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RAPTO FRUSTRADO

In document bulwer lytton edward - zanoni (página 65-70)

Aquella noche, según tenía por costumbre, Glyndon fue al teatro, y, puesto detrás de los bastidores, observaba a Viola, que desempeñaba en aquel momento uno de sus más brillantes papeles. Los aplausos resonaban por todo el teatro. El orgullo y la pasión embriagaron a Glyndon. “Esta encantadora criatura, pensaba, puede ser mía todavía”.

Mientras estaba absorto en esta deliciosa meditación, sintió un ligero golpecito en el hombro. Se volvió, y vio a Zanoni.

—Os amenaza un gran peligro, —le dijo éste. —No vayáis a casa esta noche, y si lo hacéis, buscad quien os acompañe.

Antes que Glyndon volviese en sí de su sorpresa, Zanoni había desaparecido, y sólo volvió a verle en el palco de uno de los nobles napolitanos al que el inglés no trataba.

Viola acababa de retirarse de la escena, y Glyndon se le acercó con cierta apasionada galantería, que nunca, hasta entonces, empleara. No obstante, Viola — cosa extraña en su carácter amable, —no hizo el menor caso de las palabras de su amante, y volviéndose hacia Gionetta, que no la abandonaba un instante mientras permanecía en el teatro, le dijo en voz baja, afectando grande interés:

—¡Gionetta, el extranjero de quien te he hablado, vuelve a estar aquí! ¡Ha sido el único en todo el teatro que no me ha aplaudido!

—¿Cuál es, querida mía? —peguntó la anciana con ternura. —Es preciso que sea algún estúpido, indigno de que penséis en él

La actriz se llevó a Gionetta hacia el escenario, y desde allí, le señaló a un hombre que había en uno de loa palcos más inmediatos y que se distinguía de todos los demás, tanto en su traje, como por su extraordinaria belleza.

—¡Indigno de que piense en él, Gionetta! —repitió Viola. —¡Indigno de que piense en él! ¡Ah! Para no pensar en él, sería necesario que careciese de pe nsamiento. El apuntador llamó a la señorita Pisani.

—Ved de saber su nombre, Gionetta, —dijo Viola, dirigiéndose lentamente al escenario.

Al pasar por el lado de Glyndon, éste le dirigió una mirada de triste reproche.

La escena en la cual iba a presentarse la actriz, era el desenlace de la catástrofe, y por lo mismo, requería que emplease en ella todos los recursos de su arte y de su

voz. El auditorio escuchaba con religiosa admiración, y, sin embargo, los ojos de la actriz buscaban solamente los de un frío e indiferente espectador.

Viola parecía que estaba inspirada. Zanoni escuchaba, y aun cuando la observara con atención, no salió de sus labios la más ligera muestra de aprobación, ni la menor emoción alteró la expresión de su semblante frío y desdeñoso. Viola, que se encontraba en el caso de una persona que ama sin ser correspondida, sentía agudamente y de veras el papel que representaba. Su llanto era verdadero; su pasión era la pasión de la naturaleza: causaba pena mirarla.

Cuando terminó el acto, las fuerzas de la actriz es habían agotado enteramente, y se la llevaron desmayada del escenario en medio de una tempestad de aplausos y de entusiastas exclamaciones de admiración. El auditorio se puso de pie, agitábanse centenares de pañuelos, y mientras unos arrojaban guirnaldas y flores a la escena, otros enjugaban sus ojos llenos de lágrimas. Las señoras no pudieron reprimir su llanto en mucho tiempo.

—¡Por el cielo! —decía un napolitano de alto rango. —Esa joven ha encendido en mi corazón una viva pasión quo me devora. ¡Esta misma noche será mía! ¿Está todo dispuesto, Mascari?

—Todo, señor. ¿Y si ese joven inglés la acompaña a su casa?

—¿Quién, ese imbécil presuntuoso? Que pague su locura con su sangre. No quiero tener ningún rival.

—Es inglés, señor, y cuando desaparece un inglés, se practican muchas diligencias para encontrarle.

—¡Majadero! ¿No es bastante profundo el mar, o la tierra bastante reservada, para ocultar un cadáver? Nuestros perillanes son tan mudos como la tumba .. Y en cuanto a mí... ¿Quién se atrevería a acusar al príncipe de *** No le pierdas de vista, síguele los pasos, y a la primera ocasión favorable, despachadle. A tu mano lo dejo... Los ladrones lo han asesinado... ¿entiendes? ¡Abundan tanto en este país!... Para que esto pare zca más cierto, le quitaréis todo cuanto lleve.

Mascari se encogió de hombros y se retiró, haciendo un respetuoso saludo.

Las calles de Nápoles no eran entonces tan seguras como lo son en el día: de noche, sobre todo, no se podía ir a pie; pero, en cambio, había allí la ventaja de que los carruajes eran muy baratos.

El vehículo que acostumbraba a tomar la actriz para regresar a su casa, había desaparecido. Gionetta, demasiado avara de la belleza de su ama, y temiendo al enjambre de admiradores que la importunarían, se alarmó a la idea de tener que retirarse a pie, y participó esta desgracia a Glyndon, suplicando al propio tiempo a Viola, que se recobraba muy poco a poco, que aceptase el carruaje del joven.

Anda de esta noche, es muy probable que la actriz hubiese admitido este pequeño obsequio; esta noche lo desechó, no sabemos por qué razón.

Glyndon se retiraba amargamente ofendido y de mal humor, cuando Gionetta le detuvo, diciéndole en tono lisonjero:

—Quedaos, señor; la señorita no se encuentra bien... No os enfadéis con ella; yo haré que acepte vuestra oferta.

Glyndon se quedó, y después de algunos instantes de contienda entre Gionetta y Viola, ésta concluyó por aceptar la oferta del joven. La anciana y la actriz subieron al carruaje, dejando a Glyndon en la puerta del teatro para que regresase a pie a su casa. En aquel instante presentóse en la imaginación del inglés la misteriosa advertencia de Zanoni, que le hiciera olvidar su resentimiento contra Viola. GIyndon, creyendo prudente precaverse de un peligro anunciado por un personaje tan incomprensible, miró en derredor de sí por si veía algún desconocido. Las salidas del teatro estaban atestadas de gente que se codeaba y empujaba para salir a la calle, y, sin embargo, en toda aquella numerosa multitud, no pudo distinguir una cara amiga. Mientras permanecía en el mismo sitio sin saber qué partido tomar, oyó la voz de Mervale que le llamaba, observando con gran placer que su amigo se abría paso por entre la gente para reunirse con él.

—Os he reservado un asiento en el carruaje del conde Cetoxa, —le dijo Mervale. —Seguidme; el conde nos está aguardando.

—¡Qué bueno sois! ¿cómo habéis sabido que me hallaba aquí? —preguntó Glyndon.

—He encontrado a Zanoni en un corredor —respondió Mervale, —y me ha dicho: “Vuestro amigo está fuera de la puerta del teatro; no dejéis que regrese a su casa a pie esta noche; no siempre las calles de Nápoles ofrecen seguridad”. En seguida me recordó que algunos de los bravos calabreses habían tenido bastante que hacer en las calles de la ciudad en las últimas semanas, y en aquel momento, habiéndose presentado Cetoxa... Pero mira, allí viene el conde.

La llegada del noble napolitano interrumpió aquella conversación.

—¡Al coche! —exclamó el conde, y mientras Glyndon entraba en el carruaje, observó en la acera un grupo de cuatro hombres que parecían observarle con mucha atención.

—¡Voto al diablo! —gritó uno de ellos. —¡Aquel es el inglés!

Esta exclamación llegó a los oídos de Glyndon en el momento en que el carruaje partía. Corrió gran peligro, pero pudo entrar en su casa sin más tropiezo.

La íntima familiaridad que existe siempre en Italia entre la nodriza y la criatura que ha criado, y que Shakespeare nos ha representado sin ninguna exageración en Julieta y Romeo, debía ser necesariamente más estrecha de lo usual en una situación tan desamparada como la en que se encontraba la actriz. Gionetta tenía grande experiencia en todo cuanto se refería a las debilidades del corazón, y cuando tres noches antes, al volver del teatro, Viola lloraba amargamente, la

nodriza consiguió hacerla confesar que había visto a una persona, después de dos años de acontecimientos desgraciados, pero a la cual no había olvidado nunca, y que este sujeto no había hecho la más ligera demostración de alegría al verla. Gionetta, que era incapaz de comprender las vagas e inocentes emociones que envolvía esta tristeza, las redujo todas, en su ruda comprensión, a un sentimiento de amor. Tocante a este asunto, los consuelos de la anciana eran inagotables. Gionetta no había podido saber nunca muchas de las cosas que se albergaban en el corazón de Viola, porque este corazón no poseía palabras para revelar todos sus secretos; pero aquella pequeña confianza que la nodriza obtuviera, estaba pronta a pagarla con su tolerante compasión y a costa de cualquier servicio.

—¿Habéis sabido quién es? —preguntó Viola al verse sola con Gionetta en el carruaje.

—Sí: es el célebre señor Zanoni, que tiene trastornado el juicio a todas las grandes señoras de Nápoles. Se dice que es más rico que ninguno de los ingleses... pero no tanto como el señor Glyndon.

—¡Callaos! —interrumpió la joven actriz. —¡Zanoni!... No me habléis más del inglés.

El coche entraba en la parte más separada y solitaria de la ciudad, en la cual se encontraba la casa de Viola. De repente se detuvo.

Gionetta, algún tanto alarmada, sacó la cabeza fuera de la portezuela, y a la pálida luz de la luna vio que el cochero, arrancado violentamente de su sitio, había sido sujetado por dos hombres. En el mismo instante abrióse de pronto la portezuela, dejándose ver delante de ellas un hombre de elevada estatura, embozado en una capa y con el rostro cubierto mediante una careta.

—No tengáis miedo, hermosa Pisani, —dijo el hombre con amabilidad; —no se os hará ningún daño.

Y al decir esto, cogió a la linda actriz por la cintura para sacarla del carruaje. Sin embargo, Gionetta no era un enemigo despreciable, y rechazando al agresor con un vigor que le dejara admirado, le reprobó su acción de la manera más enérgica. El enmascarado se hizo atrás a fin de reparar el desorden de su capa.

—¡Por vida de Baco! —exclamo medio riendo; —la joven tiene una terrible defensora. ¡Luigi... Giovanni! sujetadme a esa vieja bruja... Pronto... ¿Por qué titubeáis?

El enmascarado se retiró de la portezuela, apareciendo en seguida en ella otra máscara más atlético que el primero.

—¡No tengáis miedo, Viola Pisani, —le dijo éste en voz baja; —conmigo estáis enteramente segura!

—Tranquilizaos, no digáis nada... os salvaré —añadió.

Zanoni se retiró, dejando a Viola sumergida en un piélago de sorpresa, de agitación y de placer.

Había, entre todos, nueve hombres enmascarados: dos sujetaban al conductor, otro tenía cogidos los caballos por las riendas, el cuarto cuidaba de los caballos ricamente enjaezados, otros tres (además de Zanoni y el que se había acercado a Viola primeramente) permanecían algo separados al pie de un carruaje arrimado a un lado del camino. Zanoni habló con los tres últimos, y después de haberles señalado al primer máscara, que era, en efecto, el príncipe ***, se dirigieron hacia este personaje, que se quedó sorprendido al ver que le cogían por detrás.

—¡Traición! —gritó el príncipe... —Vendido por mis gentes!... ¿Qué significa esto? —Metedle dentro de ese carruaje, —dijo Zanoni con impasibilidad. —Si se resiste, que recaiga sobre él la culpa de su muerte.

Zanoni se acercó a los que custodiaban al cochero.

—Estáis vendidos, —les dijo; —somos seis contra tre s, y estamos armados de pies a cabeza. Id a reuniros con vuestro amo en seguida, y dadnos las gracias por haberos perdonado la vida... ¡Pronto!..

Los hombres obedecieron con sumisión, en tanto que el cochero volvía a ocupar su puesto.

—Cortad los tiros y las riendas a sus caballos —dijo Zanoni, —mientras se subía al coche de Viola.

El vehículo partió con rapidez, dejando al vencido raptor en un estado de rabia y de estupefacción imposibles de describir.

—Permitidme que os explique este misterio —dijo Zanoni a la joven. —He descubierto, no importa cómo, el complot tramado contra vos, el cual he frustrado de la manera siguiente: El cabeza principal, es un noble que os ha perseguido mucho tiempo inútilmente. Este hombre, y dos criados suyos, os han expiado desde que entrasteis en el teatro, mientras que otros seis aguardaban en el sitio en donde vuestro coche ha sido atacado; yo y cinco criados míos, hemos ocupado su lugar; así es que el personaje nos ha tomado por gentes amigas. Para eso me he adelantado solo al sitio donde aquellos seis hombres aguardaban, y les he dicho que su amo no necesitaba sus servicios por esta noche. Me han creído y se han dispersado en seguida. Después he ido a buscar a mi partida, que ahora he dejado atrás. Ya sabéis el resto. Entre tanto, henos en la puerta de vuestra morada.

CAPÍTULO IV

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