Oyeme, músico: ¿Eres ya feliz? Otra vez te ves ya reinstalado en tu asiento delante de tu majestuoso atril; tu fiel violín ha participado del triunfo. Esa música que recrea tus oídos, es tu obra maestra; tu hija es la reina de la escena... La música y la actriz son dos cosas tan íntimas, que aplaudir a la una es aplaudir a la otra. La gente te abre paso cuando te diriges a la orquesta; ya no se burlan de ti ni se guiñan los ojos cuando, con noble orgullo, acaricias tu violín, que se queja y se lamenta, que murmura y regaña bajo tu severa mano. Ahora comprenden cuán irregular es siempre la simetría del verdadero genio. Las desigualdades de su superficie hacen que la luna sea un astro luminoso para el hombre.
¡Giovanni Paisiello, maestro de capilla! Si tu alma generosa fuese capaz de sentir la envidia, te morirías de dolor al ver arrinconadas tu Elfrida y tu Pirro, en tanto que todo Nápoles delira por La Sirena, a cuyos compases menea quejosamente tu venerable cabezal. Pero tú, Paisiello, tranquilo con la larga prosperidad de tu fama, conoces que lo nuevo tiene su día, y te consuela la idea de que la Elfrida y el Pirro vivirán eternamente. Quizá es una equivocación; pero con equivocaciones semejantes es como el verdadero genio se vuelve envidioso. "Si quieres hacerte inmortal, dice Schiller, sé grande en todo". Para hacerte superior al momento presente, has de saber apreciarte a ti mismo. El auditorio oirá ahora con gusto aquellas variaciones y aquellas extrañas melodías que silbara en otro tiempo... Pisani ha pasado los dos tercios de su vida trabajando en silencio para terminar su obra maestra. Nada hay que pueda compensar esto. Aun cuando tenga la pretensión de querer corregir las obras maestras de los demás, ¿no es esto natural? El crítico más insignificante, al revisar alguna obra de arte, dirá: "Esto vale poco, esto no vale nada; esto debería alterarse... esto omitirse". ¿Por qué no ha de podérsele tolerar a Pisani que haga otro tanto?
Indudablemente las cuerdas de alambre del violín de Pisani chillarán otra vez aquellas malditas variaciones; pero dejadle que se siente y que componga: él considera sus variaciones inmejorables. Cualquier hombre puede dominar su violín cuando toca una composición suya, y puede hacer agradables sus extravagancias aún al mismo demonio.
Viola es el ídolo y el tema de Nápoles; es la mirada sultana del teatro. Quizá sea fácil inutilizar su mérito artístico; pero ¿conseguirán viciar su naturaleza? Creo que no. En su casa sigue siendo buena y sencilla; y allí, sentada bajo el emparrado de su puerta, pasa muchas horas absorta en sus contemplaciones. ¿Cuántas veces se han fijado sus ojos en el torcido árbol del jardín? ¿Cuántas, como él, en sus sueños ilusorios, se ha afanado por brillar, pero no con esa luz artificial de las arañas del teatro? ¡Pobre niña! Conténtate con el brillo opaco de la más humilde lámpara. Para los fines domésticos, es mejor una triste vela de sebo que una refulgente estrella.
Pasáronse muchas semanas y el extranjero no volvía; tampoco se había realizado su profecía de tristeza, a pesar de los meses transcurridos. Una tarde, Pisani se
puso enfermo. Su éxito le hacía ahora trabajar asiduamente en la composición de algunas piezas arregladas para su instrumento favorito, tanto así, que había pasado algunas semanas trabajando noche y día en una obra en la cual esperaba excederse a sí mismo. Como de costumbre, eligió uno de aquellos asuntos, al parecer impracticables, que se complacía en objetar a los expresivos poderes de su arte. El asunto era esta vez la terrible leyenda sacada de la transformación de Filomela. La pantomima de la música empezaba imitando la alegría de la fiesta. El monarca de Tracia es sienta en el banquete. De repente aquellos alegres sonidos se convierten en una música discordante y desapacible; las cuerdas parecían arrojar gritos de horror. El rey sabe que su hijo ha sido asesinado por las manos de las vengativas hermanas: el violín con una velocidad desconocida, hace experimentar todas las sensaciones del miedo y del horror, de la ira y del dolor. El padre persigue a las hermanas. Aquellos sonidos discordes se convierten en una música lenta y patética. La metamorfosis se ha verificado, y Filomela, transformada en ruiseñor, hace oír desde su palacio de mirto los suaves y melodiosos gorjeos que deben revelar eternamente al mundo la historia de sus sufrimientos.
La enfermedad vino a sorprender al abrumado artista en medio de este complicado y difícil trabajo, emprendido con el afán de alcanzar nuevos laureles. Se puso malo por la noche. Al día siguiente, el médico dijo que se hallaba atacado de una calentura maligna. Viola y su madre le asistían son asiduidad; pero bien pronto este trabajo quedó a cargo de la primera, pues la señora Pisani, habiéndose contagiado de la enfermedad de su esposo, se puso en pocas horas en un estado muy alarmante. Los napolitanos, lo mismo que la mayor parte de los habitantes de los países cálidos, se vuelven egoístas y crueles en las enfermedades contagiosas. Gionetta se fingió también enferma para no tener que asistir a los enfermos, y por consiguiente, todo el trabajo y toda la tristeza pesaron sobre la pobre Viola.
La prueba fue terrible... Abreviaré todo lo posible los pormenores. La madre de Viola fue la primera en sucumbir.
Una tarde, un poco antes de ponerse el sol, Pisani volvió en sí, algún tanto recobrado del delirio que se apoderara de él desde el segundo día de su enfermedad. El artista, tendiendo una mirada en derredor de sí, reconoció a Viola, y sonrió. La joven, viendo que su padre tartamudeaba su nombre y extendía sus manos hacia ella, corrió a arrojarse en sus brazos, haciendo todo lo posible para reprimir sus lágrimas.
—¿Y tu madre? —preguntó el enfermo— ¿duerme? —Sí, duerme... —Y al decir esto, prorrumpió en llanto.
—Pensaba... ¿eh? No sé en qué pensaba. Pero no llores; pronto estaré bueno, enteramente bueno. Vendrá a verme cuando se despierte... ¿no es verdad?
Viola no podo responder, y se fue en seguida a buscar un anodino que debía dar al enfermo tan pronto como hubiese cesado su delirio. El doctor le había encargado también que se le avisase al instante que se verificase tan importante cambio.
Viola se fue a la puerta para llamar a la mujer que reemplazara a Gionetta durante su pretendida indisposición; y 1a mujer no respondió. Fue buscándola de cuarto en cuarto, y resultó en vano, porque aquella mujer, tuvo también miedo al contagio, y desapareció. ¿Qué hacer? El caso era apremiante, pues el médico había encargado que no perdiesen ni un segundo. Precisaba, por lo tanto, que dejase al enfermo para ir en busca del médico. Viola entró otra vez en el cuarto de su padre; el medicamento parecía haber producido efecto favorable, pues el paciente dormía tranquilamente, Viola, queriendo aprovechar este momento, se echó el velo a la cara, y salió corriendo de su casa.
La medicina no había producido el efecto que pareciera a primera vista, pues en vez de un benéfico sueño, sumergió al enfermo en esa especie de somnolencia, en la cual la imaginación, extraordinariamente intranquila, vaga al azar despertando sus familiares instintos e inclinaciones. No era sueño ni delirio, sino aquel amodorramiento que produce con frecuencia el opio, cuando los nervios, poniéndose convulsos, comunican a un cuerpo débil una especie de falso vigor.
Pisani meditaba alguna cosa que sólo traslucía de una manera indecisa; era una combinación de las dos necesidades más esenciales de su vida mortal: la vez de su mujer y el tacto de su violín. Se levantó de la cama y se puso tranquilamente el vestido viejo que solía usar cuando trabajaba en sus composiciones, sonriendo complacido cuando los recuerdos que estaban enlazados con su vestido revivieron en su memoria.
Con paso incierto, dirigióse al pequeño gabinete que había junto a su cuarto, en el cual su esposa acostumbraba a permanecer, más bien despierta que dormida, siempre que alguna enfermedad la alejara de su lado. El gabinete estaba desierto, y todo lo que allí había, en el mayor desorden. Pisani miró atentamente en derredor de sí, y después de murmurar algo entre dientes, se puso a recorrer todas las piezas de la casa, una tras otra.
Al fin llegó al cuarto de Gionetta, la cual, atendiendo a su seguridad, se había retirado al último extremo de la casa, para evitar el peligro del contagio. Al verle entrar, pálido, flaco y con el rostro desencajado, registrando la habitación con una mirada intranquila y ansiosa, la anciana arrojó un grito y cayó a sus pies. Pisani se inclinó sobre ella, y pasando sus flacas manos por la cara de Gionetta, dijo con voz ronca y meneando la cabeza:
—No las encuentro; ¿dónde están?
—¿Quién, mi querido amo? ¡Ah! mirad lo que hacéis; no están aquí. ¡Dios mío, que desgracia! ¡Me ha tocado!... ¡No hay remedio para mí!... ¡Soy muerta!...
—¡Muerta! ¿Quién ha muerto? ¿Ha muerto alguien?
—¡Ah! No habléis así. Bien debéis saberlo... Mi pobre ama... la contagiasteis... Vuestra calentura es capaz de inficionar una ciudad. ¡Protegedme, San Genaro!... Mi pobre ama está ya en el cementerio, y yo, vuestra fiel Gionetta, ¡voy a morir también!... ¡Retiraos otra vez a la cama, querido amo... retiraos!
El pobre músico se quedó por algunos instantes mudo e inmóvil como una estatua, hasta que al fin, un ligero estremecimiento recorrió todo su cuerpo. En seguida, volviéndose a marchar silencioso y grave como un espectro, se fue al cuarto donde acostumbraba componer, y en el cual su paciente y amable esposa pasara tantas horas sentada a su lado, elogiando lo que había sido causa de que el público se burlase de él y le silbara. En un rincón encontró la corona de laurel que su esposa depositara en sus sienes aquella noche feliz de fama y de triunfo, y junto a ella, medio oculto por una mantilla, el abandonado instrumento metido en su caja.
Viola estuvo ausente poco tiempo. Habiendo encontrado al médico, regresó con él a su casa. Así que llegaron al umbral de la puerta, oyeron en el interior una tocata que hacía estremecer al corazón de angustia. No era el sonido de un instrumento que obedeciera mecánicamente a una mano humana: era una especie de espíritu, llamando con lamentos de agonía desde una orilla sombría y solitaria, a los ángeles que veía al otro lado del eterno abismo.
El médico y la joven, después de cambiar una mirada de triste inteligencia, se dirigieron corriendo al cuarto. Pisani volvió la cabeza, dirigiéndoles una mirada tan expresiva y tan imponente, que les obligó a retroceder. La negra mantilla de la esposa y la marchita corona de laurel, estaban delante de él. Viola lo comprendió todo con una simple mirada, y corriendo hacia su padre, abrazó sus rodillas, exclamando:
—¡Padre mío, aun te queda tu hija!
De repente cesaron los lamentos del violín, para pasar a otro género de música. Con una confusa mezcla, en la que se revelara el hombre y el artista, prosiguió la tonada, que era entonces una triste melodía enlazada con sonidos y recuerdos más risueños. El ruiseñor se había librado de la persecución y dejaba oír sus trinos suaves, aéreos y melodiosos como los de Filomena, hasta que fueron espirando poco a poco. El instrumento cayó al suelo, rompiéndose las cuerdas. En medio del silencio que reinaba, parecía que aún se oía el eco de su melodioso sonido. El artista contemplaba alternativamente a en hija arrodillada a sus pies y las cuerdas rotas del instrumento.
—Enterradme al lado de ella, —dijo con voz baja y tranquila, —y a este fiel compañero, ¡enterradle también junto a mí!
Y al decir estas palabras, se puso lívido y tieso, como si se volviese de piedra. El último resto de vida apareció en su semblante, cayendo enseguida al suelo, convertido en cadáver. También las cuerdas del instrumento humano acababan de estallar. Al caer, su vestido arrastró la corona de laurel, que es quedó en el suelo, casi al alcance de su yerta mano.
Los rayos del sol en su ocaso, entrando por la emparrada celosía, iluminaban aquel triste cuadro. ¡Un instrumento roto!... ¡Un corazón que había sucumbido al dolor!... ¡Una corona de laurel marchita!... ¡Casi siempre la naturaleza contempla risueña el fin de los que se han afanado tras de una vida de gloria!
CAPÍTULO XI
¡SOLA!
Conforme a sus últimos deseos, el músico y su violín fueron enterrados juntos. Este famoso descendiente de Steiner, primer titán de la gran raza tirolesa, a pesar de que intentara más de una vez escalar el cielo, no por eso dejó, como el más humilde producto de los hombres, de bajar a las horribles cavernas.
Fiel violín, tu destino ha sido mucho más cruel que el de tu mortal dueño, pues tu alma ha descendido contigo al sepulcro, mientras que la música que le inspirara la suya, separada de su instrumento, podrá ser oída por una piadosa hija, cuando el cielo esté sereno y la tierra triste. Hay pe rsonas privilegiadas cuyos sentidos perciben lo que no le es dado percibir al vulgo; las voces de los muertos murmuran con dulzura en los oídos de los que pueden unir la memoria a la fe.
Viola se ve ahora sola en el mundo, y sola en una casa en donde la soledad le pareciera desde su infancia una cosa fuera del orden natural. La soledad y el silencio le eran al principio insoportables. Vosotros, los que lleváis en el corazón el peso de algún negro vaticinio, ¿no es verdad que cuando la muerte de alguna persona querida ha venido a desgarrar vuestra alma y a haceros odiosa la tierra, habéis encontrado insufrible y pesada la tristeza de vuestra morada? Aun cuando hubiese sido un palacio, la hubierais cambiado por una humilde cabaña. Y, sin embargo, cuando obede céis al impulso secreto que os mortifica, cuando os despedís de las tristes paredes que habitarais, cuando en el desconocido lugar en el cual habéis ido a buscar un refugio, veis que nada hay que os hable de lo que habéis perdido, ¿no habéis sentido una ne cesidad de alimentar vuestra memoria con los mismos recuerdos que antes os parecieran amargos e insoportables? ¿No es casi impío y profano abandonar aquel hogar querido a personas extrañas? Por eso el haber abandonado la casa donde vuestros padres vivieron y os acariciaron, os es tan amargo y pesa sobre vuestra conciencia como si os hubieseis vendido su tumba. La superstición etrusca, que hacía creer que los mayores se convertían en dioses domésticos, era una superstición seductora. Muy sordo es el corazón al cual los lares llaman en vano desde su desierta morada.
Viola, en su insufrible angustia, aceptó al principio, llena de gratitud, el refugio que le ofreciera en su casa una familla de la vecindad. El jefe de ella, íntimo amigo y compañero de orquesta de Pisani, recogió con placer a la desamparada huérfana. Todos se afanaban por complacerla y por disipar su pena; pero la sociedad de personas extrañas, cuando estamos tristes, lo mismo que sus consuelos, no hacen otra cosa que irritar nuestra herida. Y después, ¿no es cruelísimo oír pronunciar en otra parte los nombres de padre, madre e hijo; ver allí la calma y la regularidad de los que viven en medio de un amor tranquilo, contando sus horas felices en el reloj de la dicha doméstica, como si el de los demás no tuviese sus ruedas paralizadas, su cuerda rota y su péndula sin movimiento? No hay nada, no, ni aun la tumba misma, que nos recuerde tan amargamente la muerte de las personas queridas, como la compañía de aquellos que no tienen pérdida alguna que llorar.
Vuélvete a tu soledad, joven huérfana; vuélvete a tu casa; la tristeza que te aguarda en el umbral de la puerta, estará más en armonía con el estado de tu corazón. Allí, desde tu ventana, o sentada en tu puerta, verás aquel árbol, solitario como tú, que se esfuerza por vivir y prosperar, en tanto que las estaciones pueden renovar en él el verdor y la flor de la juventud. A pesar de la tristeza, el instinto obra de la misma suerte en el corazón humano. Solamente cuando la savia se agota, solamente cuando el tiempo ha producido su efecto, el sol brilla en vano para el hombre y para el árbol.
. . . . Otra vez han transcurrido muchas semanas y meses,—meses bien tristes por cierto, —y Nápoles no permite por más tiempo que su ídolo viva aislado. Quiere oírla, quiere admirarla y tributarle nuevamente sus homenajes. El mundo, a pesar de nuestros esfuerzos, nos arranca de nuestra situación con sus millares de brazos. La voz de Viola volvió a vibrar en el teatro, cuyo auditorio, aunque sensible al principio a las desgracias que experimentara la joven, concluyó pronto por no dejarse impresionar sino por lo que representaban las escenas. Cuando el actor de Atenas conmovía todos los corazones, prorrumpiendo en amargos sollozos al estrechar en sus brazos la urna cineraria, ¡pocos había allí que supiesen que abrazaba las cenizas de su hijo!
El oro y la fama llovían sobre la actriz. Sin embargo, Viola seguía su sencillo método de vida, habitando la misma humilde morada de sus padres y sin más sirvientes que su antigua nodriza, en quien la poca experiencia de la joven no le permitía descubrir el egoísmo. Gionetta fue la primera que la recibiera en sus brazos cuando vino al mundo, y éste era un título de impecable a los ojos de Viola. La buena anciana se veía cercada de lazos y galanteada por cuantos codiciaban la mal guardada belleza que estaba a su cuidado; lazos y galanteos inútiles, porque la modesta virtud de Viola, atravesaba erguida por medio de sus aduladores. Labios, ahora mudos, le habían enseñado los deberes que el honor y la religión imponen a una joven, y todo amor que no hablase de altar, era desechado y despreciado por ella. Además, la tristeza que se albergara en su corazón y la soledad en que vivía, concluyeron por convertir en un amor ideal aquellas ilusiones que se formara y que venía acariciando desde su infancia, ideal al que venía a mezclarse, sin que la joven lo advirtiera y causándole una especie de terror, la figura y la voz del profético extranjero.
Dos años habían transcurrido desde que aquel hombre apareciera en Nápoles por la primera vez. Nada más se había vuelto a saber de él, excepto que su buque se había hecho a la vela con rumbo a Liorna. Para los curiosos, su existencia, a pesar de suponerse extraordinaria, quedó bien pronto olvidada; pero para el corazón de Viola, no: era más fiel. Con mucha frecuencia aquel hombre se mezclaba en sus ensueños, y cuando el viento hacía gemir las ramas de aquel árbol fantástico, Viola se sobresaltaba y se ponía encarnada, como si le oyese hablar.
No obstante, entre la turba de admiradores que la artista tenía, había uno al cual