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INESPERADAS SORPRESAS

In document bulwer lytton edward - zanoni (página 125-129)

Nos encontramos en un pequeño gabinete cuyas paredes están cubiertas de pinturas, una de las cuales es más magnífica que las demás. Zanoni tiene razón: el pintor es un mago; el oro que al fin extrae de su crisol, no es una ilusión. Un noble veneciano puede ser un necio o un asesino, un hombre vil o un imbécil. Pues bien; a pesar de ser un hombre indigno, puede haberse hecho retratar por Ticiano y su retrato ser de un valor inapreciable. Unas cuantas pulgadas de lienzo pintado, pueden valer mil veces más que un hombre de carne y hueso con su cerebro, con su voluntad, con su corazón y con su inteligencia.

En este gabinete se veía sentado a un hombre de unos cuarenta y tres años, de ojos negros, de color parido, de facciones pronunciadas, de boca grande, en cuyos gruesos labios se veía pintada la sensualidad y la resolución. Este hombre era el príncipe de ***. Su estatura era algo más que mediana y su forma un poco inclinada a la corpulencia; llevaba una ancha bata bordada de oro. Encima de una mesa que había delante de él, se veía una espada antigua, un sombrero, una careta, dados y cubilete, una cartera, y un tintero de plata ricamente cincelado.

—¡Bien, Mascari! —dijo el príncipe, mirando a su parásito, que permanecía en el alféizar de una honda ventana con reja de hierro. — ¡Bien! El cardenal duerme con sus padres; necesito consolarme de la pérdida de un pariente tan excelente, y ¿qué otra cosa pudiera ofrecerme mayor distracción que la dulce voz de Viola Pisani?

—¿Habla V. E. de veras? —repuso el hombre. —Hace tao poco tiempo que ha muerto Su Eminencia...

—Por esa misma razón, nadie sospechará de mí, —dijo el príncipe. —¿Has sabido el nombre del insolente que nos burló aquella noche y que avisó al cardenal al día siguiente?

—Todavía no, —respondió Mascari.

—Pues bien, sapientísimo Mascari, ¡yo te lo diré! Fue el misterioso extranjero. —¡El señor Zanoni! —exclamó el criado. —¿Estáis seguro de ello, señor príncipe? —Sí, Mascari. En la voz de ese hombre hay algo que no me deja engañar; su tono es tan claro y tan imperioso, que cuando le oigo me parece que existe lo que llaman conciencia. Sin embargo, debemos deshacernos de ese impertinente, Mascari, el señor Zanoni no ha honrado todavía nuestra pobre casa con su presencia. Siendo un extranjero tan distinguido, debemos obsequiarle con un banquete.

—¡Ah —dijo Mascari, —el vino de Chipre! Este vino es el mejor emblema de la tumba.

—Pero esto ha de ser pronto —repuso el príncipe; — soy supersticioso, y se cuentan tantas cosas de su poder y de su previsión... Acuérdate de la muerte de Ughelly. Pero no importa; aunque estuviese aliado con el demonio, no me robará mi dicha ni evitará mi venganza.

—V. E. tiene el juicio trastornado, y jurarla que la actriz le ha hechizado.

—Mascari, por estas venas corre la sangre de los Visconti... de aquellos que se vanagloriaban de que ninguna mujer se escapó de sus persecuciones ni ningún hombre a su resentimiento. La corona de mis padres se ha convertido en un juguete; su ambición y su espíritu han de conservarse. Mi honor está comprometido en esta empresa. ¡Es menester que Viola sea mía!

—¿Otra emboscada? —preguntó Mascari para descubrir terreno.

—No, —contestó el príncipe. —¿Por qué no hemos de penetrar en la casa? Está en un paraje muy solitario y la puerta no es de hierro.

—Pero, al re gresar a su casa —observó Mascari, — referirá nuestra violencia. ¡Una casa asaltada... una doncella robada! Reflexionadlo bien. Aunque los privilegios feudales se conservan, no creáis que la ley no puede alcanzar a un Visconti.

—¿Sí, Mascari? ¡Loco! ¿En qué época del mundo, aun cuando los maniáticos de Francia realizasen sus quimeras, la férrea ley no se doblará como un débil mimbre ante el poder y el oro? No te pongas pálido, Mascari; lo he combinado todo perfectamente. El día que Viola deje este palacio, saldrá para Francia con el señor Juan Nicot.

Antes de que Mascari pudiera replicar, el gentilhombre de cámara anunció al señor Zanoni.

El príncipe, por medio de un movimiento maquinal, echó mano a la espada que había encima de la mesa; pero en seguida, riéndose de su impulso, se levantó, yendo a recibir a su visita a la puerta con toda la fina y respetuosa cortesanía del disimulo italiano.

—Es un honor que no esperaba —dijo el príncipe. — Hacía mucho tiempo que deseaba estrechar la mano de una persona tan distinguida.

—Y yo os la tiendo con todo el placer que sentís vos mismo al recibirla, —replicó Zanoni.

El napolitano se apresuró a coger la mano de Zanoni; pero apenas la tocó, experimentó un fuerte estremecimiento y su corazón cesó de latir. Zanoni fijó en el príncipe sus negros ojos, y, sonriendo, fue a sentarse junto a él con aire familiar. —Entonces, quede firmada y sellada, noble príncipe. Hablo de nuestra amistad. Ahora, os manifestaré el objeto de mi visita. Me parece, príncipe, que sin saberlo, somos rivales. ¿No podemos arreglar nuestras pretensiones?

—¡Ah! —contestó el príncipe afectando indiferencia.— ¿Entonces sois vos el caballero que me arrebató el premio de mi trabajo? En la guerra y en el amor, todos los ardides son legales. ¡Arreglemos nuestras pretensiones! Mirad, aquí están los dados; que las decida la suerte. El que saque el punto más bajo, renunciara a ella.

—¿Y me prometéis someteros a la decisión de la fortuna? —preguntó Zanoni. —Sí, bajo palabra de honor.

—Y al que falte a su palabra, ¿qué castigo se le impone? —volvió a preguntar Zanoni.

—La espada está junto a los dados, señor Zanoni. El que falte a su promesa, que caiga bajo la espada.

—Príncipe, ¿invocáis esta sentencia para cualquiera de los dos que falte a su palabra? Corriente; que tire el señor Mascari por nosotros.

—¡Tenéis razón!.. ¡Mascari, los dados!

E1 príncipe se arrellanó en su silla, y, a pesar de toda su flema mundanal, no pudo dominar la emoción que hizo colorear su semblante a la idea de su seguro triunfo. Mascari cogió los tres dados y los hizo rodar ruidosa mente por el cubilete.

Zanoni, con la mejilla apoyada en su palma, e inclinándose sobre la mesa, fijó su mirada sobre el parásito.

En vano Mascari se esforzaba por eludir aquella escudriñadora mirada. Palideció, y, temblando, dejó el cubilete encima de la mesa.

—La primera tirada será para vos, príncipe —dijo Zanoni. —Vamos, señor Mascari, tened la bondad de sacarnos pronto de dudas.

Mascari volvió a coger otra vez el cubilete; los dados volvieron a sonar de una manera estrepitosa, y, tirando la jugada, sacó dieciséis puntos.

—¡Es un número bien alto! —dijo Zanoni con calma; —sen embargo, señor Mascari, aun no desconfío.

Mascari recogió los dados, y, agitando el cubilete, vació otra vez el contenido sobre la mesa. El número era el más elevado que podía tirarse: dieciocho.

El príncipe arrojó una irritada mirada a su criado, que contemplaba los dados con la boca abierta, en tanto que temblaba de pies a cabeza.

—Caballero —objetó el príncipe, esforzándose en dominar su rabia y su confusión, —la victoria es vuestra; pero, perdonad: habéis hablado de esa joven con mucha frialdad.. ¿Habría alguna cosa que pudiera haceros renunciar a vuestro derecho? —¡Ah! no juzguéis tan mal de mi hidalguía.

Y con voz grave y en tono bajo, Zanoni prosiguió:

—No olvidéis la sentencia que vuestros labios han pronunciado.

El príncipe frunció el entrecejo; pero reprimió la altiva respuesta que le puso en los labios su primer impulso.

—¡Basta! —dijo al fin con fingida sonrisa. —Cedo; pero permitidme probaros que cedo de buena voluntad. ¿Queréis honrar con vuestra presencia una pequeña fiesta que me propongo dar?...

Y con risa sardónica, añadió:

—En honor de la elevación de mi pariente, el difunto cardenal, de piadosa memoria, a la verdadera silla de San Pedro.

—Será para mí una dicha obedecer vuestras órdenes, —contestó Zanoni.

Este cambió de conversación, habló algunos instantes con alegre ligereza, y después se despidió.

—¡Villano! —exclamó el príncipe, cogiendo a Mascari por el cuello. —Me has vendido.

—Aseguro a V E. —dijo el criado —que los dados estaban bien preparados: para él no debían salir más que diez puntos; pero este hombre es el diablo; helo aquí explicado todo.

—No perdamos tiempo, —repuso el príncipe soltando al criado, que se puso a arreglar tranquilamente su corbata. —Mi sangre hierve... Quiero esa muchacha, aun cuando debiese costarme la vida. ¿Qué ruido es ese?

CAPÍTULO VII

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