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Los amigos de la adolescencia y de la juventud Madrid como personaje:

NARRATIVA DE FRANCISCO UMBRAL (1965-2001)

II.1. BALADA DE GAMBERROS (1965) Y TRAVESÍA DE MADRID (1966)

II.1.4. Los amigos de la adolescencia y de la juventud Madrid como personaje:

Al principio aludíamos a la apariencia que pueden dar los personajes de cuentos y novelas de Umbral, apariencia de superficialidad, de quedar el retrato del personaje en la piel, sin ahondar en las razones de su comportamiento. Vemos, olemos, sentimos moverse a los personajes, pero no llegamos a entenderlos, no se nos explican. Ésa es la impresión que nos pueden producir. Pero ya hemos dicho que Umbral prefiere dar el interior por el exterior, menos cuando escribe un diario-poema-novela-memoria-dolor que se llama

Mortal y rosa y el buceo por el alma atormentada, la mente a flor de piel, es todo lo

contrario: dar el exterior por el interior. En Travesía de Madrid y en Balada de gamberros no sucede eso, novelas de realismo social aunque con aportaciones muy personales del autor y notas poéticas. Y en Balada de gamberros siempre se nos muestra el exterior de los personajes, nada de profundidades psicológicas. Estamos al borde del behavourismo, exagerando. Así se nos describe a Amalia:

No había vuelto a ver a Amalia desde el verano. Nos habíamos bañado juntos unas cuantas veces. En cierta ocasión conseguí espiarla entre la maleza mientras se desvestía para ponerse el bañador. Y eso fue todo. Pero Amalia, ahora, estaba allí, en el escondrijo del Vespa y la Mogumbi. Habían llegado en moto, cogida ella a las caderas del tipo. Apenas pareció fijarse en mí cuando llegaron al fondo del sótano, adonde estábamos nosotros.154

La única profundidad la da el narrador con sus observaciones, con su mirada. Pero este narrador resulta mucho más frío que otros que practicará Umbral. Es una voz que no se inmuta, impasible, cuando los narradores de Umbral suelen ser bastante, digamos, apasionados, con una personalidad que se quiere imponer. En Travesía de Madrid el narrador ya tiene una voz propia, distinguible. El lector, aparte la calidad de la escritura que

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adelantaba Umbral en Balada de gamberros, tiene la sensación en ocasiones de estar escuchando, más que una voz, un altavoz, hermético, distante. Ofrecemos estas observaciones ahora y no en el estudio del punto de vista, porque nos parecen útiles para entender a los personajes.

Travesía de Madrid es lo que se ha llamado una novela-ciudad. Ya hemos citado

bastante los antecedentes de Dos Passos y Cela. En su “Travesía de Madrid. Autocrítica”,155 Umbral hablaba de los personajes de su novela del siguiente modo:

La novela tiene tres millones noventa y nueve mil personajes, que deben ser exactamente los actuales habitantes de Madrid, ya que yo he querido meterlos en el libro a todos, y no hacer el estudio puntilloso y demorado de unos pocos, dos o tres exquisitos o típicos o pintorescos, de esos que luego dice el crítico que están “muy bien vistos” por el autor. Pero la novela psicológica, de caracteres, es algo decimonónico, que ya está hecho, y yo creo que nos encontramos en la obligación de inventar otra cosa: por ejemplo, la pop-novela o novela-pop.

Resume el autor en las mismas páginas diciendo que su novela es “madrileña”, y que “el verdadero y único protagonista de la novela es Madrid”. Los personajes de Travesía

de Madrid son legión, muchísimos, sobre todo mujeres que no se suelen repetir; aparecen

en una capítulo del libro y luego se esfuman. No ocurre así con la patrona de la pensión o con la dueña del Alfa Romeo, el coche que jugará a la ruleta romana en toda la novela hasta el final, cuando choca contra un camión y se produce como un despertar en la conciencia del protagonista: el golpe y el agua fresca de una fuente urbana le devuelven a la realidad, precaria pero lúcida, de su vida. Es más, las mujeres, y en general todos los personajes de este libro, excepto el narrador (y éste busca reafirmarse), apenas tienen identidad, se volatilizan, son seres en cuanto que forman un conjunto, una sucesión de imágenes para el narrador: forman Madrid. Umbral dijo que Travesía de Madrid tenía un personaje de más de tres millones de personas, es decir, los habitantes que por aquella época albergaba Madrid. Pero uno a uno, los que desfilan por la novela, no dejan apenas huella, y en la confusión con otros se pone de manifiesto su precariedad como seres reales: son sombras que afectan al personaje pero que no lo marcan, él sigue su camino, su no-camino. La confusión se traduce en fusión; afirma el narrador que las mujeres con las que trata han llegado a fusionársele en una sola mujer:

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Pienso en una Elenaluzolgasofíamarijuanabárbara múltiple e igual a sí misma. en una sola mujer de muchas caras y mucho nombres de la que tendría que hablarle ahora a Bruna para que supiera qué soy, quién soy, cómo soy.156

Esto significa que la técnica de acciones simultáneas que ensaya Umbral en

Travesía de Madrid no es una impostación literaria, un alarde técnico ocioso y artificial: su

sentido es profundo porque demuestra ser la única manera válida de contar la historia, esta historia, el único vehículo que puede poner en marcha este carrusel de sexo, tiempos, calles, etc. La lógica de lo ilógico es obra de esta técnica. El personaje ve la realidad de ese modo fragmentado o, mejor, con ese modo de aislar las piezas desmembradas de su línea temporal, descolocarlos y unirlos, a su vez, en un orden propio, el del cerebro del personaje-narrador. El protagonista cuenta y mezcla distintos sucesos que le han acontecido a él o a otros. Pueden ser noticias de periódico, en lo que nos recuerda al Cela que vendrá después con San Camilo, 1936, entre otros autores. La novelas siguen en muchos aspectos la técnica del collage, porque para Umbral Madrid es un collage humano. El personaje colectivo de Madrid, como ya ocurriera en los famosos ejemplos de La colmena y

Manhattan Transfer, con la descripción de calles, barrios, museos, ambientes (recordemos

que Umbral se declara, más que cualquier otra cosa, “escritor de ambientes”), está representado por unas figuras que parecen huir siempre de ellas mismas y del narrador, como esas gentes que nos cruzamos cada día cuando paseamos por una gran ciudad: nadie conoce a nadie pero todos vivimos juntos.

Quiere decirse que Travesía de Madrid es una novela colectiva, una novela de masas con un solo personaje de mil cabezas. ¿Y qué es lo que le pasa a ese personaje? Que tiene prisa, que tiene ganas de vivir, que le falta dinero o le sobra dinero, que está angustiado y no lo sabe, que está alienado y no lo sabe, que se ha perdido a sí mismo, que sufre porque está vivo o porque teme no estar vivo, que le asfixia la multitud y le asfixiaría mucho más la soledad, que no tiene salida, que es, como todo habitante de las grandes urbes de Occidente, un fin de raza, un final de serie, un europeo tardío, un final de civilización, un decadente desgarrado entre la tradición individualista y el futuro que no le pertenece.157

Dice Umbral que el verdadero novelista no se hace por la creación de una obra o de un estilo, sino en la de un personaje. Lo afirma en la semblanza que le dedica a José Luis

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Op. cit., pp. 258 y 259.

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López Vázquez en Los cuerpos gloriosos.158 Empieza hablando del arte del actor para después aplicar su teoría al del novelista. Umbral es un “novelista completo”, con su peculiar concepto de novela, novela memorialista (que es la dominante en él, pero no la única), porque ha acertado a poner en pie un personaje que se ofrece en varias tandas, múltiples facetas de sí mismo. El yo que el escritor ha construido, esto es, la constitución de sí mismo como personaje literario, pues ya sabemos que Umbral entiende la literatura desde su vertiente más narcisista, aunque vaya mucho más lejos. En Balada de gamberros ese yo es puramente narrativo, como ya dijimos, con escasa participación en la trama, más testigo de lo que sucede en la novela que actor. En Travesía de Madrid es la estrella en torno a la cual gira todo lo demás. Umbral, según su propia definición, es “novelista completo” porque ha creado un personaje que es el que esperan sus lectores en los libros que va publicando: un hombre de letra y hueso que trasciende la realidad del creador para darnos su humanidad y sus contradicciones íntimas. Umbral se ha encarnado en su literatura, y ha encarnado a otras personas, amigos, conocidos, personalidades... y los ha transfigurado en personajes. A algunos se les puede seguir en varios libros, como una serie de etapas de la vida del autor o épocas históricas y literarias que le gusta interpretar artísticamente, literariamente, según nos explica en pasajes como éste, perteneciente a Los cuadernos de

Luis Vives, que ya hemos citado en otro momento y que nos parece esencial:

Incluso cuando saco en un libro personajes reales, políticos o escritores, vivos o históricos, ya no son ellos. Mi Franco no es Franco. Mi Pardo Bazán no es la Pardo Bazán. El personaje real, con sus nombres y apellidos, en cuanto entra en una novela principia a comportarse novelísticamente. Ya para esto no hay que forzarle. Hay que dejarle solo.159

El autor había explicado su novela con una teoría de círculos concéntricos. El último de ellos lo conforman los personajes reales. La novela es una novela de ciudad, como hemos dicho, pero también es una novela de personas que, como dice Umbral, cruzan raudas por el libro y a veces no se detienen, no vuelven, desaparecen:

Con ellos empieza ya el mundo estrictamente autobiográfico del autor, que soy yo, porque yo soy desesperadamente autobiográfico y escribo para saber lo que pienso de mí.

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Barcelona, Planeta, 1996, p. 257.

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Tales personajes -Elena, Luz, Fernando, Montse, etc.- inician, como digo, el meollo intimista, personal, autobiográfico dentro de una novela que está concebida en general como novela de masas, como biografía en el espacio, no en el tiempo, de una gran ciudad, y que, sin embargo, tiene un interior de novela no diré tradicional, pero sí ortodoxa. Y no es tradicional esta zona de la novela porque esos personajes no están tratados en función de la psicología, sino en función de la sociología; son producto del hervor general del libro, seres aislados por mi memoria y mi voluntad, pero que inmediatamente pueden reintegrarse al friso general de anonimato y velocidad que es la novela.160