CAPÍTULO II. BENITO ESPINOSA Y SU PENSAMIENTO ÉTICO
2.7 Servidumbre humana ante los afectos (Parte IV)
2.7.4 Análisis racional de los afectos
A. Espinosa, al examinar los afectos desde la perspectiva de la razón (P- 38 a P58), enfatiza el aspecto dinámico y relacional de la estructura humana cuando indica que “… la forma del cuerpo consiste en que sus partes se comuniquen entre sí sus movimientos según una cierta relación” (IV: 39 Dem.), y algo es “… al hombre… tanto más útil cuanto más apto hace al cuerpo para ser afectado, o para afectar a otros cuerpos, de muchísimas maneras; y, por contra, es nocivo lo que hace al cuerpo menos apto para ello” (IV: 38). Con este preámbulo, se puede definir cómo se puede aumentar la potencia del cuerpo-alma, según el grado de alegría que se obtiene. Así, “El regocijo es una alegría que… consiste en que todas las partes del cuerpo sean igualmente
afectadas, esto es, en que la potencia de obrar del cuerpo resulta aumentada… de tal modo que todas sus partes conservan la misma relación… entre sí” (IV: 42 Dem.). Mas, “Puesto que la alegría, generalmente se refiere a una sola parte del cuerpo75, deseamos… generalmente, conservar nuestro ser sin tener… en cuenta nuestra salud íntegra; a ello se añade que los deseos a que estamos más sujetos tienen en cuenta solo el… presente, pero no el futuro” (IV: 60 Esc.).
Por estos motivos, “El placer puede tener exceso y ser malo, el dolor puede ser bueno en la medida en que el placer (que es una alegría) sea malo” (IV: 43). Esta situación se debe a que el placer consiste en que unas partes del cuerpo “… son afectadas más que las otras, y la potencia de este afecto puede ser tan grande que supere a las restantes acciones del cuerpo… e impida… que… sea apto para ser afectado de otras muchas maneras, y así puede ser malo” (Ibíd. Dem.). Sin duda, el dolor nunca es bueno considerado en sí solo, pero como su fuerza se define “por la potencia de la causa exterior comparada con la nuestra, podemos, entonces, concebir infinitos grados y modalidades en la fuerza de este afecto; y, de esta suerte, podemos concebir un dolor tal que pueda reprimir el placer, para que este no tenga exceso” (Ibíd.).
Aquí no solo se explica por qué el placer es siempre parcializado y, por lo tanto, puede extralimitarse y romper el mejor desarrollo de la potencia humana, sino que se ofrece un método conductual que permite a cada quien autorregular sus placeres para que no le perjudiquen. Por supuesto que los padres, y en general quienes aman a alguna persona que, en ciertas circunstancias, no atina a guiar su propia vida y, sin quererlo, se está haciendo un daño grave a sí misma, pueden echar mano del dolor, como una coacción positiva bien dosificada. Esto es así, porque los afectos cotidianos suelen relacionarse “… con una parte del cuerpo… y, por ende,... tienen… exceso, y sujetan al alma de tal modo en la consideración de un solo objeto, que no puede pensar en otros; y no faltan… hombres a quien se le aferra pertinazmente un solo… afecto… un solo objeto, que aunque no esté presente, creen tenerlo a la vista, y cuando esto le acaece a un hombre que no duerme,
decimos que delira o que está loco” (IV: 44 Esc.). Esto les sucede a muchas personas que están obsesionadas con algo. Es el caso del drogadicto y, en general, de quien reduce su camino vital al goce de unos pocos placeres y, con ello, se pierde la enorme multiplicidad de goces de todo género que nos ofrece la existencia: empobrece su vida y, al auto limitarse de esta manera, desarrolla precariamente su potencia.
“Todo lo que apetecemos en virtud del odio que nos afecta, es deshonesto, y en el Estado es injusto” (IV: 45 Cor-2) y “… solo una torva y triste superstición puede prohibir el deleite… nadie que no sea un envidioso, puede deleitarse con… mi desgracia, ni tener por virtuosos las lágrimas… el miedo y otras cosas… que son señales de un ánimo impotente” (Ibíd. Esc.). Por otro lado, “la risa, como… la broma, es pura alegría y, por tanto, con tal que no tenga exceso, es de por sí buena… cuanto mayor es la alegría que nos afecta… tanto más participamos… de la naturaleza divina. Así pues… deleitarse… cuanto sea posible (no hasta la saciedad…, pues eso no es deleitarse) es propio de un hombre sabio… y recrearse con… cosas… de que todos pueden servirse sin perjuicio ajeno alguno” (Ibíd.). Y enseguida añade la razón de esta regla del placer individual y social: “Pues el cuerpo humano está compuesto de… partes de distinta naturaleza, que continuamente necesitan alimento nuevo y variado, a fin de que todo el cuerpo sea igualmente apto para hacer todo lo que puede seguirse de su naturaleza, y, consiguientemente, a fin de que también el alma sea igualmente apta para conocer al mismo tiempo muchas cosas” (Ibíd.). La palabra “alimento” tiene aquí un amplio sentido metafórico, pues al prescribir esta norma de vida habla también de plantas, perfumes, música, teatro, ejercicio físico, etc.
En este punto, la vía ética espinosiana se remonta a un altruismo sublime: “Quien vive bajo la guía de la razón se esfuerza cuanto puede en compensar, con amor o generosidad, el odio, la ira, el desprecio, etc., que otro le tiene”, pues se esforzará por no padecer odio, y en que tampoco otro lo padezca (IV: 46, y Dem.) y “quien… procura vencer el odio con el amor… apenas necesita la ayuda de la fortuna. Si vence, sus vencidos están alegres, pues su derrota se produce no por defecto de fuerza, sino por aumento de ella” (Ibíd., Esc.). En una palabra, “Quien ha comprendido… que todas las cosas se siguen… según
las leyes… eternas de la naturaleza, no hallará… nada que sea digno de odio, risa o desprecio…, sino que se esforzará… en «hacer el bien»… el que no es movido ni por la razón ni por la conmiseración a ayudar a los otros, merece el nombre de inhumano” (IV: 50, Esc.). Por último, “Quien vive conforme a la razón desea también para otro el bien que apetece para sí; por ello… su… esfuerzo por hacer el bien resulta favorecido, es decir, experimentará… alegría” (IV: 51, Dem.).