I. «El Verbo era Dios» (Jn 1,1)
1. El desierto
Tierra, tierra, tierra. El desierto es pura tierra y nada más. La vegetación escasísima que de cuando en cuando se advierte, en vez de amortiguar esta penosa sensación, la subraya. Igual que un pequeño son, muy espaciado, acrecienta el silencio. Es un paisaje inhumano. Anterior a los hombres, anterior a los animales, anterior a las plantas. Estamos en el segundo día de la creación. No ha empezado la historia ni la prehistoria. Es una edad precámbrica, alucinante. Es una tierra muy nueva, muy virgen, sin vida aún. O es, si no, una tierra muy vieja, muy prostituida, sin vida ya. No se sabe. Quizá se oye el batir de los élitros de una cigarra. No se sabe: también el oído tiene sus espejismos.
El desierto, tierra «horrible» (Dt 1,19), «solitaria y desolada» (Ez 6,14), «tierra de arenales y barrancos, tierra árida y tenebrosa, tierra donde no mora nadie, donde nadie puede habitar» (Jer 2,6).
Es todo como una «contemplación para alcanzar pavor». Una tierra desollada, lunar. Se amedrenta el corazón. El temor que he llegado a experimentar cuando, en América, me internaba sin compañía por alguna selva, resulta un temor mucho más soportable: invita a defenderse, a calcular, a llenar el tiempo. Pero este miedo que el desierto suscita lo deja a uno completamente inerme, a merced de sí mismo contra uno mismo. Todos los enemigos están ocultos en las propias entrañas. El corazón se encoge. La cabeza resuena. Los ojos duelen.
El calor es espantoso: «45, 48 grados a la sombra». Pero ¿qué es la sombra? He aquí una palabra inservible, una cosa inimaginable. Añadid el
hamsin, ese viento de Arabia que trae partículas inflamadas en suspensión,
el viento de la cólera de Yahvé, el que soplará furioso cuando Jesús exhale su último suspiro. Añadid luego ese tercer elemento de tortura que es la presión extraordinaria, la presión que gravita como una torre sobre los hombros. Estamos en la hondonada más profunda del mundo. Ahora caminamos en zigzag por las faldas del Djebel Garantal, sobre un suelo gredoso. Vamos subiendo, con la esperanza de encontrar más arriba algún alivio.
El Djebel Garantal es el monte de la Cuarentena. Aquí estuvo Jesús cuarenta días y cuarenta noches. Se dilata al sur, indefinidamente, el espectáculo de la aridez. ¿Y esa lámina que reverbera? Es un lago metálico, un lago de sal, asfalto y azufre. Ninguna vida en él. De sus aguas se extrae el betún para las momias. Aguas muertas, sin un pez, sin una planta. Es el mar maldito, el mar Muerto. A un par de kilómetros, en la banda occidental, se halla el monasterio de Qumran. En torno, las cuevas de los monjes. Se trata de la más noble realización de la piedad judía. Eran hombres que lo abandonaban todo, hombres que, en un clima a la vez desértico y tropical, vivían sometidos a la más absoluta abstinencia, a una disciplina rigurosísima. Una simple mentira era castigada con seis meses de pena y reclusión. ¿No son almas rectas, ardientes, que suspiran por el Mesías? ¿Por qué no ir a verlos, a llevarles la dulzura, a liberarlos de sí mismos? Jesús, esta tarde que ha subido hasta la punta del Djebel, derrama su mirada sobre ese lugar de expiación, de grandes fatigas, de esperanzas depauperadas. El lleva también veinte, treinta días sin probar bocado. Este ayuno y esos ayunos, ¿no podrían hermanarse, no podrían fundirse, no podrían formar un haz y subir juntos al cielo? Hay en los ojos del Salvador un secreto que nadie podrá nunca usurpar. Contempla a lo lejos el monasterio, minuciosamente cuadriculado, todo él concebido en función del mejor aprovechamiento del agua. ¡El agua! Jesús se siente ahora la
garganta, se la siente; y el estómago. ¡El agua! ¿No es agua lo que discurre ahí abajo, al oriente, entre dos cintas de verdura? Sí, es el Jordán. Hay árboles. En el Deuteronomio se leen insistentes recomendaciones para que los israelitas respeten los árboles, para que no los talen cuando se acercan a las tierras de sus adversarios. Cortar un árbol es peor que matar un hombre. Extraña mística de nómadas que peregrinan y pelean en tierras calcinadas. La felicidad es una fuente; el amor de Dios es un agua que corre sin cesar; la solicitud de Yahvé se muestra en esa nube que avanza con ellos y da sombra. «Bajo la sombra de tus alas», ¿No recibió Abraham la gran promesa a la sombra de un árbol, en Mambre? Y la gloria de Dios es como el Hermón. Sí, aquello es el Hermón, un monte gigante, de más de dos mil metros de altura. Allí, al norte. Parece flotar. Se ve y no se ve. Será, acaso, la debilidad. Los lugares más próximos tienen mayor consistencia. Por ejemplo, ahí, al poniente, se halla la ciudad de Jerusalén. Unos macizos oscuros de olivos la delatan. « ¡Jerusalén, Jerusalén, si supieras...!»
Jesucristo está en el desierto, ayunando. Ha ido allí por impulso del Espíritu. Sobre esto no cabe duda. «Fue llevado por el Espíritu», dice Lucas (Lc 4,1). «Fue conducido por el Espíritu», dice Mateo (Mt 4,1). Y Marcos afirma: «El Espíritu le empujó» (Mc 1,12).
Va a permanecer allí cuarenta días, igual que Elías y Moisés. Tiene en la Biblia el número cuarenta un preclaro simbolismo: denota siempre una etapa de preparación.
Cuarenta días duró el diluvio, al cual iba a suceder la expansión de una humanidad nueva. Cuarenta días estuvo Jacob embalsamado antes de recibir sepultura. Cuarenta días duró la exploración del país de Canaán, y cuarenta años aquel largo éxodo que había de acabar en la Tierra Prometida. Cuarenta días tenía que permanecer Nínive envuelta en saco y ceniza, disponiéndose al perdón. Cuarenta días durmió Ezequiel, tumbado sobre el lado derecho, para expiar las culpas de la casa de Judá. Cuarenta días anduvo Jesús por la tierra antes de subir a la gloria del Padre.
Cuarenta, nadie lo ignora, resulta un número elocuente. Cuatro es el número del universo: cuatro elementos lo integran, cuatro puntos cardinales lo limitan, cuatro estaciones miden su tiempo. Diez es el final de la primera serie de números y sugiere una cierta idea de plenitud: diez vírgenes, diez leprosos, diez talentos. El producto de ambos números es cuarenta, cifra muy apta para simbolizar la totalidad del tiempo terreno, en
vivo contraste con la eternidad, la cual solemos representarla mediante el número cincuenta, ese número que subsigue sin fin a las siete semanas, siete por siete. De ahí que la cuaresma litúrgica resuma admirablemente nuestra vida entera en cuanto período de preparación para aquella nueva existencia que la resurrección alguna vez nos otorgará.
Cuarenta, como veis, es un número que expresa siempre alguna preparación o víspera. Cuarenta días estuvo también Jesucristo en el desierto, disponiéndose antes de empezar su ministerio público.
Ofrece el desierto, a quien por él va caminando, una atroz enseñanza en extremo saludable: su total dependencia de Dios. El mundo no da nada; la esperanza entonces se adelgaza y crece, la esperanza en esa ayuda que sólo de lo alto puede provenir. Nada poseemos. Los pies no conducen a ninguna parte; las manos son incapaces de arrebatar nada, de elaborar nada; la voz es inútil. Se ensaya entonces el habla del corazón.
El desierto es inmenso y uniforme. Despierta, por eso, y protege la idea monoteísta de Dios, un Dios único e infinito. No apetece, desde luego, morar en el desierto: a través de él caminamos, transitamos. Aparece la vida humana, en su conjunto, como una vida errabunda. Se acuerda uno de Abel y de la complacencia con que Dios le sonreía. Abel es el trashumante; Caín es el agricultor, el sedentario, el fundador de las ciudades mundanas. Extrañas conexiones de ideas empujan a la oración: «Dios, tú eres mi Dios, a ti te busco ansioso. Sedienta de ti está mi alma, y mi carne te desea, en una tierra árida, seca, sin aguas» (Sal 63,2).
Este ardoroso deseo empalma con los designios del Señor: «Le llevaré al desierto y le hablaré al corazón» (Os 2,14). La soledad como clima favorable a la divina presencia. Después que Noé y su mujer, sus hijos y sus bestias entraron en el arca, «Yahvé cerró la puerta» (Gén 7,16). Afuera quedaba el mundo, los vanos ruidos, las vanas alegrías, las flores vanas, que el agua iba muy pronto a anegar. Dentro, la intimidad con Dios: «Tú, cuando reces, entra en tu cámara y, cerrada la puerta, ora a tu Padre, que ve en lo escondido» (Mt 6,6). Recogernos es reencontrarnos; encontrarnos a nosotros mismos es hallar la presencia de Aquel que «nos es más interior que todo secreto» 74.
Encontramos ahí el amor. El amado se lleva a la Sulamita al desierto, lejos de la corte, donde la mujer poseía todo menos ternura. En el desierto encontrará ella el amor. Las criaturas no sólo nos ocultan el rostro de Dios,
74 S
sino que además lo imitan. Ahí reside el gran peligro, el peligro del engaño. Creer que los jardines y sitios amenos de la tierra pueden llenar nuestra ansia de felicidad, creer que el agua puede saciar nuestra sed.
El yermo nos concede la paz. Nos libra de tres guerras: la guerra de la vista, que en el mundo ha de luchar contra mil incentivos; la guerra del oído, atacado y solicitado por palabras de detracción, error y lisonja; la guerra de la lengua, tan rebelde a que le pongamos freno. De estas luchas nos libra el desierto.
El desierto, sin embargo, tiene otra cara, otros problemas, otros combates. «Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo» (Mt 4,1).
Ha desaparecido el mundo; la carne está quieta, perfectamente castigada. Pero el diablo se aproxima, acude fascinante, pinta seducciones en el aire, o viene en son de guerra, abofetea, araña. El diablo es el señor del desierto; su vivienda está «en los lugares áridos» (Lc 11,24). Puesto que él es «el príncipe de este mundo» (Jn 12,31), lo es de manera singular de esas porciones no humanizadas aún, en las cuales el hombre no le ha disputado la soberanía. El desierto es la parcela de Azazel (Lev 16,22).
Así pensaban, intrépidamente, los Padres anacoretas. No buscaban en la soledad ninguna morosa degustación. Su retiro no suponía retirada alguna. Más que huir del mundo, se encaminaban a una gran contienda contra el demonio. Buscaban derrotar al «fuerte» mediante el poder del «más fuerte» (Lc 11, 2I-22).
Pero ¿no representa esto una empresa temeraria? Creedme, es más bien una medida absolutamente precisa: sólo en la soledad desenmascaramos esas ocultas fuerzas de perversión que laten en nosotros. Y únicamente descubriéndolas podemos reducirlas y vencerlas. En el desierto, el debate se estiliza, se hace esencial.
Viene a ser esto voluntad muy concreta de Dios. La ambivalencia del desierto—lugar de dominación de Satán y lugar donde Dios habla al oído —es paralela de aquella otra ambivalencia incluida en el concepto de tentación: la tentación no constituye únicamente una invitación diabólica, sino también una prueba del Señor. El alma es probada como es probado el acero. «Es Yahvé, vuestro Dios, quien os prueba para saber si amáis a Yahvé, vuestro Dios, de todo corazón» (Dt 13,4). Adquiere el alma en la soledad, después de ser tentada, el vigor creciente que la capacita para ulteriores ascensiones.
El desierto, en suma, es el compendio fundamental de todo este mundo, seco en su núcleo, seco de verdad, que suspira por las aguas de un bautismo cósmico. Aquel día, «exultará el desierto y la tierra sin agua, la soledad se regocijará y florecerá como un narciso» (Is 35,1), porque «yo, Yahvé, haré brotar fuentes en las alturas peladas, convertiré el desierto en un estanque, y la tierra sin aguas en corrientes de aguas; yo plantaré en el desierto cedros y acacias, mirtos y olivos; yo plantaré en la soledad cipreses, olmos y alerces juntamente, para que todos vean y comprendan, consideren y entiendan que es la mano de Yahvé la que hace eso» (Is 41,18-20).
Toda esta tierra es yermo para quien ha interpretado bien la sed que su corazón padece, así como también todo el año, la vida íntegra, es cuaresma y luz morada.