NARRATIVA DE FRANCISCO UMBRAL (1965-2001)
II.8. MORTAL Y ROSA (1975)
II.8.2. Un diario íntimo muy especial:
En Mortal y rosa lo consiguió de pleno. Se dieron cita en la escritura de este libro una serie de factores, dramáticos y literarios, que favorecieron una obra maestra. Pero no
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Sobre esto ya hemos hablado, pero aún tendremos que volver a esta cualidad fragmentaria de la prosa de Umbral.
sólo fragmentos distintos se reúnen en el libro, como un álbum de fotografías, sensaciones, pensamientos y gritos, felicidad y desdicha. No, no sólo. Umbral ha construido Mortal y
rosa, según nuestra intuición, con la base de un diario íntimo. En un escritor como él la
escritura sólo puede ser confesión velada, continuo diario íntimo: lento y rápido fluir de la intimidad y la memoria, de la relación que esa intimidad y esa memoria tienen con el entorno social. La política no la hemos tocado apenas en esta Tesis, pero basta con decir que está muy ligada, en Umbral, a su propia vida, presente y pasada, la herencia recibida por sus padres y su experiencia en la posguerra. El autor tiene orígenes de pícaro, infancia de Lazarillo, juventud de buscón, recuerdos de Estebanillo González y otros protagonistas de la novela picaresca. Ha crecido a golpe de literatura, y ha encontrado –lo dice en Mortal
y rosa, aunque no de esta manera- que su vida estaba en los libros, que él salía en los libros,
y que sus días tenían que dedicarse a echar más leña en el fuego de la literatura. Leña de vida.
El diario es la pauta del escritor para formar sus libros. Sobre todo después de
Mortal y rosa, hay que señalarlo. “Una depurada síntesis del diario poético”, decía
Caballero Bonald. Eso es lo que es este libro si hubiera que definirlo, pero creemos que no es necesario. ¿Por qué esa manía de definir, de clasificar, cuando el objeto de estudio ya nos satisface con el título como única presentación? Sólo un fin puede justificar este afán genérico: que la etiqueta nos ayude a comprender mejor la obra y, mucho más importante, que esa marca ayude al lector a acercarse a la obra. En realidad, es una cuestión de estudiosos de la literatura, esas personas que, como nosotros aquí, dejan un poco de lado sus ansias hedonistas, disfrutar un texto, para acometer el análisis estructurado de sus claves. Nada aporta la discusión del género a la belleza de este texto. Por ello estamos muy de acuerdo con Juan Manuel de Prada cuando señala que ante un libro como Mortal y rosa el debate sobre el género siempre resultará estéril, entretenimiento de filólogos ociosos:
Ante un libro de tan tenebrosa belleza (también la luz puede resultar tenebrosa), se nos antoja baladí la discusión del género al cual debe adscribirse. Hay libros que aspiran a llenar el molde del género, y libros que lo rebasan. Mortal y rosa participa del diario íntimo, del poema contemplativo y elegíaco, incluso podría abordarse como novela expurgada de ficción, al hilo de la vida y de la muerte. Pero le falta premeditación para ser novela, le sobra despojamiento para ser poema, rezuma demasiada honradez para definirlo como diario (porque los diarios, que deberían aspirar a la honradez, suelen quedarse en catálogos de vanidades). Mortal y rosa es, por encima de cualquier género, un cuajarón de hermosa literatura, un corazón de metáforas y sangre, de lágrimas y
sintaxis. Palabra hecha de carne, orfebrería del idioma, segregación de un hombre y una escritura. Ese hombre y esa escritura inmejorables que, para entendernos, hemos llamado Francisco Umbral.231
Mortal y rosa es para disfrutarlo y para sufrirlo. En nuestro opinión Umbral toma
como base ese diario. Escribe cuando le apetece, o cuando tiene tiempo, lo que le va sucediendo, mezclándolo con algunos recuerdos, fundiendo a veces lugares, tiempos, mujeres. Ve a su hijo, le oye crecer (“Estoy oyendo crecer a mi hijo”232) y escribe bellas páginas sobre él, sobre el mundo nuevo que le revela su contacto. No olvidemos que las páginas que cierran el libro son las primeras que el escritor escribió sobre su hijo, y pertenecen a un cuento escrito tiempo antes de la terrible enfermedad del niño.233 Porque el niño se pone enfermo, grave, y Umbral sigue escribiendo. El diario cambia, cambian los temas. Ahora, con mayor insistencia, se asoma el presente trágico del niño con su pasado maravilloso, el que vivió con su padre y con su madre. Aparece la filosofía nihilista, la desesperación, la poesía tétrica, unas ganas de dimitir del mundo. Umbral ha declarado que en esos momentos escribió más que nunca, porque la literatura era para él el único refugio.234
Miguel García-Posada concreta la génesis del libro, el proceso de escritura:
En Mortal y rosa quiso Umbral poner en práctica lo que él mismo ha llamado, con fórmula que he citado antes, la “memoria simultánea”, esto es, buscó anotar en la memoria que es una novela lo más destacado de lo que estaba viviendo en aquel tiempo, en los años setenta: el crecimiento de su hijo. De hecho, el primer título del libro fue
Estoy oyendo crecer a mi hijo, frase que constituye, por sí sola, un capítulo. Otro
testimonio ha quedado del primitivo proyecto: el cuento “La mecedora”, que el autor
231
Juan Manuel de Prada: “Y la palabra se hizo carne: Mortal y rosa”, en Ínsula, nº 581, mayo de 1995 (monográfico dedicado a Francisco Umbral con motivo de su 60 aniversario), p. 21
232
Francisco Umbral: Mortal y rosa, edición de Miguel García-Posada, Madrid, Cátedra-Destino, 1997, p.84. Esta frase es la única que figura en esta página, como un verso que reclamara sobre sí toda la atención del lector..
233
En las conversaciones de Umbral: vida, obra y pecados Umbral habla sobre este tema:
... Mortal y rosa termina con un cuento en el que estoy acunando al niño, o sea, doy una vuelta atrás, “Ea mi niño, ea”. Yo no sabía cómo terminar Mortal y rosa, y ese cuento había aparecido en Revista de Occidente, entonces lo cogí y me dije: “Esto es el final”. Y así termina el libro. Y ahí igual, hay una concentración de vida, nada más en el balanceo de la mecedora, ésa que está en el salón de casa, pero tapizada de otra forma, una de madera que hay ahí dentro. Y eso me atrae mucho, ¿comprendes?” (Eduardo Martínez Rico, op. cit., Madrid, Foca, 2001, p. 66.)
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publicó también, como tal cuento, en 1971, y que cierra la obra. Este proyecto se vino abajo ante la enfermedad del niño y Umbral lo modificó sobre la marcha, fiel a la poética de la memoria simultánea. No han quedado otros vestigios documentales de la idea primera de la obra, pero la estructura tan definitiva de Mortal y rosa indica que las cosas sucedieron como aquí se cuenta: según he avanzado, es sintomático que la enfermedad del niño no aparezca hasta casi la mitad de la novela. 235