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Las virtudes morales, asociadas al cuerpo

CAPÍTULO I. LA ÉTICA DE ARISTÓTELES

1.4 Análisis en detalle de la ética

1.4.12 Las virtudes morales, asociadas al cuerpo

Pasando a la virtud moral, esta “… procede de la costumbre…, porque obrando en las contrataciones que tenemos con los hombres, nos hacemos unos justos y otros injustos; y obrando en las cosas peligrosas, y avezándose a temer o a osar, unos salen valerosos, y cobardes otros” (II, 1). Por lo común, “… la actividad de las virtudes prácticas [o morales] se ejerce en la política o en la guerra…“ (X, 7), y en el trato interpersonal. Por otra parte, quien se ejercita en la virtud intelectual lleva un tipo de vida que “… tiene poca necesidad de los recursos exteriores, o menos que la virtud moral…” (X, 8); por ej., “… la persona generosa necesita riquezas para practicar su generosidad, y el justo, para corresponder a los beneficios recibidos…“ (Ibíd.). Además, tal género de virtud práctica “… se ejerce en la política o en la guerra y las acciones correspondientes no son… formas de ocio… la actividad del político…, al margen de su propio ejercicio, proporciona poderes y honores, o incluso la felicidad para él y para los ciudadanos…“ (X, 7)

Por otra parte, a diferencia del enfoque centrado en el sabio y la sabiduría que debe primar en el terreno de la virtud intelectual, en el mundo de la praxis, que se vivirá sobre todo según la óptica de las virtudes morales, debe primar una actitud pragmático-empirista: “… las opiniones de los sabios… Merecen… crédito, si bien, en los asuntos prácticos, se juzga lo que es verdadero a partir de los hechos y de la vida, pues son lo que cuenta en estos asuntos. Conviene, por tanto,... lo dicho anteriormente… aceptarlo si concuerda con los hechos y considerarlo mera palabrería si está en discrepancia con ellos” (Ibíd).

Hagamos ahora una revisión puntual de los tipos principales de virtudes morales que constan en los caps. 6 a 9 del Libro III.

Trata primero de una de las cuatro virtudes cardinales tradicionales: la fortaleza de ánimo (andreía, que viene de andros, varón) o valentía y sus dos extremos o vicios: por defecto (la cobardía) y por exceso (la temeridad). Se trata de lo que Platón había denominado la esfera irascible del alma humana.

Como introducción hace un análisis fenomenológico-descriptivo de ese afecto que es el temor, “… que es una aprensión del mal venidero. De manera que todas las cosas malas nos ponen temor: como son la infamia, la pobreza, la enfermedad, la falta de amigos, la muerte.” (III, 6). Y enseguida añade: “Mas la pobreza ni la enfermedad no son cosas tanto de temer ni, generalmente hablando, todas aquellas cosas que, ni proceden de vicio, ni están en nuestra mano” (Ibíd.). Ya en el cap. 19 del Libro I de la Gran moral a Eudemo, el Estagirita había expuesto esta idea:

…si uno se manifiesta firme cuando le ocurre una pérdida de dinero… o… en una enfermedad… El valor no consiste en estas dos clases de miedo y de serenidad. Tampoco… en despreciar el rayo y los truenos, y todos los demás fenómenos terribles que están fuera del alcance humano. Despreciarlos… es ser un loco. Y así, el verdadero valor se manifiesta sólo cuando recae sobre cosas… que la mayor parte o todos los hombres temen.

Así pues, es natural –y por lo tanto no es ni virtud ni vicio– temer a las vivencias perjudiciales que nos sobrevienen, debido a la mala fortuna interna (corporal) o externa (los eventos naturales o sociales) y, frente a ellas solo se las puede tratar de anticipar mediante la ciencia y adoptar medidas prudentes y adecuadas para tratar de combatirlas. De ahí que no se pueda decir a uno “… cobarde por temer no le hagan alguna injuria y fuerza en hijos o en mujer, o que no le tengan envidia, y cosas desta manera” (Ibíd.). Como consecuencia de ese hábito de enfrentar adversidades, “el hombre valeroso, así en la mar como en las enfermedades, no mostrará cobardía” (Ibíd.).

Luego pasa a definir el valor o valerosidad y los dos hábitos negativos correspondientes. “Aquel… que teme lo que conviene, y por lo que conviene, y como conviene, y… osa cuando conviene… se dice hombre valeroso” (III, 7); “el que excede en no temer…puédese decir hombre loco y sin sentido, y tonto, el que ninguna cosa teme… Mas el que… excede en el osar, dícese atrevido [, temerario]… Y el que en el temer excede llámase cobarde” (Ibíd.). Y termina el capítulo condenando el suicidio: “Pero el matarse uno a sí mismo, por salir de

necesidad y pobreza, o por amores, o por otra cualquier cosa triste,... es [un] hecho de hombre… cobarde. Porque es gran flaqueza de ánimo el huir las cosas de trabajo y muerte…” (Ibíd.).

En el siguiente capítulo precisa algunos casos y grados de valentía. Por ej., “Los valerosos… hacen las cosas por causa de lo honesto, y en el hacerlas acompáñales la cólera; pero las fieras… lo hacen o porque las han herido, o porque temen… las hieran.” (III, 8). Aquí se ve el contraste entre la virtud del valor y el desafío del peligro que practica un animal; pues mientras en este la ira acompaña al enfrentamiento, en la práctica de toda virtud ética, la intención honesta es la que mueve a la persona virtuosa a ese enfrentamiento riesgoso. Por esa razón no se portan virtuosamente valientes quienes se arriesgan “… como les incita la pasión… [y] Casi lo mismo… los que por alguna esperanza son valientes… [o] por presumir que son más poderosos…Lo cual también acaece a los borrachos (Ibíd.). Y, al final, hace una disquisición que subraya una de las ventajas más conspicuas de toda virtud moral:

… más valeroso hecho parece mostrarse uno animoso y quieto en los peligros que repentinamente se ofrecen, que no en los que ya estaban entendidos, porque tanto más aquello procede de hábito, cuanto menos en ellos estaba apercebido. Porque las cosas manifiestas puede escogerlas uno por la consideración y uso de razón; mas las repentinas por el hábito* (Ibíd.)13.

También estas ideas se habían profundizado en la Gran moral a Eudemo, a continuación de la cita que hemos dispuesto cuatro párrafos más arriba:

Hay hombres valientes por hábito, como lo son los soldados, porque saben por experiencia que en tal lugar, en tal momento y en tal situación no se va absolutamente a correr ningún peligro. El hombre que cuenta con todas estas seguridades y que por este motivo espera los enemigos a pie firme, no por esto es valiente, porque si no se reunieran todas las condiciones que en tales casos se requieren, no sería capaz de esperar al enemigo… Puede uno… estar al abrigo del temor, a causa de su inexperiencia; y, ciertamente, tampoco puede tenerse por valientes a los de esta clase. Hay otros que parecen valientes por la pasión que los anima: por ejemplo los amantes, los entusiastas, etc. Tampoco son estos hombres de valor, porque si se les arranca la pasión de que están dominados, cesan en el acto de ser valientes. El hombre de verdadero valor debe ser siempre valiente. Ésta es la razón porque no se atribuye valor a los animales… el hombre valiente es el que… lo es… porque es de suyo siempre valiente, ya le observé alguno, ya nadie le vea. Esto no quiere decir que el valor aparezca absolutamente sin pasión y sin

      

13 Esta norma ética que aprecia el hábito convertido casi en un reflejo automático es valorada y cultivada también por quienes, en las culturas de Oriente, han practicado durante siglos las artes marciales, como sucede entre los samuráis del Japón.

motivo, sino que es preciso que el impulso nazca de la razón, y que el móvil sea el bien y el deber… No es ser valiente el no temer absolutamente nada, porque si tal cosa pudiera admitirse, vendríamos a parar en que las piedras y las cosas inanimadas son valientes. Para tener verdaderamente valor, es preciso saber temer el peligro y saber arrostrarle, porque si se arrostra sin temerlo, ya no se es valiente.

Los capítulos 10 y 11 del mismo Libro III de la Ética están dedicados a otra virtud cardinal: la templanza (sophrosyne) y al vicio asociado a ella, el libertinaje o disolución; lo que Platón había definido como el ámbito de la concupiscencia: “Consiste… la templanza, y asimismo la disolución, en aquellos deleites de que son también participantes los otros animales. Por lo cual parecen cosas serviles y bestiales; estas son el tacto… el gusto…, así en las viandas como en las bebidas, y también en lo que toca a los deleites de la carne (III, 10). Y a continuación precisa: “los más ahidalgados deleites del tacto, como… la lucha y… los baños, no entran en esta cuenta. Porque el deleite y tacto del disoluto no consiste en todo, el cuerpo, sino en ciertas partes dél.” (Ibíd.). Como se ve, esta virtud y su vicio tienen que ver con el dominio o esclavitud del alma con respecto a la gula y, sobre todo, a la lascivia o lujuria, entendida como apetito carnal-sexual. Por eso, “la disolución es exceso en las cosas del deleite, y…se dice uno disoluto por entristecerse más de lo que debría por no alcanzar lo que apetece…; y templado se dice por no entristecerse por carecer y abstenerse del deleite. El disoluto… es esclavo de sus propios deseos… ” (III, 11).

En el otro extremo, “… si alguno hay que ninguna cosa le sea deleitosa, ni de unas cosas a otras haga diferencia, parece que… está lejos de ser hombre”; y, poco después se precisa: “Pero el templado… apetece las cosas que importan para la salud y para conservar el buen hábito del cuerpo, si son… deleitosas, y esto moderadamente…, y las demás cosas aplacibles que no sean perjudiciales…, ni… estraguen la honestidad ni la hacienda” (Ibíd.). Así, mientras el vicio opuesto a la disolución sería una especie de insensibilidad quasi inhumana, la templanza consiste en gozar de todo placer, pero con mesura, limitándolo con la razón para que no cause daños ni al organismo de quien lo experimenta, ni a su vida económica ni a su prestigio social.

El Estagirita discute la mayoría de las virtudes morales en el Libro IV; y comienza analizando la liberalidad (eleuthería): “… una medianía en lo que

toca a… todo lo que puede ser apreciado con dinero” (IV, 1). Luego asevera que “… de todos los virtuosos, los liberales son los más amados, porque son útiles… el liberal dará conforme a razón y por causa de lo honesto, porque dará a quien debe y lo que debe y cuanto debe… Y esto alegremente…“ (Ibíd.). Por otro lado, “… perdido [o pródigo] quiere decir hombre que tiene en sí algún vicio, con que destruye su propria hacienda… y… la perdición de la hacienda es una perdición del mismo, pues de la hacienda depende la vida” (Ibíd.): este es el vicio por demasía –la prodigalidad–, que “… excede en el dar y no recebir… ”; mientras que quien incurre en el vicio por defecto –la avaricia–”… falta en el dar y excede en el recebir… vicio incurable. Porque la vejez, y todo género de debilitación, parece que hace avarientos a los hombres… ” (Ibíd.). Es más, “… los que juegan dados, los ladrones y salteadores, entre los avarientos se han de contar, pues se dan a ganancias afrentosas… la avaricia… es mayor mal que la prodigalidad…“ (Ibíd.).

Y esa virtud llamada, “… magnificencia… es un gasto conveniente en la grandeza o cantidad… De todos los gastos,... los más dignos… se dedican para el culto divino… También…en el bien y provecho de la comunidad, como… unas muy solemnes fiestas…“ (IV, 2). Además, “… el varón magnífico no es tan amigo de gastar en lo que particularmente toca a él, cuanto en lo que es común a todos“. Y, en cuanto a los vicios correspondientes, “el que… es vano…gasta largo en cosas que quieren poco gasto…por mostrar sus riquezas y pretendiendo que por ellas le han de preciar mucho… Pero el hombre apocado y de poco ánimo en toda cosa es corto” (Ibíd.). Como se ve, en Grecia –y muy probablemente en muchas otras culturas– existía el priostazgo como un elevado valor ético-social.

Una virtud moral que Aristóteles analiza con mayor detalle es la magnanimidad (megalopsychía). Y, en una sociedad sana, a ella le suele corresponder el prestigio: “Es… la dignidad [que los demás nos confieren] uno de los bienes… que a los mismos dioses… atribuimos,... es la honra,... el mayor bien de todos los externos” (IV, 3). Por este motivo, “el varón magnánimo… de las … honras… que mayores fueren y de hombres virtuosos procedieren, moderadamente se holgará … y ni en la próspera fortuna se alegrará demasiadamente, ni en la adversa tampoco se entristecerá, pues…el

que aun la misma honra tiene en poco, también terná en poco todo lo demás” (Ibíd.). Así pues, quien posee un alma magna, grande, ve la vida desde un punto de vista muy elevado y no se deja impresionar por las bagatelas, por eso es capaz de acceder a la imperturbabilidad (ataraxia) propia del sabio. Este es el valor que cultivarán los estoicos, herederos de la ética aristotélica. Además, es propio del magnánimo “… para con otros que están puestos en dignidad y próspera fortuna mostrarse grande, y mediano para con los medianos. Porque… querer… ser señalado… entre los de baja suerte es cosa odiosa, como si uno quisiese mostrar sus fuerzas contra los flacos y dolientes”. Adicionalmente, “no es de hombre magnánimo acordarse… de los males, sino antes prevenirlos…tampoco es amigo de hablar mal ni aun de sus proprios enemigos,... ni de ir rogando a nadie… Ha de ser también el meneo y voz del varón magnánimo sosegada y grave, y su hablar pausado” (Ibíd.). Sin duda, el logro de esta virtud es difícil, pues exige una alta autoestima, un fuerte dominio de sí mismo, saber tratar a cada quien según su modo de ser y mantener un hondo respeto por los ciudadanos virtuosos.

Y, en cuanto a los vicios que se oponen al complejo de virtudes que encierra la magnanimidad, “… el que en esto es falto es de poco ánimo, mas el que excede soberbio y hinchado. Tales… no… se han de llamar malos hombres, pues no hacen mal ninguno, sino hombres de erradas opiniones”. Y enseguida precisa el Estagirita: “Porque el de poco ánimo, siendo digno de bienes, se priva de lo que es merecedor…, por… que no conoce el valor que tiene… éstos no se han de llamar necios, sino cobardes…Porque…, reputándose por indignos, dejan de emprender los buenos hechos “. “Pero la gente hinchada son… necios,... Porque, como si fuesen los más dignos del mundo,... emprenden las cosas más honrosas, y después quedan corridos y confusos… Es, pues, la poquedad de ánimo más contraria a la magnanimidad que… la hinchazón. Porque acaece más veces…”* (Ibíd.). Como se ve, Aristóteles prefiere al emprendedor creído que al apocado, cuya falta de autoestima le paraliza y le convierte en un ciudadano pasivo y estéril, por no aportar nada al acervo comunitario14.

      

14 Un mal que es más frecuente, tal como el caso de enfermedades poco dañinas para el individuo como la gripe, por sus graves efectos acumulativos en la dinámica de la comunidad,

Hay una virtud opuesta a la irascibilidad y que también va dirigida al logro de la ataraxia. Es “La mansedumbre… una medianía en lo que toca a los enojos…Porque el hombre manso pretende vivir libre de alteraciones… no es hombre vengativo: antes es benigno y misericordioso” (IV, 5). Entre sus dos extremos viciosos, el defecto es la flema o actitud el flemático: “los que en lo que conviene no se enojan… parecen tontos… Porque el que de ninguna cosa se enoja, parece que ni siente, ni se entristece… Y dejarse uno afrentar, y sufrir que los suyos lo sean, parece cosa servil y de hombre bajo”. Por otro lado se halla el vicio peor de los dos: “Los… coléricos fácilmente se enojan,... y más de lo que debrían… ”; y en el extremo de este vicio están los terribles o despiadados, “… que no desisten de la saña sin venganza…” (Ibíd.).

Y “en las conversaciones…, hay algunos que… por dar contento alaban todas las cosas y en nada contradicen... Otros,... a todo quieren contradecir… ”. Quien practica la virtud entre estos dos extremos admite o refuta llanamente “lo que conviene y como conviene… y… Aunque de diferente manera, ha de conversar [igual] con los que están puestos en dignidad que con la vulgar gente… deseando el dar contento a todos… y guardándose todo lo posible de dar pena… ” (IV, 6). En este ámbito del trato comunicativo, “el que no tiene otro fin sino mostrarse dulce… llámase hombre aplacible [complaciente]; pero el que por haber… algún provecho…, llámase lisonjero [adulador]. Mas el que a todos contradice y con todos se enoja… es [un] terrible [intratable]… ” (Ibíd.).

Luego se consideran otros dos vicios: “El arrogante… y fanfarrón [jactancioso]… quiere mostrar tener las cosas ilustres que no tiene, o… mayores [de lo] que… son. Pero el disimulado [modesto, apocado]… niega los bienes que tiene, o quiere dar a entender que son menores”. Ambos “… son dignos de reprensión, y más el arrogante” (IV, 7). Aunque, quien exagera, “si lo hace por… honra, como… el arrogante o fanfarrón no es tanto de reprender; mas si lo hace por codicia… es más ruin”. Mientras que “los disimulados…por no dar a nadie pesadumbre… fingen no haber en sí las cosas más ilustres”.       

constituye un mayor flagelo grupal que otros males cualitativamente más negativos pero infrecuentes, como por ej. la lepra. Este criterio del Estagirita denota el mayor valor que adscribe él a la potencia comunitaria que a las de los ciudadanos singulares, al igual que Platón.

Pero quien practica la virtud de ser fiel a la verdad, “… llanamente confiesa lo que de sí siente, y no lo encarece, ni lo disminuye” (Ibíd.).

Por último, “Aquéllos… que en el decir gracias exceden, parecen truhanes [bufones]… insufribles… Pero los que ni… dicen gracias…, antes [bien] se desabren con los que las dicen, parecen hombres toscos y groseros. Mas los que moderadamente… se huelgan, llámanse cortesanos [ingeniosos]” (IV, 8). Aunque el humor, la broma, “no tiene cierta y infalible determinación… Porque lo que a uno le es odioso, a otro le parece dulce y… Aquello… que uno de buena gana dice, también lo oirá de mejor gana*…Pero con todo…conviniera… que se prohibiera el mofar[se] unos de otros” (IV, 8)15.