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ANTROPOCENTRISMO QUE REVOLUCIONA EL RENACIMIENTO

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PASOLINIllevó a la pantalla los cuentos de Boccaccio en 1971, dentro de su trilogía de la vida, junto a losCuentos de Canterbury

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LA AVEN TU RA D E LA H I S T O R I A

En cuanto a la mortalidad catastró- fica acaecida en la Florencia de 1348, otros autores posteriores a Boccaccio describirán pestilencias históricas en fechas y lugares diferentes. Carlo M. Cipolla recreó la de Monte Lupo en 1630. Daniel Defoe, la de Lon- dres en 1665. Jean Giono, la de la Pro- venza en 1832. Albert Camus, la de Orán en un año no tan lejano como 1940. Sin embargo, las respuestas socia- les, derivadas de una misma natura- leza humana, frágil y mortal, fueron muy parecidas en todos estos casos: el miedo colectivo, la desunión de fami- lias, el abandono de la propiedad, la ex- tinción de linajes...

Tampoco varían las medidas adopta-

das por el poder para combatir esas epidemias. Las autoridades ecle- siásticas, convencidas de que era un cas- tigo divino, organizaban procesiones de flagelantes y sermoneaban a los fieles para que confesasen sus pecados: solo los limpios de alma superarían esa terri- ble prueba del Señor y, dignos de entrar en su casa, ganarían el cielo eterno.

MEDIDAS PROFILÁCTICAS.Las autori- dades políticas, asesoradas por médicos y científicos, sabían las consecuencias de los contagios pero desconocían las causas. Por eso, los agentes sanitarios adoptaban medidas profilácticas para aislar a los enfermos, como desacon-

sejar las reuniones de veci- nos, crear lazaretos en los ba- rrios y quemar las pertenen- cias de los apestados.

La mejor solución siguió siendo la preconizada por Hi- pócrates: “Huir pronto y lejos y regresar tarde”. De manera que la huida colectiva se dio en todas las direcciones: de los se- ñores al campo, de los campe- sinos a la ciudad, de los monjes a los desiertos, de los burgue- ses a las villas... Solo pasado el peligro se regresaba a los hogares. Pero no sin tomar precauciones. Unas, higiénicas, como limpiar a fondo las habitaciones y encalar las paredes. Otras, de una cruel- dad clasista, cuando los ricos ins- talaban en sus casas a una men- diga, llamada “la probadora”, en- cargada de comprobar a costa de su salud que estaban desinfectadas.

En la película, los protagonistas, una dama y un estudiante compro- metidos por el amor cortés, huyen de la peste bubónica y de las revuel- tas campesinas hacia el fin de la tie- rra que es el mar. Un trasunto meta- fórico de la existencia finita del ser humano. Pero ni siquiera alcanzan a verlo. Solo escuchan el oleaje de lo que, a la postre, será su laguna Estigia. Por eso, antes de subir a la barca de Caronte, hacen el amor para conjurar a la muerte inexorable.

En 1375, el ayuntamiento de Flo- rencia encargó a Boccaccio realizar una lectura pública de La Divina Comedia, que dejó inconclusa al ser arrastrado por la danza macabra. Porque, como dice los versos del romance El enamo-

rado y la muerte, la hora de vida ya es-

taba cumplida.I

BRANCA, V.,Boccaccio y su época, Madrid, Alianza, 1975.

BOCCACCIO,Decamerón (estudio de Pilar Gómez Bedate), Madrid, Siruela, 1990. FELLINI, F.,Boccaccio 70, 1962.

PASOLINI, P. P.,El Decamerón, 1971.

NOVENO EPISODIO DEL QUINTO DÍAdeEl Decamerón. Un hombre enamorado manda cocinar a su halcón de caza para dar de comer a su amada. Es la miniatura más hermosa de este manuscrito, hecho en París, hacia 1414-19.

ACE TRESCIENTOS AÑOS,

en abril de 1713, se firmaron en la ciudad holandesa de Utrecht los primeros tratados que, junto con los que fueron rubricados en Rastatt, son conocidos como las paces que llevan el nombre de dichas ciudades. Pusieron fin a la llamada Guerra de Sucesión es- pañola, desencadenada a causa del tes- tamento de Carlos II, el último de los Habsburgo españoles, donde queda- ba establecido que su heredero en el

trono de España sería el duque de Anjou, quien reinaría con el nombre de Felipe V. También establecía la imposibilidad de que las coronas de Francia y España pudiesen quedar unidas en ma- nos de un mismo rey. Sin embargo, Luis XIV de Francia, abuelo del

nuevo monarca español, dejó entre- ver la posibilidad de que si el destino lo marcaba así, Felipe V podría con- vertirse en rey de las dos naciones que habían protagonizado algunos de los

mayores enfrenta- mientos bélicos vi- vidos en Europa du- rante los siglos XVI y XVII. El testa- mento de Carlos II fue rechazado en Viena, y la actitud del monarca fran- cés levantó ampollas en Londres y La Haya. Imperiales, ingleses y holande- ses firmaron la Gran Alianza de La

H

LA PAZ

M ÁS

DOLOROSA

J O S É C A L V O P O Y A T O .D O C T O R E N H I S T O R I A Y E S C R I T O R . F I N D E L A G U E R R A D E S U C E S I Ó N

U TREC H T

LA MUERTE DE CARLOS II, EL ÚLTIMO HABSBURGO ESPAÑOL, Y LA LUCHA POR SU TRONO SUMERGIÓ A EUROPA EN UNA CONTIENDA INTERNACIONAL QUE

ENFRENTÓ A LAS PRINCIPALES POTENCIAS.

JOSÉ

CALVO POYATO

DETALLA EL CAMINO QUE HACE

TRES SIGLOS DESEMBOCÓ EN EL TRATADO QUE PUSO FIN AL CONFLICTO, A CAMBIO DEL RECONOCIMIENTO

DE FELIPE V, LA LIQUIDACIÓN DE LAS POSESIONES ESPAÑOLAS EN EL CONTINENTE Y LA PÉRDIDA

DE MENORCA Y GIBRALTAR

La paz se firmó el 11 de abril de 1713, y fue un complejo sistema de acuerdos bilaterales que los contendientes rubricaron por separado.PRIMERA EDICIÓNdel Tratado entre España e Inglaterra.

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LA AVEN TU RA D E LA H I S T O R I A

Haya para oponerse al bloque de los borbones instalados ahora a ambos la- dos de los Pirineos.

FUERZAS MUY MERMADAS.La guerra comenzó en 1701 y se convirtió en una conflagración internacional a gran es- cala donde se enfrentaron, por razones muy diversas, las principales potencias del occidente europeo. Frente al blo- que borbónico se alzó el Imperio, apo- yado por las llamadas potencias ma- rítimas, nombre que se daba a Inglate- rra y las Provincias Unidas, que es como en la época se conocía a Holanda. Pos- tularon como candidato al trono de Es- paña al archiduque Carlos de Habsbur-

go, hijo menor del emperador Leopol- do I, al tiempo que trataban de evitar la configuración en

Europa de un poder hegemónico en manos de los borbones, lo cual era una seria ame- naza para todos ellos. Poco después se suma- rían a esa alianza Por- tugal y Saboya.

La guerra, con suer- te alterna, se prolonga- ba ya una década cuan- do se produjeron dos hechos que influyeron decisivamente para al-

canzar la paz. Por una parte, en 1710 se celebraron elecciones en Inglate- rra, en las que resul- taron vencedores los

tories (conservadores),

partidarios de poner fin al conflicto, sobre todo a partir de las gra- ves derrotas sufridas por su ejército en Bri- huega y Villaviciosa. Los ingleses iniciaron discretas conversacio- nes con los franceses a espaldas de los de- más contendientes. Esas conversa-

AQUÍ SE GESTÓ LA PAZ.Las salas del ayuntamiento acogieron

desde 1712 el grueso de las

negociaciones. Utrecht fue fundada alrededor del año 47 por los romanos, para reforzar la frontera norte del Imperio. Hasta el siglo XVI fue la ciudad más importante de los Países Bajos. La Torre del Dom (dcha.), con sus 112 metros de altura y 465 escalones, es la más alta del país.

L A S C L A V E S PRIMER PASO.Inglaterra ini- ció conversaciones con Francia a espaldas del resto de países, tras la victoria tory en 1710. RELEVO IMPERIAL.El archi- duque Carlos, candidato al tro- no español, sucedía en 1711 a su hermano José I tras la muer- te de este sin descendencia. AMPUTACIÓN TERRITORIAL. El Tratado permitió a Inglate- rra consolidar su dominio so-

ciones reci- bieron un espal- darazo con el se- gundo de los acontecimientos que impulsaron el camino hacia la paz. En la prima- vera de 1711 mo- ría sin descenden- cia el emperador José I, hijo mayor de Leopoldo I. Le sucedió en el tro- no imperial su hermano el archi-

duque Carlos, que sería coronado em- perador con el nombre de Carlos VI. Si diez años atrás los ingleses se habían lanzado a la lucha para evitar el poder hegemónico de los borbones, no esta- ban dispuestos a sostener

un candidato que podía resucitar la herencia de Carlos I. Con las fuerzas de los bandos conten- dientes muy mermadas y

con una situación política donde las di- ferencias eran sustanciales respecto a la que se vivía a comienzos del con- flicto, ingleses y franceses, todavía a es- paldas de sus respectivos aliados, die- ron pasos decisivos para poner fin a las hostilidades.

En 1712 los representantes de la rei- na Ana de Inglaterra y de Luis XIV de Francia firmaban un armisticio, al que se sumaba Felipe V, obligado por su abuelo, que no significaba el fin de la lu-

cha. Imperiales y franceses seguían ba- tiéndose en la frontera que separaba a ambos países y el Emperador, a quien sus partidarios en España llamaban Car- los III, apoyaba a Cataluña en su resis- tencia ante Felipe V. En el Principado se mantenía viva la llama que había pren-

dido la subleva- ción, pese al reco- nocimiento de los fueros por el Bor- bón en las Cortes de 1701 y a que en ellas se juró a Felipe V como rey y señor de los catalanes. Transitar desde el cese parcial de hostilidades que suponía el armisti- cio firmado por in- gleses, franceses y españoles hasta una paz general fue ahora un proceso más fácil, a diferencia de los intentos anteriores. En 1709, por ejemplo, las conversaciones abiertas en- tonces terminaron en fracaso ante las

condiciones que Inglaterra quería im- poner a los franceses, como la de que Luis XIV volviera sus ejércitos contra su propio nieto. Sin embargo, en 1711 el panorama había cambiado. Con el ar- chiduque Carlos, el candidato que la gran Alianza de La Haya había opues- to a Felipe Vpara ocupar el trono de Es- paña, convertido en el nuevo empera- dor, los deseos de Inglaterra de un equi- librio continental no quedaban ga- rantizados. Bastó una declaración de Luis XIV cerrando la posibilidad a que Felipe V fuera también rey de Francia para caminar hacia la paz.

EL “CASO DE LOS CATALANES”.No hubo una mesa general de negociacio- nes, sino que las paces se firmaron de forma independiente entre los belige- rantes. Mientras se negociaba la paz en- tre ingleses, franceses y españoles, la guerra continuaba entre Francia y el Imperio y los catalanes se resistían a rendirse a las tropas de Felipe V, quien, tras la rebelión del Principado, con- sideraba que la incorporación a sus do- minios era por derecho de conquista y, en consecuencia, se mostraba inflexi- ble respecto a los fueros. Aplicaría a Ca- taluña los decretos de Nueva Planta, como ya había hecho en el caso de ara-

F I N D E L A G U E R R A D E S U C E S I Ó N

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La cesión a Inglaterra de la plaza de Gibraltar está reco- gida en el artículo X del Tra- tado de Utrecht. Este artí- culo no quedó redactado de- finitivamente hasta el 13 de julio. Algunas de las precisio- nes que se hicieron constar en él son ilustrativas para comprender tanto algunas opiniones dominantes en el momento de su redacción como para entender algunos de los aspectos que han acompañado el contencioso gibraltareño a los largo de es- tos trescientos años. En di- cho artículo se señalaba que el Rey Católico –denomina- ción que la diplomacia de la época utilizaba para referirse a los monarcas españoles–

cedía a la Gran Bretaña la propiedad de la ciudad de Gi- braltar juntamente con su puerto, las defensas y forta- lezas que le pertenecían, pero sin jurisdicción territo- rial y sin comunicación al- guna por tierra. Así se es- tipulaba para evitar el comer- cio fraudulento de mercade- rías. Se les permitía, no obs- tante, que para aprovisiona- miento de la guarnición y de los vecinos de la plaza, se pu- diera comerciar por mar y comprar en España los géne- ros necesarios para su man- tenimiento.

Asimismo quedaba estable- cido, a petición del Rey Cató- lico, que no se permitiría el establecimiento como veci-

nos de Gibraltar a judíos ni a moros, ni la entrada en su puerto de barcos moros, sal- vo que viniesen a comerciar, dado el peligro que podía su- poner su presencia para el mantenimiento de las comu- nicaciones con Ceuta y “por estar infestadas las costas es- pañolas por el corso de los moros”. El acuerdo también incluía el respeto a las creen- cias de la religión católica para aquellos vecinos que quisieran practicarla. Por último, se estipulaba que, si en algún momento Gran Bretaña decidía enajenar su dominio sobre Gibraltar, Es- paña tendría preferencia so- bre cualquier otra opción que se presentase.IJ. C. P.

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