Al final de cuentas, todos deseamos ser amados.
JAMIEYELLIN,14 años
Hoy es uno de mis días lúgubres. Después de pronunciar estas palabras debería suspirar. Todo lo siento fuera de mi alcance, pero lo que más me mortifica es pensar en la clase de psicología que tendré el próximo período. Para cumplir con un proyecto realmente bobo de fin de año, debemos traer una foto que represente una época muy feliz de nuestra niñez. El problema no fue escoger la foto, pues de inmediato sabía cuál era la que yo quería. Sobre mi escritorio está la foto enmarcada de mi difunta abuelita Emily y yo, cuando tenia ocho años. La foto fue tomada cuando ella me llevó de paseo en bus al festival de las lilas de primavera. Nos pasamos la tarde con los ojos cerrados, inhalando el perfume de las lilas en botón. La foto la tornó un viejito dicharachero y con gran sentido del humor, quien nos entretuvo con sus fábulas extremadamente chistosas mientras nos acompañaba hasta el paradero de buses, al caer la tarde. Jamás lo volvimos a ver, pero en retrospec tiva me pregunto si el hombre habría quedado prendado de mi abuela.
Al escudriñar la foto de la abuela mientras espero el final de nuestra hora de almuerzo, reconozco que la toma no refleja su belleza —cabello corto, liso y canoso, y ojos grandes y ligeramente protuberantes. La nariz es dema siado grande y la frente demasiado ancha.
Pequeña y algo rechoncha. Junto a ella, y cogiéndole la mano, se observa su réplica más joven y pequeña. Tenemos pies idénticos, delgados y angostos, y dedos increíblemente largos. Diré, teníamos. Ahora sólo cuento con mis ridículos pies para burlarme de mí misma y, a decir verdad, sin ella ya no me producen tanta hilaridad. Cuando mi abuela murió hace dos años, perdí parte de mi propia realidad.
De modo que ésta era la única foto que podía escoger. No puedo dejar pasar la oportunidad de traerla nuevamente a este mundo aunque sea por un ratito, para celebrar la huella indeleble que dejó sobre la vida. Lo hago ingenuamente, y a sabiendas de que sólo unos pocos apreciarán este obsequio que estoy deseosa de compartir.
Agradecida por haber llegado sin novedad, me acomo do en mi escritorio. Por alguna inexplicable razón la soledad me invade con mayor intensidad en los corredores, Cuando
tengo gente a mi alrededor, me doy más cuenta que nunca de lo alejada que estoy de los demás. No tengo con quien caminar, o con quien intercambiar los chismes. Veo a ias
mismas personas todos los días y a veces siento su proximidad, pero las conozco tanto como conozco a los extraños en la calle. Ni siquiera hacemos contacto visual.
Sostengo la foto sobre el regazo y la enmarco con las manos, mientras la gente entra en el salón muy despacio. ¿Por qué no traería otra foto? ¿Q ué me hizo pensar que podría transmitir mis sentimientos con palabras?
La profesora toma su puesto al frente de la clase. Ella y yo nos tenemos poco aprecio. Ella prefiere a las alumnas que se quedan después de clase a charlar sobre sus novios o a quejarse de las reglas académicas. Yo me quedo después de clase para mostrarle artículos
sobre los tratamientos más recientes para el autismo. Me gustaría caerle bien, pero no le tengo respeto,
Pide voluntarias para iniciar las presentaciones. Lanza una sonrisa hacia la primera fila
(¿dónde más se sentaría una persona como yo?), para estimular mi asentimiento. Me pongo de pie para cumplir con mi papel de primeriza inveterada. Escucho una voz a mis espaldas: "Apuesto a que trajo una foto de su primera enciclopedia".
¡NO,qué lástima! Esa foto la tengo enmarcada sobre la chimenea de mi casa.
Ojos y más ojos. Ojos de miradas vacuas carentes de pensamiento y atención, que sólo reflejan observación bovina.
"Ésta es una foto de mi abuela y yo, cuando tenía ocho años. Me llevó al festival de las lilas. Éste es un evento anual". ¿Evento? He debido describirlo de otra forma. Exhiben múltiples variedades de lilas comunes y exóticas de distintos colores. Es verdaderamente espectacular.
Aburridor.
Posé la vista sobre la fotografía de una niña y una mujer, tomadas de la mano y enmarcadas por un seto salpicado de lilas moradas florecidas- Este par de mujeres daban la impresión de estar listas y dispuestas a conquistar el mundo, calzadas con zapatos aptos para tal propósito.
"Cuando miro esta foto aspiro nuevamente la fragancia de las lilas, especialmente ahora, en época de primavera. La excursión fue una delicia y cuando llegamos a casa la abuela me preparó espaguetis y me dejó ponerle lágrimas de chocolate al helado...".
¡Ojo!, me estoy desviando del tema. Voy a perder la atención del público que jamás he tenido.
"Pero como ya dije, fue un día perfecto. A medida que pasa el tiempo y me vuelvo mayor, me es difícil recordar un día más hermoso. La abuela se enfermó cuando yo tenía nueve años....". De repente se me escurren las lágrimas, "...Y no volvió a mejorarse". Ha llegado la hora de escapar, de correr o por lo menos de sentarse.
Caigo como un bulto de papas sobre la silla, sosteniendo la foto entre las manos. La profesora, sin dilación alguna y a mí parecer con demasiada jovialidad, llama a otro
estudiante. La clase termina rápidamente, después de transcurrir una eternidad. Yo me escapo al caótico vendaval de los corredores.
¿Ábrase visto un día peor?
Pero como dice el refrán, siempre habrá un mañana. Refrán que a mí entender parece indicar que no vale la pena sobrellevar el día de hoy, por cuanto habrá que hacer exactamente lo mismo en menos de veinticuatro horas.
Pero heme aquí, mañana, en la puerta de la clase de psicología, sintiéndome como si jamás me hubiera ido. La única diferencia es que hoy llego retrasada porque se me cayó una carpeta, y su contenido se derramó con total abandono por el piso. Todo el mundo me pone el ojo encima. Ayer no tuve en cuenta dos reglas de oro. No sólo me dejé llevar por una emotividad excesiva, sino que también admití tener sentimientos profundos por algo tan inconsecuente como una abuela. Resulta que un día soy invisible y al otro objeto del escarnio público. Ambas son situaciones poco envidiables dentro del diario vivir. Me acerco al pupitre. Hay una bolsa de papel sobre el asiento. Anticipando que encontraré un par de tenis oloroso y su correspondiente uniforme con el mismo aroma, miro en el interior sin mayor cuidado-Dios mío querido. Siento que me hago invisible. La bolsa está llena de ramas de lila. Las puedo oler con el alma, las puedo sentir con una parte de mi ser que pensé se había marchitado y pasado a mejor vida. ¿Seré parte de este planeta todavía? Levanto la vista- Aún estoy siendo objeto de miradas de ganado vacuno por parte de todos- Pero uno de éstos trajo las ramas de lila- Tiene que ser algún rebelde sentimental disfrazado. ¿Cuál será? Remuevo la bolsa y me siento. La profesora está contrariada.
"¿Podríamos dar comienzo a la clase? Las presentaciones de ayer serán tenidas en cuenta. Entre los botones de lilas encuentro una nota. La abro y encuentro dos frases:
Encontraremos nuestro derecho a ser.
Hasta entonces, las lilas florecen cada primavera.
Revista Blue jean