I. «El Verbo era Dios» (Jn 1,1)
1. Nicodemo, «maestro en Israel» (Jn 3,10)
De una sola mirada, Cristo alcanzó la raíz de aquel corazón. Era un corazón recto, bienintencionado, enemigo de la maldad. Era, a la vez, un corazón flaco, indeciso, enemigo de todo exceso aun en el bien. Era Nicodemo.
«Había un fariseo de nombre Nicodemo, principal entre los judíos, que vino de noche a Jesús y le dijo: Rabí, sabemos que has venido como maestro de parte de Dios, pues nadie puede hacer esos milagros que tú haces si Dios no está con él» (Jn 3,1-2).
Porque era un alma animada de buenos deseos, fue a ver a Jesús. Porque era cobarde, fue a verlo de noche. Temía comprometerse tanto en un sentido como en otro. Pertenecía al número de aquellos que Juan describe así: «De entre los jefes, muchos creyeron en El, pero por causa de los fariseos no lo confesaban, para no quedar fuera de la sinagoga. Amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios» (Jn 12,42-43).
Claro está que, entre estos principales de la nación, había sin duda muchos grados y matices en punto a su mayor o menor adhesión a Jesucristo. Habrá, andando el tiempo, quienes se pongan resueltamente a favor de los enemigos cuando sea en público consultada su opinión, y habrá otros que, más o menos tímidamente, iniciarán la defensa de Jesús perseguido. Uno de éstos fue Nicodemo. «Les dijo Nicodemo, el que había ido antes a El, que era uno de ellos: ¿Acaso nuestra ley condena a un hombre antes de oírle y sin averiguar lo que hizo? Le respondieron y dijeron: ¿También tú eres de Galilea? Investiga y verás que de Galilea no ha salido profeta ninguno» (Jn 7,50-52). Acaso para esas fechas seguía ya vergonzantemente al Maestro; acaso era, como José de Arimatea,
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«discípulo de Jesús, aunque en secreto por miedo a los judíos» (Jn 19,38). Nada se vuelve a saber de él hasta después de muerto Cristo, cuando acude con cien libras de mirra y áloe para embalsamarlo (Jn 19,39). Y el velo se
corre aquí, sobre esta pálida figura, para siempre. ¿Pudo más su intrepidez que su apocamiento? ¿Pudo más su fe que sus prejuicios?
Nicodemo era «maestro en Israel» (Jn 3,10). No contaba, desde luego, entre aquellos doctores a los que Jesús increpó con tanta dureza: « ¡Ay de vosotros, doctores de la ley, que os alzasteis con la llave de la ciencia! Vosotros mismos no entrasteis, y a los que querían entrar, se lo impedisteis» (Lc 11, 52). Pero era un intelectual típico, tal vez en aquel sentido en que Nietzsche hablaba de Erasmo: «el intelectual o la cobardía». Los hábitos de estudio habían agudizado su poder de calcular y discernir, embotando esa otra facultad que permite y obliga al hombre a decidirse rotundamente por una solución. No había cruzado todavía aquella frontera que para Pascal separa «el Dios de los filósofos» del otro Dios, «el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob», el Dios que intima a hacer la apuesta. Porque en las escuelas judías era muy frecuente la paradoja de confesar con la boca al Dios de Abraham y tener en el corazón únicamente al Dios de los filósofos.
Además, Nicodemo era un hombre conocido, un grande de la ciudad, y sus dificultades de intelectual se acrecentaban con aquellas otras que dimanaban de su casta y situación, esa situación que prohíbe dar un paso sin antes prever minuciosamente todas las consecuencias. Era Nicodemo un hombre prudente en el peor sentido: en el sentido ordinario de la palabra.
Las graves trabas que encontró este maestro para seguir a Cristo— muy semejantes, hasta cierto punto, a aquellas que al joven rico impidieron abandonar su hacienda—nos plantean una cuestión muy delicada: ¿no es realmente preferible, por lo que a la salvación del alma atañe, la ignorancia de un hombre tosco a esas inteligencias largamente trabajadas? De hecho, la mayoría de los primeros prosélitos del cristianismo procedían de la clase inculta, y recibieron, por parte de los profesionales de la inteligencia, que se mantenían desdeñosamente alejados de la nueva doctrina, el calificativo humillante de apaideutoi, «sin letras».
Existe, no se puede negar, una peculiar situación del entendimiento cultivado que es menester considerar como peligrosa. Existe asimismo una ciencia mala, que hincha el espíritu y fomenta la soberbia (1 Cor 8,1). Es
la ciencia que en alta medida poseen los demonios 86. Es la ciencia fundada
en «argumentos capciosos» (Col 2,4). Son «las filosofías falaces y vacías, basadas en tradiciones humanas, en los elementos del mundo y no en Cristo» (Col 2,8).
Hay igualmente una ciencia inútil, que es «como apacentarse de viento» (Ece 1,17). De sobra es conocido aquel agraphon atribuido a Cristo: « ¡Cuántos son los árboles! Pero no todos dan fruto. ¡Cuántos son los frutos! Pero no todos son provechosos. ¡Cuántas son las ciencias! Pero no todas son útiles». ¿Para qué ocupar nuestra cabeza y nuestro tiempo con estudios inservibles? ¿Para qué acumular conocimientos que no nos han de valer en el único trance importante? Cierto piadoso rabino, a quien un padre preguntó en qué momento convenía que su hijo aprendiese la sabiduría griega, contestó: «A una hora que no pertenezca ni al día ni a la noche». El padre recordó entonces, con sonrojo, aquel precepto del Talmud: «Día y noche estudiarás la Ley».
Pero ¿acaso el estudio de los libros sagrados ayuda algo a la salvación? ¿No pertenecerá él también al número de las cosas inútiles y hasta peligrosas? Los judíos que se obstinaron contra Cristo se dedicaban a escudriñar la ley (Jn 5,39), y «esta gente que ignora la ley y son unos malditos» (Jn 7,49) fueron precisamente quienes se adhirieron a El y alcanzaron la gracia.
¿Constituye, pues, la ignorancia y rudeza de alma una situación de ventaja?
En este punto no existen ventajas. Nada hay mejor ni peor. ¿Qué es preferible: haber recibido cinco denarios, o dos, o uno? Los frutos que a cada cual le serán exigidos guardan estricta proporción con las facultades que previamente le fueron otorgadas. No resulta más envidiable contar en principio con cinco denarios: a la hora de las cuentas deberán ser entregados diez. Tampoco puede apetecerse el estar obligado a devolver tan sólo dos denarios: se cuenta para el trabajo con muy corto préstamo, con un denario exclusivamente. Además, los denarios del evangelio no significan meramente esas potencias que el mundo como tales estima: talento, por ejemplo, para resolver las dificultades. En el plano sobrenatural no deja de ser un buen denario esa tosca simplicidad nativa, la cualidad de no percibir nunca las dificultades, de superarlas por inadvertencia. Quizá en el juego de los préstamos y las deudas haya que incluir un tercer elemento, como ocurre en las diversas fórmulas de la
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palanca. Nada hay en absoluto preferible. Tanto el sabio como el ignorante están conminados a amar a Dios «con todo el entendimiento» (Mt 12,30), con todo su entendimiento, sea el que sea.
No hemos de canonizar, desde luego, la ignorancia en cuanto tal. Es madre de muchas desgracias, también en el campo del espíritu. «Perece mi pueblo, dice el Señor, por falta de conocimiento» (Os 4,6). El gran pecado del mundo, que lo hace del todo condenable, es descrito así por Jesucristo: «Padre justo, el mundo no te conoció» (Jn 17,25).
Existe una ignorancia mala, como hay una ciencia dañosa. Una ignorancia que, lejos de excusar a nadie, constituye ya en sí misma un pecado, el pecado por excelencia. Afirman los budistas que sólo es pecado la ignorancia, pues el que sabe, no peca. Pecamos porque nos engañamos, pero nos engañamos porque somos pecadores. No es concebible el error en quien vive metido en la luz de Yahvé. Aquellos otros, en cambio, que viven en la maldad son capaces hasta de «traficar con la palabra de Dios»
(2 Cor 2,17).
Nicodemo tenía sus dificultades características de hombre intelectual. Si su ingenio, versado en letras sagradas, las había quizá agravado, también es verdad que ese mismo ingenio podía suministrarle recursos para vencerlas. En último término, la victoria tenía que proceder del campo de su voluntad. Exactamente como le sucedía al pobre bûr que cada mañana aparejaba su animal para ir a la sementera. La victoria es la fe en Cristo. Y su mérito no consiste en ser más o menos documentada; consiste en ser más o menos intensa y viva. El grado de documentación en la fe no tiene relieve alguno para el valor sobrenatural sino en la medida en que responde a unas determinadas gracias para ello concedidas. Tal respuesta se da o se niega en ese rincón del alma donde los datos teológicos son tan inoperantes como los conocimientos relativos a la agricultura.
Puede la razón llegar a Dios, puede llegar a conocer su existencia y hasta sus cualidades, por analogía con aquellas que en el mundo contempla; puede conocer a Dios en cuanto participado en las criaturas. Sólo lo alcanza, pues, desde fuera. Y cuanto esto consigue, debe inmediatamente renunciar a aplicarle sus medidas, pues Dios es el Ininteligible, que hace inteligible todo lo demás, del mismo modo que una lámpara muy potente ilumina todo en torno suyo, pero impide que la mirada descanse en ella y la penetre.
Es capaz el entendimiento humano de llegar hasta Dios, y debe llegar. Debe circunscribir los dominios del misterio, declarar cuáles son, a fin de que no tengamos por Dios lo que no es Dios. Su oficio es limpiar el cristal para no caer en el error de incluir como pertenecientes al paisaje las impurezas que sobre el vidrio se acumulan. Esta es su misión, de carácter crítico y modesto, la tarea propia de un precursor. Después tendrá el hombre que poner de su parte todo, es decir, toda su colaboración a la gracia, todo el margen de voluntad que postula el acto de fe.
Y en el momento en que el hombre cree, supera ya todos sus saberes. La fe afecta a la inteligencia, pero no se demora en ella, la atraviesa. Entra la fe hasta ese corazón de la verdad donde reposa lo inverosímil. El saber es siempre saber de apariencias: conforme va creciendo, lo único que hace es explicar unas apariencias más visibles por otras apariencias más esquemáticas y abstractas, mas nunca llega a desposarse con la realidad. La fe sí, la fe consigue aquello que San Agustín llamaba «el abrazo con la verdad» 87. Por lo pronto, la fe en cuanto aceptación del misterio es la más
limpia victoria sobre la ignorancia: significa conocer los límites de todo conocimiento. No debemos olvidar que el misterio representa siempre algo muy distinto de un problema: el problema es una verdad todavía no penetrada, el misterio es una verdad impenetrable, o sea, una condensación de verdad, un exceso de verdad.
Misterio: no me debatiré por llegar a su entraña, me dejaré conducir hasta su corazón. Pues hay algo más importante que poseer la verdad: es ser poseído por ella, y por ella despojado de todas las vanas riquezas del espíritu.
La fe no viene precisamente a dilatar el horizonte de los conocimientos, no nos hace descender a una capa más honda de percepción: es más bien un nuevo principio desde el cual se comienza y se retoma todo lo anteriormente adquirido. Marca el paso entre la «ciencia» y la «sabiduría». Este tránsito es definido así, con palabra dura, por San Pablo: «Si alguno de entre vosotros piensa que es sabio en este mundo, venga a ser ignorante para llegar a ser sabio» (1 Cor 3,18).
La «ignorancia» que San Pablo exige como requisito para obtener la sabiduría es nada menos que la muerte del hombre viejo. «Os habéis despojado del hombre viejo con sus usos y revestido el hombre nuevo, que, para lograr el perfecto conocimiento, se renueva a semejanza del que lo ha creado» (Col 3,9-10). El pensamiento ha muerto y resucita. «Si a
Cristo conocimos antes según la carne, ya no es así» (2 Cor 5,16). Al decir esto, se refería Pablo no precisamente a un encuentro personal con Cristo durante su vida mortal, sino a un conocimiento según las apariencias y no según la gloria. Sólo el Espíritu puede explicarnos a Jesús; de otra manera, Cristo será únicamente el producto de nuestros sueños.
El nuevo conocimiento se obtiene cuando el alma se ha incorporado al proceso de glorificación del Verbo. «Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, conoceréis que soy yo» (Jn 8,28). No hay más palabra que el Verbo, ni más «árbol del conocimiento» que el madero de la cruz. «Nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna sino a Jesucristo, y éste crucificado» (1 Cor 2,2).
Una nueva luz, una luz indeficiente preside esta etapa. Ya no existe la vieja mentalidad del mundo, ya no hay sitio tampoco para la vana curiosidad de los sentidos. «En aquel día ya no me preguntaréis nada» (Jn 16,23). Las zonas de claridad y oscuridad que constituyen el campo donde trabajosamente se mueve la inteligencia natural, no preocupan al hombre de fe, que mira ya con «los ojos del corazón» (Ef 1,18).
La fe, sin embargo, no es un sosiego humano. Un día escribió Nietzsche, todavía muchacho, a su hermana: «Si quieres la felicidad, cree; si quieres la verdad, busca». ¿Quién le dijo a Nietzsche que la fe otorga la felicidad? ¿De dónde dedujo que en la fe ya no cabe búsqueda? Hay estados de sutil intranquilidad en los cuales el creyente experimenta la ambigüedad de todas sus obras; hay también para la fe un campo cada día ilimitado, no tanto en extensión cuanto en profundidad. Existen además dolores muy particulares del que, habiendo encontrado, sigue buscando. No busca nada nuevo, busca diariamente el reencuentro. Los místicos, las almas que más gallardamente han rebasado las luces de la razón, hablan constantemente de sus «noches».
No importa: «que bien sé yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche».