NARRATIVA DE FRANCISCO UMBRAL (1965-2001)
II.1. BALADA DE GAMBERROS (1965) Y TRAVESÍA DE MADRID (1966)
II.1.1. Dos historias de juventud, euforia y transgresión:
Balada de gamberros y Travesía de Madrid son dos historias de juventud, euforia y
transgresión, todo llevado a un grado más alto en la segunda novela, relato más largo y ambicioso. Historias urbanas, la primera de la capital de provincias, la segunda retrato de un protagonista que se funde en las coordenadas vitales de una gran ciudad, Madrid, pero que la deja transparentarse por su mirada: es su ciudad, porque son sus ojos y sus sentidos los que la han captado para nosotros, sin excusas de “manuscrito encontrado” ni ninguna técnica semejante que la justifique.124
En un encuentro de profesores y escritores celebrado en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo el verano de 1967 en torno al espinoso tema de la novela contemporánea española, Umbral explicaba las intenciones de Travesía de Madrid, su trayectoria literaria hasta entonces y lo que viene a ser (junto con otra conferencia expuesta
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Son muchas las pruebas del interés literario de Umbral por la capital de España, en todos los géneros que ha cultivado. Una de las últimas es un cuento, “Domingo de invierno”, que ha aparecido en una colección de relatos editado por Rosa Regás: De Madrid... al cielo, Barcelona, Muchnik Editores, 2000.
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Umbral, desde Travesía de Madrid, y aún antes, empezará a moverse como cronista de la ciudad, testigo y catalizador de la realidad madrileña, y transmisor de comportamientos, personajes, ambientes. Ignacio Soldevilla, tras emparentar esta novela umbraliana con La colmena de Cela, a la que según él “supera en profundidad y en polivalencia”, hace hincapié en tres cualidades de la prosa de Umbral: observación irónica de la realidad, y capacidad para la elegía. Escribe Soldevilla: “Ese carácter a la vez elegiaco y de distanciación irónica de la realidad evocada constituye otra de las particularidades de este singular narrador” (Historia de la literatura española 2, Madrid, Alambra, 1982 –1ªed. 1980-, pp. 357 y 358).
al año siguiente: “Teoría larga de escribir relatos cortos”), su poética de escritor joven que se está haciendo. En la primera de esas intervenciones decía cosas como ésta:
Mi transición del relato corto a la novela larga está constituida por Balada de
gamberros, una novela corta que se nutre de la magdalena proustiana de la adolescencia,
y sí tiene algo de cuento estirado o de sucesión de cuentos entrelazados. Con esta confesión me acuso a mí mismo de lo que acabo de acusar, pero creo que las cosas deben dejarse así, como están, como nacen, como son, que también los defectos de una obra tienen su forma de perennidad e incluso son ellos mismos, los defectos, la semilla de humanidad, de verdad, de inmediatez, de esa perennidad, puesto que mantienen la obra caliente y como recién hecha.
Mas, al plantearme Travesía de Madrid, una novela de trescientas páginas, comprendí que ya no valía la pura improvisación rumiante, rememoradora y adolescente. El problema, como ya he dicho, era cuantitativo más que cualitativo, puesto que se trataba de llenar folios antes que de decir cosas sustanciales, ya que las cosas, sustanciales que uno pueda decir caben en una postal del Sardinero y aún sobra postal.125
Este texto nos adelanta algunos aspectos en los que forzosamente tendremos que incidir. No es otro nuestro tema en este capítulo que el que le rondaba a Umbral por aquellas fechas: la transición de la novela corta a la novela larga, y la consideración del cuento y del artículo umbraliano como medio y como fin de la construcción de un estilo. Estos últimos son temas adyacentes, pero importantes: el relato es la escuela en la que se forja el prosista, y los hallazgos de esa etapa no le abandonarán nunca, como tampoco la capacidad adquirida, nos dirá, de “crear ambientes”. El artículo ya es otra historia, pero el fondo es idéntico: una prosa que se da siempre a sí misma, al servicio de temas más o menos interesantes, más o menos literarios, a los que transforma, a los que hace interesantes y literarios, cuando está lograda. Nosotros tenemos la ventaja sobre el Umbral de aquella época de poseer una perspectiva de más de treinta años, y muchos otros libros para calibrar su evolución y sus resultados.
Pero vayamos con las novelas.
Balada de gamberros empieza de forma atroz y realista, la tragedia aliada con la
nota poética. Tras una pelea de bandas un chico se ahoga en el río. El río que permanecía congelado por el invierno y que contesta a la carrera del muchacho con un crujido de claudicación: “Estaba hinchado y de un color malva”.126 Esa nota poética acompaña a la
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“Travesía de Madrid. Autocrítica”, en YNDURÁIN, Francisco: Prosa novelesca actual, Santander, Universidad Internacional Menéndez Pelayo, 1968, pp. 105 y 106.
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realista y acentúa tal vez el drama del desgraciado accidente. Aunque este “malva” no sea completamente el malva de los poemas de Juan Ramón Jiménez que tanto gustan a Francisco Umbral. Y a partir de aquí robos, persecuciones, sexo, aventuras, cafés cantantes. El secuestro de Olivita, y su posterior violación por toda la banda (excepto Dupont y el narrador, que se mantienen al margen), para impedir la boda de la novia de Berto con un gitano muy rico, hermano mayor de Olivita. El asedio a una fábrica y el robo de unos contadores y rollos de hilo de cobre, huida en moto. Fiestas en la guantería del padre de José Luis, donde aprovechan el almacén para seducir a muchachas de la ciudad.
A Estrella le gusta nuestro narrador, del cual desconocemos el nombre pero identificamos al escritor inmerso en un relato autobiográfico (algunos nombres de personas y de lugares coinciden con los vividos realmente por el autor). Estrella es bizca, tiene un ojo que mira donde no debe, y esto pone reparos a las ansias del narrador. Pero, hacia el final de la novela, cuando un mastín muerda a Estrella intervendrá en su defensa, y se dará cuenta de que sí le gusta. Ya en el tren, de vuelta del baile, en una piscina de la carretera de Barcelona, después de escapar el grupo de la persecución de unos guardas, el protagonista la besa, nos dice, tapándole antes los ojos con la palma de la mano. Acaba de salir del retrete del tren y se lanza sobre su Estrella, sonando con él siempre la balada que ha interpretado para nosotros, la Balada de gamberros.
Un beso. Acaba como terminaban antes las grandes películas de Hollywood, con un beso de los protagonistas, y en un tren, que es un espacio literario y cinematográfico a más no poder: “Salió del retrete y la besé en la boca, cerrando previamente sus ojos con la palma de mi mano”.127
El primer párrafo de la novela da el tono que va a seguir el narrador: descriptivo, evocativo, poético, pero a veces desgarrado, rudo, naturalista:
El río se helaba todos los inviernos. Y surgía entre ambas orillas un blanco campo de batalla a donde bajaban, por entre las maleza de la orilla selvática -una orilla era toda selva y la otra casi ciudad-, los chicos de las huertas y los campos. Era un puente de hielo por donde nos llegaba la invasión de aquellos grupos hostiles y huidizos. Una especie de pastores siniestros, de sangrientos zagales que tenían otra forma de luchar y de subirse a los árboles. Usaban onda en lugar de tirador. Eran otra raza.128
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Op. cit., p.83.
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Umbral diseña aquí la voz narradora que va a contar la historia, presenta el espacio, uno de los escenarios en que se va a desarrollar la acción, el río, e introduce la disputa de bandas entre adolescentes: los del campo contra los de la ciudad, separados por esa frontera natural y simbólica que es el río. Pero la historia del narrador evolucionará mucho: los personajes maduran, cumplen años, desde este episodio que sirve de pórtico del libro al que lo cierra. En el tren, después de haber huido de unos guardas que vigilaban una especie de coto, el narrador besa a Estrella, en un final cinematográfico, en un gesto que, parece decirnos Umbral, marca el paso del personaje a la edad adulta. A un tiempo que ya forma parte de los recuerdos que elaborarán otras novelas, entre ellas Travesía de Madrid, que es un libro pegado al presente si lo comparamos con Balada de gamberros.
Una travesía es un lugar de paso, un camino que ve pasar a muchos transeúntes, vehículos... gente que no queda, que va rápido en pos de otro sitio. Travesía de Madrid presenta Madrid un poco como esa travesía que recorren día a día miles de madrileños, o personas que sin haber nacido en Madrid son de Madrid, por un derecho propio que lo da el vivir la ciudad. Esa “travesía de Madrid” la realiza el protagonista, un individuo dibujado a base de retazos de las mujeres que le acompañan en su atravesar Madrid: esa travesía la hace el personaje colectivo de la novela, que no es sino Madrid entero, millones de personas fijadas en su urgencia de vivir, por emplear una expresión cara a Umbral. El resumen de Travesía de Madrid no es largo ni complicado: un hombre joven llega a una pensión madrileña y se busca la vida por las calles de Madrid; buscarse la vida es meterse en líos, en robos, en trifulcas, y pasearse la ciudad de cabo a rabo buscando mujeres fáciles y hermosas, o difíciles y filosóficas, para vivir, si se puede, de ellas. Hay sexo en la novela, pero no es gratuito. Umbral explicaría después la filosofía que entraña la novela, el porqué del sexo, de la libertad y del amor, y lo que liga estos conceptos tan amplios y vitales.
El fondo filosófico de Travesía de Madrid lo aporta Kierkegaard en el lema: “La angustia es el vértigo de la libertad.” Umbral, en el “Autorretrato” que hizo acompañar a la primera edición, decía del sexo que es el “origen mismo de la libertad”. Se cruzan tres palabras, claves en las novelas de Umbral: sexo, libertad, angustia. Es un triángulo que se enriquece con otras ideas. Parece afirmar Umbral que la juventud tiene un conflicto con la libertad, lo que le crea angustia; el sexo es una vía de escape a esa angustia, y una forma de
autoafirmarse, pero el sexo puede conducir a la locura y la insensatez. Sostiene Umbral en su conferencia de 1966 ya citada:
Y he querido que esto sea así porque entiendo que en el sexo radica el sentido mismo de la libertad, por lo mismo que el sexo es el gran tabú, el gran encarcelado de todas las civilizaciones, de modo que en todos los afanes de libertad que se han inscrito en la historia, bien sea con carácter político, social, intelectual, artístico o meramente humano, alienta un grito de libertad sexual como reactivo contra la larga represión y como generadora que es esa libertad de todas las otras libertades.129
Sin pretender restringir el mundo del autor, la vida viene a ser ese abismo en cuyo fondo flotan corchos de problemas y vías de escape, a su vez, de otros o los mismos problemas. El existencialismo de Umbral está pegado a la realidad, a la calle, su lenguaje, no excluye lo feo o trágico, sino que enriquece con ello su mirada. Aplica las grandes filosofías y la tradición literaria a la realidad, y a su realidad (el “yo soy yo y mi circunstancia”, enunciado por Ortega, en un escritor es su razón de ser y la materia de su trabajo), cumpliendo la exigencia de toda cultura que se estime viva: retornar al mundo que la originó, ayudarlo y explicarlo, en lo posible, y también entretenerlo. En el mismo “Autorretrato” terminaba Umbral su semblanza: “Y pienso que la literatura es el único consuelo para este contratiempo de haber nacido.” Umbral demuestra en su obra que para él la literatura es consuelo, y es diversión, reafirmación del yo, el eje en torno al cual girar su vida: escribir para vivir y vivir para escribir, como ha dicho en alguna entrevista.
En Travesía de Madrid se da una serie de asociaciones. La juventud se asocia con
libertad, y la libertad, según Kierkegaard (opinión asumida por Umbral desde el lema que encabeza su libro) produce vértigo. El “vivir sin aliento”, la tiranía del sexo que necesita demostrar su musculatura todos los días, la insensatez del juego de la ruleta romana, una afirmación feroz y desesperada de la existencia, porque en el riesgo está la emoción y cuando el corazón late violentamente es cuando se le siente funcionar. La ruleta no es locura, es desesperación ante una vida que ha elegido el camino de agotarse a sí misma antes de envejecer; en una postura muy de la época y muy de algunos mitos muertos prematuramente, quizá por ello mitos. “Buscando la muerte”130 buscan el latido de la vida.
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“Travesía de Madrid. Autocrítica”, ed. cit. p. 111. 130
E. M. Forster, en su libro Aspectos de la novela,131 explica las diferencias entre historia y argumento. Y pone unos ejemplos llenos de sabiduría:
- Historia: el rey murió y la reina murió.
-Argumento: el rey murió y la reina murió de pena.
Establece por tanto el principio de causalidad como ingrediente fundamental de un argumento. Pues bien, ni en Balada de gamberros ni en Travesía de Madrid se da un argumento, no uno sino varios, y entre todos ellos no existe transición. Es la suma final la que los conecta, como gotas de agua que colman un vaso. El protagonista de Travesía de
Madrid ve sus días en la capital, hasta que despierta con el accidente de coche. Toda la
novela es la causa de ese desenlace, pero no ha existido una cadena ascendente que llevara a tal final. Esto es muy propio de la literatura contemporánea que muchas veces ha considerado el argumento como un huésped ocioso de la obra, al que hay que atender denodadamente, con sacrificio, para no esperar luego nada de él. Las novelas de Umbral suelen tener un hilo argumental, novelesco, muy débil.