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¿Recuerdas

que hace muchos años, cuando éramos niños,

jugábamos juntos lodos los días? Parece que fue ayer.

de payasos y algodón de azúcar, de días veraniegos

que parecían interminables. Horas de jugar al escondite

desde las cuatro de la tarde hasta llegado el crepúsculo, cuando nos sentábamos en cualquier zaguán

a escuchar el canto de las chicharras y a espantar zancudos,

y a hablar de nuestros sueños

y de lo que haríamos cuando fuéramos grandes, hasta que nuestras madres nos llamaban.

¿Recuerdas aquel invierno cuando nevó durante días y días

y nosotros procuramos construir un iglú como verdaderos esquimales?

¿O cuando inventamos el juego de recoger las hojas

de toda nuestra cuadra

hasta que formamos el montón más grande del mundo

y procedimos a saltar en él? ¿Recuerdas

la vez que recogimos azaleas de tu jardín

para vendérselas a nuestros vecinos? ¿Y qué decir del día maravilloso cuando ya no tuvimos que utilizar ruedas auxiliares en nuestras bicicletas?

Y pudimos explorar en libertad el mundo entero

en una sola tarde

¡siempre y cuando no saliéramos de nuestra cuadra!

Pero esos días se esfumaron Furtivamente y crecimos, como suelen hacer los niños, hasta que llegó el día en que supusimos que ya éramos demasiado adultos

para jugar entre los árboles en las noches de verano. Y ahora, cuando te veo, me doy cuenta

de que has cambiado de manera inexplicable Pareces una rosa florecida prematuramente que cae victima

de la escarcha de febrero.

La pretina de tu jeante queda estrecha, símbolo de una juventud que ya no es tuya,

y tu rostro está pálido y verde —no tienes buen aspecto.

Te veo arrugando el rostro hacia la calle desde la ventana de tu habitación, y rara vez dejas escapar una sonrisa. Y cuando un automóvil arrima a tu puerta, desciendes y sales por la puerta principal con una maleta en cada mano.

El vehículo sale disparado y la chica de al lado desaparece. Y añoro una vez más

aquellos días de verano.

cuando me detenía en tu zaguán, golpeaba a la puerta

y te invitaba a salir para dar la bienvenida a nuestras aventuras de la tarde.

¿Por qué no sales nuevamente a jugar? ¡Todavía somos tan jóvenes...!

Amanda Dykstra, 14 años

Volveré

Aunque el mundo está colmado de sufrimiento, también lo está de gente que lo supera.

HELENKELLER

Al llegar a la puerta de la habitación del hospital. Linda y Roben Samele se prepararon emocionalmente para lo que seguía. Mantén la calma, no debes trastornarlo más de lo que está, se dijo Unda al empuñar el pómulo de la puerta.

Esa tarde de cellisca del 23 de diciembre de 1988, su hijo Chris iba en un automóvil junto con cinco amigos, desde su pueblo de Torrington en Connecticut, hasta el poblado cercano de Waterbury. De repente, las risas de los adolescentes se convirtieron en gritos de pánico, cuando el automóvil patinó sobre una capa de hielo y arremetió contra una baranda de contención. Tres de los chicos, entre los cuales estaba Chris, salieron despedidos por la ventana trasera. Uno murió de inmediato y el otro quedó gravemente lesionado.

A Chris lo encontraron sentado en el separador central, mirando con ojos desorbitados el torrente de sangre que manaba de su muslo izquierdo. A doce metros yacía su pierna izquierda, cercenada a la altura de la rodilla por un cable de acero que formaba parte de la baranda de contención. Lo llevaron aceleradamente al hospital de Waterbury, para someterlo a una cirugía de emergencia. Sus padres tuvieron que esperar casi siete horas para verlo.

A Linda se le llenaron los ojos de lágrimas al ver a su hijo tendido sobre la cama del hospital. Robert, el padre de Chris, empleado de la oficina de correos, tomó la mano de su hijo entre la suya. El joven le dijo suavemente a su padre:

"Papá, me quedé sin pierna". El padre asintió con la cabeza y le apretó la mano con más fuerza. Después de un corto silencio, Chris añadió: "Papá, ¿qué va a pasar con mí carrera de baloncesto?".

Robert Samele hizo un esfuerzo sobrehumano para controlar sus sentimientos. El baloncesto era la pasión de Chris desde muy corta edad, y el muchacho iba en ca mino de convertirse en un ídolo local. Cuando estaba en octavo grado, el año anterior, Chris había jugado con el equipo de su colegio logrando establecer un sorprendente promedio de 41 puntos. Ahora que iniciaba su bachillerato en el colegio de Torrington, Chris ya contabilizaba 62 puntos en dos partidos de la Liga de Menores, "Algún día jugaré con el equipo de Notre Dame frente a miles de aficionados, y ustedes estarán allí de fanáticos", solía decir Chris a sus padres.

Robert Samele buscaba con desespero las palabras apropiadas, mientras miraba a su hijo con ternura. Al fin pudo decir: "Mira Chris, afuera hay un grupo grande de gente que quiere verte, incluyendo a tu director técnico, el señor Martín.

El rostro de Chris se iluminó, y con una voz colmada de convicción dijo a su padre; "Papá,

dile al D. T. que estaré de vuelta la próxima temporada. Yo volveré a jugar baloncesto". Chris fue sometido a tres operaciones de la pierna en siete días. Desde el principio los cirujanos vieron que el enredo de tendones, tejidos, arterias y músculos lacera dos hacía imposible unir a su cuerpo el miembro amputado. Chris requeriría de una prótesis. Durante su estadía de tres semanas y media en el hospital, Chris recibió un flujo permanente de visitantes. "No se sientan mal", decía cuando percibía alguna mani festación de lástima. "Yo saldré adelante". Detrás de su fuerza espiritual se encontraba una voluntad indomable forjada en la fe religiosa. Muchos de los médicos y enfermeras que lo atendían estaban perplejos.

"¿Cómo haces para lidiar con todo esto, Chris", le pre guntó un psiquiatra cierto día. "¿No sientes conmiseración alguna por timismo?"-

"Desde luego que no", respondió el niño. "No veo que eso ayude en algo”.

¿No sientes ira y rencor?".

"No. Trato de verle el lado positivo a este cuento", le contestó el chico.

Cuando el psiquiatra inquisidor finalmente se fue, Chris le dijo a sus padres: "Ese señor es quien necesita ayuda".

Chris trabajó con dedicación para recuperar sus fuer zas y su coordinación. Cuando tuvo la suficiente fuerza se dedicó a encestar una pelota liviana a través de un aro que uno de sus amigos había colocado sobre la pared, frente a su cama. Su exigente programa de terapia incluía ejercicios para el torso para facilitar el uso de muletas, como también unas rutinas para mejorar el equilibrio.

En el transcurso de la segunda semana en el hospital, sus padres le añadieron una terapia adicional: llevaron a Chris en una silla de ruedas a ver un partido de baloncesto que jugaba el equipo de Torrington. "No le quiten el ojo de encima", aconsejaron las enfermeras, preocupadas por las reacciones que pudiera tener.

El chico se mantuvo inusualmente callado al ser conducido en su silla de ruedas hasta el interior del bullicioso gimnasio. Sin embargo, al pasar frente a las tribunas, sus amigos y compañeros de equipo empezaron a llamarlo y a saludarlo. Entonces, el vicerrector del colegio anunció por el sistema de amplificación: "Atención por favor. Un amigo muy

especial se encuentra entre nosotros esta noche. ¡Demos un saludo de bienvenida a Chris Samele!".

Sorprendido, Chris miró a su alrededor y pudo cons tatar que las novecientas personas abarrotadas en el gimnasio se habían puesto de pie para aplaudirlo y acla marlo. Las lágrimas se le vinieron a los ojos. Jamás olvidaría esa noche-

Justo al mes del accidente, el 18 de enero de 1989, Chris pudo volver a su hogar. Para mantenerse al día con sus obligaciones académicas contaba con la ayuda de un profesor, quien venía a su casa todas las lardes. Su vida se desenvolvía entre sus estudios y los permanentes viajes al hospital para someterse a sesiones adicionales de terapia. El dolor físico, a veces agudísimo, se volvió parte de su vida diaria. En ciertas ocasiones, cuando se encontraba viendo televisión con sus padres, se mecía de un lado para el otro reaccionando silenciosamente ante el dolor que emanaba del muñón.

Una tarde muy fría, Chris salió de su casa apoyándose penosamente sobre sus muletas hasta llegar cojeando a la parte trasera del viejo garaje, el lugar donde había aprendido a encestar. Se cercioró de que nadie lo estaba atisbando, dejó caer las muletas, recogió una pelota de baloncesto y comenzó a saltar sobre una sola pierna procurando encestarla en el aro. En repetidas ocasiones perdió el equilibrio y se fue de bruces sobre el pavimento. Después de cada caída se levantó como pudo para ir, a saltos, a recuperar y seguir intentando encestar la pelota. A los quince minutos estaba exhausto. Esto se va a demorar más de lo que yo había pensado, se dijo, mientras iniciaba el lento retorno a casa,

Le colocaron su primera prótesis el 25 de marzo, Viernes Santo, Se emocionó tanto con su nueva pierna mecánica, que le preguntó al director del departamento de prótesis y ortopedia si esto significaba que podía empezar a Jugar baloncesto de inmediato. Sorprendido por tanta vehemencia, el Dr. Skewes le contestó: "Tomemos las cosas con calma y un día a la vez". El galeno sabía que por lo general un paciente se demora un año en poder caminar a sus anchas con una prótesis, y bastante más en siquiera pensar en hacer deportes.

Chris dedicó largas horas a aprender a caminar con su pierna artificial, en el sótano de su casa. SÍ encestar la pelota sobre una sola pierna había resultado difícil, ahora con la prótesis lo era aún más. La mayoría de sus disparos resultaban desviados y con frecuencia terminaba estrellándose contra e! suelo.

En sus momentos de mayor desasosiego Chris traía a la memoria una conversación sostenida con su madre. Después de sobrellevar un día particularmente depri mente le preguntó si ella de veras pensaba que él volvería a jugar baloncesto, "Ahora tendrás que esforzarte más que nunca en tu deporte favorito, pero creo que lo lograrás", contestó, A Chris no le cabía duda de que su madre tenía razón, pero requeriría de un trabajo tesonero y de la decisión inquebrantable de no rendirse.

Chris volvió al colegio a principios de abril y rápida mente se integró a su grupo, salvo en la cancha de baloncesto. Después del colegio sus amigos practicaban en una cancha ai aire libre. Durante varias semanas los observó desde la bancada mientras ellos volaban de un lado a otro. Entonces, una tarde, a principios de mayo, llegó vestido y listo para jugar. Sus amigos, que no ocultaban su sorpresa, le abrieron paso cuando salió a la cancha.

Desde un principio Chris empezó a disparar desde los costados, emocionándose cada vez que lograba encestar. Sin embargo, al procurar entrar saltando hacia la canasta o brincar para hacerse a un rebote, terminaba en el piso. "¡Arriba, Chris, tú puedes lograrlo!", le

En el curso de un partido durante un torneo de verano, saltó con fuerza para recuperar un rebote y astilló el pie de su prótesis. Salió de la cancha saltando sobre una pierna, pensando: Tal vez me estoy engañando a mí mismo. Tul vez yo ya no estoy para estos trotes. Por último llegó a la conclusión de que sólo había una cosa por hacer: esforzarse todavía más. De tal forma que se trazó un programa diario de disparos a la canasta, de driblar y de levantamiento de pesas. Después de cada sesión, con sumo cuidado se quitaba su prótesis y los cuatro calcetines que colocaba sobre el muñón para acolchonar la misma- Entonces procedía a ducharse, gimiendo un poco al frotar con jabón el brote de ampollas sobre el muñón. Con el transcurso del tiempo el dolor empezó a menguar, al percibir destellos de su antigua destreza. Lo voy a lograr, ¡este año y no el próximo! •

El lunes siguiente a la fiesta de Acción de Gracias, el entrenador Bob Anzellotti reunió a

todos los chicos que aspiraban a formar parte del equipo liguero de baloncesto de

Torrington. Todos estaban nerviosos y a la expectativa. Sus ojos se posaron sobre Chris Samele.

Durante los dos días de pruebas ningún muchacho se esforzó tanto como Chris. Hizo todo lo humanamente posible para demostrar que todavía podía Jugar. Incluso dio las diez vueltas reglamentarias diarias alrededor del gimnasio junto con los demás, a un ritmo más lento pero completando el circuito en su totalidad,

Al día siguiente de la última práctica, Chris se unió a la estampida para ver la lista de los elegidos. Hiciste todo lo posible, pensó mientras procuraba ver la lista por encima de los hombros de los que estaban delante de él. Encontró su nombre. ¡Samele era miembro del

equipo!

A mitad de semana el D. T. Anzellotti convocó a los jugadores de su equipo a una reunión. "Cada año debo nombrar un capitán del equipo y por tradición lo selec ciono teniendo en cuenta el buen ejemplo que esa persona les da a los demás. El capitán este año es... Chris Samele". Los jugadores irrumpieron en aplausos.

La noche del 15 de diciembre, ocho días antes del aniversario del accidente, doscientas cincuenta personas tomaron asiento en las graderías para presenciar el partido que marcaba el regreso de Chris a las canchas de baloncesto.

Mientras tanto, en el vestuario, Chris se ponía nervio samente la camiseta de color rojo oscuro de su equipo. "Todo saldrá bien, Chris, pero no esperes demasiado de ti mismo en tu primer partido", le dijo el entrenador. Chris asintió con la cabeza. "Tiene usted razón, gracias", contestó en voz baja.

Pocos minutos después salió a la cancha junto con sus compañeros, para hacer los ejercicios de calentamiento. Casi todo el público en las tribunas se puso de pie para aplaudir. Robert y Linda se enternecieron y procuraron contener las lágrimas al ver a su hijo vistiendo la casaca deportiva de Torrington una vez más. Dios, por favor no permitas que pase una vergüenza, imploró Linda en voz baja.

A pesar de todos los esfuerzos que hizo, Chris llegó nervioso a la cancha. Durante el calentamiento no logró encestar una sola vez. "Tómalo con calma. No te acele res", le dijo

Anzellotti en voz baja,

Al iniciarse el partido, Chris tomó su posición como defensa. Desde el primer saque Chris mostró un juego desorganizado y torpe. Se mantuvo al tanto, pero todos sus movimientos resultaron bruscos y sin ritmo. Hizo varios disparos que ni siquiera tocaron el aro de la

canasta contraria. En circunstancias normales, cuando eso suce de el público grita: "¡Pelota al aire, pelota al aire'"-En esta ocasión el silencio invadió las tribunas.

Después de ocho minutos de juego, Chris tuvo un prolongado descanso. Dos minutos antes de terminar el primer tiempo fue llamado nuevamente. Vamos, Chris, se dijo a sí mismo- ¿Para esto fue que te esforzaste tanto? Muéstrales que sabes jugar. Segundos después se liberó de su marca a ocho metros de la canasta y un compañero le sirvió un pase. La distancia era mayúscula para cualquiera, y el disparo a la canasta dificilísimo. Sin. pensarlo un segundo, Chris se plantó firmemente y lanzó un disparo alto y embombado. La pelota pasó por todo el centro del. aro haciendo vibrar la malla,

Los aficionados saltaron de júbilo, aplaudiendo y vitoreando. "¡Eso es, Chris'", gritó su padre con la voz entrecortada por la emoción.

Minutos después Chris recobró un rebote entre un bosque de brazos. Saltando, impulsado por la fuerza comprimida de todos sus músculos, lanzó la pelota contra el tablero y ésta, con precisión y nitidez, entró de nuevo por el aro. Otra vez el público explotó de la emo- ción. A estas alturas las lágrimas corrían libremente por el rostro de Linda, mientras veía a su hijo haciendo una danza de la victoria en la cancha, con el puño alzado en alto. Lo

lograste, Chris, se decía a sí misma una y otra vez.

Para satisfacción del público en las tribunas, Chris no bajó el ritmo. Sólo una vez perdió el equilibrio y se fue a tierra. Al sonar el timbre final, Torrington se llevaba la victoria y Chris había acumulado once puntos.

Al llegar a casa esa noche, C hris tenía el rostro iluminado por una sonrisa. "Me fue bien, ¿verdad papá?".

"Te fue de maravilla" le respondió su padre, dándole un fuerte abrazo.

Después de comentar el partido durante un rato, Chris subió a su habitación henchido de felicidad. Sus padres sabían que para él, en su fuero interno, la noche apenas empezaba. Al apagar la luz de su mesa de noche, Linda recordó una conversación que había tenido con su hijo poco después del accidente, mientras lo llevaba a una sesión de terapia. El joven, sin decir palabra, miraba por la ventana del automóvil; de repente rompió el silencio y dijo: "Mamá, ya sé por qué me sucedió esto". Sorprendida, Linda respondió: "Dime, por qué,

Chris".

Sin quitar la vista del panorama exterior, Chris le contestó con sencillez: "Dios sabía que yo podía salir adelante. Me salvó la vida porque sabía que yo podía salir adelante".

Jack Cavanaugh.

[NOTA DEL EDITOR: Samele se convirtió en estrella del equipo de liga de Torríngton en su penúltimo y último año. También jugó en el equipo de tenis. Sencillo y dobles. Ha jugado en el equipo de tenis y de baloncesto de Westem New England College, cerca de

Spríngfield, Massachusetts, y ha participado en las ligas de verano en el condado de Torríngton. Samele aspira a ser entrenador de baloncesto.}

Yo sabia que era el mejor, desde muy tempranito

pues la gente decía: "Ya verás, pero espera un poquito". Pero jamás me dijeron en qué quedaría ese cuento al enfrentarme a un jugador de mayor talento. En el patio de atrás, soy el rey de las canchas, pues encesto canastas, estando a mis anchas. Pero de repente tengo al frente un jugador que al parecer no sabe que soy el mejor.

La presión me consume, mientras busco la red. Mis pases, sin duda, podrían traspasar la pared. Los saltos se quedan cortos, me falla el dribleo,

el pulso me tiembla, la canasta no veo.

La culpa es de los otros, desperdician mi talento. La culpa es del entrenador, su plan es un esperpento. La culpa la tiene ese tipo que dice ser juez.

La culpa no es mía, yo soy el mejor, ¿acaso no ves? Hasta que al fin comencé a entender

cuando el reflejo de mi rostro en el espejo pude ver que mis compañeros no eran unos incompetentes y que mi entrenador planeaba jugadas inteligentes. Ese rostro del más grande, que yo veía en el espejo,