Después de la idea que Glyndon se formara de Zanoni, todas estas adiciones, recogidas por él en los cafés y en las reuniones de jóvenes ociosos que frecuentaba, le eran muy poco satisfactorias.
Viola no representó aquella noche; y al día siguiente, preocupada la imaginación de nuestro inglés por mil fantásticos pensamientos, y disgustado de la escéptica y sarcástica amistad de Mervale, el joven erraba meditabundo por los jardines públicos, deteniéndose al fin debajo del árbol donde oyera por primera vez la voz que había ejercido sobre su imaginación tan extraña influencia. Los jardines estaban desiertos; el joven se sentó a la sombra de los árboles, y al poco rato, en medio de su contemplación, volvió a experimentar el mismo frío temblor que Zanoni definiera tan exactamente, atribuyéndolo a una causa extraordinaria.
Glyndon hizo un violento esfuerzo para levantarse, y se sobresaltó al ver sentado junto a él a una persona bastante repugnante, que podía tomarse perfectamente por uno de esos seres malignos de los cuales habló Zanoni. Era éste un hombre de pequeña estatura y vestido con un traje extravagante. Afectaba una humildad y pobreza que rayaba su sociedad; llevaba unos pantalones anchos de tela muy grosera y una chaqueta hecha jirones, mientras que los negros y enmarañados bucles que salían de debajo de su gorro de lana, formaban extraño contraste con otras cosas que anunciaban en él una persona rica. Un broche de piedras preciosas cerraba el cuello de su camisa, al paso que dos cadenas de oro macizo dejaban ver la necedad de llevar dos relojes.
El aspecto de este hombre, si no del todo repugnante, hablaba poco en su favor. Era ancho de hombros y bastante cargado de espaldas; su pecho parecía hundido; sus manos eran gruesas, y sus dedos, cuyas nudosas articulaciones revelaban gran fuerza, contrastaban con sus delgadas muñecas; sus facciones, que afectaban los penosos gestos que se ven con frecuencia en el semblante de una persona epiléptica, eran anchas y exageradas, en tanto que su nariz casi le tocaba a la barba; sus ojos pequeños brillaron con el fuego de la astucia cuando se fijaron sobre Glyndon, y su boca hizo una mueca que dejaba ver dos filas de dientes sucios, rotos y desiguales. Sobre aquel horrible semblante se traslucía, además, una especie de desagradable inteligencia, como una expresión de sagaz osadía.
Cuando Glyndon, recobrado de su primera sorpresa, miró otra vez a su vecino, se ruborizó de su desmayo, reconociendo a un artista francés, conocido suyo, que poseía una grande habilidad en la pintura. Era cosa verdaderamente notable que esta criatura, cuyo exterior tan poco debía a las Gracias, se complaciese en las pinturas que respiraban majestad y grandeza. Aunque el colorido de sus cuadros era duro y sombrío, siguiendo en esto la costumbre de la escuela francesa de aquel tiempo, sus dibujos eran admirables por su simetría, por su sencilla elegancia y por su gusto clásico, si bien carecía de gracia ideal. Este hombre prefería los asuntos que se referían a la historia romana más bien que los que representaban las
bellezas de la Grecia o los sublimes recuerdos de la Sagrada Escritura, que tantas veces inspiraron a Rafael y a Miguel Ángel. La grandeza de sus dibujos no era la de los dioses o de los santos, sino la de los mortales. La belleza de sus perfiles era del género que halaga la vista, pero que nada dice al alma. En una palabra: como se decía de Dionisio, era un antropófago o pintor de hombres. Notábase también en él una gran contradicción. Mientras se entregaba con frenético exceso a todas las pasiones, así al odio como al amor, pues era implacable en la venganza e insaciable en el vicio, acostumbraba también a hacer alarde de los mas bellos sentimientos de virtud y filantropía. El mundo actual no era bastante bueno para él. Este personaje era, valiéndonos de una frase alemana, un reformador del mundo. Con todo, el ademán sarcástico de sus labios parecía burlarse de los sentimientos que manifestara cuando quería dar a entender que era superior a su mundo ideal.
Añadamos aún que este pintor estaba en íntimas relaciones con los republicanos de París, y que se le tenía por uno de esos apóstoles de la revolución que los regeneradores del género humano se complacían en enviar a los Estados que aun gemían en la esclavitud, fuese por la tiranía de un hombre o por el despotismo de las leyes. Un historiador italiano dice que no había ninguna ciudad en Italia donde esas nuevas doctrinas encontrasen mejor acogida que en Nápoles, ya por la ardiente imaginación del pueblo, ya porque los más odiosos privilegios feudales, aunque mermados algunos años antes por el gran ministro Tanuccini, ofrecían cada día desmanes que presentaban más seductora esa forma que trastorna el juicio de un pueblo: la Novedad. Este hombre, a quien en adelante llamaremos Juan Nicot, era una especie de oráculo para los jóvenes de ideas mas exaltadas de Nápoles; y antes de que Glyndon conociera a Zanoni, no era el inglés de los que menos deslumbrados estaban por las elocuentes aspiraciones del repugnante filántropo.
—Cuánto tiempo hace que no nos habíamos visto, querido colega —dijo Nicot, acercando su silla a la de Glyndon; —por eso no debe extrañaros que os vea con tanto placer y que hasta me tome la libertad de interrumpir vuestras meditaciones. —Por cierto que no eran muy agradables —respondió Glyndon; —el momento no podía ser más oportuno para interrumpirme.
—Os alegraréis de ello cuando sepáis, —añadió Nicot, sacando un paquete de cartas de su pecho, —que la grande obra marcha con maravillosa rapidez. Mirabeau ha muerto; pero, ¡qué importa, voto al diablo! Cada francés es ahora un Mirabeau.
Aprovechándose de esta observación, Nicot siguió leyendo y comentando muchos de los animados e interesantes pasajes de su correspondencia, en los cuales la palabra virtud figuraba veinte veces y ninguna se nombraba a Dios. Después, entusiasmado por el brillante porvenir que se presentaba a su vista, empezó a gozarse en esas prematuras delicias de lo futuro que hemos oído ya en los labios del elocuente Condorcet. Todas las eminentes virtudes de la antigüedad fueron exhumadas para adornar el moderno panteón: el patriotismo era la primera virtud, y tras ésta, venía la filantropía. El amor del hombre debía comprender ahora a todo el género humano, desde uno a otro polo. La opinión debía ser tan libre como el aire, y para conseguirlo, era necesario exterminar a todos aquellos
cuyas ideas no fuesen las mismas que las de Nicot. Esto divertía tanto por un lado como repugnaba por otro a Glyndon; pero cuando el pintor pasó a una ciencia que todos pueden comprender y de cuyos resultados todos podríamos disfrutar, una ciencia que, teniendo por base la igualdad de instituciones y de instrucción, ofrecería a todas las razas humanas riqueza sin trabajo y una vida exenta de disgustos más larga que la de los patriarcas, entonces Glyndon escuchó con interés y admiración, si bien con cierta intranquilidad interior.
—Observad —decía Nicot, —que muchas cosas que miramos ahora como una virtud, serán entonces consideradas como bajezas. Nuestros opresores, por ejemplo, nos hablan de gratitud. ¡Gratitud! ¡La confesión de la inferioridad! ¿Qué puede haber más odioso para una imaginación noble y libre que el humillante sentimiento del reconocimiento? Entonces el poder no podrá esclavizar al mérito. El bienhechor y el cliente dejarán igualmente de existir, y...
—¿Y luego —dijo una voz baja junto á el, —y luego, Juan Nicot?
Los dos artistas se sobresaltaron. Glyndon reconoció a Zanoni y éste fijó su vista sobre Nicot con un entrecejo tan amenazador, que el pobre hombre le miraba de reojo con una expresión de miedo y de terror como si se sintiese fascinado.
—¡Hola, hola, señor Nicot! Tú, que no temes ni a Dios ni al diablo, ¿te asustas a la vista de un hombre? No es esta la primera vez que he sido testigo de tus opiniones acerca de la enfermedad de la gratitud...
Nicot reprimió una exclamación, y después, mirando a Zanoni de una manera cobarde y siniestra, pero en la que se revelaba un odio imponente e inexplicable, respondió:
—No os conozco; ¿qué me queréis?
—Que os vayáis de aquí y nos dejéis solos.
Nicot dio un paso hacia adelante con los puños apretados y enseñando dos largas filas de dientes que le llegaban de oreja a oreja, como si fuese un animal feroz. Zanoni, sin hacer el menor movimiento, le dirigió una sonrisa de desprecio. Nicot se detuvo de repente ante aquella imponente mirada que le hizo estremecer de pies a cabeza, y en seguida, haciendo un visible esfuerzo, como si obrase impulsado por una fuerza exterior, volvió la espalda y se fue.
Glyndon le vio alejarse lleno de sorpresa.
—¿De qué conocéis a ese hombre? —le preguntó Zanoni. —Le conozco como compañero de arte, —respondió el joven.
—¡De arte! No profanéis esta palabra santa. La Naturaleza es, respecto de Dios, lo que el arte debiera ser para el hombre: una sublime y benéfica creación. Ese miserable podrá ser pintor, pero no artista.
—Perdonad si os pregunto qué motivos tenéis para hablar con tanta acritud de un hombre al cual parece conocéis.
—Son muchos los que tengo, y por lo mismo, debo deciros que estéis prevenido contra él. Su semblante dice bastante lo que puede ser su corazón. ¿Qué necesidad tengo de deciros los crímenes que ha cometido? ¡Todo en él habla de crimen!
—Según parece, señor Zanoni, no sois partidario de la revolución. ¿Quizá detestáis a ese hombre porque no participáis de sus ideas?
—¿Qué ideas?
Glyndon se vio bastante embarazado al quererlas definir, hasta que al fin, dijo:
—No quisiera ofenderos; pero vos, entre todos los hombres, sois el único que no podéis estar en contra de una doctrina que predica el mejoramiento indefinido de la especie humana.
—Tenéis razón; los pocos, en cada siglo, mejoran a los muchos; y ahora, los muchos deben saber tanto como supieron los pocos; pero, ¿cuándo se conseguirá esta mejora?
—Ya os comprendo, ¡no queréis convenir en la ley de la igualdad universal!
—¡La ley! Aun cuando todo el mundo es esforzase en entronizar la mentira, no conseguirían que fuese una ley. Nivelad todas las condiciones de hoy, y no haréis más que preparar el camino para la tiranía de mañana. Una nación que aspira a la igualdad, es incapaz de ser libre. En toda la creación, desde el arcángel al más humilde gusano, desde el Olimpo al guijarro, desde el radiante planeta hasta la nube que cruza por nuestro horizonte, la primera ley de la naturaleza, es la desigualdad.
—Doctrina dura cuando se aplica a los Estados, —dijo Glyndon. —¿No desaparecerán nunca las crueles desigualdades de la vida?
—¿Las desigualdades de la vida física? —observó Zanoni. —En cuanto a éstas, debemos esperar que sí. ¡Pero las desigualdades de la vida moral e intelectual, nunca! ¡Igualdad universal de inteligencia, de imaginación, de genio y de virtud!... ¡Dejar el mundo sin un maestro, sin un hombre que sea más sabio y más bueno que los demás! Si esto no fuese una cosa imposible, ¡qué perspectiva tan desgarradora para la humanidad! No; mientras exista el mundo, el sol iluminará antes la cumbre de las montañas que la llanura. Difundid todos los conocimientos que contiene la tierra entre la humanidad de hoy, y mañana ya habrá hombres que aventajarán a los demás. Y esto no es una cosa dura, sino una ley benéfica: la verdadera ley del perfeccionamiento. ¡Cuántos menos sabios cuente una generación, tanto más ilustrada será la multitud de la venidera!
Mientras Zanoni decía esto, iban andando poco a poco por aquellos risueños jardines, y el sol de mediodía brillaba en la hermosa bahía. Una brisa fresca y suave temperaba aquella hora de calor rizando el agua del mar, y en la pura
serenidad de la atmósfera había algo que regocijaba los sentidos. El alma parecía dilatarse en medio del cuadro encantador que ofrecía la naturaleza.
—¡Y esos hombres empiezan su era de perfeccionamiento y de igualdad, mostrándose celosos hasta del Criador! ¡Quisieran negar una inteligencia, un Dios! —dijo Zanoni, al parecer, hablando consigo mismo. —¿Es posible que, siendo artista, podáis oír semejante dogma, después de haber contemplado el mundo? Entre Dios y el genio existe una especie de lazo indispensable... un lenguaje misterioso... Una elevada inteligencia es el eco de la divinidad.
Sorprendido y admirado de unos sentimientos que no esperaba oír de un hombre al cual atribuyera aquel poder que la superstición de la niñez solo concede a los que están en contacto con los genios del mal, Glyndon dijo:
—Y, sin embargo, vos mismo habéis confesado que vuestra existencia, separada de la de los demás hombres, sería temible para cualquiera ¿Existe, pues, alguna relación entre la magia y la religión?
—¡Magia! —exclamó Zanoni. —¿Qué es la magia? Cuando el viajero contempla en Persia las ruinas de palacios y de templos, los toscos habitantes le dicen que aquellos monumentos fueron levantados por magos. Lo mismo sucede con todo lo que está fuera del alcance del vulgo, porque éste no comprende que haya quién pueda hacer grandes cosas sino por medios reprobados. Si por magia queréis significar el incansable estudio de lo que permanece oculto y envuelto entre las tinieblas de la naturaleza, os contestaré que profeso esa magia, porque es la que conduce a la fuente de la verdadera creencia. Acaso vos no conozcáis esa magia que se enseñaba en las escuelas de la antigüedad, ni sepáis cómo y por quién se enseñaba. Pues, sabed que la última y la más solemne lección, la daban los sacerdotes que servían los templos. Conviene, empero, que distingamos lo que es la magia, ¿Seríais pintor si no existiese una magia en el arte que profesáis? Después de largos estudios acerca de la belleza que ha existido, ¿no os entregáis a nuevas y aéreas combinaciones de la belleza ideal? ¿No veis que el arte mas sublime, así del poeta como del pintor, aunque busca lo verdadero, aborrece la realidad, y se trata con la naturaleza como señor y no como esclavo? Vos pedís con imperio al pasado un concepto para lo futuro. El arte que es verdaderamente noble, ¿no tiene a su disposición lo futuro y lo pasado? ¿Y qué es la pintura, sino el arte de dar forma y realidad a los seres invisibles que ha acariciado vuestra imaginación? ¿Estáis disgustado de ese mundo invisible? Ese mundo ha ofrecido siempre un vasto campo al genio, y si no existiese, sería necesario crearlo. ¿Qué más puede hacer un mago? o mejor dicho, ¿qué ciencia puede hacer otro tanto? Dos son los caminos que conducen al cielo y que se apartan del infierno: el arte y la ciencia; pero el arte es más divino que la ciencia, porque la ciencia descubre y el arte crea. Vos poseéis facultades que pueden dominar el arte; contentaos con vuestra suerte. El astrónomo que forma el catálogo de las estrellas, no puede añadir un átomo al mundo; el químico que combina substancias, puede curar con sus drogas las enfermedades del cuerpo humano: pero ni el astrónomo ni el químico pueden hacer lo que el pintor o el escultor, que revisten de una eterna juventud a formas divinas que no alterarán las enfermedades ni desfigurarán los años. Renunciad a esos frívolos caprichos que tan pronto os impelen hacia mí, como hacia ese reformador de la raza humana; los dos somos vuestros antípodas. Vuestro pincel
es vuestra varita de virtudes, y vuestro lienzo puede crear utopías más bellas que las que producen los sueños de Condorcet. No os aconsejo que precipitéis vuestra decisión; pero, ¿qué más puede pedir el hombre de genio para engalanar la senda que conduce al sepulcro, que amor gloria?...
—¿Y si hubiere un poder para evitar la muerte? — objetó Glyndon, fijando con ansiedad su vista sobre Zanoni.
El semblante de éste se obscureció.
—Y aun cuando lo hubiese —respondió después de una pausa, —¿creéis que sería una dicha sobrevivir a cuanto habéis amado, y renunciar a todos los lazos que constituyen la humana felicidad? Quizá la más grande inmortalidad que el hombre puede anhelar sobre la tierra, es la que puede proporcionar un nombre ilustre.
—Os equivocáis... o no queréis responderme. He leído que ha habido existencias que han durado mucho más tiempo de lo que el hombre acostumbra a vivir, y que este secreto lo han poseído algunos alquimistas. ¿Es una fábula lo del elixir de oro? —Si no lo es, y esos hombres lo descubrieron y murieron, ¿por qué rehusaron vivir? Esto podría ser una triste respuesta a vuestra conjetura. Creedme: volved a vuestro caballete y a vuestro lienzo.
Al decir esto, Zanoni saludó con la mano a su interlocutor, y con los ojos bajos y paso lento, se encaminó hacia la ciudad.