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La presentación del Hijo al Padre

In document CRISTO VIVO (página 104-108)

I. «El Verbo era Dios» (Jn 1,1)

3. La presentación del Hijo al Padre

Tras la circuncisión había que cumplir dos ceremonias de antiguo ordenadas: la madre debía purificarse y el niño ser presentado a Yahvé.

Comienza por dejarnos perplejos este rito de la purificación de María. ¿Necesitaba acaso purificarse la Purísima? ¿Necesita el sol cada mañana que uno de nosotros vaya a encenderlo con una candela? La razón de ordinario señalada suele ser preferentemente pedagógica: tal sometimiento de la Virgen a la ley fue una oportuna lección de humildad para los cristianos. Razón, por supuesto, extraída a posteriori. Antes de que el suceso ocurriera, ¿hubiésemos considerado necesario, o aun conveniente, que cumpliera ella semejante precepto? Si se hubiera abstenido, los pedagogos habrían hallado, sin duda, pertinentes motivos muy dignos de loa: «no quiso purificarse porque no quería inducirnos a error acerca de su virginidad»; «no quiso purificarse porque, con ese desacato a una ley que para ella no tenía vigencia alguna, anticipaba ya la actitud de su Hijo violando el sábado y despreciando las farisaicas normas de limpieza exterior». Todo, como veis, es relativo y, por consiguiente, superficial. La razón profunda se encuentra, como casi siempre, en ese estrato que llamamos misterio. La razón profunda de la purificación de la Madre a buen seguro ha de ser la misma que inspiró la presentación del Hijo, rito que encierra parecida paradoja, pues viene a ser como una redención— mediante el pago de cinco siclos—del Redentor. ¿Y cuál fue el motivo de esta presentación u ofrecimiento de Jesús a su Padre? El mismo que Isaías atribuye a la ofrenda que luego había de realizarse en el monte: «Se ofreció porque quiso» (Is 53,7).

La ordenanza general de la purificación no puede asombrar a nadie que esté familiarizado con el carácter «objetivo» del pecado, tal como en la Biblia se concibe a menudo. Lo pecaminoso tenía un ámbito mucho más ancho que lo inmoral. Se podía incurrir en «pecado» sin ejecutar «acto inmoral» ninguno.

Purificación: pero ¿es que se hace de veras impura una mujer al

convertirse en madre? No se trata de ninguna impureza moral, sino tan sólo legal. Y, lejos de interpretar dicha ley como una condena de la

maternidad, debemos más bien interpretarla como su implícita consagración. El verdadero y cabal sentido de la ley no es reprobar el ejercicio de la fecundidad, sino advertirnos que todo cuanto a ésta concierne es algo tan sagrado que el hombre no puede hoy, en su estado de naturaleza maltrecha, acercarse a las fuentes de la vida sin riesgo de profanarlas. ¿No dice Pablo que «la mujer se salvará por ser madre»? (1 Tim 2,15). Aunque la palabra «purificación» sea de suyo negativa y denote un oficio menor de arreglo y enmienda, notad cómo su recto sentido va fundamentalmente encaminado a subrayar aquella «pureza» que debe presidir el uso de función tan santa, secretísima y delicada.

La ceremonia que la liturgia cristiana tiene ahora establecida para toda mujer que entra por vez primera en la iglesia después de ser madre ostenta bien claramente esta significación positiva, luminosa y jocunda, de acción de gracias.

Así que se cumplieron los días de la purificación, conforme a la ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, según está escrito en la Ley del Señor que todo varón primogénito sea consagrado al Señor, y para ofrecer en sacrificio, según lo prescrito en la Ley del Señor, un par de tórtolas o dos pichones. Había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, justo y piadoso, que esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba en él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Cristo del Señor. Movido del Espíritu Santo, vino al templo, y al entrar los padres con el niño Jesús para cumplir lo que prescribe la Ley sobre El, Simeón le tomó en sus brazos y, bendiciendo a Dios, dijo:

Ahora, Señor, puedes dejar ya ir a tu siervo en paz, según tu palabra; porque han visto mis ojos tu salud, la que has preparado ante la faz de todos los pueblos, luz para iluminación de los gentiles y gloria de tu pueblo, Israel.

Su padre y su madre estaban maravillados de las cosas que se decían de El (Lc 2,22-32).

Simeón era «un varón justo y piadoso» que había merecido de Dios le comunicase en secreto la llegada del Mesías, universalmente ignorada. Toda su existencia había consistido en una ardiente espera del Deseado. Bien podía dar ahora esta vida por cumplida: nunc dimittis. Es el canto de la muerte liberadora, el grito del esclavo que acaba de recibir su billete de

manumisión. No debieron de ser muchos los días que el anciano sobrevivió a este acontecimiento.

A Simeón le hizo además el Señor la gran merced de revelarle la verdadera esencia del reino que Jesús venía a fundar. «Luz para iluminación de los gentiles y gloria de tu pueblo Israel». ¿Qué judío hubiera osado pronunciar tales palabras? ¿Quién las hubiera aceptado? Estaban, casi a la letra, en el 'libro de Isaías: «Te pondré como alianza con mi pueblo, como luz de los gentiles» (Is 42,6). Pero se hallaban sepultadas bajo un cúmulo de especiosos comentarios rabínicos que las tergiversaban por completo. Simeón las conservó en toda su limpieza y supo puntualmente aplicarlas a Aquel que había descendido para salvación de todos.

Para salvación y para ruina, misteriosamente.

Simeón los bendijo, y dijo a María, su madre: Puesto está para caída y levantamiento de muchos en Israel, y para blanco de contradicción.

Lucas será con frecuencia quien subraye y pregone esas antítesis que el advenimiento de Jesús ha traído al mundo. Ya en el Magnificat contrapone los orgullosos abatidos a los humildes ensalzados

(1,51-53). A las cuatro bienaventuranzas opondrá luego, como contrapartida, cuatro maldiciones

(6,24-26). Frente a la cruz del buen ladrón señalará la presencia del ladrón inicuo (23,39-43). A menudo ha de insistir en esa pugna ejemplar que se

da entre el publicano enaltecido y el fariseo reprobado (7,29-30; 15,1-r2; 16,14-15; 18,9-14). Pero no es únicamente Lucas el que señala esta disyuntiva constante y trágica. La «piedra de tropiezo» es argumento ordinario de predicación (2 Pe 2,8; Rom 9,33). Cambiarán las antítesis de nombre, pero siempre se reducirán a lo mismo, a esa lucha terrible y sin cuartel que Cristo ha venido a desencadenar. Si las categorías de Juan son la caridad, la vida y la verdad en contra del mundo, las tinieblas y la mentira, Pablo prefiere estas otras: fe, espíritu y justicia en oposición a pecado, carne y ley. Mudará el nombre, pero la contienda nunca falta.

Y tales textos no reflejan únicamente aquel estado concreto de cosas que, mientras fueron escritos, tenían los apóstoles ante los ojos. Se refieren a todos los tiempos venideros. Pensad cómo el cristianismo no trajo la pacificación del mundo, sino la división de los espíritus. Es fuego y sal, y raya de separación.

Siempre suscitará Jesucristo encontrados deseos. La historia entera girará en torno de El. Progresivamente irá perfilándose como la única bandera que agrupe a los escogidos, como el único Nombre. No es temerario esperar que los dos bandos vayan haciéndose cada vez más netos, menos subdivididos: los que crean en Dios creerán en Jesús, y los que rechacen a éste dejarán de creer en Dios. ¿No es poderoso motivo para creer en Cristo el que Dios haya apoyado más y más la expansión de su cruz? ¿No será una buena razón para dejar de creer en Dios—a quien se supone providente y veraz—el ver cómo ha permitido durante tantos siglos el engaño de generaciones y generaciones, adictas a un miserable ajusticiado?

El Apocalipsis describe la condensación máxima de estas dos fuerzas al fin de los días.

Dirigiéndose a María, Simeón añade: Y una espada atravesará tu

alma.

La conexión de estas palabras con las anteriores a nadie se le oculta. El sufrimiento de la Madre tendrá como motivo único los dolores del Hijo, su persecución, su muerte, todo aquello que va a ocasionar «la ruina de muchos». Junto a la pasión, la compasión.

El destino de la Virgen está calcado sobre el de Jesús, en función de éste, sin otra íntima razón de ser. Su purificación en cuanto ceremonia se liga a la presentación de ese niño que cuarenta días antes alumbró. Y el significado hondo de la purificación no puede ser distinto de ese que inspira su actitud de ofrenda al presentar al Hijo: para ella, incapaz de la menor mancilla, purificarse suponía nada más despojarse de Jesús, ofrecérselo al Padre para el sacrificio. Nunca el más inmolado sacerdote estuvo tan identificado con su hostia como Nuestra Señora en el momento de este tremendo ofertorio.

Ser madre del Mesías acarreaba muchos desvelos y tribulaciones. El que había de ser luz de los gentiles y gloria de Israel era, justamente en la misma lección de Isaías, «el siervo de Yahvé», azotado y escarnecido, cubierto de oprobios.

Esta será la espada: la condolencia de María con los acerbos dolores de Cristo, su adhesión inalterable al Salvador crucificado. Y la espada será también esa separación gradual que entre Madre e Hijo irá provocando el oficio redentor de éste. La palabra de Dios, «que es más eficaz e incisiva que una espada de dos filos y penetra hasta la disección del alma y del

espíritu, de las articulaciones y las medulas» (Heb 4,12), esa palabra tan inapelable, ha destinado al Verbo a morir entre gemidos. Pero es también la misma palabra de quien afirmó haber bajado al mundo «para separar al hombre de su padre, a la hija de su madre» (Mt 10,35).

La espada atravesará igualmente esa parte del corazón maternal donde anidan los deseos de posesión, las dulzuras de la intimidad compartida. Esa porción del alma quedará en la Virgen minuciosamente sacrificada.

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