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El vino y la sangre

In document CRISTO VIVO (página 181-184)

I. «El Verbo era Dios» (Jn 1,1)

2. El vino y la sangre

No tienen vino.

Pero hay también otros textos que, al conjuro de las palabras de su madre, evoca esta mañana Jesús. Otros textos, rojos como el vino, rojos como la sangre. «¿Quién es aquel que avanza cubierto de colorado, con vestidos más bermejos que los de uno que pisa uvas, tan magníficamente ataviado, avanzando en toda la grandeza de su poder? Soy yo, el que administra justicia, el poderoso para salvar. ¿Cómo está, pues, rojo tu vestido y tus ropas como las de los que pisan en el lagar? He pisado en el lagar yo solo, no había conmigo nadie» (Is 63,1-3).

Cristo se contempla ahora a sí mismo pisando solo en el lagar, con las uvas hasta la rodilla, con la sangre hasta los ojos. El alma se le aprieta. Tiene el vino ese olor dulzón de la sangre, el gusto salado de la sangre. Pero es preciso, es necesario. ¿Cómo concebir, juntos y a la vez, las ganas y la repugnancia, el miedo y el deseo? ¿Se sucedían o se mezclaban los textos de Isaías? Eran líneas escritas una encima de la otra. « ¡Vosotros, los sedientos, venid a las aguas! ¡Aun los que no tenéis dinero! Venid, comprad pan y comed. ¡Venid, comprad sin dinero, sin pagar, vino y leche!» (Is 55,1).

¿Sin dinero, sin pagar? « ¡Habéis sido comprados a gran precio!» (1 Cor 6,2o), «mas no con plata y oro, corruptibles, sino con la sangre valiosa de Cristo» (1 Pe 1,18-19). Jesús lo sabe. Sabe que El tiene que pisar la uva, y que El mismo será la uva estrujada, y el vino ofrecido de balde a cuantos no tienen con qué pagar. Sabe que es fácil convertir el agua en vino, pero que es difícil convertir el vino en sangre.

Sin embargo, «todavía no ha llegado mi hora». ¿Qué hora es ésta? La

suya. El pronombre posesivo la determina suficientemente. A lo largo del

cuarto evangelio tiene «la hora» de Cristo un significado bien preciso, siempre el mismo. Cuando Jesús, admirado por todos, enseñaba en el templo, los judíos principales montaron en cólera, pero nadie osaba poner las manos en El «porque no había llegado su hora» (7,30; 8,20). Al final de la vida pública, después de haber hecho su ingreso triunfal en la ciudad santa, confiesa a unos griegos, deseosos de hablar con El, que «ha llegado la hora en que el Hijo del hombre será glorificado» (12,23). La víspera de

su muerte vuelve a repetirlo, y ya con acentos de plegaria: «Padre, llegó la hora: glorifica a tu Hijo» (17,1; 13,1). ¿De qué hora se trata? Es, sin duda, una hora de glorificación, pero de una glorificación muy singular, pues la inminencia de esta hora pone congojas en su espíritu: «Ahora mi alma se siente turbada. ¿Y qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora? ¡Pero para esto he llegado yo a esta hora!» (12, 27).

La «hora» de Jesús es la hora de su pasión, no la hora de empezar a hacer milagros. Porque el milagro de proveer de vino a sus amigos lo va a realizar inmediatamente. No hay, pues, duplicidad en sus palabras ni mudanza en sus decisiones. Tampoco las hubo en aquel otro episodio, tan parecido, que cuenta también el evangelista Juan (7,1-10). Se acercaba la fiesta de los Tabernáculos, fiesta de grandes concentraciones en Jerusalén; recomendaron a Jesús sus parientes, con insistencia, que subiera a la ciudad para allí obrar los prodigios que venía realizando en Galilea y darse así a conocer al mundo entero. Jesús se negó: «Mi tiempo no ha llegado aún». No obstante, cuando ya sus parientes habían emprendido el camino, El también marchó, aunque en secreto.

En ambas ocasiones, Cristo cumple aquello que se le pide, mas después de haber pronunciado una negativa. Hay que deducir, pues, que ésta no versa sobre la acción que efectivamente realiza, sino sobre un propósito que oculta. Con todo, entre la acción ejecutada y el contenido de su secreta intención media un estrecho vínculo. Exactamente ese vínculo que liga el signo con la realidad significada: la conversión del agua en vino simboliza la transformación que en su ser va a operarse en el momento de su cruenta glorificación; la subida en silencio a Jerusalén anticipa su ascensión al Padre a través de la cruz.

Pero, a la vez que esta semejanza entre el signo y lo significado, se da también una relación de oposición entre ese sentido obvio que tanto su madre como sus parientes ponen en la petición que le hacen y aquel otro sentido, arcano, superior, que El celosamente abriga acerca de la respuesta otorgada a tal petición. Tanto en uno como en otro caso se trata de su manifestación mesiánica. Mas esta manifestación El no la llevará a cabo mediante sonoros milagros y con el aplauso de las muchedumbres enardecidas. El no ha venido para ser un Mesías carnal ni para obrar prodigios carnales.

Ha venido para transformar la «carne» en «gloria», lo cual tendrá lugar de una manera totalmente imprevista: por medio de su muerte. Entonces, con arreglo a la bendición profética de Jacob, «lavará sus vestidos con vino y en la sangre de las uvas su ropa» (Gén 49,11). Y este

vino será la sangre del Cordero en la cual lavarán después los elegidos sus estolas (Ap 7,14). Entonces ocurrirá el gran milagro concedido a la incredulidad (Lc 11,29). Entonces será de verdad el agua trocada en vino.

De la misma forma que el bautismo cristiano no pudo ser aún instituido durante el bautismo de Cristo en el Jordán, tampoco el sacramento del matrimonio toma de este milagro de Caná su origen. Antes de morir Jesús, estas cosas son meros signos. Su muerte los convertirá en «signos eficaces».

Vino y sangre tienen muy íntimos parentescos, muy semejantes el color y la fuerza. El vino es la sangre derramada de la uva. Dice de Simón el Eclesiástico que «tendía su mano a la libación y ofrecía la sangre de la vid, y derramaba al pie del altar la sangre de olor agradable al Altísimo» (Ecl 50, 16-17). En el vino y en la sangre hay como un milagro permanente: como una fusión y abrazo de dos cosas muy contrarias, del agua y el fuego. Y esto es también el milagro de nuestra carne y nuestras obras: que esta carne pesada se haga flamígera; que el agua de nuestras obras se mezcle con éxito al cáliz de vino del Señor.

Ya ha sido convertida el agua en vino. Todos beben. También Jesús. Nunca desdeñó el beber, hasta el punto de que los judíos le trataban de «comedor y bebedor» (Mt 11,19). Llegará un día, el último jueves de su vida, en que, tomando una copa entre los dedos, transforme aquel vino en su propia sangre. Será ya la pasión. Faltón aún dos años para eso, dos pascuas. Esa última cena constituirá la celebración de la pascua, y esta boda de Caná acontece también en las proximidades de la pascua (Jn 2,13). En la pascua intermedia, para que el simbolismo eucarístico enhebre las tres fechas, Jesús multiplicará los panes y se definirá a sí mismo como Pan de vida (Jn 6,4).

Con voz cálida, despacio, les dirá a sus apóstoles: «Os lo digo, ya no beberé más vino, en adelante, hasta el día en que lo beba de nuevo con vosotros en el reino de mi Padre» (Mt 26, 29). Al día siguiente subiría a la cruz para morir.

Jesús murió para hacer posible ese festín al otro lado de la vida. Porque «el reino de los cielos es semejante a un rey que preparó el banquete de bodas a su hijo» (Mt 22,2). Es cosa de notar y agradecer el que en Caná de Galilea, marco simple y florido del primer milagro de Jesús, concurriesen aquellas dos imágenes fundamentales con que el período mesiánico había sido descrito: la imagen del banquete y la imagen

de los desposorios. La tierna alegría de una boda aldeana es recogida con amor y puesta, como festivo anuncio, en el mismo dintel de los cielos.

Capítulo IX

EXPULSIÓN DE LOS MERCADERES

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