• No se han encontrado resultados

APRENDER A AMAR NUESTRO CUERPO

In document La Senda Del Extasis (página 122-127)

Hemos crecido en una cultura que durante siglos ha separado la carne del espíritu y ha castigado al cuerpo como portador de instintos demoníacos y, sin embargo, nos vemos bombardeados por los seductores símbolos sexuales de los medios de comunicación que nos empujan hacia un hedonismo desenfrenado. Como consecuencia de ello, en el fondo de nuestros esfuerzos para mostramos atractivos y actuar de forma seductora, se esconde, a menudo, un poso inconsciente de autocrítica que nos sabotea la capacidad de apreciar nuestros propios cuerpos.

En cambio, si no somos capaces de amar nuestros cuerpos, ¿cómo podremos encontrar a alguien que los aprecie? ¿Cómo podremos compartir con el amante algo que nosotros mismos no valoramos? Si en el fondo desconfiamos del cuerpo y le damos órdenes como si fuera un robot, ¿cómo podremos entregamos a él en el juego amoroso?

La gracia innata

En el sexo sublime, a medida que los amantes van sintonizando con sus cuerpos, van adquiriendo sensualidad y destreza en el juego amoroso, emana de ellos la sensación de haber conseguido un estilo. Nos referimos, sin embargo, a un estilo completamente distinto del que está de moda. Sin vestirse de forma altamente seductora, sin tener un tipo perfecto, se sienten a gusto con su cuerpo y con ellos mismos. La gracia que tienen les confiere una sensación de bienestar vital y de natural autoestima. Se trata de una sensación que viene de dentro y no depende de los dictados sociales. Para el amante tántrico, el cuerpo es un amigo íntimo -aceptado, protegido, cuidado- a pesar de la edad, la forma o el color.

Recuerdo que hace muchos años, cuando participaba en un curso de Tantra en Francia, el monitor enfocaba el tema de la belleza física de una forma impresionante y estimulante: pasó por alto la fachada a la moda e invitó a todos los del grupo que estuvieran dispuestos a quitarse la ropa y mostrar su cuerpo. Un elemento crucial en la

experiencia oriental de uno mismo como ser inmortal es el hecho de que esta realización tiene lugar a través del trabajo con el cuerpo, en

contraposición con el ocultismo occidental, denominado experiencias corporales sutiles, que con frecuencia se dan independientemente del cuerpo. Occidente intenta crear la inmortalidad y conseguir el cielo básicamente a través de las buenas obras y, más recientemente, mediante el crecimiento psicológico y el autoconocimiento... Pero si el cuerpo no se integra en el autoconocimiento, la persona acaba obsesionándose con la idea del bienestar. El crecimiento psicológico sin una conciencia corporal es comparable a un árbol sin raíces. Arnold Mindell Dreambody

Para hacerlo más fácil y añadir un toque de humor, cada participante debía encontrar una forma singular de desnudarse ante el grupo. Algunos pusieron música de la danza del vientre e iniciaron un striptease. Otros propusieron que el grupo cantara y aplaudiera. Una mujer nos hizo vendar los ojos hasta que se hubiera desnudado. Muchos de nosotros pasamos momentos violentos, pensando: «Tengo los pechos muy pequeños, los muslos demasiado grandes, el trasero en forma de pera... ¿Cómo voy a dejar que me vean?» Detrás de la actitud festiva de la mayoría se notaba la tensión del temor reprimido a que nuestros cuerpos no fueran aceptados.

En primer lugar, le tocó el turno a Michel, una persona que había estudiado Tantra muchos años y que, a pesar de ejercer una fuerte influencia en el grupo, solía permanecer en segundo plano. Cojeaba bastante; a buen seguro había sufrido un grave accidente en algún momento de su vida. Cuando le vi avanzar hacia el centro del grupo, el corazón me dio un vuelco. ¿Se atrevería a desnudarse? A diferencia de los demás, se limitó a pedir silencio. Se sentó con la torpeza de la persona que tiene poca fuerza muscular en los muslos. Nadie habría dicho que el cuerpo le incomodara lo más mínimo, parecía que aceptaba sus limitaciones con toda naturalidad. Empezó desabrochándose los cordones de los zapatos, al cabo de un momento aparecieron un par de pies torcidos, después unas piernas muy huesudas y luego un torso lleno de cicatrices.

Michel se comportaba con toda la tranquilidad del mundo, como si estuviera en la intimidad de su habitación. Tenía unas manos firmes, unos gestos naturales. Se movía con tanta tranquilidad que se hubiera dicho que era imposible que aquel cuerpo hubiera sido lastimado alguna vez, que no tenía ninguna de las imperfecciones que al resto del grupo nos hubiera cohibido y preocupado. Tenía los ojos azules y brillantes con la intensidad precisa del guerrero que apunta hacia un objetivo distante. Se notaba una sombra de desafío en su orgullo y, a la vez, un gran resplandor en aquella expresión sosegada, una gran franqueza, incluso cierta humildad en el porte. El grupo permaneció en silencio durante un rato cuando acabó de desnudarse, después estallaron los aplausos espontáneos. Para mí, la «actuación» de Michel constituyó una revelación. En unos minutos había desenmascarado los mitos que tenemos sobre la belleza como reflejo de una forma perfecta. Y en cambio, si la belleza que transmitía no era la del cuerpo, ¿de dónde provenía? La respuesta que se me ocurrió enseguida fue: «La belleza viene del espíritu. Es el espíritu el que «viste» al cuerpo y no la ropa que le añadimos». Aquel hombre sabía que él no era su cuerpo. Ni se identificaba con la forma de éste ni la juzgaba: su cuerpo era su amigo.

Aquel personaje fue una excepción. Casi todos -sobre todo las mujeres- experimentamos timidez al despojarnos de nuestra ropa. En mis seminarios, mucha gente tiene un aspecto desgarbado cuando está vestida, como si intentara esconder algo. Sin embargo, me sorprende siempre ver hasta qué punto el

Si hay algo sagrado, es el cuerpo humano, y la gloria y la pureza de un hombre son el signo de su virilidad sin mancha, y en el hombre o en la mujer, un cuerpo puro, vigoroso y firme, es más hermoso que el más hermoso rostro.

Walt Whitman Hojas de hierba

cuerpo de estas mismas personas parece tan bello cuando están desnudas. Esta belleza es el reflejo del alma que se esconde tras la forma.

El cuerpo como templo

En el sexo sublime, la carne no se considera un obstáculo para alcanzar un espíritu puro y libre, antes bien como trampolín a partir del cual el espíritu se eleva. Es preciso mantenerse firmemente arraigado al cuerpo para poder remontar las alturas del éxtasis sexual. El cuerpo es nuestro templo, la morada de una divinidad singular: nosotros mismos. Como responsables de este templo, le rendimos homenaje y mantenemos alto su espíritu procurando que el templo esté limpio y sano, a fin de que pueda albergar la divinidad -al amante que llevamos dentro- que habita en su interior.

A lo largo del libro aprenderemos a traspasar las puertas del templo, a penetrar en sus jardines secretos, sus cascadas y otros rincones deliciosos que nos ofrecerá para nuestro goce. Al hacerlo, rendiremos homenaje y redescubriremos nuestro propio cuerpo para que pueda recibir y asimilar, en el juego amoroso, energías más sutiles e intensas.

Aprenderemos a reverenciar el cuerpo como organismo sensible y extraordinariamente inteligente, ya que representa la más alta evolución de las formas vitales. Desde el punto de vista tántrico, el cuerpo es el vehículo que transforma la conciencia, el crisol en que el metal base de la energía física puede refinarse hasta llegar al oro puro del éxtasis. Y al igual que los videntes tántricos, al amar el cuerpo y descubrir en él su sabiduría oculta, comprendemos que quien entiende la verdad del cuerpo llegará a conocer la verdad del universo. Para participar en esta verdad, podemos desembarazamos con toda tranquilidad de las ideas preconcebidas respecto a la conversión del cuerpo en un ideal estereotipado. A pesar de que en el sexo sublime no hace falta conseguir músculos voluminosos o curvas muy perfiladas, es importante alcanzar una forma física óptima a través de la dieta saludable, el ejercicio físico, la respiración profunda y la relajación. Para ayudar a relajamos conviene practicar, al menos una vez a la semana, un masaje en todo el cuerpo. El sexo sublime requiere un cuerpo ágil y maleable, capaz de moverse facilmente, sin molestia en el juego amoroso. La debilidad y la carencia de forma física nos hace esclavos de muchos impulsos inconscientes. Cuando estamos nerviosos, angustiados y distraídos, no tenemos suficiente energía, concentración y resistencia para prolongar y dirigir conscientemente la experiencia amorosa para conseguir la satisfacción y la magnificencia mutuas.

Además de la forma física, debemos ser conscientes, como Michel, de que nuestro cuerpo es nuestro amigo. Ello significa aceptarlo tal como es, no como podría ser o como sería en caso de «mejorarlo». En este sentido, nosotros y nuestro cuerpo podemos llegar a ser como dos amantes que, después de haber La salud es la piedra de

toque del placer. George Leonard

vivido juntos mucho tiempo, han conseguido una profunda compenetración. Ya no tienen por qué sentirse cohibidos, no necesitan demostrarse nada ni cambiarse el uno al otro. Entre ellos fluye una corriente de reciprocidad, tan natural como el flujo y el reflujo de las mareas.

Partiendo de este punto de vista, trabajar con el cuerpo no es algo aburrido ni monótono. Más bien se trata de una celebración de la vida alegre y festiva. En el sexo sublime no sometemos el cuerpo a dictados de la voluntad. Investigamos su potencial, escuchamos sus mensajes y confiamos en su capacidad de autorregulación. Tenemos en cuenta y respondemos a sus impulsos desenfrenados, que no son llamadas a la decadencia y al caos sino invitaciones a la aventura: profundos anhelos de vivir plenamente la vida.

Abrir las puertas de las estancias prohibidas

A fin de preparamos para los ejercicios siguientes y vividos plenamente sería conveniente imaginar que acabamos de heredar el maravilloso castillo donde crecimos de pequeños -donde creció nuestro cuerpo- y al que ahora hemos regresado. Despacio, día tras día, vamos visitando sus innumerables estancias. Algunas son acogedoras, llenas de luz. Las recordamos de cuando éramos niños y nos sentimos cómodos en ellas. Corresponden a las partes del cuerpo que aceptamos, a las que nos sentimos identificados: el pecho, por ejemplo, o la cara. Encontramos otras estancias -podrían ser los muslos y la pelvis- oscuras y llenas de presagios, o bien cerradas y prohibidas desde la niñez; algunas nunca se han acabado de amueblar, necesitan decoración.

Paseamos por el castillo no es algo fácil, sobre todo al llegar a abrir estas estancias oscuras y prohibidas. A veces sentiremos que alguna parte del cuerpo está entumecida. Se diría que está cerrada a cal y canto, incapaz de admitir cualquier sensación: como cuando, en la cama, la caricia del amante no conlleva sensibilidad alguna. En estos momentos no sabemos cómo abrimos para que la caricia del amante llegue a lo más íntimo de nuestro ser. Realmente nos sentimos «bloqueados». ¿Qué nos sucede?

De niños, empezamos a vivir como seres inocentes, llenos de vitalidad; nuestros movimientos y energía son ilimitados, fluidos. La investigación nos demuestra que si durante la infancia nos han protegido, abrazado, acariciado, conseguimos una imagen corporal sana. Sin embargo, esta vitalidad natural poco a poco se va limitando. Nuestra tendencia natural a responder positivamente al cuerpo y a la vida queda frenada por los condicionamientos negativos, aunque bienintencionados, de la sociedad: «No toques esto»; «No hagas esto»; y, sobre todo, por las referencias físicas directas como: «¡No te toques aquí abajo!». A raíz de esto acabamos creyendo que nuestro instinto natural está equivocado, es peligroso, y vamos suprimiendo las sensaciones vitales de deseo, atracción, excitación y aventura. Cuando aparece la tensión y nos replegamos para evitar ser heridos, el fluido de la energía se interrumpe. Quizás no experimentemos dolor

Conocer la verdad del cuerpo es ser consciente de sus movimientos, de sus impulsos y limitaciones, es decir, notar qué pasa en él. La persona que no siente las tensiones, la inflexibilidad o la ansiedad de su cuerpo está, en este sentido, negando la verdad de su cuerpo.

Alexander Lowen Love and Orgasm

pero tampoco experimentamos placer. La tensión se puede producir en cualquier parte del cuerpo -no sólo en la zona genital- y siempre afecta a la sexualidad. Por ejemplo, se nos oprime la garganta, el rostro se pone tenso, rígido, cuando, en la niñez, nos hemos «tragado» expresiones sonoras como el sollozo, el grito y el chillido. Las piernas quedan rígidas e inflexibles cuando se ha frustrado la necesidad de dar patadas, dar volteretas o bailar. Y, lo más importante, la pelvis se vuelve rígida y se retrae cuando tensamos los músculos anales para reprimir la rabia, o cuando contraemos los músculos genitales para reprimir sensaciones sexuales prohibidas. Se trata de reacciones típicas que si se repiten en la infancia como respuesta a actitudes de condena por parte de los padres, poco a poco se convierten en hábitos que embotan determinadas partes del cuerpo. Este proceso de embotamiento fue descubierto por Wilhelm Reich, el psicoterapeuta y psicólogo de vanguardia, quien lo denominó «la coraza caracterial».

A partir de aquí sentimos temor frente a nuestra capacidad de experimentar placer. Ser sensible significa ser vulnerable: que fácilmente se nos puede herir. Por ello nos replegamos. Nuestras energías permanecen encerradas en determinadas partes del cuerpo, que posteriormente quedan rígidas o dormidas. Al prohibimos tocar, reverenciar, amar y disfrutar de nuestros genitales, se nos apaga la propia fuente de la sensibilidad. Fabricamos una coraza para protegemos de lo que consideramos una posible amenaza para sentir profundamente.

En este sentido, nuestro cuerpo ha sido herido y necesita curarse. En el sexo sublime aprendemos a identificar las zonas heridas -explorando las partes que han sido rechazadas, ignoradas o negadas- y a curarlas, concediéndoles atención, cuidado, ternura y caricias amorosas. Al curar y admitir estas partes del cuerpo, nos sentiremos más sanos, más completos y llenos de vitalidad.

Liberar la energía contenida

Nuestros sentimientos conllevan energía: la necesidad de llorar o reír, de movemos y tocar, de expresar rabia o sensaciones cariñosas. Cuando se reprime esta energía, queda almacenada en el cuerpo, especialmente en los músculos que forman la capa entre el interior del cuerpo y su superficie. A menudo, al relajar nuestros músculos, emergen del subconsciente problemas y recuerdos enterrados y un determinado tipo de energía emocional que teníamos bloqueada. Esto ocurre, por ejemplo, cuando la gente inicia un programa de ejercicios o recibe un profundo masaje: pueden surgir las lágrimas, pueden aparecer los recuerdos, pueden aflorar innumerables temores.

En los ejercicios siguientes empezaremos el proceso de relajación de las partes que han sido bloqueadas y anuladas durante tanto tiempo. En el sexo sublime esta liberación es de suma importancia. Cuanto mayor sea nuestra capacidad para soltarnos emocional y físicamente, más posibilidad tendremos de experimentar el placer del orgasmo. La fluidez emocional y sensual es el lenguaje del juego amoroso. No se puede conseguir el orgasmo en el amor si La repetida queja que

formulan las mujeres contra la torpeza, la grosería y la incompetencia de los hombres en la aproximación sexual y en la propia relación sexual, contra la falta de destreza de los hombres en el juego previo y su incapacidad para comprender el sentido de éste, refleja casi sustancialmente, la falta de experiencia táctil que estas personas han padecido en su niñez. Es difícil imaginarse a alguien que ha sido amado con ternura, a quien han acariciado en la infancia, que no sepa aproximarse a una mujer o a un niño con especial cariño.

Ashley Montagu Touching

no se consigue en la rabia o el llanto. Esto significa expresar y liberar la energía emocional que crea.

El cuerpo es capaz de crear una potente carga de energía. Pero es incapaz de contenerla durante un período indefinido sin verse lesionado. La carga ha de liberarse si queremos que el cuerpo funcione armónicamente. En los prolegómenos del sexo sublime es importante que el cuerpo sea capaz de cargar y descargar energía de una forma sana y fluida. Al mantenernos en forma, amamos a nosotros mismos y practicar los ejercicios del libro estamos cargando el cuerpo y almacenando la energía. Al expresarla a través del movimiento, el sonido y el juego amoroso dinámico, liberamos esta energía almacenada. La carga, descarga y recarga de energía simbolizan el ciclo natural de la vida. Se refleja en el ciclo del juego amoroso, que empieza excitando y absorbiendo energía sexual, llega al punto culminante con la liberación orgásmica y continúa con la relajación y la recarga.

Cuando lo hayamos conseguido, aprenderemos técnicas superiores para crear una energía de carga superior y después, en vez de liberarla, la acumularemos y la canalizaremos hacia altos niveles de placer y éxtasis. El próximo paso en el proceso, sin embargo, será liberar la energía que se ha bloqueado en el cuerpo a causa de los obstáculos culturales y familiares y las relaciones anteriores. Al principio la experiencia puede resultar incómoda, pero, después, nos abre a un amplio abanico de sensaciones que vale la pena vivir.

La coraza caracterial nos impide expresar plenamente nuestra sexualidad y, para convertimos en amantes llenos de vida, hace falta levantar poco a poco esta capa protectora obsoleta. Cuando lo conseguimos de una forma natural, la liberación del cuerpo y la expresión de los sentimientos pueden convertirse en algo alegre, que, a menudo, puede compararse con una gran danza liberadora. Este estado estimulante, vital es el camino del éxtasis.

In document La Senda Del Extasis (página 122-127)