• No se han encontrado resultados

EN MANOS DEL MAESTRO

In document bulwer lytton edward - zanoni (página 170-175)

Algunos minutos antes de media noche, Glyndon se encontraba en el sitio indicado. El misterioso imperio que Zanoni adquiriera sobre él, se había aumentado de una manera solemne desde los acontecimientos de aquella tarde. La muerte inesperada del príncipe, preparada tan deliberadamente y acaecida de una manera al parecer tan accidental, por motivos tan vulgares, y sin embargo, predicha tan proféticamente, despertó en su corazón los más profundos sentimientos de admiración y respeto. Parecía que aquel ser maravilloso e incomprensible podía convertir en instrumentos de su insondable voluntad los actos más comunes de la vida. Y sin embargo, ¿por qué había permitido la captura de Viola? ¿Por qué no prefería prevenir el crimen a castigar al criminal? ¿Amaba realmente Zanoni a la joven? ¡Amarla y consentir en cedérsela, en entregarla a un rival a quien sus artes hubiesen burlado quizá! Con todo, Glyndon no creía ya que Zanoni ni Viola querían engañarle proponiéndole su enlace. El temor y el respeto que sentía por el primero no le permitían creer en una impostura tan mezquina. ¿Amaría en lo sucesivo a Viola? No; al oír aquella mañana que la joven se encontraba en peligro, había, es verdad, sentido renacer las simpatías y el afecto que le profesara, y temía por ella; pero, con la muerte del príncipe, su imagen se fugó otra vez de su corazón y no le causaba el menor tormento la idea de que Viola hubiera sido salvada por Zanoni, y que en aquel momento se encontraba, quizá, bajo su techo. Cualquiera que en el curso de su vida haya sentido la pasión del juego, se acordará de la manera que esta pasión desvanece y absorbe todos los demás pensamientos; de la manera que esta aislada y extraña ilusión ocupa y con qué fuerza este vicio hace olvidar todo lo demás del mundo. Pues bien, el deseo que dominara en el corazón de Glyndon era mil veces más intenso que la pasión del jugador. El joven quería ser rival de Zanoni, no en humanas y perecederas afecciones, sino en su ciencia eterna y sobrenatural. Glyndon hubiese sacrificado, no los placeres, sino su vida, por aprender los solemnes secretos que separaban al extranjero de los demás hombres. ¡Enamorado de la diosa de las diosas, el joven extendía sus brazos, y como Ixión, abrazaba una nube!

La noche era hermosa y serena, y las olas venían a morir silenciosas a los pies del inglés. Este seguía andando por la playa al suave resplandor del estrellado firmamento, y al fin se encontró en el sitio designado Al llegar a él, Glyndon vio a un hombre envuelto en una capa, apoyado contra el pilar, como si durmiera profundamente. El joven, acercándose, pronunció el nombre de Zanoni. Al volverse el hombre, Glyndon vio que era un desconocido, cuyo semblante, aunque no bello y joven como el de Zanoni, tenía, no obstante, el mismo aspecto majestuoso, y quizá más impresionable aún, tanto por la edad, como por la profunda inteligencia que revelara su despejada frente. Su mirada parecía también más penetrante.

—¿Buscáis á Za noni? —dijo el extranjero. — No tardará en llegar; pero quizá el hombre que está delante de vos, sabe mejor que nadie vuestro porvenir, y se encuentra dispuesto a realizar vuestros sueños.

—¿Puede haber en la tierra otro Zanoni? —dijo el joven sorprendido.

—Si no pudiese haberlo —replicó el extranjero, —¿por qué acariciáis la esperanza y la fe de ser algún día lo que es él? ¿Pensáis que nadie más se ha abrasado en el fuego de vuestro divino sueño? ¿Quién, en su juventud, cuando el alma se remonta hacia el cielo de donde salió y sus primeras y divinas aspiraciones no han sido aún borradas por las sórdidas pasiones que engendra el tiempo, quién, repito, es el que en su juventud no ha alimentado la creencia que el universo contiene secretos desconocidos a la generalidad de los hombres, y que no ha suspirado, como el ciervo, por el manantial que permanece escondido en medio de la inmensidad de la intransitada ciencia? La música de la fuente se oye en el interior del alma, hasta que el pie, engañado y errante, se extravía lejos de sus aguas, y el pobre desorientado expira en el inmenso desierto. ¿Pensáis que ninguno de los que han concebido esta esperanza ha hallado la verdad, o que Dios nos dotó en vano de ese sentimiento que nos impele hacia el inefable conocimiento? No. Todos los deseos que siente el corazón humano, son un débil destello de luz sobre las cosas que existen, aunque distantes y divinas. ¡No! En el mundo no han faltado nunca genios más sublimes y más felices que han llegado a las regiones en las cuales solo se mueven y respiran los seres privilegiados. Zanoni, por grande que os parezca, no es el único. Vuestro amigo tiene sus predecesores, lo mismo que tras él puede venir todavía una gran línea de sucesores.

—¿Queréis decir con esto —dijo Glyndon, —que debo ver en vos a uno de los pocos sobre quien Zanoni no descuella en poder ni en sabiduría?

—Veis en mí —respondió el extranjero —a uno de quien Zanoni aprendió algunos de sus más poderosos secretos. He estado en estas playas en unos tiempos que vuestros cronistas apenas conocen. He visto los fenicios, lo. griegos, los oscos, los romanos y los lombardos, esas hojas verdes y brillantes sobre el tronco de la vida universal, nacidas en su debida estación y reemplazadas después; hasta que la misma raza que dio su gloria al mundo antiguo, dio al nuevo otra juventud. En cuanto a los griegos puros, los helenos, cuyo origen ha confundido a vuestros historiadores, eran de la misma gran familia que la tribu normanda, nacida para ser los señores del universo. En las oscuras tradiciones de los sabios, que hacen venir a los hijos de Helas de vastos e indeterminados territorios del norte de Tracia, para triunfar de los pelasgos y ser los fundadores de la raza de los semidioses; que pintan una población bronceada bajo el sol del oeste, con los ojos azules de Minerva y los cabellos rubios de Aquiles, caracteres distintivos del norte; que introducen, en medio de un pueblo pastoril, aristocracias guerreras y pequeñas monarquías; se comprueba que los primitivos establecimientos de los helenos se encontraban en las mismas regiones desde donde, en tiempos más modernos, los guerreros normandos vinieron a barrer las salvajes tribus celtas para convertirse en los griegos del mundo cristiano. Pero todo esto os interesa poco, y hacéis bien en oirlo con indiferencia. El imperio y el poder del hombre que aspira a ser más que sus semejantes, no reside en el conocimiento de las cosas exteriores, sino en el perfeccionamiento de su interior, de su alma.

—¿Cuáles son los libros que contienen esta ciencia y en qué laboratorio se trabaja? —preguntó Glyndon.

—La naturaleza da los materiales —contestó el desconocido, —y éstos existen en derredor vuestro y los pisáis a cada paso. En las hierbas que los animales devoran y que el químico desde ña de estudiar, en los elementos de cuyos átomos se forma la materia, en el espacioso seno del aire, en los negros abismos de la tierra, en todas partes pueden encontrar los mortales los recursos y las bibliotecas de la inmortal ciencia. Pero así como los más simples problemas en los más sencillos de todos los estudios, son obscuros para uno cuya imaginación no alcanza su comprensión, como el remero de aquel buque no puede deciros por qué dos círculos pueden tocar solamente en un solo punto, asimismo, aunque toda la tierra estuviese llena de signos y de escritos del más sublime conocimiento, los caracteres serían inútiles para el que no se para a indagar lo qué significan ni a meditar la verdad. Joven, si vuestra imaginación es viva, vuestro corazón osado y vuestra curiosidad insaciable, os aceptaré por discípulo. Pero os advierto que las primeras lecciones son duras y terribles.

—Si vos las habéis resistido, —respondió Glyndon con resolución, —¿por qué no puedo hacer yo otro tanto? Desde mi infancia he tenido el presentimiento de que en mi vida me estaban reservados extraños misterios, y desde los más elevados límites de la lejana ambición me he complacido en contemplar siempre la negra oscuridad que mi vista veía a lo lejos. Desde el instante que vi a Zanoni, sentí como si hubiese descubierto el guía y el tutor por el cual mi juventud había suspirado en vano.

—Y Zanoni —dijo el desconocido, —me ha transferido este cuidado. Allí, en la bahía, está anclado el buque en el cual Zanoni hallará una morada más tranquila; dentro de un rato, la brisa hinchará las velas y el extranjero habrá pasado como una ráfaga de viento. Pero, como el viento, aquel hombre ha depositado en vuestro corazón las semillas que pueden florecer y dar frutos. Zanoni ha concluido su misión; nada más puede hacer; el que ha de perfeccionar la obra está a vuestro lado. Zanoni se acerca; oigo el ruido de los remos. Ahora se os dejará elegir. Según lo que decidáis, volveremos a reunirnos.

Al decir estas palabras, el desconocido se alejó lentamente hasta desaparecer entre la sombra de las rocas, ir en tanto, un ligero esquife, hendiendo velozmente las aguas, vino a dejar en la playa a un hombre, en el cual Glyndon reconoció a Zanoni.

—Glyndon —le dijo, —ya no puedo ofreceros la elección de un amor feliz y de una existencia tranquila. La hora ha pasado ya, y el destino ha ligado a la mía la mano que pudisteis hacer vuestra. Pero todavía puedo concederos grandes dones si queréis abandonar la esperanza que tortura vuestro corazón, y cuya realización no tengo el poder de prever. Si vuestra ambición es humana, puedo saciarla con amplitud. El hombre desea cuatro cosas en esta vida: amor. riquezas, fama y poder. Lo primero no puedo concedéroslo ya; las demás están en mi mano. Elegid lo que gustéis, y separémonos en paz.

—Estos no son los dones que codicio; prefiero los conocimientos, que, como dice el sabio, es el poder más elevado; prefiero esa ciencia que poseéis. Por ella, y solamente por ella, os he abandonado a Viola; ella es la única recompensa que anhelo.

—No puedo oponerme a vuestros deseos, pero al advertiros. El deseo de saber no va siempre unido a la facultad de adquirir. Es verdad que puedo daros el maestro; pero lo demás, depende de vos. Sed cuerdo ahora que es tiempo, y tomad lo que está en mi mano conceder.

—Respondedme a las preguntas que voy a dirigiros — dijo Glyndon, —y según lo que me digáis, me decidiré. ¿Está en el poder del hombre comunicarse con los seres de otros mundos? ¿Puede influir sobre los elementos, y preservar su vida de la espada y las enfermedades?

—Todo esto es posible —respondió Zanoni evasivamente, —pero a muy pocos: por uno que llegue a alcanzar estos secretos, pueden perecer millones en el camino. —Otra pregunta más. Vos...

—¡Basta! Ya os dije que a nadie daba cue nta de mí.

—Pues bien —repuso el joven, —¿puedo creer en el poder del extranjero que he encontrado esta noche? ¿Es realmente uno de esos seres privilegiados de quien aprendisteis los misterios por los cuales mi alma delira?

—¡Temerario! —repuso Zanoni, en tono de compasión. —¡Vuestra crisis ha pasado y vuestra elección está ya hecha! Lo único que puedo desearos, es que seáis de hierro y que prosperéis. Sí; os entrego a un maestro que tiene el poder y la facultad de abriros las puertas de un mundo terrible. Vuestra felicidad o vuestros sufrimientos son nada para su fría sabiduría. Le pedí que tuviese compasión de vos, pero fue en vano. ¡Mejnour, recibid a vuestro discípulo!

Glyndon se volvió, y casi se sintió desfallecer cuando vio a su lado al desconocido, cuyas pisadas no produjeran el menor ruido en la pedregosa playa, y al cual no había distinguido, a pesar de la claridad de la luna.

—¡Adiós! —le dijo Zanoni. —Tu prueba empieza. Cuando nos volvamos a ver, o serás la víctima o habrás triunfado.

Glyndon siguió con la vista al misterioso Zanoni, cuya forma desaparecía entre las sombras de la noche. Vióle entrar en el bote, y, por primera vez, reparó que además de los remeros, había en él una mujer, que se puso de pie cuando Zanoni saltó dentro de la barquilla. A pesar de la distancia, Glyndon reconoció á la que fuera su amada. La joven agitó su mano en señal de despedida, en tanto que la suave brisa de la noche hizo llegar a su oído la dulce voz de Viola, que, con acento triste, le decía en el idioma de su madre: —¡Adiós, Clarencio!... ¡Te perdono! ¡Adiós!

El joven quiso responderle, pero la voz de Viola había herido en su corazón una cuerda demasiado sensible, y no pudo articular ningún sonido. Según eso, perdía a Viola para siempre, pues se iba con aquel temible extranjero. ¡Qué sombrío le parecía el porvenir de la joven! El bote se deslizaba como una saeta por la superficie de las olas, de las cuales, cada golpe de remo, hacía brotar mil chispas,

dejando tras sí un surco de plata que alumbraba un rayo de luna. El bote bogó lejos, donde no podía seguirle la mirada de Glyndon, hasta que al fin, un punto negro, apenas visible, llegó al lado del buque, que permaneció inmóvil en la hermosa bahía. En aquel instante, como si hubiese sido cosa de magia, se despertó un vientecillo fresco que murmuraba alegremente. Glyndon, volviéndose a Mejnour, rompió su silencio.

—Decidme, si es que podéis leer en lo futuro; decidme que será feliz, y que su elección ha sido, al menos, prudente.

—¡Discípulo! —respondió Mejnour con una voz cuya calma correspondía perfectamente con estas frías palabras: —vuestro primer cuidado debe ser alejar de vos todos los sentimientos, recuerdos y simpatías que podáis sentir por los demás. La base de la ciencia es saber dominarse y no vivir sino para el estudio y el mundo que uno mismo se ha formado. Habéis elegido esta carrera renunciando al amor, y habéis rechazado las riquezas, la fama y la vana pompa del poder. ¿Qué os importa, entonces, la humanidad? ¡Todos vuestros esfuerzos deben dirigirs e, de hoy en adelante, a perfeccionar vuestras facultades y a concentrar vuestras emociones!

—Y al fin de todo esto, ¿encontraré la felicidad?

—Si es que ésta existe —respondió Mejnour, —debe encontrarse en una vida exenta de pasiones. Pero la felicidad está en el último escalón de la carrera que habéis emprendido, y vos os halláis ahora en el umbral del primero.

Mientras Mejnour decía esto al joven, el buque de Zanoni desplegaba sus velas al viento y se balanceaba tranquilamente sobre las aguas. Glyndon exhaló un amargo suspiro, y, en seguida, discípulo y maestro, se volvieron a la ciudad.

ZANONI

LIBRO CUARTO

In document bulwer lytton edward - zanoni (página 170-175)