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LA AVEN TU RA D E LA H I S T O R I A
clientelares, antes dispersas, múltiples y en manos de los nobles. Estos validos de- penden del rey pero hacen a la par su pro- pio negocio. Richelieu y Mazarino son los hombres más ricos de Francia en su momento.
P.Conocemos a los grandes validos es-
pañoles: desde Lerma a Godoy pasando por Olivares, Haro o Nithard. ¿Qué des- tacaría de ellos, en qué se parecen y en qué se diferencia su trabajo, su contexto y su relación con el rey?
R.El caso de Godoy es diferente, esta-
mos ya casi al final del siglo XVIII. Es el favorito pero no puede interferir demasia- do. Mientras que los validos del XVII, Ler-
ma y Olivares, acumulan mucho poder. Oli- vares, obviamente, hasta que cae –todos acaban cayendo, y quienes les suceden hacen lo mismo, solo que más discreta- mente–. Los validos del XVII intervienen en las decisiones políticas, no solo cliente- lares o de patronazgo. Godoy es amigo de los reyes, que le encumbran por encima de todo, toma decisiones a veces muy dis- cutidas y discutibles, pero su contexto ya es otro. Lo que caracteriza a los validos de los Austrias, del siglo XVII y de toda Europa en el momento al que nos refe- rimos es que cubren una dimensión mu- cho más amplia, estén o no en la intimidad del rey.
P.Antes le ha mencionado: ¿por qué tie- ne tanta fama el cardenal Richelieu?
R.Para empezar, porque es un triunfa-
dor. John Elliott, en su libro sobre Richelieu y Olivares lo deja claro: ambos tenían po- líticas parecidas, pero Olivares fracasó. Richelieu es un estadista con un sentido de la utilidad de la propaganda verdaderamen- te moderno, algo que ni Olivares ni nadie sabe hacer aquí. España, que es poten- cia canónica todavía en el siglo XVII, so- bre todo en la primera mitad, no se preocu- pa de lo que podríamos llamar opinión mundial, mientras que en eso, Richelieu es un maestro. Hay un excelente tra- bajo de Carmen Sanz sobre la Bata- lla de Rocroi, que aparece como la gran derrota de los Tercios, pero no fue tan grave como hemos interiorizado los españoles. Que sea así es consecuen- cia de la labor de propaganda de Riche- lieu, muy útil y al servicio de su país.
P.¿Cómo se percibe y evoluciona la
figura del valido en la Historia?
R.La percepción ha cambiado mu-
cho. Ciertamente el valido tiene mala prensa, primero porque sus contem- poráneos generalmente les temen y les odian. Recordemos los escritos de Que- vedo. Pero la historiografía actual, des- de los años setenta del siglo pasado, so- bre todo en Francia, revisó su papel y su origen, que no está vinculado a la indolen- cia de los reyes. Felipe IV, con gran sen- tido de la responsabilidad, sufre mucho con los problemas de Estado que no pue- de resolver. En Francia, Luis XIII se mues- tra atormentado porque no puede ejer- cer su inmenso poder. En las monarquías absolutas, la estructura del poder es pira- midal. No eran tiranías, los reyes no po- dían actuar arbitrariamente. Hay pode- res intermedios, normas e instituciones que no se pueden saltar. Esta historio- grafía empezó a estudiar la figura desde una perspectiva institucional y sobre todo como un fenómeno europeo, no como producto de una circunstancia nacional. Se analizan épocas, países y funciones. De Olivares, por ejemplo, se reconoce su visión de estadista y Godoy está siendo reconsiderado y contextualizado, ya no se le asocia tan directamente al clientelis-
mo y la corrupción.ISARA PUERTO
En la Europa comprendida entre los años 1560-1660, se asiste a la fulgurante aparición de un conjunto de ministros-favoritos –validos, según la terminología hispa- na–, que para los observa- dores coetáneos, fueran es- tos ingleses, españoles, franceses, italianos o ger- mánicos, parecían usurpar competencias y obligacio- nes normalmente ejercidas por los monarcas. A Lerma, Olivares y Haro en España, corresponderían Sully, Ri- chelieu y Mazarino en Fran- cia; Cecil y Buckingham en Inglaterra; el canciller Oxen- tierna en Suecia, y el car- denal Klesl y el príncipe Ferdinand Portia en el ám- bito del Sacro Imperio Ro- mano Germánico. Un fenó- meno general a todas las grandes cortes europeas y a bastantes de las menores, incluida la corte papal, en una época de monarquías personales en las que, para- dójicamente, los soberanos parecían haber ocupado un segundo plano respecto a sus principales conseje- ros. Ante tal evidencia, en 1974, el historiador Jean Bérenger llamó la atención sobre la existencia de esta circunstancia, no como una peculiaridad exclusiva de concretas historias naciona- les, sino como un aconte- cimiento de envergadura
europea, que exigía un serio examen comparativo por parte de los especialistas. Casi cuarenta años después de que Bérenger lanzara su desafío, se sabe mucho más sobre la naturaleza de la autoridad y el gobierno de los príncipes en las diversas monarquías europeas du- rante los siglos XVI y XVII. Resulta insuficiente ex- plicar la aparición del va- lido apoyándonos en el viejo tópico de la gene- ral incapacidad y desi- dia de los soberanos de ese tiempo. Un argu- mento más serio ha contemplado su apa- rición como respues- ta a una crisis de cre- cimiento del gobier- no, o más bien de la progresión institu- cional a la que dio lugar el desarrollo de la administración cen- tral, durante la fase de tran- sición entre una burocra- cia privada y una burocra- cia pública.
En general, el ministro-pri- vado no ocupó un puesto ministerial oficial que justi- ficara su papel. Presidió el Consejo del monarca y coor- dinó su Administración a través de una clientela pro- pia, colocada estratégica- mente en los puestos de responsabilidad, con rami- ficaciones que se extendían
a todos los niveles. Entre las señas de identidad definito- rias de su ejercicio desta- can el control sobre el siste- ma de patronazgo y la natu- raleza “política” del poder que ejercía. Un poder que atendía a su interés privado, aunque contemplaba un programa de gobierno orien- tado a reforzar la autoridad y la reputación
real. El binomio del go- bierno rey-valido permitió a las monarquías combinar las medidas de realpolitik, imputables al “odiado vali- do”, con la imagen ideal del “buen príncipe”.ICARMEN SANZ AYÁN. REAL ACADE- MIA DE LA HISTORIA.
U n fe n ó m e n o e u ro p e o
CICLO DE CONFERENCIAS: Los
validos como fenómeno europeo. De la privanza real a los ministros de la Corona. Fundación Banco Santander y
Fundación Cultural de la Nobleza. De 1 a 29 de abril, 19.30 horas, Palacio de Cibeles (plaza de Cibeles, 1), Madrid.
RETRATO DEL CONDE- DUQUE DE OLIVARES A
CABALLO,por Velázquez, 1634, Madrid, Museo del
E
n noviembre de 1936 las tropas del ge-neral Francisco Franco iniciaban lo que los militares rebeldes esperaban que fue- ra el asalto final a la capital, objetivo priori- tario que debía servir para culminar el gol- pe de Estado del 18 de julio de 1936. Sin embargo, la férrea resistencia de la Junta de Defensa de Madrid, bajo las órdenes del ge- neral Miaja, y la llegada de las Brigadas Internacionales y el material soviético, prin- cipalmente aviones, truncaron el asalto que podría haber puesto punto final a la in- cipiente Guerra Civil española.En ese contexto, Franco, que había sido nombrado en septiembre generalísimo del Ejército Nacional y jefe de Estado de los su- blevados por parte de la Junta Militar, or- denó el bombardeo masivo de la capital. Es- pecificó, sin embargo, que no se dañara el Museo del Prado, contenedor de la me- jor colección de pintura de Europa en aque- llos momentos. Los aviones italianos y ale- manes que sobrevola-
ron Madrid lanzaron bengalas sobre la zona del centro de la ciudad,
delimitada precisa-
mente por los márge- nes del museo, medida que se tomó para evi- tar que durante los bombardeos cayera al- gún artefacto entre sus muros.
No obstante, el vien- to y la escasa precisión de los aparatos produ- jo que algunas de las bengalas cayeran fue- ra de los límites esta- blecidos. Durante las posteriores deflagracio- nes, algunas bombas impactaron en el tejado produciendo la alarma. Las autoridades repu- blicanas habían res-
guardado las obras ya en el sótano, en pre- visión de lo que pudiera pasar y el Gobier- no era consciente, además, de los destro- zos y saqueos de grupos de incontrolados –muchos de ellos miembros de las mi- licias– contra el patrimonio artístico de las iglesias y los palacios. Los responsables de Bellas Artes, con su director Josep Re- nau a la cabeza, temían no solo por la ac- ción de la guerra, sino también por los efec- tos colaterales, como el robo y la violencia desatada; por ello, una Orden del 5 de no- viembre, antes de que las primeras bom- bas amenazaran el edificio, estableció que comenzase el traslado de las obras del Mu- seo del Prado a Valencia.
La decisión de reunirlas con el Gobier- no, y la determinación de que viajaran con él, ha sido a menudo objeto de controversia en la historiografía de la Guerra Civil. Por una parte, se ha esgrimido que la operación era peligrosa para la integridad de los lien-
zos; no solo su almacenaje y preservación era difícil, sino que el peligro potencial en su viaje por carreteras barridas por la artillería y la aviación nacional, sin ningún signo que distinguiera el convoy artístico de otros, era mucho mayor que en el propio museo. No obstante, la razón más poderosa de aquel gigantesco traslado, que tanto esfuer- zo material y humano costó a la Repú- blica, residía en que el Gobierno solo podría responsabilizarse del tesoro español en cuanto estuviera a su alcance.
DE VALENCIA A FIGUERAS.Terminada la ofensiva de Madrid en diciembre de 1936, la medida podía parecer exagerada, pero con el Gobierno instalado en Valencia, las obras estaban más seguras bajo su respon- sabilidad directa, que sería escrutada con lupa en el resto de Europa. De hecho, el tra- siego de obras procedentes del museo fue un goteo que duró toda la guerra. De to- das ellas el periplo de las 1.868 cajas con las obras, entre otros de Velázquez, Goya, El Bosco, Tiziano o Tin- toretto, que se consi- deraron primordiales, fue, además, intrinca- do, ya que de Valen- cia viajaron a Catalu- ña a mediados de abril de 1938, hasta reca- lar en los sótanos del castillo de Figueras, superando el cerco de los nacionales, que tras la toma de Vinaroz el día 15, habían par- tido en dos el territorio de la República.
Los continuos reve- ses militares, que se acentuaron con la de- rrota en la Batalla del Ebro y el comienzo de
CaLEIDO
S C
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A R T E C O N H I S T O R I A
O p e rac i ó n
cajas
d e l Prad o
LA COLECCIÓN PICTÓRICA DEL MUSEO FUE EVACUADA DE MADRID DURANTE LA GUERRA CIVIL. DE VALENCIA A CATALUÑA, FRANCIA Y SUIZA, SU PERIPLO FUE EL DEL MAYOR TESORO QUE JAMÁS HAYA VIAJADO
San Sebastián • Toulouse • • Madrid • Ginebra • Valencia • Pamplona Primer envío Vuelta a Madrid Llegada del convoy a Irún Traslado de Figueras a Perpiñán De Perpiñán a Ginebra Salida desde la estación de Cornavin
Hubo traslados durante toda la guerra a Valencia (1937-1938), después se llevaron obras a Cartagena (XII-1938)
• Figueras Perpiñán •
Llegada a Ginebra de las obras
Camión militar cedido para el transporte de obras del Museo del Prado, momentos
antes de partir para Valencia.
• Cartagena Burgos • Lyon • Gijón • 10-XI-1936 IV-1938 4 al 9-II-1939 12 al 14-II-1939 3-IX-1939 7-IX-1939 9-IX-1939
Tr a s l a d o
y r e g r e s o
Salida Vuelta8 1
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la ofensiva de Cataluña en diciembre de 1938, obligaron a las autoridades repu- blicanas a una decisión aún más contro- vertida: sacar las obras del país. Con la de- terminación de que no cayeran en ma- nos del Ejército nacional, decidieron que las obras cruzarían la frontera francesa con el Gobierno, las maltrechas tropas derro- tadas y el resto de ciudadanos que deci- dieron huir del avance franquista.
Para entonces, los recursos de la Repú- blica eran exiguos y el dramatismo palpa- ble. Se produjeron algunas escenas cho- cantes, como cuando el propio Azaña, a pie de carretera, tuvo que explicar a unos sol- dados heridos, evacuados en camiones, que debían dejar su sitio a las preciadas ca- jas y seguir su camino a pie.
En realidad, en los últimos días de Cataluña había toma- do forma una nueva directriz respecto al preciado tesoro ar- tístico: un comité internacional se había interesado por la si-
tuación de las cajas y su futuro inmediato. No era la primera injerencia internacio- nal; ya en los primeros compases de la ope- ración, el director del Museo Británico ha- bía manifestado en un artículo en el dia- rio The Times su preocupación sobre el es- tado de los lienzos, su embalaje y el posi- ble extravío de obras durante la cataloga- ción y traslado. Alarmados por lo que era una cuestión de importancia capital como era la confianza internacional, los respon- sables de la Junta del Tesoro Artístico –creada exprofeso para custodiar las obras–, se apresuraron a invitarle para mos- trarle el estado de los cuadros y las medi-
das de seguridad. Fue todo un éxito y la cre- dibilidad de la República se vio reforzada. Pero en diciembre de 1938 los reveses de la guerra habían alterado la situación: el bando republicano estaba prácticamente derrotado y no pasarían muchos meses más antes de que se empezara a recono- cer oficialmente al Gobierno de Burgos.
NEUTRALIDAD SUIZA.La comisión in- ternacional que se interesó por las obras era parte de una operación urdida, en prin- cipio, por los servicios de espionaje del general Franco, que a través del pintor y ex- perto en arte Juan Sert, afecto a los na- cionales, había utilizado sus importantes in- fluencias en Ginebra para organizar una mi-
sión de salvamento con la garantía neu- tral del país helvético y la Sociedad de Na- ciones, que custodiarían el legado español. A finales de enero las gestiones de Sert se plasmaron en la constitución de un Co- mité Internacional que firmó los Acuer- dos de Figueras con los representantes de la República para trasladar las obras a Suiza, previa escala en Perpiñán. Era el ma- yor tesoro de la historia que jamás haya via- jado. Ningún convoy de oro o joyas podía asemejarse al incalculable valor de unas obras maestras de la Humanidad, irreem- plazables. Una vez en Ginebra, a donde lle- garon el 14 de febrero, se sucedieron las
intrigas y maniobras de ambos bandos. Mientras en España el golpe del coronel Ca- sado del 5 de marzo de 1939 ponía fin a la resistencia de Madrid, y el 1 de abril Fran- co pronunciaba su discurso de victoria.
La situación en Ginebra era insólita: los representantes de la República preten- dían la custodia en nombre de una Espa- ña que desaparecía; los franquistas, por su parte, se apresuraban a recuperar unas obras que pertenecían a los españoles y que estaban en territorio extranjero. Franco con- seguiría de las autoridades helvéticas los cuadros, que presentaría en España como logro personal el 9 de septiembre. La pro- paganda fue aplastante: el Caudillo había frustrado el intento de los rojos por ena- jenar el tesoro español, como había sucedido con el celebé- rrimo Oro de Moscú. Fue la versión que circuló durante años; sin embargo, los gobier- nos de la República habían cumplido su obligación de proteger las maravillas del Prado de la des- trucción, el expolio o el robo, aunque en los últimos compases arriesgaran inútilmente su condición sacándolas de España, don- de corrieron peligro, tanto por el viaje –en la etapa final sufrió daños La carga de los ma-
melucos de Goya– como por su posible “se-
cuestro”.IJULIO MARTÍN ALARCÓN
CAMIONES A LA PUERTA DEL PRADOen 1936; el primer envío a Valencia se produjo el 10 de noviembre de ese año y el último en enero de 1939. A la izquierda,LAS OBRAS EN GINEBRA,custodiadas por un agente de seguridad.