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Una voz que hace memoria desde el “nosotros”:

NARRATIVA DE FRANCISCO UMBRAL (1965-2001)

II.5. RETRATO DE UN JOVEN MALVADO (1973)

II.5.4. Una voz que hace memoria desde el “nosotros”:

Sorprende el “nosotros” que domina estas atípicas memorias, hechas de fragmentos, con estructura de artículos, a veces, muy vivos, dinámicos, muy ensayísticos, ebullición de ideas plasmadas con brillante expresión. Casi nunca se dice “yo llegué a Madrid para...”, sino que habitualmente se habla de un “nosotros”: “Nosotros pensábamos...” Umbral repite el recurso que ya utilizó en Memorias de un niño de derechas. Podemos adivinar en este “nosotros” una pequeña colectividad, un grupo de jóvenes que venían a hacerse un nombre en Madrid, centro cultural y literario de España, con sus frustraciones y sus sueños en la maleta. Pero este “nosotros”, como en un ensayo académico, es el autor, es Umbral. Su individualidad no soporta el nosotros real. Es una pose, un recurso retórico que le da buenos resultados.

Porque este libro es uno de los mejores libros de memorias del autor. Muy duro y muy sincero, aunque esa dureza y esa sinceridad tengan que disfrazarse a veces de otros personajes, inventados, o extraídos, en apariencia, del ambiente general de aquellos años. Umbral dice, con su “nosotros”, que tenía miedo de convertirse en algunos de los personajes que describe, como en ese “grafómano delirante” que satiriza con ironía y cierta

conmiseración.198 Pero en ese “grafómano”, con un par de pinceladas de ficción, quizá podamos identificar nosotros al Umbral joven que aún no ha publicado ningún libro y que, de todos modos, escribe y escribe y escribe, sin esperar a “dar salida al material”. Este libro tiene un gran valor en cuanto no oculta las inseguridades del primer Umbral, el escritor que escribe y duda, que no sabe por dónde va a salir, en contraposición al Umbral seguro de sí mismo, para algunos prepotente, que estamos acostumbrados a ver en las televisiones, los periódicos, ese Umbral que leemos en sus libros más recientes.

II.5.5. Intimidad:

Al servirse con frecuencia de la primera persona del plural como voz narrativa, cuando salta a la primera del singular, Umbral consigue un gran efecto expresivo, porque el lector espera entonces mayor intimidad, mayor confesión. Son las páginas de pensamiento, de reflexión estética sobre su propia obra y sobre la de otros escritores. Pero en ellas encontramos párrafos llenos de complicidad, muy reveladores del espíritu literario de nuestro prosista. Así por ejemplo, después de unos fragmentos sobre su experiencia de la enfermedad, Umbral escribe:

De todo lo cual deducía yo que mi cuerda íntima era la tristeza. El hombre, como la guitarra, tiene una cuerda más grave que las otras, y ha de averiguar a tiempo cuál es su cuerda, si quiere pulsarla bien. Ni el odio, ni el humor, ni la rebeldía, ni la tragedia, ni siquiera el lirismo. Mi cuerda última era la tristeza, mi metal más secreto, mi bordón, y el mundo, para mí, empezaba a consistir en tristeza. Tristeza de todo, tristeza de nada, la pura pena de no saber por qué, como dijo el otro.

La tristeza. Por debajo de la revolución, de la risa, de la emoción, del lirismo, del sexo y de la ira estaba la tristeza, el mundo esmerilado de penas sin sentido, el caminar penoso de la vida, el eterno retorno de los domingos y las fiestas de guardar.199

II.5.6. Ensayismo:

Hay algunos fragmentos de teoría literaria, o de poética personal del autor, sobre Marcel Proust (pp.106-107), el lenguaje y la escritura (pp. 155- 158), o el tipo de cuento

198

Op. cit., pp. 151- 154.

199

que él cultivaba entonces (pp. 158-161), su concepto del estilo (pp.161-163), o sobre escritores tan venerados por él como Marcel Proust, páginas que están entre lo mejor del libro. El sexo y el erotismo también reciben mucha atención en este Retrato, pero siempre incardinados en la realidad que está haciendo presente con la memoria –una realidad, como ya hemos dicho, muy interiorizada, muy filtrada por el yo, como dando seres, objetos e ideas que ya sólo pueblan su pensamiento, sin dejar por ello de estar vivos.

Sobre el estilo, por ejemplo, escribe Umbral:

Un estilo es como una armadura en cuanto que te defiende, te aísla, te personaliza. Pero hay que evitar en él la rigidez de la armadura. Una vez que se ha conseguido un estilo, lo que hay que hacer es violarle a cada paso, faltar a él, traicionarle, para que no llegue al amaneramiento y la monotonía. Un buen estilo es un traje demasiado nuevo. Hay que arrugarlo e incluso hacerle algunos rotos. En eso estábamos.200

Las memorias narran desde que el autor llega a Madrid buscando la supervivencia y la gloria mediante la literatura, hasta que ya se ha asentado, se ha hecho un nombre, y su firma es una pieza codiciada por las publicaciones más importantes del país.

El Retrato de un joven malvado destila amargura, no hacia el “joven malvado”, que

es el autor, sino hacia el mundo que efectivamente retrata. Un mundo de pensiones miserables, de hipocresía y cinismo, de falsos prestigios en el mundo de las letras, de Ateneos y Academias que, según el escritor, sólo brillan desde lejos. Umbral pinta un esperpéntico circo de vanidades, un tíovivo de escasa calidad, viejo y polvoriento.

Los principios del joven escritor, como esa primera lectura pública que ofreció en el Ateneo (donde le invitó José Hierro a leer sus cuentos), su vida en los cafés, como el celebérrimo Café Gijón, u otros lugares muy frecuentados en aquella época por las grandes y pequeñas figuras literarias, esos principios están contados con mucho mayor escepticismo, cuando no con crueldad, que el que Umbral mostrará en el futuro. El libro da la impresión a veces de ser un ajuste de cuentas con ciertos personajes, cuyo nombre se mantiene en el anonimato aunque cualquier lector un poco informado podría adivinar de quién se trataba. Porque aquí hay una ausencia patente de nombres propios, y las personas se disuelven en pequeñas colectividades: “el académico”, “el poeta”, “el grafómano”... Umbral se ríe, o se lamenta, de “la gloria del escritor”, la que él había venido a buscar a

200

Madrid. Esa gloria, nos dice, son unas viejas que hacen calceta mientras el escritor pronuncia su conferencia. O es un homenaje que fomenta el homenajeado, un homenaje que es una pantomima siempre repetida, donde se fuman “puros malos”, y los discursos son copia de todos los anteriores, o donde se espera un enchufe y circulan los números de teléfonos. Es la “meritocracia” de la literatura, algo que el autor no pudo predecir desde su capital de provincias, aunque seguramente lo esperaba.

El último tercio del libro quizá sea el más jugoso para un investigador de la obra umbraliana. Sobre la literatura, sobre el estilo, sobre la ironía (que según el autor es su “gran cuerda”), las enfermedades, los amores, las lecturas de la infancia, la razón de una literatura puramente autobiográfica, etc. El descubrimiento de que llegar, si se acaba llegando, no importa, lo que importa es el viaje, como diría Kavafis de Ítaca en su famoso poema.

II.5.7. El título:

Y por último el título: ¿por qué Retrato de un joven malvado? Hay un significado en este título, más allá de su belleza literaria, de su acierto expresivo. Es, en efecto, un “retrato de un joven malvado”, pero nosotros no vemos directamente a un “joven malvado”; el joven que protagoniza desde el recuerdo la vida del Umbral maduro (no han pasado muchos años, sin embargo) no parece malvado, no parece que haga daño a nadie. Pero es malvado en sus juicios, es malvado en lo que puede haber detrás de lo que cuenta. Es malvado en el ataque a figuras anónimas y colectivas que ocultan seres muy reales y muy individuales, con nombres y apellidos, entre ellos el propio Francisco Umbral. En esto ha sido

poéticamente justo el autor; se ha incluido en las críticas, aunque luego se haya disfrazado

en sus personajes. Pero no se lo estamos reprochando. ¿Cómo reprochar a Flaubert su disfraz de Madame Bovary? La literatura se enriquece de estos juegos, pero no siempre sus propósitos son estéticos, literarios. En este caso, y transcurridos casi treinta años de la publicación del libro, podemos decir que el fin justifica los medios, que el resultado es un buen libro. Un bun libro que, desgraciadamente, está olvidado, no se reedita.