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Anunciación

In document CRISTO VIVO (página 72-77)

I. «El Verbo era Dios» (Jn 1,1)

1. Anunciación

La Virgen tendría entonces trece o catorce años.

Lo único que acerca de ella sabemos es que se llamaba María. Al conjuro de este nombre, los ángeles se alborozan, el corazón humano se alivia, las cabezas de los oficiantes litúrgicos se inclinan con veneración. Todos los autores espirituales se han empeñado largamente en sacarle brillo a este nombre, se han afanado en buscarle muy honrosas cunas, han desprendido de él las lecciones más varias y edificantes. «Estrella del mar», «Señora», «Luminosa», «Bella», «Amada de Yahvé»...

Pero una cosa parece la más cierta de todas: tal nombre era en Palestina enteramente ordinario y vulgar. Con seguridad existirían en el mismo Nazaret otras mujeres que llevasen ese nombre. Pues bien, lo que más nos desconcierta es que el único dato que sobre María nos suministra el evangelio sea éste, que se llamaba María (Lc 1,26). Por el contrario, acerca de Zacarías la información es mucho más precisa y rica: dícese de

él que era miembro de la clase sacerdotal de Abía y que su mujer, Isabel, descendía de Aarón (Lc 1,5). El contraste entre ambas narraciones—la anunciación a la Virgen y la anunciación a Zacarías—no puede ser más significativo.

En una y otra el mensajero es el mismo, el arcángel Gabriel. Pero las circunstancias y pormenores son bien diversos. Se encontraba a la sazón Zacarías en el templo, un día en que tenía que ofrecer el incienso, en el momento más importante de su vida sacerdotal. María habitaba en Nazaret, una aldehuela que jamás en la Biblia había sido citada hasta entonces, muy lejos del centro judío, en tierra apartada y casi extranjera, «Galilea de los gentiles» (1 Mac 5,15). Se hallaba en su casa, y era un día cualquiera, a una hora que no se determina. El ángel «entró donde ella estaba» (Lc 1,28). A Zacarías, en cambio, se le apareció después que éste entró en el santuario (Lc 1,9). Todos estos detalles, ¿no revelan de algún modo el cambio tan profundo que va a producirse entre el Antiguo y el Nuevo Testamento? Dos innovaciones al menos quedan insinuadas: la nueva economía del Señor no se liga ya al templo ni siquiera completamente a Israel; Dios ya no espera tampoco que el hombre acuda a su presencia; es El quien se adelanta y va en busca del hombre.

Podemos observar también un tercer contraste. De Zacarías y de su esposa nos traza el evangelista una rápida pero valiosa alabanza: «los dos eran justos ante Dios, pues cumplían sin una falta todos sus mandamientos y preceptos» (Lc 1,6). Ningún elogio, por el contrario, nos hace de la Virgen; simplemente nos dice que se llamaba María. Y mientras a ésta el ángel le habla de gracia, de benevolencia, de puro favor, la merced que al sacerdote anuncia es presentada como fruto de sus oraciones. ¿No será por ventura una forma de advertirnos que el magno acontecimiento reservado a María nada tiene que ver con sus méritos y plegarias, sino que se debe exclusivamente a la libre voluntad divina? Es tan grande y soberano y desacostumbrado lo que Dios va a realizar, que nunca pudo caber en la esperanza ni en el deseo de los hombres, mucho menos en sus merecimientos.

El ángel dijo a la doncella: «Alégrate, llena de gracia; el Señor es contigo» (Lc 1,28).

Alégrate con aquella alegría mesiánica, específica, a la cual ya exhortaron hace mucho tiempo los profetas. Lo que en boca de ellos fue tan sólo una lejana invitación, adquiere hoy una urgencia, una densidad sin

igual, pues lo que ellos vaticinaban para un futuro inescrutable se hace ya noticia y revelación en labios de Gabriel.

Alégrate, porque «el Señor es contigo». A Isaac y a Jacob, a Moisés y a Josué les había prometido Dios: «Yo estaré contigo» (Gén 26,3; 31,3;Ex 3,12; Jos 1,5), y quería significarles con ello su especial asistencia para que pudieran sin tropiezos llegar a la tierra prometida y posesionarse de ella. Ahora alégrate tú, María, porque el Señor está contigo y te introduce ya en una tierra que mana leche y miel.

Constituye la Virgen en este instante el más feliz prototipo de la alianza antigua, la concentración acabada de todas las esperanzas, lo que debía haber sido el destino ideal del pueblo elegido: gratia plena, un alma madura ya con ese género de santidad que es preparación perfecta, un alma orientada por completo hacia el que ha de venir y colmada con su venida. La Virgen representa la madurez justa y cabal del Antiguo Testamento. Todos los símbolos que éste había reunido le son aplicables: la zarza ardiente de Moisés, la rama florida de Aarón, el árbol del Paraíso, y aquel otro árbol inmenso que Nabucodonosor vio en sueños, la Casa construida en la cumbre de los montes, la Mujer fuerte de los Proverbios, la Mujer enemiga de la serpiente, la Esposa engalanada para comparecer ante el Esposo, el rico trono de Salomón, el vellocino de Gedeón cubierto de rocío. Todas las mujeres que le han precedido han trabajado para ella, han suspirado oscuramente por su llegada y le prestan hoy, junto con su acumulada capacidad maternal, sus mil atributos. En la iglesia de la Dormición, alrededor del altar de Santa María, hay pintados seis medallones: Eva con una manzana, la hermana de Moisés con un tambor, Jael con un martillo, Judit con una cabeza ensangrentada, Rut con una gavilla, Ester con un cetro.

La Iglesia canta su gloria con aquellas mismas palabras que celebran a la muy santa y dichosa Jerusalén: «El rey está prendado de tu hermosura. Pues él es tu señor, sírvele a él. Los tirios vienen con dones, los ricos del pueblo buscarán tu favor. La hija del rey se halla resplandeciente, su vestido está tejido de oro. Cubierta de diversos colores es llevada al rey; detrás de ella, las vírgenes, sus amigas. Acompañadas de música y júbilo, entran en el palacio real. A tus padres sucederán tus hijos, los nombrarás príncipes por toda la tierra. Se cantó tu loor por generaciones y generaciones. «¡Te alaben, pues, las naciones por los siglos de los siglos!» (Sal 45,12-18).

Ella se turbó al oír tales palabras y discurría qué podría significar aquella salutación. El ángel le dijo: No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios, y concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande y llamado Hijo del Altísimo, y le dará el Señor Dios el trono de David, su padre, y reinará en la casa de Jacob por los siglos, y su reino no tendrá fin. Dijo María al ángel: ¿Cómo podrá ser esto, pues yo no conozco varón? El ángel le contestó y dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra, y por esto el hijo engendrado será santo, será llamado Hijo de Dios. E Isabel, tu pariente, también ha concebido un hijo en su vejez, y éste es ya el mes sexto de la que era estéril, porque nada hay imposible para Dios. Dijo María: He aquí a la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra. Y se fue de ella el ángel (Lc 1,29-38).

Dios no impone a María su voluntad: le permite elegir.

¿Conocía ella el verdadero destino del Mesías? ¿Tenía acerca de éste la misma mentalidad—no decimos las mismas bastardas aspiraciones— que demostraron los apóstoles, suponiéndolo un caudillo glorioso que restauraría la casa de Israel y extendería su dominación hasta los últimos confines? ¿Entendió acaso en sentido material las palabras del ángel relativas al «trono de David»? ¿O más bien estaba ya familiarizada con aquellos vaticinios de Isaías que prenunciaban un «varón de dolores» (Is 53,3)?

Dios nunca hace trampa. Dios no oculta nada a la hora de pedir al hombre una respuesta. Sin duda que María no ignoró por completo la pesadumbre de la misión que en aquel instante se le brindaba.

Nada podía saber con exactitud, pero es de suponer que, cuando pocos meses después Simeón le habló de una cruel espada que atravesaría su corazón, estas palabras vinieron a enlazarse fácilmente con el presentimiento que ella ya tenía y con las innegables luces que recibió del Señor antes de pronunciarse afirmativamente ante el ángel.

Pudo muy bien haber rehusado lo que se le proponía. Los teólogos hablan de una santificación primera, que databa de su concepción sin mancha, y de una segunda o plena santificación causada por el descenso del Verbo a su seno. Absolutamente, aún era libre de elegir... No pudo ser negado a la segunda Eva aquello que a la primera mujer fue concedido: la posibilidad de decir sí o no. ¿Quién será capaz de introducirse en un alma tan singular y adivinar sus movimientos? Sólo una certeza poseemos: que jamás consintió María en la más pequeña imperfección. Pero

desconocemos la historia interior de tan absoluta pureza, las vicisitudes de su libertad, las opciones ante las cuales se halló, las tentaciones que hubo de soportar. Ningún escándalo puede producir esta palabra en quienes están ya debidamente informados sobre las tentaciones de Jesús. Y cuantos recuerden el emocionante clamor de Getsemaní carecerán de motivos para descartar como improcedente la sospecha de una secreta angustia en la Virgen a la hora de aceptar el cáliz de su tremenda maternidad. El cuadro de la anunciación es tan dulce y tranquilo, tan azul, tan tradicionalmente orlado de palomas y arbustos, que casi por instinto alejamos de él toda idea de sufrimiento, de lucha e incertidumbre. El evangelio, es verdad, nada dice acerca de todo esto; pero la teología, ni aun la más denodada defensora de los privilegios marianos, puede prohibirnos que lo pensemos. Tras el ofrecimiento de Gabriel, hubo un corto silencio. El tiempo suficientemente largo para que quedara en suspenso la suerte del Creador y de toda la creación, el tiempo suficientemente breve para que no se alterara —no ya en dirección, pero ni siquiera en ritmo—la ininterrumpida entrega a Dios de aquella criatura excepcional.

Y luego dijo que sí. O mejor, dijo fiat, hágase. No es el fiat del Génesis, cuando el Señor decía «hágase la luz, hágase la tierra». Es un fiat que da comienzo a la segunda creación, pero pronunciado esta vez con labios humanos, con muy frágil garganta. Por eso no es una iniciativa, sino una contestación; no es ninguna orden, es un acatamiento. Es un fiat humilde. Decir sí quizá hubiese sido menos delicado: como si todo no hubiese estado ya misteriosamente resuelto...

Su fiat, tanto como la fórmula de una decisión personal, constituyó la expresión de su fe en el poder y amor insondables del Señor. La fe es la primera forma de colaboración que Dios pide a sus hijos, y fue lo primero que la Virgen otorgó.

Fiat, y la luz fue hecha, y el Verbo se hizo carne. Al ecce ancilla de la

criatura siguió inmediatamente el ecce venio del Salvador.

«Nada hay imposible para Dios»: ni la fecundación del vientre árido de Isabel, ni tampoco la encarnación del Verbo.

¿Dios encarnado? Sí. Ello no repugna a su infinitud: aunque la divinidad envuelva y empape a la humanidad, aquélla permanece inabarcable e impenetrable, metafísicamente inaccesible a toda naturaleza creada. Por el hecho de encarnarse, Dios no se deprime en mayor medida de lo que se oscurece el sol por el hecho de iluminar la tierra. Tampoco

repugna a la característica simplicidad del Único, ya que la naturaleza humana no entra como componente de la divina para completarla; no la hace mayor, ni siquiera más amable, pues era ya infinita en todas sus dimensiones. Y, después de encarnado, el Inmutable no ha experimentado cambio alguno en su esencia; lo ocurrido afecta únicamente a la existencia. ¿Acaso se modifica algo la naturaleza de mi pensamiento cuando lo transmito al papel?

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