El sexo sublime requiere un profundo nivel de comunicación entre los miembros de una pareja. Al experimentar el contacto sincero entre ambos, la comunicación se convierte en comunión y el acto amoroso nos puede llevar a experimentar el éxtasis. No obstante, este intento de crear la profundidad en la relación constituye un reto que, a menudo, provoca temor. Determinadas personas intentan ignorar estos temores y no los mencionan nunca. Otros pasan mucho tiempo hablando de ellos, centrándolos en la comunicación a través del lenguaje, las ideas y los conceptos, porque no se arriesgan a mostrarse abiertos y vulnerables emocionalmente.
De todos modos, el amor es una experiencia que comporta tanta franqueza que, a menudo, crea situaciones donde se manifiestan los temores a pesar de los intentos que hagamos por racionalizados y desprendemos de ellos. Por ejemplo, a menudo, cuando más deseamos conseguir un amante, más temor sentimos de mostrar nuestros sentimientos, pensando: « ¿Y si yo descubro completamente mi corazón y el otro me rechaza?». Pensamos que, al expresar nuestros temores o pensamientos negativos a nuestra pareja, se creará una distancia. De hecho, hablar sinceramente resulta revitalizador. Y cuando hemos aprendido a recibir la sinceridad, creamos más intimidad que distancia.
Al investigar la práctica del sexo sublime con más profundidad, es probable que los sentimientos de inseguridad o de incomodidad salgan al exterior durante los ejercicios. En cierta forma, estos ejercicios producen el mismo efecto que el amor: nos abren a sentimientos bellos, pero, al hacerlo, también permiten que surjan antiguos resentimientos no expresados procedentes de experiencias sexuales problemáticas vividas en el pasado. Por ejemplo, podemos hallamos preparados, dispuestos a iniciar un ejercicio; no obstante, después de empezar, puede sorprendemos un sentimiento de temor. Este tipo de sentimiento es normal. De hecho, constituye una buena señal porque su aparición repentina demuestra que permitimos la entrada de más energía en nuestro sistema. Hacemos progresos al romper las pautas de comportamiento que nos limitan.
La confianza y su hermana, la entrega, son como un útero dentro del cual se gesta y madura todo acto consciente.
Richard Moss The I That is We
Los antiguos griegos denominaban nuestros «demonios» a estos temores y resistencias; los tibetanos los llaman «monstruos». Cada tradición y método espirituales de crecimiento interior les da un nombre, una mitología, y ofrece diversas formas de abordarlos. Pero todas las tradiciones coinciden en un punto: si uno sabe cómo mantenerse consciente y centrarse en uno mismo al aparecer los demonios, puede mirados de frente, aceptarlos, hacer amistad con ellos, para que se conviertan en aliados y no en enemigos y poder, de esta forma, superarlos. En este capítulo aprenderemos ejercicios que nos enseñarán de forma gradual a dominar a estos demonios: a conocer nuestra aprensión y a revelada a nuestra pareja de una forma revitalizadora para ambos. Después, cuando hayamos hablado abiertamente de nuestros miedos, descubriremos que entre ambos está creciendo un lazo de confianza. Notaremos que somos más espontáneos, podemos relajamos con más facilidad y abrimos al otro en cuestiones referentes a nuestra vida amorosa. Esta llamada a bajar la guardia de forma paulatina es el reto del sexo sublime, ya que, al expresados de una forma desarmada a nuestra pareja, estamos abriendo la puerta al éxtasis sexual.
No obstante, éste es un riesgo que sólo podemos correr cuando nos sentimos aceptados por la otra persona. Existe una especie de progresión al abrimos a la confianza que, al verbalizada, sale más o menos así: «Cuanto más confías en mí, más aceptado me siento. Cuanto más aceptado me siento, más abierto y vulnerable me siento contigo. Cuanto más abierto y vulnerable se muestra el uno al otro, más intimidad se puede compartir. Cuanta más intimidad se comparte, más crece el amor».
La confianza constituye también la forma de describir la amistad que se puede desarrollar entre dos personas cuando han superado el primer estadio de impulso del enamoramiento, cuando empiezan a notar y a enfrentarse con los problemas: por ejemplo, cuando un miembro de la pareja desea hacer el amor y el otro no, o cuando uno desea que le acaricien de cierta forma y el otro considera que esto es poco atractivo. En este contexto, la confianza significa que, más allá de las contradicciones, existe una panorámica más extensa, un sentido del compromiso más amplio. Experimentamos que nos hallamos en una senda común y que la interacción mutua enseña a ambos cómo madurar y ser más comprensivos. En un entorno de confianza no se culpa al compañero de no satisfacer plenamente los propios deseos. Se acepta el hecho de que en ciertos aspectos existen diferencias, si bien se reconoce que ambos aportan ofrendas valiosas a la relación, lo cual la hace vigorizante y compensadora.
Normalmente, la confianza y la franqueza no se dan de inmediato en una relación. Los amantes, para abandonar la actitud de defensa deben sentirse protegidos y seguros. En este capítulo aprenderemos a crear el entorno sagrado, un santuario que ayudará a crear el entorno de confianza mutua entre uno mismo y el partenaire. Aquí podemos exponer y «aceptar» los temores, en un ambiente seguro y de apoyo y, consiguientemente, convertidos en algo inofensivo. En el Para nosotros es siempre
importante tener conciencia de los sentimientos. Los sentimientos tienen una buena razón para existir y, por tanto, merecen nuestra atención y respeto. Incluso los sentimientos incómodos que preferiríamos evitar, como la ira y la depresión, pueden servir para conservar la dignidad e integridad del ser. Harriet Goldhor Lerner The Dance of Intimacy
entorno sagrado nos damos a nosotros mismos y al compañero la oportunidad de ser transparentes: de reconocer quién somos, qué sentimos, pensamos y, quizás, lo más importante, cómo podemos hacemos más asequibles el uno al otro. Puede darse la circunstancia de que la salita de casa o el dormitorio -tal como están dispuestos actualmente- no ofrezcan la imagen de un espacio especial, sagrado. Probablemente están demasiado repletos de imágenes y sonidos de nuestra vida cotidiana para animamos a investigar otra dimensión en nuestro ser. Pero no debemos preocupamos. Las estancias menos apropiadas pueden convertirse rápidamente en entornas mágicos.
A veces, esto sucede con gran facilidad y de forma inesperada. Por ejemplo, dos amigos míos, Suzanne y Eddy, se disponían a pasar unas cortas vacaciones en la costa de California, al sur de San Francisco. A pesar de que habían tenido una relación íntima durante unos cuantos años, hacía una temporada que no se veían y deseaban que la primera noche que hicieran el amor fuera especial. Eddy, en concreto, se imaginaba haciendo el amor en una cabaña de madera situada cerca del Big Sur, escuchando el azote de las olas del Pacífico, la luz de la luna brillando a través de los pinos fuera de la ventana.
A causa de una serie de retrasos y contratiempos en el viaje, sin embargo, se vieron obligados a pasar la primera noche en casa de un amigo en un barrio de las afueras de San Francisco. Su anfitrión no disponía de cama para los invitados de modo que les ofreció un colchón que colocaron en el suelo, en una habitación vacía que él utilizaba para hacer yoga y meditación. Hacía frío, el suelo era de mosaico y la habitación, a primera vista, parecía muy poco acogedora. Eddy y Suzanne decidieron dejar pasar aquella noche, prescindir del juego amoroso y reservar los momentos de felicidad para la noche siguiente.
Suzanne explicaba: «los dos estábamos cansados, decepcionados y nos retiramos a la habitación pronto. Eddy puso leña en el fuego y lo encendió. La luz de la habitación era demasiado fuerte, así que la apagué y encendí unas velas que encontré por allí. Había asimismo una barrita de incienso medio consumida y también la encendí.
»En un rincón vi un equipo de música con un case te puesto. Contenía una grabación que yo no conocía: Antártica, de Vangelis. Lo puse en marcha pero no le presté demasiada atención, ya que pensaba ducharme. Nos duchamos y nos dispusimos a ir a la cama.
»Cuando entré de nuevo en la habitación, el ambiente se había transformado completamente. La habitación estaba cálida y radiante a la luz suave y titilante de las velas y el fuego. Aquella música me pareció celestial, tan desconocida para mí que perdí todo el sentido del espacio y el tiempo. El incienso nos ofrecía un toque exótico. La habitación parecía silenciosa, en paz, tenía algo sagrado, algo mágico.
La naturaleza primordial de todo ser humano consiste en estar abierto a la vida y al amor. El hecho de mostrarse vigilante, a la defensiva, desconfiado y encerrado, constituye la segunda naturaleza en nuestra cultura. Son los medios que adoptamos para protegemos de la posibilidad de ser heridos, aunque cuando este tipo de actitud se convierte en algo caracterológico o estructurado en la personalidad, constituye una herida mayor y crea una lesión más grande que la que uno pudiera sufrir. Alexander Lowen Bioenergetics
»Los dos nos emocionamos... quizás, en definitiva, no perderíamos la noche. Excitados, colocamos el colchón en el centro de la habitación, sin que pareciera una cama normal, lo cubrimos con sábanas limpias, nos tendimos en él y disfrutamos la noche de intimidad y amor más exquisita que habíamos vivido nunca».
Probablemente muchos habrán vivido la experiencia del lugar especial, de un santuario, aunque no lo definan con estos términos: un romántico restaurante a media luz, una playa aislada, una suite de luna de miel de un hotel o algún tipo de espacio religioso.
El santuario nos protege del revuelo exterior. Nos eleva y nos aleja de la realidad cotidiana. Tiene unas ventajas específicas que lo distinguen: silencio, belleza, elegancia, deleite sensual. Proporciona una sensación de tranquilidad y armonía y constituye el entorno adecuado para momentos muy especiales, para sacar el máximo provecho, para experiencias de calidad superior.
Para comunicarse con el partenaire en el sexo sublime es preciso disponer de un refugio especial dedicado al juego amoroso como una forma de arte. Caso de disponer del rincón propicio para ello, ya hemos avanzado mucho. Si no, siempre se puede transformar un espacio cotidiano. Hay que tener en cuenta que en el rincón elegido no cabe el resplandor del aparato de televisión al pie de la cama, ni el sonido del teléfono o del despertador. En el exterior, no debe haber niños que llamen a la puerta, que jueguen a gritos o cualquier otro tipo de estridencias. Es decir, que no se debe tener la sensación de hacer el amor deprisa y corriendo, entre el último programa de la televisión y el primer bostezo.
El santuario nos protege del mundo exterior y contribuye de manera decisiva a crear unas condiciones extraordinarias para hacer el amor. Debe ser el jardín persa del placer, el templo tántrico de plenitud sexual, la casa de té japonesa El lugar transformado
se convierte también en nuestro paraíso, y en este
mundo nos sentimos acogidos en el hogar. Albert Pinkham Ryder
del goce definitivo. Constituye nuestro espacio sagrado, el lugar pensado para crear las condiciones que nos conducirán al éxtasis en el amor. Es el entorno ideal para la felicidad.
Cuando los amantes consiguen una aproximación sexual sin crear un entorno físico y psicológico especial, a menudo se encuentran físicamente cerca pero alejados emocionalmente. Por ejemplo, Ann, una de mis clientes, me habló de una noche en que condujo a John, su pareja, a hacer el amor. «A pesar de que yo tenía claro que quería hacer el amor, no tardé en darme cuenta de que en realidad no habíamos conectado nuestras energías sexuales -me explicó-. Sentía como si fuera algo forzado; nuestros cuerpos experimentaban sensaciones, pero el resto de nosotros no había sintonizado.»
Ritual de ofrecer regalos para demostrar nuestro amor.
John también se percató de ello y le comentó: «Esto no funciona. Detengámonos». Yo ya había hablado a Ann y a John de crear un espacio sagrado, de modo que decidieron intentado. Improvisaron, buscaron la forma de convertir su entorno habitual en algo exótico y pusieron más énfasis en el ritual ofreciéndose mutuamente, como regalo, objetos de su agrado. «Me gusta tu espíritu perfectamente perfilado», dijo John ofreciendo un huevo de cristal a Ann. Ann le ofreció su flauta y le dijo seductora: «Me gusta sentirme como la flauta que tocas de noche».
Según me contó Ann más tarde: «Quedamos tan encantados con el ritual que nos olvidamos del resto. Continuamos hasta que nos vimos rodeados de regalos: desde decoraciones del árbol de Navidad hasta postales antiguas. Al cabo de poco, empezamos a hacer el amor. En esta ocasión nuestros espíritus participaron en ello, y, a medida que se alargaba, nos íbamos elevando». Propongo que todos disfruten creando su propio santuario.
CREAR NUESTRO PROPIO ENTORNO SAGRADO
Podemos crear el espacio sagrado junto con el amante a modo de ritual que proporcione a ambos un elevado espíritu de colaboración e iniciativa. Determinadas personas se sienten incómodas con los rituales al asociarlos a prácticas religiosas obsoletas. Sin embargo, los rituales impregnan nuestra vida diaria dándole un sentido de ceremonia y celebración. Éstos van del simple apretón de manos a las promesas que se intercambian en el acto del matrimonio, la visita del Papá Noel en Navidad, etc. En un ritual, por medio de nuestros gestos únicos y simbólicos, establecemos una ocasión de importancia extraordinaria al poner de relieve que los participantes son algo único. De la misma forma, crear el santuario juntos nos ayudará a transformar el acto amoroso en un acto especial y sagrado.
Objetivos y ventajas
El objetivo de esta práctica es crear un espacio donde se pueda investigar el sexo sublime en una situación de aislamiento, sin interrupciones, en un entorno que nos aleje de las preocupaciones cotidianas, y añadir la dimensión del ritual al arte de hacer el amor. Además, la estimulación simultánea de los sentidos -a través del color, el sonido, la textura, el ritmo, las formas y objetos- nos inspirará para centrar todo el entusiasmo y creatividad en el arte de aprender a practicar el sexo sublime.
Utilizaremos el espacio sagrado como emplazamiento para el aprendizaje de las demás prácticas del libro.
Al llegar al punto en que decidí “repensar” globalmente el tema del placer y la satisfacción sexuales, comprendí lo que me estaba perdiendo. Me di cuenta de que cuando el amante me penetraba físicamente, no me penetraba comunicándome energía. El flujo de excitación y vigor permanecía en su interior. Me dejaba insensible.
Julie Henderson The Lover Within
Preliminares
Elegir la habitación o espacio que transformaremos en espacio sagrado. Limpiada bien, que no quede polvo ni suciedad y quitar los muebles y decoración superfluos, periódicos y revistas antiguos, juguetes, ceniceros, etc. El santuario debe estar ordenado para podemos mover en él con facilidad.
A partir de este ejercicio damos por sentado que se ha preparado una habitación o espacio en el que quepan dos camas grandes, una junto a otra. Lo necesitaremos para las prácticas posteriores en que deberemos danzar y estirar el cuerpo. Sin embargo, si no se dispone de un espacio de estas dimensiones, adaptaremos los ejercicios y rituales al que podamos utilizar. Se puede crear un espacio sagrado, por ejemplo, alrededor de la cama o transformar puntualmente la sala de estar.
Deberíamos decorar este entorno con tapices, pinturas o fotografías que le dieran un aire místico, romántico o estético y nos lo hicieran especialmente atractivo. Determinadas personas preferirán crear un ambiente más oriental, recubriendo las paredes con telas, otras, resaltar el espacio dejando la estancia casi vacía, usando como único elemento de decoración unas macetas con hermosas plantas. Podemos disfrutar mucho creando este ambiente. Recordemos que, de niños, ideábamos espacios especiales en casa utilizando el material más sencillo y
Crear un espacio sagrado para las prácticas del sexo sublime.
sin embargo conseguíamos conferir al entorno un algo mágico. Hoy también tenemos al alcance este toque de magia. Vale la pena intentarlo, ver cómo la propia imaginación es capaz de transformar un espacio corriente en algo maravilloso y especial.
Podemos utilizar flores, velas, campanillas, incienso, una pieza de arte de nuestro agrado, como una espléndida pintura, una escultura sugerente, un póster o algún objeto que tenga para nosotros una significación profunda. Algunas personas que han participado en mis seminarios han preferido adquirir «objetos con un cierto poder especial»: una varita de mago, un cristal de cuarzo, un emblema de rayo tibetano Vajra Dorje, una pipa de la paz de un hechicero nativo americano, objetos que ellos consideran que pueden ampliar y transmitir su energía. A lo largo de la historia, estos objetos han desempeñado un papel muy importante en los ritos sagrados de muy distintas culturas. Ante la imposibilidad de conseguir una varita o una pipa de la paz, existe una serie de objetos que pueden expresar un sentimiento de poder personal: por ejemplo, las velas, que simbolizan la pureza de espíritu, las campanillas, la claridad mental, una piedra especial para conectar la propia energía a la tierra, las plumas, símbolo de ligereza del ser, o los cristales, de autopoder. Cuando nuestra mirada reposa sobre uno de estos objetos o los sostenemos durante un ritual, notamos que aumenta la confianza en uno mismo.
Aumentaremos asimismo la efectividad del entorno sagrado si nos vestimos de una forma completamente diferente a la habitual. Antes de comenzar el ritual -y después de la ducha- debemos vestirnos con atuendos que realcen la sensualidad, que sean muy bellos. Son ideales las prendas que cubren el cuerpo y a la vez insinúan su forma. Los quimonos de seda y los vestidos de noche de terciopelo resultan muy excitantes. Un maquillaje y un peinado especiales pueden resultar el complemento atractivo y erótico adecuado.
La luz debe ser suave e indirecta. Las velas, colocadas sobre bonitos candelabros, ayudarán a crear un ambiente de misterio. Puede cambiarse la iluminación de una estancia colocando una tela de gran colorido sobre la pantalla de una lámpara, si bien hay que tener cuidado para que no se agujeree el tejido o se prenda fuego. Debemos pensar en sonidos que nos proporcionen una sensación de claridad y de relajación placentera: campanillas, cascabeles o un cuenco tibetano. Si no disponemos de ninguno de estos objetos, podemos utilizar un tambor, una pandereta, un triángulo o unos platillos con sonido agradable. También constituyen un buen instrumento un par de palillos de madera dura, ya que hacen un «clac» intenso. Bastaría con música grabada (en el apéndice incluimos recomendaciones sobre este tema), pero consideramos que la participación será mayor si ejecutamos nuestra propia música mediante palmadas, cantos o tamborileando.
Contribuirá muchísimo a crear un ambiente adecuado calentar o vaporizar extractos de determinadas plantas. Las investigaciones en le campo de la
“aromaterapia” han demostrado que la vaporización de esencias puras de plantas en el ambiente relaja el sistema nervioso, aclara el pecho, realza las sensaciones eróticas, agudiza la concentración mental y revitaliza el cuerpo. Podemos conseguir todos estos deleites sólo con un pulverizador con agua y unas cuantas gotas de esencia de la planta preferida, como extracto de menta, de eucalipto, limón e ylang-ylang.
En estos ejercicios hemos incorporado gestos y movimientos procedentes de otros ritos y culturas, especialmente efectivos para crear un ambiente sagrado.