• No se han encontrado resultados

Novela de personajes:

NARRATIVA DE FRANCISCO UMBRAL (1965-2001)

II.2. SI HUBIÉRAMOS SABIDO QUE EL AMOR ERA ESO (1969)

II.3.1. Novela de personajes:

A Lawrence acuden una serie de personajes entre los que destacan actores de cine y de teatro, artistas venidas a menos, periodistas, etc. El Giocondo, un muchacho joven de gran belleza, frecuenta el local. La novela tiene una parte que se desarrolla casi entera en Lawrence, donde los personajes cuentan, como sin quererlo, sus respectivas vidas. Una segunda parte, como veremos, más íntima, narra las aventuras sexuales y sentimentales de la Marquesa, su mayordomo y el Giocondo.

Ésta es una novela de personajes. Los fragmentos que divide cada uno de los capítulos (sin numerar y sin títulos) suelen ir encabezados por el nombre del personaje que va a actuar principalmente en ellos. El autor los presenta en su medio, moviéndose y hablando, con unas leves pinceladas que dibujan su pasado. A Umbral le interesa en esta novela el presente; sus personajes hablan y actúan con naturalidad, como si no dependieran de sus historias anteriores, pero el novelista se ha encargado de explicarnos esas historias, para que sus palabras y comportamientos puedan ser leídos y entendidos con conocimiento

de causa.

Euclides viene a la mesa de el Giocondo, alto y tambaleante, viejo, viejísimo, inseguro, miope, temblón. Euclides está retirado del vicio, por la edad, claro, pero todavía le gusta charlar con un buen mozo como el Giocondo y enterarse de cómo andan las cosas por el mundo, por ese mundo que ya no es el suyo. Las lenguas anabolenas del café dicen que Euclides tiene volantes en los esfínteres. Euclides va de gris y de sucio, con las gafas de concha ladeadas, y tiene el labio inferior enorme, babeante, caído, bondadoso, lamerón.

A Euclides le gusta sobar un poco al Giocondo, con su mano ofidia y deslizante. Le palmea, se le apoya en un muslo, le estrecha muchas veces la diestra, al llegar y al marcharse, se la retiene. Euclides tiene una mano gastada, suavísima, con las falanges, las falanginas y las falangetas un poco sueltas entre sí. Euclides tiene una mano de esqueleto encerado.

-¿Cómo vas de amores, hijo? -Ya ve usted. Bueno, ya ves.

Al Giocondo le cuesta trabajo tutearse con un señor tan senecto, aunque sea de los suyos.180

180

Con estas pinceladas el lector traba conocimiento con el pasado del personaje y lo ve moverse en el escenario del presente novelesco. Esta dinámica se mantiene durante un tercio del relato, aproximadamente; luego el narrador retoma los personajes presentados o los olvida, centrándose en unos pocos, los que van a desarrollar el conflicto narrativo. En esto nos recuerda, lejanamente, a La colmena de Camilo José Cela,181 por la circunstancia de que la acción de la primera parte de la novela tiene lugar en un bar –esa primera parte que podíamos llamar de presentación-, y sobre todo por la existencia de pequeños fragmentos, compuestos cuidadosamente, donde se trata de hacer la biografía esencial de un personaje, dando su historia, su presente, la forma que tiene de comportarse en relación con otros personajes del relato, seres que ya nos han sido presentados o que aprovechan la presencia del primero para llamar la atención sobre sí mismos.

Umbral se fija en muchos personajes, pero concentra siempre su atención en unos pocos, a veces en dos, y a menudo en uno solo. Le gusta recrearse en la pareja, en una pareja, y así alcanza momentos de sobrio erotismo, erotismo que para la época ya debía parecer escandaloso. En El Giocondo la fuerza del lenguaje no empaña la de los personajes, como no ocurre en muchos otros relatos umbralianos. Entre lo tierno y lo grotesco (mucho tiene de esperpéntico esta novela) están Lola y El Giocondo en el texto que ahora nos disponemos a transcribir:

-Pero si no sabes besar, criatura.

Y Lola enredaba su boca a la boca del Giocondo, le mordiscaba la lengua, le besaba los labios por dentro, recorría minuciosamente con su rosada y puntiaguda lengüecita de gata la boca fresca y triste del Giocondo.

Quizá, Lola no estaba al tanto de las verdaderas proclividades del Giocondo. Quizá, prefería, muy inteligentemente, no darse por enterada, tratarle como a un hombre, ya de entrada, para no crearle ninguna clase de inhibiciones. En todo caso, estaba claro que a Lola le gustaba mucho el Giocondo, e incluso estaba cometiendo por él aquella locura de habérselo bajado a bailar, cuando su marido podía entrar en cualquier momento, cansado de debatir las extintas virtudes de los nazis, y ponerse celoso y dar el número allí mismo, donde todo el mundo era tan comedido y llevaba sus perversiones con tan buen gusto. Pero los ojos de Lola, de pronto, se llenaban de lágrimas; apartaba de sí ligeramente al Giocondo, sin dejar de bailar, le miraba abarcadoramente, entre amorosa y apesadumbrada, y sus grandes ojos se enmelaban de llanto.182

181

No es la primera vez que citamos a Cela, y La colmena en concreto, para explicar a Umbral y sus novelas. Probablemente tampoco será la última.

182

Hasta que aparece La Marquesa estos fragmentos funcionan casi como cuentos, relatos breves que intentan apresar un personaje. Los hombres y las mujeres que dan vida a la novela se ponen en comunicación con el protagonista, tratan de captarlo para muy distintos fines, pero éste parece una estatua, indiferente, y no se deja seducir con facilidad. El Giocondo apenas interviene en los diálogos, pero su ambigüedad es inquietante para unos y otras. Todos le quieren para colocarlo en sus vitrinas, trofeo sexual y sentimental. Cuando la Marquesa hace su aparición la historia cambia, cobra unidad, avanza como un relato novelesco, con algunas de las peores convenciones del género, por cierto. (Umbral debió de adivinar que ése no era su camino de escritor porque no volvió a él.) Un triángulo amoroso en tensión: El Giocondo, La Marquesa y su criado José Luis, un chófer muy fino, orgulloso, homosexual, que será la oposición del Giocondo hasta que ambos se fundan. Umbral deja de retratar ambientes vaporosos y sórdidos, picoteando en el rico espectro de personajes que ha reinventado de la realidad, para centrarse en unos pocos, en ese triángulo llamado a ejemplificar la autodestrucción.

-He sido malo. He vuelto a usar tu colonia. Pero ella no le contestó. El Giocondo se quitaba el albornoz de espaldas a la cama. Tuvo un golpe del corazón y se volvió hacia el lecho. La Marquesa, hundida entre las almohadas, le miraba con los ojos débiles y entrecerrados. La boca se le desgarraba hacia abajo y una brillante rebarba abultaba en el lugar del cuello. En la mesita de junto a la cama había un plato, un frasco, una cajita, una jeringa, unos algodones.

El Giocondo miraba aquella cabeza estupidizada, aquel cuerpo destroncado. Se llenó de repugnancia y de miedo. Tiró el cigarrillo y metió las manos nerviosamente en los bolsillos del albornoz. Se le iba la cabeza.

-Te has pinchado –dijo.183

La droga, la homosexualidad, la desesperación de una mujer que vive sin rumbo, sin más ambiciones que sus caprichos y la dosis diaria que le reclama el cuerpo, otro ser

perdido, el Giocondo, que cuando se decide a dar el salto de su determinación sexual

muere. José Luis, según se desprende de la novela, le hace un favor, pero estalla el triángulo forzado que hasta entonces se mantenía en un equilibrio puramente formal, exterior. En nuestra opinión, El Giocondo no está bien resuelta. Umbral combina dos modos de narrar, el memorialismo punzante, casi crónica, y la novela ágil, muy creíble hasta el desenlace, que después mezclaría en su obra, pero con las fronteras movedizas, los

183

ingredientes muy bien disueltos, y una predilección clara por el memorialismo en detrimento de la novela.