I. UMBRAL Y SU PROYECTO NARRATIVO
I.1. LA PERSONALIDAD LITERARIA DE FRANCISCO UMBRAL
Uno de los aspectos más llamativos de la biografía de Francisco Umbral es la imbricación de vida y obra. Parece normal tratándose de un escritor; no es extraño encontrar la biografía de un hombre de letras bajo el epígrafe “vida y literatura”. Es como una marca de género, pero antes ha sido una marca de vida. Hasta el punto de que la vida de un autor no está completa sin la lectura, que antes fue escritura, de su obra. En sentido contrario no tiene por qué ser así.
En principio la vida de un escritor sólo debería interesar a sus estudiosos, y no a todos –los formalistas nos enseñaron que era perfectamente prescindible-, a no ser que dicho escritor destacara en otro campo que no fuera la literatura, o que su vida, el relato de su vida, constituya un documento tan apasionante, tan literario, como cualquier otra creación de la literatura. De otro modo, esos trabajos biográficos serían pasto de los morbosos, en el supuesto de que el autor biografiado pueda satisfacer sus apetencias. Nosotros sí pensamos que la vida de un autor es fundamental para entender su obra, aunque ésta tome una dirección completamente opuesta en apariencia. Pero en nuestro caso está muy justificada la atención que han dispensado, que están dispensando, los biógrafos a Francisco Umbral.
En primer lugar por el carácter de su obra, autobiográfica siempre, en mayor o menor medida. En segundo lugar –quizá en el primero- por el propio talante del escritor. Umbral ha gustado de vivir literariamente, dentro y fuera del papel, en sus frases públicas, en su vestimenta, en sus relaciones sociales... En lo más superficial y en lo más profundo, allá donde se muestra un ser humano, Umbral ha puesto una intención literaria que él ha llamado “dandismo”, “malditismo”, “estilo”, y que puede ser una emanación natural de su personalidad, o una creación deliberada para significarse, para hacer esa “obra maestra” con
la vida a la que aludía Oscar Wilde, su querido “tío Oscar”. Lo más probable es que sean ambas cosas: consecuencia vital de su persona y elaboración artística.
En este capítulo nos proponemos dos objetivos bastante ambiciosos. Por un lado, esbozar una semblanza de Francisco Umbral, como escritor y como hombre, presentando al lector de sus novelas una vida que desborda cualquier clasificación y estudio, porque su ámbito es la libertad (a veces incluso la anarquía, vital y artística; Umbral es un ácrata, en vida y en obra, y así le gusta proclamarse). Un perfil de escritor y un perfil de hombre, testigo consciente de más de medio siglo de Historia española contemporánea, cronista de las grandes figuras de ese medio siglo, y de las no tan grandes, testigo y portavoz de sí mismo y de su memoria, del presente periodístico y del día cotidiano, casero, madrileño, social e íntimo. “Otorgó a lo cotidiano la dignidad de lo desconocido”, escribió Novalis. Umbral ha utilizado la frase como lema de su Diario de un escritor burgués (1978). Sí, es cierto, Umbral también ha otorgado a lo cotidiano la dignidad de lo desconocido, en prensa y en libro, en sus paseos por Madrid y en el fresco nocturno del verano, el jardín de su Dacha. Y es el yo el artífice de este milagro: el yo dignifica lo más prosaico, lo más vulgar, que es todo aquello a lo que no nos asomamos por pereza, porque el esfuerzo de la mente sólo se lo lleva lo que previamente es conocido, con toda su nobleza heredada. Si no tiene su prestigio de nobleza, o el atractivo de lo completamente nuevo, ya no nos interesa tanto. Tiene que ser totalmente desconocido o totalmente conocido. Umbral aplica su mirada a lo que tiene más cerca, que es él mismo, o sus libros. Su memoria viva y su memoria literaria. Ambas conforman la personalidad que en este capítulo vamos a tratar de elucidar, aunque nuestras ambiciones no deben ser desmedidas. Presentar al personaje que hay detrás de sus libros, pero sin apartarnos del que hay dentro de sus libros. No muchos datos, no una sobrecarga de fechas, entre otras cosas porque algunos datos y algunas fechas que ha aportado Umbral desembocan, unos y otras, en la contradicción y la autoleyenda.
Los géneros umbralianos son los del yo: memorias y diario. El resto de sus cauces de expresión se han visto contaminados por estos dos grandes géneros, incluso el artículo periodístico, la columna, donde él ha exagerado los rasgos imprescindibles del género, aportando algún otro: subjetivismo, opinión, ironía, cierto cinismo, confesión. Sus novelas tienen como protagonistas a Francesillo, Paquito, Jonás, Paulo, alter egos del escritor que
salvan su pasado pero a la vez lo cincelan a su libre albedrío. Vida y literatura, en efecto, funcionan como vasos comunicantes en Francisco Umbral, y el investigador no sabe hasta qué punto ha influido más poderosamente una de ellas en la otra. Los vasos comunicantes se mantienen siempre a un nivel equilibrado. Umbral ha realizado trasvases subterráneos entre una y otra hasta borrar sus orígenes.
Jean-Pierre Castellani define el concepto de autobiografía tal como lo ha practicado Umbral: “Francisco Umbral consacre une partie très importante, voire centrale, de son oeuvre à l´exercise autobiographique, c´est-á-dire, dans son cas, à une littérature de confidence intime, de mise à un sans fard de son intériorité la plus secrète.”12 Lo cual no significa que no haya misterios en esa vida plasmada en el papel. La ficción transforma y completa, enriquece, pero también oculta, y hay episodios o pensamientos que, transformados, o callados, pueden permanecer ocultos, aún tratándose de un autor tan
exhibicionista como Umbral.
Todos los libros que vamos a estudiar en este trabajo nos podrían dar datos suficientes para reconstruir una biografía umbraliana, ni verdadera ni falsa, ficticia. Podríamos seleccionar y ordenar fragmentos y reconstruir la vida de Umbral –lo que él ha querido salvar, lo que recuerda, lo que quiere recordar, suponemos que a veces con dolor-, y ofrecer un libro coherente, con principio y final, una novela tradicional que él nunca ha escrito. Pero eso mismo es lo que ha hecho toda su vida el escritor sin pasar por el trámite de la coherencia expositiva, y porque su vida, como ha afirmado frecuentemente, no ha sido más que el soporte para su literatura, para un estilo que él ha querido desarrollar. Sin embargo, la vida literaturizada le ha devuelto su moneda, ha sido clave en la evolución de la vida real (estas expresiones, tan inexactas cuando se trata de literatura, de momento nos sirven) de un hombre que ha creado un personaje al margen de sus obras: Francisco Umbral.
Por eso, como ha señalado Anna Caballé en su estudio biográfico sobre el escritor,13 no es de extrañar que el crítico Miguel García-Posada haya podido crear en La rosa y el
12
Jean-Pierre Castellani: “Autoportrait dans l´oeuvre romanesque de Francisco Umbral”, en Guy Mercadier (ed.): L´Autoportrait en Espagne: littérature et peinture [Actes du IV Colloque
International d´Aix-en-Provence (6-8 décembre 1990)], Aix-en-Provence, Université, 1992, p. 291. 13
Anna Caballé, “Francisco Umbral: los comienzos de un escritor”, Boletín de la Unidad de
látigo, antología de textos memorialísticos de Francisco Umbral, otra novela a partir de las
novelas, memorias, diarios, etc. de nuestro autor. Una labor de clasificación y síntesis que atiende a las directrices fundamentales que guían a Umbral: las estéticas, la estilísticas, las literarias.
En un estudio de las novelas de un autor, de un autor tan marcadamente autobiográfico como Umbral, los datos sobre su vida deben estar subordinados a los ofrecidos en esas novelas, y sobre todo deben ayudar a esclarecerlas, no echar más sombra, sombra gratuita, sobre su literatura. En este capítulo no aspiramos a hacer un relato exhaustivo de su vida, sino dar la información necesaria para que el lector pueda entender (más científicamente que literariamente) de una manera cabal los libros que aquí se estudian.
Anna Caballé, que va a estar muy presente en este capítulo, por ser su estudio biográfico el más completo y serio que existe hasta la fecha, comenta la identidad de Francisco Umbral. Parte de la admiración de una obra elaborada con el material autobiográfico como principal sustento:
Umbral es también un pionero en tejer su obra con los hilos de aquella memoria: nadie como él ha escrito de la postguerra, y cuando llegue la hora de la madurez a nuestros estudios autobiográficos la obra de Umbral alcanzará la importancia y sobre todo el sentido que, sin embargo, hoy se le da en calderilla. Lo que ahora puede interpretarse como una insistencia abusiva en la propia identidad se verá como un proyecto coherente anclado en la concepción de la autobiografía como mitografía que a su vez se convierte en fuente de una visión de la sociedad española contemporánea.14
Mucho se ha hablado de que el nombre con el que firma el escritor es un pseudónimo. Anna Caballé afirma que su verdadero nombre, el que “figura en su carné de identidad”, es Francisco Pérez Martínez, y que “Umbral” es un apellido lejano de la familia. Hasta ahora, que sepamos, no se había publicado que el escritor nació en La Inclusa de Madrid el 11 de mayo de 1932.15
Arcadi Espada, en una entrevista realizada poco después de la concesión del Premio Cervantes al escritor, le pregunta por el pseudónimo de “Umbral”:
14
Op. cit., p. 10.
15
Op. cit., p. 10. A continuación, escribe Anna Caballé: “Fue inscrito en el Registro Civil de la ciudad tres días después actuando como testigos en la inscripción dos empleados del establecimiento benéfico.”
-Umbral es el hermoso seudónimo literario de Francisco Pérez. Siempre he tenido curiosidad por saber de dónde lo sacó.
-De la familia.
-¿De qué familia?
-De mi familia. Umbral es uno de los apellidos familiares. No el primero, claro. Me pareció adecuado para un escritor. Melchor Fernández Almagro, nuestro gran historiador del siglo XIX, al que aún tuve tiempo de entrevistar, me decía que era un apellido judío, como todos los que designan cosas. Una vez el editorial del diario Arriba, sacó con muy mala leche, una lista de los apellidos de la familia de Picasso, demostrando que Picasso era el apellido número veinte. No el segundo, después de Ruiz, sino el veinte. Y descubrió también que era italiano. Lo que, al final, acaba revelando la verdad porque Picasso, por encima de cualquier otra cosa, y como hemos sabido siempre, es un pintor italiano.
-O sea que usted es un escritor judío.
-Debo de serlo. A distancia. Pero debo de serlo.16
Sus orígenes habían permanecido siempre borrosos en el telar de la ficción, el que él ha levantado. Las semblanzas biográficas de Umbral, las solapas de sus libros, las contraportadas, han dado dos fechas de nacimiento, incluso dos lugares de nacimiento, Madrid y Valladolid. En algunos libros suyos publicados por la Editorial Destino se dice que nació en 1936, aunque en otros ya figura la fecha de 1935, como ocurre con todos los publicados por Planeta, la editorial a la que ha sido más fiel en los últimos veinte años. No sabemos aún cuáles fueron las razones, suponiendo que el dato que ofrece Caballé sea cierto, que llevaron a Umbral a adelantar tres o cuatro años su fecha de nacimiento. Tal vez quiso situarse más cerca de las fechas de la guerra civil, logrando así una mayor
neutralidad en la división entre españoles que se produjo entonces. Aunque dicha
neutralidad, por llamarla de alguna manera, el autor la haya desmentido en muchos libros y artículos. También puede deberse, lo más probable, a un simple deseo de quitarse años, o
ganarlos.
No oculta ahora que sus padres eran republicanos y que él es un “producto de la guerra civil”, una víctima de la separación entre españoles que sus padres vivieron muy directamente. La figura del padre deja un enorme vacío en su obra. Debieron de verse muy poco. Umbral afirma que su padre era un perseguido político y que al estallar la contienda su madre se lo llevó a Valladolid y León, donde tenían familia y donde parecía que el
16
Arcadi Espada: “Odiar da cáncer”, El País, 17 de diciembre de 2000, suplemento Domingo, pp. 12 y 13.
ambiente estaba más tranquilo.17 Anna Caballé arriesga una hipótesis sobre la relación de los padres de Umbral, interpretándola a la luz de los hechos históricos:
La República, proclamada el 14 de abril, supuso un cambio de bandera, de himno, de política y también de costumbres. La llegada de la República significó una apertura de compás en las relaciones entre hombres y mujeres inédito hasta entonces. Muchas de ellas se permitieron poner en práctica el poder mantener unas relaciones amorosas menos convencionales y otras se atrevieron a ser madres solas, sin pareja conocida. La situación, quizá de Ana Mª con el padre de Umbral podría entenderse en este contexto de transformación de las costumbres amorosas que bien poco podía durar.18
Las imágenes que le podrían quedar a Umbral del Madrid de la guerra están recogidas en su novela Madrid, 1940 (1993).19 Lo cierto es que esa experiencia de niño, y la que luego tendría en la posguerra como “hijo de republicana”, han marcado toda su vida, su ideología y por supuesto su obra.
La experiencia del hambre, de la precariedad no sólo física sino moral a la que se alude en la cita, es central en la memoria umbraliana de aquellos años decisivos en la conformación de su personalidad. Porque en el 42, por ejemplo, el niño Francisco Alejandro tiene 10 años, edad suficiente para galvanizar las vivencias que se le ofrecen y desear en lo más profundo de sí mismo salir de todo aquello. ¿Para ser qué? En pocos años la respuesta surgirá clara y alta: ser escritor. A su madre le gustaba mucho leer, de modo que la familiaridad con los libros surge de forma espontánea. En la obra umbraliana se describe la biblioteca materna en numerosas ocasiones: dominaban los autores clásicos aunque Umbral se acostumbró a leer todo lo que caía en sus manos: de Mallorquí a Valle- Inclán, el preferido de su madre.20
La madre es el centro de su vida. Un niño criado prácticamente sin padre erige en la madre el destinatario ideal de cualquier mitificación. Ana Pérez debió de ser, ya en vida, una figura mítica para su hijo. Esa idealización más tarde la explotaría el escritor en varios libros, sobre todo Los males sagrados (1973), El hijo de Greta Garbo (1982), Los
cuadernos de Luis Vives (1996), y muchos otros en menor medida. Sin embargo el
verdadero homenaje, la profundización lírica en la figura de su madre, se lleva a cabo en El
hijo de Greta Garbo. Los males sagrados es la primera novela de la infancia y adolescencia
que escribe Umbral (si exceptuamos Balada de gamberros –1965-, que narra una serie de
17
Cfr. Eduardo Martínez Rico: Umbral: vida, obra y pecados. Conversaciones, Madrid, Foca, 2001, capítulo I, “Años y libros”, pp.15-92.
18
Anna Caballé, op. cit., p. 11.
19
Cfr. Umbral: vida, obra y pecados, ed. cit., pp. 123 y 124.
20
episodios adolescentes en Valladolid), una de las más bellas también. Esa novela-memorias empieza con un retrato de la madre gestante, poco antes de nacer él, que se puede considerar un preámbulo a todos los textos que el autor le ha dedicado:
Recordar a mamá en aquel pueblo de la montaña, preñada de mí, solos los dos, solos por primera y última vez en la vida, y ella con su vaga ternura de gestante, sin hijo todavía donde posar, las gentes del pueblo mirando el embarazo, la preñez, el vientre grande y dulce, como miraban los sembrados, los montes, las nubes, con mirada sopesadora y sabedora. La maternidad empieza a ciegas, una ternura hacia algo de lo que todavía no se sabe ni siquiera el sexo, y sin embargo se le quiere, se lo quiere. Mi madre durmiendo bajo las estrellas grandes y toscas de la montaña, sintiéndome en su vientre, palpitante como una estrella de sangre, pasando su pesantez de hijo por entre la levedad del aire, las flores de las alturas, la mirada rubia de los campesinos, el paisaje que no la conocía.21
La genealogía de Umbral empieza y acaba en su madre, y por eso es tan importante en su vida y en su obra. Ella, durante un tiempo, le dirigirá las lecturas: La Divina
Comedia, por ejemplo, o los libros de Valle-Inclán, en especial la trilogía de La guerra carlista, una pasión que no le abandonará nunca, o las novedades que iban apareciendo,
como La sombra del ciprés es alargada, de Delibes, y Nada, de Carmen Laforet.
La genealogía umbraliana, la de la sangre, no la literaria, alcanza un abismo infranqueable en la figura materna. El padre, como ya hemos dicho, aunque con una expresión difusa y algo tópica, constituye un vacío en su obra. Cuando lo ha querido representar lo ha hecho aludiendo a un traje o uniforme que había en un armario de su casa, o dibujando al padre, quizá, en otro personaje, un amigo de su madre, por ejemplo. Nada parece cierto. El árbol genealógico se cierra en la madre, no sube más alto en su vida, porque le interesa menos o le es desconocido, pero en sus relatos de ficción memorialista, el autor también ha vestido traje de personaje (un traje similar al que permanecía vacío en aquel armario) a sus abuelos, amigos, compañeros y primos.
El Valladolid que vivió Umbral durante la posguerra, según ha contado muchas veces, era un lugar donde se respiraba la gran división política creada, o potenciada, en la Guerra Civil: nacionales y rojos, ricos y pobres. “Yo siempre seré aquel niño que mira la fiesta desde lejos y dice: “Estos hijos de puta”. Siempre”, afirma el autor.22 Siendo todavía muy joven, le dijo a un amigo que le increpaba por su tibieza política, hablándole de lo
21
Francisco Umbral: Los males sagrados, Barcelona, Planeta, 1973, p. 11.
22
social: “Lo social soy yo”.23 Las rígidas jerarquías de la posguerra, las habladurías que podrían rodear a una familia de pasado republicano, los comentarios normales en una ciudad de provincias, no muy grande, como era Valladolid, debieron influir en la personalidad de Francisco Umbral. Siempre tuvo una inclinación natural a diferenciarse, según cuenta y escribe, y una tendencia a juntarse con los niños y adolescentes que, en principio, eran de otra clase y de otra ideología, la heredada de sus padres, tanto en el atuendo como en el carácter, “los niños vestidos de blanco” de sus libros. En ello tuvo un papel fundamental Teresita, la niña de la que se enamoró muy pronto y con la que ha alimentado libros de memorias, cuentos y novelas. La experiencia de Valladolid y su viaje a Madrid a buscar fortuna periodística y literaria señalan los dos hitos más importantes de su vida, incluyendo la ausencia de su padre, la muerte de su madre y sus primeras
escaramuzas en la prensa de Valladolid y de León, El Norte de Castilla y el Diario de