La bondad en el decir crea confianza. La bondad en los pensamientos crea profundidad. La bondad en el dar crea amor.
LAO-TZU
Tigresa
Sé bondadoso, porque toda persona con quien te encuentres está librando una batalla aún más encarnizada.
PLATÓN
No podría asegurar cómo llegó Jaime hasta la clínica de mi propiedad. No parecía tener la edad para conducir, aunque se veía bastante acuerpado y se movía con la gracia de un joven adulto. Su rostro revelaba una personalidad abierta y directa.
Al entrar en la sala de espera observé que Jaime estaba acariciando la cabeza de su gato, que asomaba por la tapa de la caja que sostenía sobre las piernas. Lleno de fe adolescente, me lo había traído confiando en que podría curarlo.
Era una diminuta gatita con manchas, exquisitamente torneada y de finas [acciones. Parecía tener unos quince años. No era difícil ver cómo esta gata de mirada alerta y feroz, podía evocar la imagen de un tigre en la mente de un niño, y por eso se había convertido en Tigresa.
El tiempo había borrado el brillante fuego verde de sus ojos, que ahora se veían opacos, pero seguía siendo una gata elegante y llena de aplomo. Me saludó restregándose amistosamente contra mi mano.
Comencé a hacer preguntas para establecer el motivo de la visita de este par. A difere ncia de la mayoría de los adultos, el ¡oven me dio respuestas directas y precisas. Tigresa había tenido un apetito normal hasta cuando comenzó a vomitar dos veces al día. Ahora no comía nada y estaba retraía e indolente. Había perdido medio kilo, que es mucho cuando uno sólo pesa tres. Examiné a Tigresa mientras la acariciaba y le decía lo bella que era, comenzando por los ojos y la boca, para luego escuchar el corazón y ios pulmones y terminar con una palpación de su estómago. Mientras practicaba esta última tarea, encontré una masa tubular en el centro del abdomen. Tigresa trató de escabullirse suavemente. No le llamaba la atención que le manosearan esa masa.
Escudriñé el rostro lozano del jovenzuelo y acto seguido miré a su gata, que probablemente había convivido con él desde siempre. Me iba a ver obligada a decirle que su mascota amada tenía un tumor. Si se le extirpaba quirúrgicamente, el animal podría sobrevivir un año como máximo, y eso con quimioterapia semanal. El tratamiento sería muy difícil y costoso, así que tendría que decirle que su gata posiblemente moriría. Y él estaba ahí, sólito.
Al parecer, el niño se encontraba a punto de aprender una de las lecciones más duras de la vida: que la muerte es algo inexorable para todos y cada uno de los seres vivientes. Es una parte omnipresente de la vida. El primer encontrón con la realidad de la muerte puede definí el derrotero de toda una vida, y al parecer yo iba a ser la persona encargada de guiarlo a través de esta experiencia. No quería cometer errores. Tenía que hacerlo a la perfección, o podría terminar lesionándolo emocionalmente.
No habría sido difícil sacarle el cuerpo a esta tarea llamando a sus padres. Pero al mirar su rostro me fue imposible hacerlo. Él sabía que algo andaba mal. No podía simplemente hacerme la desentendida. De modo que hablé con Jaime como el legítimo dueño de Tigresa, y de la manera más cariñosa posible le conté los síntomas que había encontrado y sus implicaciones.
Mientras le hablaba se sacudió convulsivamente y me dio la espalda, con seguridad para esconder su cara, que yo ya había alcanzado a ver contorsionada por la pena. Me senté a observar a Tigresa para permitirle a Jaime algo de privacidad. Le acaricié su vieja y bella cabeza mientras le explicaba a Jaime cuáles eran las alternativas: podía hacerle una biopsia,
permitirle que se muriera lentamente en casa, o aplicarle una inyección para que durmiera el sueño eterno.
Jaime escuchó con atención asintiendo con la cabeza. Me dijo que él veía que la gata no estaba a sus anchas y que no quería que sufriera. Se notaba que hacia un esfuerzo sobrehumano. Este dúo me partía el corazón. Ofrecí llamar a sus padres para explicarles lo que sucedía.
Jaime me facilitó el número de teléfono de su padre. Repelí de nuevo el diagnóstico al padre de Jaime, mientras éste me escuchaba acariciando a su gata. Luego, padre e hijo hablaron. Con voz entrecortada, Jaime habló con su padre mientras se paseaba gesticulando. Pero al colgar el auricular, me clavó los ojos con una mirada límpida y me dijo que habían decidido terminar con el sufrimiento de la gata.
No hubo histeria, argumentos defensivos o negaciones de ningún tipo. Sólo percibí la aceptación de lo inevitable- Podía ver, sin embargo, lo mucho que le estaba costando mantener la calma. Le pregunté si deseaba llevar la gata a casa para que pasara la noche y pudiera despedirse de ella. Me contestó que no. Quería estar a solas con ella unos minutos, y nada más.
Los dejé y fui a obtener el barbitúrico que utilizaría para inducir en la gata un sueño libre de dolor. No pude contener las lágrimas que se me escurrían por las mejillas, como tampoco el dolor ajeno que se desbordaba en mí, al ver a Jaime volviéndose rápidamente hombre, y tan solo.
Esperé en la puerta de la sala de consultas. A los pocos minutos salió y me dijo que estaba listo. Le pregunté si quería acompañarla. Me miró con sorpresa, pero le expliqué que era mejor observar cuan apacible era el proceso, en vez de imaginarse eternamente cómo habían sido sus últimos momentos.
Comprendiendo de inmediato la lógica de mi planteamiento, le sostuvo delicadamente la cabeza mientras yo le aplicaba la inyección. Tigresa cayó en un profundo sueño, con la cabeza reclinada sobre su mano.
El animal se veía tranquilo y reposado. Ahora el dueño era el depositario de todo el dolor. Le dije que asumir el dolor de un ser querido para que éste pueda descansar, era el obsequio más preciado que uno podía ofrecer.
Asintió con la cabeza. Había entendido.
Sin embargo, algo faltaba. Sentía que no había terminado mi labor. De repente caí en cuenta de que aunque le había pedido que se convirtiera en hombre en un instante, y él había asumido su papel con aplomo y coraje, seguía siendo un joven.
Con los brazos abiertos le pregunté si necesitaba un abrazo. No había d uda de que sí lo necesitaba, y a decir verdad, yo también.
JudithS. Johnessee