• No se han encontrado resultados

VIAJE INSTRUCTIVO

In document bulwer lytton edward - zanoni (página 32-35)

Voy a despedirme por algún tiempo de Nápoles, para seguir al misterioso Zanoni. En cuanto a ti, lector, monta en la grupa de mi hipogrifo y colócate en ella lo mejor que puedas. No hace muchos días que compré la silla a un poeta amante de la comodidad, y después, la he hecho ahuecar para que la encontrases más blanda. Así, pues, ¡arriba!

¡Mira cómo nos remontamos... mira!.. No temas: los hipogrifos nunca tropiezan, y en Italia están acostumbrados a llevar caballeros de avanzada edad.

Dirige una mirada a la tierra. Allí, junto a las ruinas de la antigua ciudad osca llamada Atela, se levanta Aversa, una de las plazas más fuertes de los normandos; allá brillan las columnas de Capúa sobre la corriente del Vulturno. ¡Os saludo, fértiles campos y viñedos, célebres por el famoso vino falerno! ¡Rica campiña donde crecen las doradas naranjas de la Mola y de Gaeta, te saludo! ¡Os saludo también a vosotros, verdes arbustos y flores silvestres omnis copia narium, que cubrís las laderas de la montaña del silencioso Lautula! ¿Descenderemos a la ciudad volsca de Anxur, la moderna Terracina, cuya soberbia roca se asemeja al gigante que guarda los últimos confines meridionales de la tierra del amor? ¡Adelante! ¡adelante!, y no respires hasta que hayamos pasado las lagunas Pontinas. Aunque secas y áridas estas lagunas, son sus miasmas, para los jardines que hemos atravesado, lo que la vida común es al corazón marchitado por el amor. Arida campaña, te presentes a nuestra vista en toda tu majestuosa tristeza. ¡Roma! ¡ciudad de las siete colinas! ¡recíbenos como la memoria recibe un recuerdo triste; recíbenos en silencio en medio de tus ruinas!

¿Dónde está el viajero que buscamos? Dejemos que el hipogrifo vaya a pacer el acanto que trepa por aquellas rotas columnas. Sí, aquél es el arco de Tito, el conquistador de Jerusalén; allí está el Coliseo. Por el uno pasó en triunfo el divinizado invasor; en el otro caían ensangrentados los gladiadores. Monumentos de sangre, ¡cuán pobres y mezquinos son loa recuerdos que despertáis, comparados con lo que dicen al corazón las alturas de Filæ o lea llanuras de Moratón!...

Nos hallamos en medio de cardos, espinos y hierbas silvestres. Aquí, donde estamos, reinó en otro tiempo Nerón, aquí estaban sus pavimentos de floreado mosaico; aquí, queriendo edificar un segundo cielo, se veía la bóveda de techos de marfil; aquí, arco sobre arco, columna sobre columna, brillaba ante el mundo el dorado palacio de su señor, la morada de oro de Nerón. ¡Mira ahora el lagarto que nos observa con ojos brillantes y tímidos! Coge aquella flor silvestre: la casa de oro ha desaparecido y el tirano no tiene sobre su sepulcro más que las flores solitarias que ha respetado la mano del extranjero… ¡Mira cómo la naturaleza es complace todavía en plantar ramilletes sobre la tumba de Roma!

En medio de esta desolación se levanta un antiguo edificio del tiempo de la Edad Media, en el cual habita un singular recluso. En la estación de las enfermedades,

cuando los naturales abandonan la lozana vegetación, él, aunque extranjero, respira sin temor aquel inficionado ambiente. Este hombre no tiene amigos, socios ni compañeros; pero está rodeado de libros y de instrumentos científicos. Vésele errar con mucha frecuencia por las verdosas colinas o recorrer las calles de la ciudad nueva, observando con ojos escudriñadores que parecen penetrar en el fondo del corazón, a los que pasan por junto a él. Es un hombre anciano, pero robusto y erguido como en su primera edad. Nadie sabe si es rico o pobre. No pide ni da limosna; no hace ningún mal, pero tampoco parece conferir ningún bien. Según todas las apariencias, este hombre vive solamente para sí; con todo, las apariencias son muy engañosas, pues la ciencia, lo mismo que la benevolencia, viven para el universo.

Esta es la primera vez que un hombre entra en esta misteriosa morada. Este hombre es Zanoni. Vedlos sentados a los dos y en íntima conversación. Muchos años habían transcurrido desde que se vieran la última vez, al menos cara a cara; pero esos hombres sabios, aunque estén separados sus cuerpos por el Océano, el pensamiento del uno va á encontrar al pensamiento del otro y el espíritu de aquél vuela en busca del espíritu de éste. Tú te encuentras con Platón cuando tus humedecidos ojos se fijan sobre Fedo. ¡Homero será eterno entre los hombres!

Los dos personajes conversan animadamente; se cuentan sus cosas uno a otro, y llamando en su socorro al pasado, lo pueblan nuevamente; pero observa de qué distinto modo les afectan los recuerdos. En el semblante de Zanoni, a pesar de su calma habitual, las emociones aparecen y se van: en este pasado que recorre, Zanoni se ha agitado. En cuanto a su compañero, no se alcanza a descubrir en su insensible semblante ni el menor vestigio de esas tristezas o alegrías de que participa la humanidad. El pasado, lo mismo que el presente, no son más, para él, que lo que es la naturaleza para el sabio, o el libro para el estudiante: una vida tranquila y espiritual, un estudio continuado, una contemplación.

Del pasado pasan a lo futuro. A fines del siglo XVIII, el futuro parecía una cosa tangible: estaba enlazado con los temores y esperanzas presentes de todos los hombres. Al borde de estos cien años, el hijo más experimentado del tiempo, el hombre, veía el miedo horizonte vacilante, como si fuese un cometa o un sol, envuelto entre nubes y ensangrentados vapores.

Observad el frío de sdén que encierra la mirada del anciano y la sublime tristeza que obscurece el imponente semblante de Zanoni. ¿Es que mientras el uno mira con indiferencia la lucha y su resultado, el otro la contempla con terror o0 compasión? La sabiduría, contemplando al género humano, sólo conduce a estos dos resultados: al desdén o la compasión. El que cree en la existencia de otros mundos, puede acostumbrarse a considerar el suyo como el naturalista las revoluciones de un hormiguero o de una hoja. ¿Qué es la tierra para el infinito? ¿Que su duración para la eternidad? ¡Ay! ¡A veces el alma de un solo hombre es más grande que las vicisitudes de todo el globo!

Hijo del cielo y heredero de la inmortalidad, ¡cómo, sentado en una estrella, mirarás después el hormiguero y sus conmociones, desde Clovis a Robespierre, desde Noé hasta el juicio final! ¡El espíritu que sabe contemplar y que vive solamente en el mundo intelectual, puede ascender a su estrella aún desde este

cementerio llamado Tierra, mientras que el sarcófago llamado Vida, encierra en sus paredes de barro la eternidad!

Pero tú, Zanoni, no has querido vivir solamente en el mundo intelectual, no has apagado en tu corazón el fuego de los deseos. Tu pulso late todavía con el dulce compás de la pasión; tu impresionable naturaleza no puede reducirte a lo abstracto. ¡Quisieras ver esa revolución que la tempestad arrulla en su cuna... quisieras ver el mundo mientras sus elementos luchan para salir del caos!... ¡Imposible! ¡imposible!

CAPÍTULO VII

In document bulwer lytton edward - zanoni (página 32-35)