park et al, 2012).
El otro caso que plantean Gutiérrez Hurtado y Lobejón Herrero (2014), es la de una canasta de materias primas que permitan combatir la baja elasticidad de la oferta del oro que no permitía un correcto acompañamiento de la expansión del comercio internacional, idea acuñada por el inglés John Maynard Keynes durante las negociaciones de Bretton Woods al detectar que el Sistema Financiero Internacional necesitaba ser reformado, esta nueva moneda global sería conocida como Bancor (Stiglitz, 2011).
El Bancor, a diferencia de los DEG debería estar respaldado tanto por oro como por una canasta de las 30 mercancías principales del comercio internacional, sirviendo como reserva de valor, apuntando a mantener el valor de la cesta en su conjunto y no el de cada uno de sus componentes por separado (Gutiérrez Hurtado y Lobejón Herrero, 2014).
Algo similar ofrece Lietaer con su Moneda Mundial de Referencia a la que llama Terra, la cual pretende que no se encuentre ligada a ningún Estado en particular, que sirva como moneda de referencia estable para el comercio internacional y que esté conectada con el mundo material, evitando la desconexión que actualmente existe entre el mundo financiero y la realidad física en la economía global (Lietaer, 2005, p.381). Terra, sería una canasta de bienes y servicios relevantes en el comercio internacional, como el petróleo de calidad y la cuota Brent, el trigo según el precio de la Chicago Mercantile Exchange, el precio del cobre según la London Metal Exchange, entre otros (Gutiérrez Hurtado y Lobejón Herrero, 2014, p.77).
Por su parte, De Brunhoff (1976), critica al sistema monetario internacional de Bretton Woods por el papel hegemónico del dólar estadounidense, lo que facilita la expansión de su economía a nivel global, pero ante las propuestas planteadas
en los últimos 3 escenarios descritos, De Brunhoff señala que estas ideas no están completas y enfrentan distintas dificultades conceptuales, llamando también a recordar que las monedas son una construcción social sobre la que subyacen relaciones de división y dominio.