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2. Desarrollo Emocional – Afectivo

2.2. TEORÍA DEL APEGO

2.2.2. Apego y neurociencia

Para Schore, la teoría del apego es una “teoría de la regulación” (Schore, 2001; Sroufe, 1996; Thompson, 1994). Con ello alude a que la madre (figura significativa) es quien regula, inicialmente, una serie activaciones fisiológicas y emocionales del bebé. Cada encuentro afectivo se traduciría así, en una instancia en que se empezarían a desarrollar en el infante un conjunto de habilidades y mecanismos para enfrentar/regular el estrés, las emociones, las situaciones novedosas (impredecibles), el aprendizaje y los estados mentales, como herramientas para épocas posteriores (Schore, 2002). Schore,

enfatiza que son los sistemas cerebrales los principales responsables de la capacidad de enfrentamiento/afrontamiento, por lo que postula entonces que la madre modela y modula con sus acciones de cuidado el cerebro del bebé. En un sentido más específico, estas funciones reguladoras tan críticas para el desarrollo de las competencias de enfrentamiento del bebé son mediadas por ciertos sistemas o ejes cerebrales:

1) El eje simpático-adrenomodular responsable de la regulación del Factor Liberador de Corticotropina (CFR) que facilita la acción del sistema simpático a través de las catecolamina.

2) El eje hipotalámico-pituitario-adrenérgico, que es el encargado de regular la respuesta del estrés a través de la secreción de cortisol (la llamada “hormona del estrés”), y que inhibe y desactiva el sistema simpático.

3) Los circuitos del sistema límbico encargados de una serie de funciones reguladoras, tales como el procesamiento emocional facial, la evaluación emocional inmediata de situaciones estresantes o de peligro, la activación y regulación de emociones.

Schore (2002) señala que las diferencias individuales en el modo de activación de estos sistemas dependen de las interacciones tempranas (materializadas en las relaciones de apego), por lo que un ambiente vincular altamente afectivo permitiría el desarrollo y funcionamiento adecuado de los sistemas nombrados anteriormente, con el objetivo de que el bebe, posteriormente niño, pueda enfrentar/regular de un modo flexible y adaptativo las demandas de la vida en períodos tempranos y posteriores del ciclo vital. En palabras de Schore: “... yo sugiero que la salud mental adaptativa del infante puede ser fundamentalmente definida como la expresión temprana de estrategias resilientes y eficientes para enfrentar la novedad y el estrés, y la salud mental desadaptativa del infante como un déficit en estas mismas capacidades” (Schore, 2001, p.17).

Desde la neurociencia hay dos estructuras que juegan un papel importante en el desarrollo de las habilidades de afrontamiento: el hemisferio cerebral derecho y la corteza orbitofrontal. Schore (2002), plantea que entre la madre y el bebé se producen una serie de encuentros sensoriales y afectivos que van moldeando la organización mental del bebe. Acciones como mirarse, tocarse, emitir diversas expresiones faciales, jugar y/o cambiar de posturas corporales al interactuar, son todos procesos que generan patrones mutuos de comunicación y regulación, lo que puede reflejarse en el concepto de sincronía afectiva.

Esto implica a su vez, la capacidad de generar un lenguaje sin palabras, en el que es posible que ambos miembros de la díada madre-hijo pueden compartir, anticipar, acoplarse y coordinarse en relación con sus respectivos estados afectivos, fisiológicos y cognitivos.

Schore (2001) expone que estos encuentros afectivos y sensoriales mutuos afectan el desarrollo del cerebro del bebé, y más específicamente, del hemisferio derecho. Señala que el desarrollo del hemisferio derecho es dominante durante los primeros tres años de vida, donde se localiza la comunicación emocional/gestual espontánea que se produce entre madre-bebé y se procesa la información relativa a lo que concierne al sentido subjetivo del sí-mismo, la información afectiva facial y auditiva proveniente de los otros. A su vez, afirma que el hemisferio derecho participa activamente en el control de las funciones vitales del organismo que posibilitan la supervivencia, y que permiten que el organismo enfrente activamente el estrés. En sus palabras: “… estas transacciones diádicas afectivamente sincronizadas elicitan altos niveles de energía metabólica para la sintonización de los circuitos corticales y sub-corticales implicados en el procesamiento emocional” (Schore, 2001, p. 24).

Con ello, Schore (2002) alude a que los encuentros sincrónicos entre madre y bebé aumentan la coherencia del cerebro derecho, que se materializa en un aumento de las conexiones entre áreas corticales de alto y bajo orden, posibilitando que el hemisferio derecho funcione y se organice de un modo más autorregulado, más integrado como un todo. El estímulo visual y auditivo proveniente de la madre, expresado en risas, sonrisas, juegos y miradas hacia el bebé, permite esta mayor integración del hemisferio derecho del bebé.

Las consecuencias positivas para el cerebro del bebé al experimentar esta sincronía, ritmo afectivo y comunicativo con su madre se ven reflejadas en la activación de neuronas dopaminérgicas en la formación reticular, promoviendo estados motivacionales, conductas de orientación y exploratorias. Al mismo tiempo, la interacción cara a cara entre la madre y el bebé induce la producción de neurotrofinas (nutrientes para el cerebro) generando la creación de sinapsis, plasticidad sináptica y desarrollo de la corteza y activa los sistemas opiáceos (endorfinas), que estimulando la conducta lúdica en ambas partes de la díada (Schore, 2002).

Por otro lado, el sistema límbico ha sido relacionado con las funciones de la emoción. Durante el primer año este sistema sufre una serie de reorganizaciones que dan cuenta de un desarrollo progresivo de los sistemas de control; el que se hace palpable en una mayor regulación de las activaciones internas y externas, y una mayor autonomía con relación al ambiente por parte del bebé. Anatómicamente hablando, el sistema límbico se considera como un sistema jerárquico/secuencial en donde las áreas de la amígdala, el cingulado anterior y la corteza orbitofrontal juegan importantes roles en la regulación y organización de la conducta personal y social. Este sistema jerárquico también se encuentra organizado vertical y ontogénicamente, en donde la amígdala es el área inferior y más “joven”, relacionada con el procesamiento emocional básico (reconocimiento olfativo, gustativo y sensorial que se produce entre la madre y el bebé durante los primeros dos meses); el cingulado anterior que es responsable de una serie de conductas socio-afectiva y atencionales que mantienen el contacto afectivo entre cuidador y bebé (tales como las vocalizaciones de risas y llantos, representaciones faciales, exploraciones visuales y la regulación afectiva mutua, durante el segundo y tercer cuarto del primer año, y la capacidad de control esforzado de la atención desde el tercer año); y por último, la corteza orbitofrontal, considerada como la “parte pensante del cerebro emocional” que actúa como una especie de sistema de control emocional e intersubjetivo (con funciones tales como procesar las intenciones de los otros a través de los gestos y expresiones (faciales y vocales), la adaptación socio-emocional, la regulación de las emociones, la responsabilidad, la evitación del castigo y la búsqueda de la recompensa, y la representación emocional-implícita de las interacciones sociales, desde el último cuarto del primer año hasta la mitad del segundo año, que es su período crítico de crecimiento) (Lecannelier, 2006).

Todas estas funciones están lateralizadas en el cerebro derecho, y en condiciones socio-afectivas normales, poseen un complejo sistema de interconexiones bidireccionales tanto desde “arriba hacia abajo” (corteza orbitofrontal-cingulado anterior-amígdala), como de “abajo hacia arriba” (amígdala-cingulado anterior-corteza orbitofrontal). Así mismo, los sistemas superiores (corteza orbitofrontal) tienden a controlar y regular las áreas inferiores (tales como la amígdala). Por ejemplo, la amígdala responde a los estímulos emocionales a un nivel perceptivo (nivel inferior), el cual es rápido y directo. Sin embargo, la corteza orbitofrontal procesa esta información proveniente de la amígdala y la ajusta, monitorea, corrige y regula de acuerdo a las necesidades intersubjetivas del

organismo. Esta corteza está especializada para actuar en situaciones impredecibles y de incertidumbre (es decir, situaciones de estrés), regulando y adaptándose a estas situaciones generando conductas sociales adaptadas. Por ende, es claro que este sistema bidireccional de conexiones permite una flexibilidad adaptativa de enormes implicaciones. Las fallas en la comunicación e integración de estas áreas producen una serie de perturbaciones en la adaptación afectiva, personal y social (generando psicopatología), por lo que se hace relevante la afirmación que señala que las relaciones de apego tempranas moldean directamente la maduración de estas estructuras cerebrales, responsables de la regulación y representación socio-afectiva (Schore, 2001).

3.

Psicopatología