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Oro, incienso y mirra

In document CRISTO VIVO (página 108-110)

I. «El Verbo era Dios» (Jn 1,1)

4. Oro, incienso y mirra

A la hora en que Simeón, con el Salvador en brazos, profetizaba la iluminación de los gentiles, ya venía a adorar a Jesús una caravana de extranjeros, guiada por los resplandores de una rara estrella.

¿De dónde venían? ¿De Siria? ¿De Mesopotamia? ¿De Persia quizá? Sólo se sabe que venían «de Oriente». El término es muy amplio y designa vagamente aquellas tierras que se hallan al otro lado del Jordán.

Tal vez atravesaron el río después de haber acampado una noche en las faldas del monte Nebo. Allí mismo, con la Tierra Prometida ante los ojos, pero sin que le fuese permitido pisarla, murió Moisés. Aunque sea de más fácil acceso y de no menos radiante espectáculo la carretera del Scopus, este viejo camino de Madaba suscita mayores resonancias en el corazón. Moisés, con las rodillas vacilantes, después de muy recios trabajos, pudo llegar hasta allí, hasta la misma cresta del Nebo. Balcón privilegiado para mirar, para esperar o desesperar. El espectáculo se graba a fuego en el alma, y tal vez en nuestra agonía, que es momento muy a propósito, volvamos a contemplarlo, sujeta la tela por manos de ángeles y demonios. Brilla abajo cegadoramente el mar Muerto; tras unos planos intermedios de masas ocres y malvas, los planos que corresponden al desierto de Judá, álzase en el horizonte, como una casa nativa hace tiempo abandonada, la ciudad de Jerusalén. Con un poco de adivinación, si la tarde es clara, si el deseo es ardiente, podemos distinguir las dos torres cimeras, la del monasterio de monjas rusas y la del hospital Augusta Victoria. Vale la pena detenerse aquí un rato antes de entrar en la Ciudad Santa; y rezar, por ejemplo, las oraciones preparatorias de la comunión. O cualquiera de esos salmos llamados «de las Subidas», del 120 al 134, los salmos que alaban a Sión, que cantan la belleza de sus edificaciones, que expresan la nostalgia lacerante de quien se encuentra lejos de sus muros.

Moisés desfalleció sin haber podido pisar la ciudad de sus afanes. Llevaba cuarenta años andando, suspirando por llegar. Murió, sin embargo, «en tierra extraña» (Sal 136,4).

Los Magos, que acaso hicieron sus últimas etapas sobre las huellas doloridas del gran caudillo, tuvieron mejor fortuna. Llegaron a la Tierra de Promisión y se postraron ante su Soberano. ¿Quiénes eran? Sin fundamento alguno, quiere la tradición popular que sean reyes. Parece ser que se trataba simplemente de unos magos, estudiosos de la naturaleza, unos sabios. Muchos siglos antes había acudido también desde Oriente una reina fastuosa, con ricos obsequios, para conocer a otro rey judío, un rey de tan notable sabiduría que su fama había desbordado todas las fronteras del orbe.

El rey que los Magos encuentran es un recién nacido incapaz de pronunciar sentencias profundas. Pero sabrá un día confundir a los grandes de la tierra y someterá la ciencia del mundo a su cetro: a su martillo, a su caña, a su báculo. Es, además, un rey al parecer destronado, sin palacio ni corte. El oro que le traen le vendrá bien, sin duda, para restaurar algo su dignidad... No obstante, este rey sin corona ha de coronar a todos sus súbditos.

Eran los Magos sabios dedicados a la astronomía. Habían descubierto en el cielo una estrella singular, que venía a dar cumplimiento a su larga expectación. Recientes estudios han averiguado la existencia de cierta tradición que por aquellos años andaba muy viva en Persia, referente a la aparición de un salvador.

La estrella los condujo hasta la presencia de Jesús, al cual hallaron junto con María, su madre. San Buenaventura, a este respecto, y para adoctrinar a los fieles en vísperas de la Epifanía, habla de una estrella externa, que todos debemos escrutar, y que es la Sagrada Biblia; de una estrella superior, que es la Virgen Madre; de una estrella interior, que es la gracia del Espíritu 55. De la mano de estas tres estrellas hemos de llegar

hasta Jesucristo para ofrecerle nuestros dones.

«Abrieron sus tesoros y le presentaron los obsequios: oro, incienso y mirra» (Mt 2,11). Los simbolismos de estos regalos son bien justos, y se entrecruzan para definir de muy galana manera la verdad de Cristo. Oro, porque es rey; incienso, porque es Dios; mirra, porque es hombre. Y, puesto que es rey en cuanto Dios y en cuanto hombre, la ofrenda de la mirra y del incienso a una misma persona viene a denotar sus dos

inseparables y distintas naturalezas. Por la entrega del oro es proclamado rey del universo; al ofrecerle la mirra, reconocemos en público que el Hijo de Dios se ha unido verdaderamente a una naturaleza humana; y cuando delante de El se quema el incienso, confesamos expresamente que este Hijo es igual a su Padre en majestad.

Todos estos dones fueron aceptados por el Señor con viva complacencia. Ya no volverá a recibirlos hasta sus días postreros, cuando una mujer quiebre para El el vaso de los perfumes y su cuerpo yerto sea embalsamado con cien libras de áloe. Entre un extremo y otro de su vida, no habrá ninguna glorificación más de esta índole. Las muestras de particular homenaje son para sus dos grandes humillaciones, para su cuna y su sepulcro.

Insistentemente nos exhortan los Magos a presentar ante Jesucristo el incienso de nuestra adoración, el oro de nuestra gratitud y la mirra de nuestro arrepentimiento. En una palabra, nuestra fe viva y operante en sus dos naturalezas.

No parece lógico que a la hora de pedir algo a los Reyes Magos— porque se les puede pedir ciertamente, no menos que a cualquier otro santo del cielo—, les pidamos oro, incienso o mirra para nosotros; más bien pidámosles nos enseñen el camino de Cristo para ir nosotros también a llevarle nuestro oro, nuestro incienso y nuestra mirra.

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