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Como explica Carmen Arribas Haro (2011), el Sistema Financiero Internacional actúa de forma global, por ende los desequilibrios del mismo en cualquier Estado tienen obligatoriamente repercusiones en todo el sistema internacional. Entre las características que sustentan la globalidad del mercado financiero se encuentran: el “pensamiento único” que supuso la caída del bloque socialista y la desregulación del mercado de capitales a partir del triunfo del neoliberalismo; eliminando las barreras y controles en las operaciones internacionales; la interconexión tecnológica que deviene de los efectos de la “revolución de las comunicaciones” de inicios del S.XXI (universalización del uso de internet, telefonía, satélites) en los mercados de dinero, haciendo que las operaciones internacionales sucedan en tiempo real volviendo posible grandes transacciones de dinero de diferentes agentes del mercado financiero (bancos, hedge funds, corporaciones, agencias de bolsa) que buscan el máximo de rentabilidad y responden a las leyes de la oferta y la demanda teniendo efecto directo sobre los Estados y las empresas. Al respecto, Hernández Vigueras (2012) señala:

Las transacciones a través de internet que se realizan sobre fines especulativos actúan sobre instrumentos financieros que nacen a partir del vínculo con bienes materiales como las materias primas, las acciones de las empresas y los títulos de deuda de los Estados soberanos. Como estas transacciones se rigen por la ley de la oferta y la demanda, un movimiento especulativo sobre estos instrumentos financieros tiene repercusiones en el valor real de los bienes.

En este sentido, podemos mencionar que hacia 1970, las inversiones de las empresas en las nuevas tecnologías giraban en torno al 25%, mientras que luego de los 2000 la adquisición de tecnologías de la información pasó a acaparar el 45% de los gastos de inversión, mientras que lo destinado a producción e infraestructura descendió abruptamente (Henwood, 2003).

Como ya señalamos, los avances tecnológicos ayudaron a que el sistema financiero se expanda a escala global, especialmente tras la aparición del dinero electrónico y la expansión del uso de Internet en estos mercados, lo que terminó facilitando la actividad de compra y venta de divisas con fines especulativos (Lietaer, 2005). Este tipo de transacciones, inspiradas únicamente en obtener una renta financiera, comprende al 95% de las transacciones de divisas, relegando a sólo un 5% el total de las transacciones de divisas relacionadas al comercio de bienes y servicios (ECON, 1999); siendo las primeras, dígase las especulativas, llevadas a cabo principalmente por los bancos comerciales, fomentando la formación de lo que Marx (1894) llama capital ficticio, ya que el proceso de formación de precio de las acciones dista mucho del proceso de creación de valor a través de la producción. Haciendo un breve paréntesis, consideramos conveniente señalar que antes de llegar al modelo de intercambio dinero-dinero, que dio paso en nuestros días a la eclosión de la economía financiera que se encuentra muy alejada de la economía real, el primer modelo de intercambio fue el denominado mercancía-mercancía, que luego fue sustituido con la aparición del dinero por el modelo mercancía-dinero-mercancía lo que facilitó los intercambios y la división del trabajo, según la teoría marxiana.

Para Lietaer (2005), este gran aumento en las transacciones especulativas se debe a tres cambios concretos que tuvieron lugar en los últimos años: la caída

del patrón oro-dólar en 1971, la desregulación financiera de los ochenta y noventa y la computarización del mercado de divisas. Lietaer explica que debido a estas transformaciones, el dinero especulativo o “hot money”, que según el autor son fondos que se mueven rápidamente de un país a otro, se ha convertido en una especie de gobierno mundial paralelo que mina el poder soberano de los estados. Incluso al hablar sobre la desregulación financiera vale la pena señalar que en los 90’ se procedió a eliminar la ley Glass-Steagall, también conocida como Ley de Bancos de Estados Unidos, de 1933 que había sido instaurada para prevenir actividades especulativas al separar las actividades de la banca comercial, receptora de los depósitos de las personas, y la banca de inversión que utiliza dinero de inversores e incursiona en operaciones riesgosas, evitando así que los bancos comerciales utilicen el dinero de sus clientes para especular (Sevares, 2013).

A su vez, la aparición de nuevos productos financieros y la presencia de las Agencias Calificadoras de Riesgo, las cuales tienen por objetivo brindar información hacia los acreedores sobre los países prestatarios clasificando a los Estados según su capacidad de cumplir sus compromisos exteriores, debido a su concentración, terminan determinando la capacidad de acceso al crédito de los Estados, ejerciendo un poder superior a estos. Acerca de la mencionada concentración, la ONU (2012) sostiene que:

[...] en los Estados Unidos solo hay 10 entidades designadas como organizaciones de calificación estadística reconocidas nacionalmente (“nationally recognized statistically rating organizations”), de las cuales tres (Standard & Poor’s, Moody’s y Fitch) controlan más del 95% del mercado de la industria en todo el mundo. (p.7)

Así y todo, si bien el nivel de riesgo de los mercados de títulos está, en teoría, controlado por las evaluaciones de los inversores institucionales, los bancos de inversión y las agencias calificadoras de riesgo, estos entes también financiaron burbujas especulativas y deudas insostenibles, fracasando ampliamente en sus roles de agentes de control.

2.3.1 El dólar

El aspecto más criticado del actual régimen de las relaciones financieras y monetarias internacionales suele ser la alta dependencia hacia el dólar estadounidense más allá de que su caída fuera anunciada ya varias veces.

El dólar, no sólo es la moneda nacional de Estados Unidos, sino que es la divisa más utilizada en el plano internacional. Según un informe del FMI, en el año 2013 el 61,2% de las reservas de los bancos centrales estaban compuestas por dólares, convirtiéndolo así en el eje del sistema monetario internacional.

2.3.1.1 Dilema Triffin

El dilema Triffin es uno de los argumentos más utilizados a la hora de criticar el rol que juega el dólar como eje del sistema monetario en el plano internacional.

Esta teoría sostiene, en simples palabras, que cualquier sistema monetario internacional que se preste a utilizar como patrón la moneda nacional emitida por un único país, está condenado a sobrellevar distintos problemas y contradicciones debido a los intereses cruzados que surgen entre los objetivos del país proveedor de liquidez internacional, en este caso Estados Unidos con su dólar, y el resto de los países que se transforman en dependientes de las decisiones externas tomadas por el país central en cuestión (Gutiérrez Hurtado y Lobejón Herrero, 2014, p.62). Este es el caso que ha gobernado al sistema internacional desde que el sistema de Bretton Woods tomó al dólar como reserva de valor.

No sólo eso, sino que esto genera un privilegio desmedido para Estados Unidos, al convertirlo en el único país que puede pagar todas sus transacciones internacionales utilizando su propia moneda nacional. Esto crea una fuerte tensión ya que el uso de una moneda nacional como el dólar como moneda global, puede conducir a la volatilidad internacional debido al creciente déficit en cuenta corriente de Estados Unidos. Estos déficits que bien son necesarios para crear suficiente liquidez global, también generan endeudamiento excesivo, tanto externo como interno para dicho país, por lo tanto, si Estados Unidos redujera su déficit demasiado rápido, podría producirse una deficiencia en el suministro de la moneda

de reserva mundial (Stiglitz, 2011).

Además, el peso relativo de Estados Unidos en la economía global ha caído en los últimos años, erosionando aún más su legitimidad como emisor de la moneda internacional. En respuesta a este hecho, el presidente del Banco Popular de China, Zhou Xiaochuan, durante la última gran crisis que atravesó el capitalismo en la recesión mundial del 2009, reclamó, a través de un documento oficial, la creación de una nueva arquitectura monetaria internacional en la que el dólar ya no sea el eje central del mismo, reformando al sistema monetario internacional en su todo, creando una moneda internacional de reserva que esté desconectada de naciones concretas, y que sea capaz de mantenerse estable en el largo plazo, eliminando las deficiencias causadas por la utilización de las monedas nacionales (Travis, 2015). Claro que no mencionó al dólar como tal, sino que se limitó a decir que “los ajustes de oferta y demanda de divisas deben estar desconectados de las condiciones económicas y de los intereses soberanos de un único país” (Zhou, 2009).