NARRATIVA DE FRANCISCO UMBRAL (1965-2001)
II.1. BALADA DE GAMBERROS (1965) Y TRAVESÍA DE MADRID (1966)
II.1.6. Un estilo que se está haciendo:
Sorprende que ya en los primeras reseñas que se le dedicaron a Francisco Umbral lo que más destacaran los críticos fuera el estilo del autor, “el virtuosismo estilístico, de
pasmosa seguridad al tratarse de un escritor tan joven”163, como afirmaba José Domingo tratando Travesía de Madrid. O Juan José Plans, que reseñando la misma novela remataba su crítica con este párrafo:
En conclusión, Francisco Umbral ha escrito una obra en la que su valor más importante es el estilo empleado, lleno de armonía. Y no deja de ser interesante el mundo en que se remueve el personaje.164
Miguel García-Posada, en su edición de Mortal y rosa,165 abordaba el análisis del estilo umbraliano en dicho libro utilizando armas de la crítica poética, siendo consciente de que la prosa de Umbral se sirve de abundantes recursos propios de la poesía. El escritor ha manifestado muchas veces que su aprendizaje literario lo hizo fundamentalmente con los poetas, de Juan Ramón Jiménez y Rubén Darío a Pablo Neruda, pasando por toda la Generación del 27, en español, y aprendiendo la modernidad con Baudelaire y Verlaine, amén de muchos otros poetas. En Guía de pecadores, en la entrada que se dedica a sí mismo al final del libro, escribe: “Sabe que se ha limitado a trasladar a la prosa los hallazgos de la poesía.”166
De las definiciones que da el DRAE de la palabra “estilo”,167 la que más conviene a Umbral quizá sea la sexta: “Manera de escribir o de hablar peculiar de un escritor o de un orador, carácter especial que, en cuanto al modo de expresar los conceptos, da un autor a sus obras.” Más genérica es la séptima: “Carácter propio que da a sus obras el artista.” Ambas son pertinentes en un comentario sobre nuestro autor, porque Umbral concentra en el estilo los valores máximos que puede tener un escritor. Para él, el estilo es la firma del artista en la obra, el D.N.I. de signos, y lo que trasciende a los signos, que lo caracteriza y distingue de los otros artistas. Además, para Umbral la literatura es creación verbal, la forma por encima del fondo, subordinando éste a aquélla. El lazo de las palabras, en sonoridad y belleza, tira de los conceptos, el contenido que sus historias transmitirán. El
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José Domingo: “Juan Farias y Francisco Umbral”, reseña de Los buscadores de agua, de JF, y
Travesía de Madrid, de FU, en Ínsula, nº 242, enero de 1967, p. 5. 164
Juan José Plans: “Novelas de ahora mismo”, reseña de Travesía de Madrid, en La Estafeta
Literaria, nº 359, diciembre de 1966, p. 20. 165
Madrid, Cátedra (col. Letras Hispánicas), 1995.
166
Guía de pecadores, Barcelona, Anagrama, 1989, p. 215.
167
Real Academia Española: Diccionario de la Lengua Española, vigésima primera edición, tomo I, Madrid, Espasa Calpe, 1992,
autor se ve escribiendo, y esa escritura arrastra lo que va a contar. Todo se puede escribir; importa acertar en el cómo. Ahí está el estilo.
Escribe en su ensayo Valle-Inclán. Los botines blancos de piqué: “Va de suyo que el escritor hecho tiene una huella digital inconfundible, un estilo, como el pintor, y eso le hace personal, incanjeable, genial.”168 Umbral habla de Valle pero no hace sino proclamar el derecho de independencia y libertad, también brillantez, de estilo artístico que posee el escritor, pero sin desgastar manidamente ninguno de estos términos, como sin duda se ha hecho con Umbral: aún en los elogios, y en la verdad, cabe el cansancio.
Como ya dijimos en el capítulo “El estilo como valor supremo” (I.4), podríamos haber enfocado todo el trabajo desde el punto de partida del estilo, pero también hay que tener en cuenta lo extraordinariamente amplio que es el concepto “estilo” en Umbral. En buena medida, para nuestro escritor, el estilo es la obra. La obra se constituye como tal en cuanto que no puede ser de otra manera, tiene la forma que ha tomado: el estilo es esa forma que individualiza a la obra de arte, del mismo modo que lo hace con el artista. Pero este problema recorre el estudio de toda la obra umbraliana, y trataremos de desentrañarlo en cada libro seleccionado.
Ni en Balada de gamberros ni en Travesía de Madrid el estilo es tan lírico, como
más tarde lo será en otros libros del escritor. Tampoco alcanza la variedad y el dominio que se verán más tarde. Tono bronco, desgarrado, duro, así funciona muchas veces el estilo umbraliano en estas dos novelas. Ambientes sórdidos, palabras sórdidas, personajes
perdidos de la vida, una época vertiginosa que se cree inmortal y mítica, revoluciones
sociales e ideológicas que provocaron rebeldías estéticas y literarias. Por otro lado, ya lo hemos señalado antes, el estilo de Umbral en estas dos novelas es marcadamente sensualista: colores, sonidos, ruidos, sensaciones táctiles, olores, sabores. Los personajes, los lugares, hasta los acontecimientos se huelen y se saborean, no sólo se ven, se oyen y se tocan, que es lo más frecuente en la narración novelesca. Por eso la descripción, la imagen que el lector se hace en su mente, el cuadro que construye con las pinceladas y las voces del autor, es muy completa: Umbral, unas veces con más acierto que otras, ha estado atento a llevar a sus libros la incertidumbre de una época, la personalidad de un tiempo que no sufre conflictos con su propia personalidad, de hombre y de escritor, porque antes ha hecho suya
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esa época con palabras. Sí, el estilo es el hombre, sostiene Umbral, y los libros de un hombre deben ser ese hombre: aquí está Umbral en cada página. Un autor llena un libro cuando es demasiado patente su presencia en él; esto no tiene por qué ser un lastre para la creación, aunque no se haya independizado completamente del creador. Con Umbral ocurre, mucho más que con otros escritores, que no leemos tal o cual libro, leemos a Umbral. Lo cual no es sino un privilegio del estilo. Y no vamos a insistir en el tópico de la “brillantez del estilo de Umbral”. Sí que podemos aprovecharnos de ese tópico y darle la vuelta: el estilo umbraliano ha logrado mostrarse brillante hasta en su opacidad; el expresionismo, un cierto tremendismo (no abusamos más de los ismos), ese latigazo que junto con la rosa sabe colocar en su discurso, sin que haya apenas transición entre el golpe y el homenaje poético, puede brillar tanto o más que la divagación del yo lírico que ha ensayado Umbral en muchos otros libros. Escribió en Mortal y rosa estas palabras: “¿Y el estilo? El estilo es la modulación que toma el lenguaje al pasar por nosotros, como la curva que adopta el agua en una jarra”.169
Destaca en la novela de Umbral el uso del diálogo, fresco, natural, vulgar a veces cuando los personajes lo requieren. Una cosa es narrar el narrador y otra dejar oír las voces de los personajes. Umbral, gran oyente de la calle, es por ello un maestro del diálogo literario, que no está obligado a ser literaturizante:
- Que a la novia de Berto quieren casarla con un gitano.
- El viejo es un cerdo. Se ha enterado de que el faraón tiene perras. - Pero esa boda estará mal vista entre los calés.
- Es que no va a haber boda, y para eso estoy yo aquí -interrumpía Berto. - ¿Y qué dice ella?
- Ella no dice nada.
- Le tiene miedo a la navaja del viejo. - Y a la navaja del gitano.170
El diálogo es rápido, vibrante. Algunas veces se quiere dar un rasgo popular que defina al personaje. Una mujer dice en Balada de gamberros: “- Los melitares no quieren barullo en la Capitanía.”171 Aquí vemos el realismo social que estaba de moda en esos momentos, iniciando el declive. Umbral abandonará esa tendencia. Por otro lado, en
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Francisco Umbral: Mortal y rosa, Barcelona, Destino-Planeta, Biblioteca Francisco Umbral, 1998, p. 87.*
170
Balada de gamberros, ed. cit. , p. 27.
171
Travesía de Madrid también disfrutamos de un diálogo muy vivo, que ya había ensayado
en algunos cuentos. Entre las páginas 151 y 160, en una de las secciones del libro que hacen las veces de capítulos aunque vayan sin numerar ni titular, nos encontramos que casi todo el espacio lo ocupa el diálogo. Es una fiesta, un guateque organizado en un piso. Los párrafos de narración se desvían a otros tiempos y otras anécdotas, además de describir lo que está pasando en la fiesta. Transcribo parte del diálogo:
-¿Apagamos las luces? -Pero no todas.
-Entonces no tiene gracia.
-La gracia no está en lo que se ve, sino en lo que se toca. -A ésta la asusta que la besen a oscuras.
-Las hay muy raras. -¿Queréis más cuba-libre?
-Lo que queremos es que cambies de disco. -¿Otro de los “Beatles”?
-¡Quieto, pesado! -Vale.
-La niña no se deja.
-Pues aquí no hemos venido a hacer las flores. -Sobre todo que ya se ha pasado la época. -Muy bueno, macho.
-Que no encuentro el disco de los “Beatles”. -Me quieres, Petri, me quieres?
-Era uno grande.172
El narrador no interviene, o consigue que parezca que no interviene. La sensación es de inmediatez, como si hubiésemos sorprendido a sus personajes, con unos micrófonos, en su fiesta, discutiendo sobre la música, ligando, etc. No hay verba dicendi para introducir las palabras, acotaciones del diálogo. El lector asiste a una conversación real, con una lengua
real, donde la convención literaria se ha reducido al máximo o, mejor, ha conseguido que
no se note su presencia.
Es difícil comentar el estilo, algo tan vago y al mismo tiempo tan concreto -la literatura, recordemos, se fija de una determinada manera, toma una pose formal en el papel y no otra: el estilo-, sin penetrar en otros aspectos que ya han sido tocados en este capítulo. El estilo los reconcilia a todos. En un autor distinto, quizá tocaría a la historia, al argumento, o a la pura y esquemática intriga, el papel de aglutinar y dar sentido a todos los
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elementos que configuran una novela: todo está subordinado a hilvanar unos sucesos, desperdigar unos personajes que se mueven, interactúan, realizan una historia, aquello que interesa al público mayoritario de novelas. Pero en el caso de Umbral, a quien le interesa muy poco el cuento de las novelas, es el estilo el encargado de armonizar todos los elementos, porque emanan de él, son sus servidores. Con una definición del estilo como la que nos ha dado más arriba, lo que da forma personal al lenguaje de todos, podemos afirmar, como Umbral, que “el estilo es el hombre”, lo que personaliza al lenguaje, que es un ente abstracto, una idea. El estilo no es otra cosa que el yo del escritor transfigurado en palabras, yo-literario que ordena, compone, poetiza y, por supuesto, narra. Es la idea de la novela como obra de arte, con idéntico rango que otras modalidades artísticas. A Umbral no le atrae la infatigable discusión sobre los géneros literarios, ni la creencia editorial de que la novela es lo que se vende, el más comercial de los modos de presentarse la literatura. Cuando no leemos una novela, ni siquiera un libro, ni un tema, cuando leemos al escritor, un hombre que se aparta de otros, se singulariza, con unos tics estilísticos y humanos diferenciables, entonces hemos alcanzado un triunfo, a nuestro juicio, en arte. Ese triunfo lo captó muy bien Walt Whitman al decir en versos famosos: “Camerade, this is no book, / Who touches this touches a man.”